Como todo buen documento, los que aquí se presentan, provenientes del archivo de Manuel Gómez Morin, se explican por sí mismos. Algunos datos, sin embargo, son necesarios para la contextualización.

Al alborear 1946 México se hallaba en una profunda crisis política que amenazaba con arruinar el proceso electoral general. El oficialismo se encontraba partido en dos, pues a la candidatura presidencial de Miguel Alemán se oponía la del antiguo canciller del presidente Ávila Camacho, el abogado Ezequiel Padilla. Un poco antes, la represión contra manifestantes en León había dejado un saldo rojo, y Gómez Morin, el fundador y presidente de Acción Nacional, había exigido la intervención investigadora de la Suprema Corte de Justicia para deslindar responsabilidades.

El PAN, que en 1940 no había postulado candidato a la Presidencia, se aprestaba ahora a hacerlo. En un Memorándum confidencial en el que, por delicadeza y prudencia, Gómez Morin no incluye el nombre del destinatario, la apuesta por un candidato externo que a un tiempo vincule al joven partido con la tradición liberal y revolucionaria de México y logre unificar a la Oposición en contra de la maffia parece clara. El elegido, Luis Cabrera, ilustre carrancista respetado por tirios y troyanos y autor de la ley agraria del 6 de enero de 1915. La estrategia a finales de enero del 46 luce afinada. Gómez Morin está claro en el perfil presidencial que requiere el país: un candidato que unifique a la Oposición y que se torne un pacificador que reencauce la Revolución en un sentido democrático y libertario.

Ilustraciones: Belén García Monroy

Cabrera, en cambio, en las dos comunicaciones (febrero y abril de 46) en que declina participar, perfila un presidente diferente: maduro, pero no viejo, comprometido, sí, con la deriva liberal perdida por la Revolución, pero con la fortaleza suficiente para mantenerse ajeno a los intereses corporativos y facciosos del grupo en el poder. No se siente capaz: se estima mayor (ronda las siete décadas) y cansado. Pero apunta los grandes problemas de la República: un campo improductivo, un ejército indomable, una organización estamental deplorable… pareciera escribir en 2018: la sectorización corporativa del Partido que está a punto de alcanzar la hegemonía, la edad y salud del candidato, la necesidad de recodificar el Derecho mexicano. Vaya, hasta desarrolla el concepto de “seguridad interior” y entrevé una Marina mercante antes que una, inútil, de guerra.

Al final, Cabrera logra resistir la notoria insistencia de Gómez Morin. Alemán triunfa sobre Padilla, que alega fraude. Las bases para la perpetuación en el poder del Partido oficial quedan definitivamente colocadas, y el PAN jamás logrará unificar a las fuerzas opositoras ni asumir, en el imaginario mexicano, el carácter de partido revolucionario, del otro Partido de la Revolución.

Mayo, 2018

Memorándum

Es bien grave y difícil la situación actual y pueden venir sobre México consecuencias tan lamentables  si no se le hace frente con medidas aptas, que a pesar de sus excelentes razones en nuestra conversación de ayer, me creo obligado a proponer a su meditación estas consideraciones:

a).- Evidentemente se necesita un pacificador; ex tremar en este momento la lucha interna es muy peligroso, porque a diferencia de lo ocurrido en ocasiones anteriores, como en 1940, ahora hay verdadera exasperación popular por una parte y, por la otra, caducidad irremediable de los métodos que se han venido usando para disfrazar o hacer la falsificación. El deseo popular de renovación está llegando al límite de la tolerancia y la posibilidad de fraude sin violencia, está agotada. Las gentes de la mafia lo saben y saben que están contra el muro; esa es la posición más peligrosa para el País porque en ella serán capaces, por miedo, de cualquier cosa. Para ellos mismos, por tanto, podría ser una salida la mera posibilidad de una “concentración nacional”.

b).- Se necesita una garantía de que no habrá una ruptura tajante con el pasado; aunque la justicia demandaría la exigencia de muchas responsabilidades, la continuación tranquila de la vida del País impone si no la continuación de abusos y errores, sí por lo menos una cierta condonación de responsabilidades y un proceso más graduado de  transformación; dar a las gentes actuales la garantía  de que ese camino será seguido, mermaría su resistencia o, por lo menos, les quitaría el pavor de una derrota definitiva.

c).- El País necesita, ya en términos más altos, la continuidad histórica mencionada en el párrafo anterior; pero referida al cumplimiento de los programas más valiosos de estos 35 años y al reconocimiento de las nuevas necesidades, de las nuevas posibilidades y de los nuevos anhelos; todo ello cumplido ordenadamente, con un programa racional, restaurándose la autoridad y con un verdadero sentido histórico.

d).- Son innegables de una parte, el deseo popular de renovación y, de la otra, el apetito o la necesidad de continuación en el poder de las gentes de la mafia. Estas últimas cuentan con una maquinaria política aparentemente poderosa; pero que en el fondo no tiene otro recurso que el poder mismo, bien sea por ejercicio de su fuerza militar, bien sea como garantía de impunidad para el pistolerismo y el atraco no oficiales. Es decir: no es cierto que la imposición puede realizarse por simples medios políticos aunque sean ilícitos; sólo podrá cumplirse acudiendo a la fuerza, a la orgánica del Estado a la inorgánica e irresponsable amparada por la impunidad. Y ni es justo dejar a la ciudadanía sujeta a esa fuerza, ni es posible saber hasta qué punto el pueblo tolerará su empleo, ni hasta dónde concurrirá en caso de no soportarlo, ni qué posibilidades abrirá el  desorden para los que ardientemente lo desean y gestionan como su oportunidad única. En el planteamiento actual de la situación no se ve una posibilidad intermedia; precisa, pues, crearla decorosamente.

e).- No hay congruencia interna ni en la oposición ni en la imposición. La primera podrá llegar a unificarse exclusivamente por factores negativos; la segunda se desintegrará cada vez más a medida que transcurran los meses próximos. Bien sea que la imposición se cumpla o que la oposición triunfe, en estas circunstancias no puede esperarse para el futuro un gobierno capaz de hacer frente a los problemas de México. Hace falta urgentemente, por tanto, crear la posibilidad de una concentración orgánica no sólo capaz de intervenir en la lucha inmediata, electoral, sino de ofrecer posibilidades serias de un gobierno vigoroso y capaz para el próximo periodo.

f). No hay verdaderos programas. Del lado de la imposición sólo existe un verbalismo vacuo, contradictorio y falaz. En lo que hasta ahora existe de oposición en el sentido electoral, no hay sino un apoderamiento parcial, incomprensivo y probablemente insincero, de los programas de A.N. desfigurándolos, contradiciéndolos a menudo por la necesidad de justificar posiciones anteriores del candidato. Aparte de que una campaña sobre esta base en vez de contribuir a formar opinión la confundirá y desorientará, no quedan esperanzas de seriedad programática para el futuro gobierno. Y el País no puede soportar más tiempo la incompetencia y el desorden en el gobierno.

g).- Sería posible enfrentar a esta situación una actitud audaz, valiente, novedosa, duramente peleadora contra la imposición y capaz de denunciar eficazmente la falsa oposición. Esto podría despertar una ola de entusiasmo popular y aún, quizá alcanzar el triunfo después de considerables sacrificios; para aparte de que bien podría ser que lograra solamente los sacrificios y no el triunfo, no resolvería el problema fundamental que es el del mantenimiento de la paz y la creación de un verdadero gobierno con ancho apoyo orgánico para el futuro.

 

Estas son algunas de las consideraciones que nos han parecido fundamentales para llegar a la resolución de que hablamos ayer. No insisto en las consideraciones personales, porque las creo ya innecesarias después de nuestra conversación y porque son obvias para usted.

En cuanto al procedimiento podría ser el siguiente:

(I) El 25 0 28 de este mes, un grupo importante de hombres distinguidos lanzaría la idea sin consultarle a usted;

(2) usted podría declarar que estará dispuesto a servir si realmente puede ser centro de unificación de quienes realmente aspiran al establecimiento de la limpieza y de la autenticidad en nuestra vida pública, al cumplimiento de una obra verdadera de justicia social para el mejoramiento de todos; al establecimiento firme y robusto de una tranquila convivencia en el orden; al servicio del Bien Común y al respeto de 1a dignidad humana como normas supremas de la actividad del Estado, y a la conservación y fomento de la identidad nacional y de sus mejores valores; (3) vendrían enseguida las adhesiones y el desenvolvimiento de la campaña con la más grande y entusiasta participación de personas de primera clase que harán lo necesario para aliviar la carga sobre usted.

Atentamente.

México, D. F., enero 23 de 1946

A LA ASAMBLEA DEL PARTIDO DE ACCIÓN NACIONAL.

PRESENTE.

HONORABLE ASAMBLEA:

Ayer por la noche tuve el honor de recibir en mi domicilio a la Comisión que se encargó de hacerme conocer el acuerdo tomado por vosotros de lanzar mi candidatura para Presidente República en la próxima contienda electoral, como medio de lograr alrededor de mi nombre la unificación de la opinión nacional.

La Comisión tuvo a bien, interpelarme para que manifestara si aceptaría mi candidatura, pero tratándose de una decisión tan trascendental en que no solamente median mis circunstancias personales, sino los intereses políticos de un considerable sector de la opinión nacional, no quise dar una resolución antes de meditar serenamente sobre el caso.

Abría yo deseado contar con más tiempo para reflexionar más profundamente sobre el punto, pero teniendo en cuenta la naturaleza transitoria de la Asamblea y el próximo fin de sus trabajos, he creído un deber de cortesía no demorar mi contestación, a fin de que ésta sea conocida hoy mismo.

Y creo corresponder al honor y a la distinción de que soy objeto anunciando mi decisión en forma precisa e inequívoca, de modo que no se preste a dudosas interpretaciones en el sentido de que no puedo ni debo aceptar la postulación que de m se hace para el cargo de Presidente de la República.

La premura del tiempo no me permite expone con la amplitud debida las razones de mi decisión, por lo cual me limitaré a expresar con brevedad los fundamentos de mi determinación.

Ha sido para mí motivo de honda preocupación el que mi renuencia no fuera a tomarse como una repulsa que hiriera los sentimientos de esa Asamblea o que apagara los entusiasmos de quienes buscan ansiosamente un hombre que los encabece en la obra de la redención de la Patria. Debo por el contrario manifestar que la aparición de mi nombre en el seno del Partido de Acción Nacional la considero y agradezco como la más alta distinción que pueda conferirse a un ciudadano y que la conservaré en la memoria como el más alto honor que se me ha conferido en mi vida.

Ni me mueve a rehusar mi candidatura el hecho de que yo no sea miembro del Partido, puesto que ésta es una práctica permitida, mientras el designado no pertenezca a otro grupo político antagónico. Por lo demás, Acción Nacional es un Partido Político seriamente organizado, del cual forman parte hombres prominentes a quienes todos reconocen honradez y patriotismo, a cuyo lado sería para mí un honor colaborar, y cualesquiera que fuesen las diferencias de criterio en puntos de detalle, sus principios no difieren considerablemente de las opiniones que de vez en cuando he emitido públicamente, y no puede negarse que dichos principios son sanos, patrióticos y honrados, y que su plataforma política y su programa de acción hacen honor a los hombres que desde hace varios años vienen trabajando en la organización del Partido.

Creo que el Partido de Acción Nacional ha resuelto con acierto el participar en la campaña presidencial, porque no se concibe una contienda electoral para la renovación de poderes que no vaya concentrada alrededor de un candidato presidencial.

Pero en cuanto a mi designación como candidato a la Presidencia de la República, no puedo menos de reconocer sinceramente que comete un error al buscar un candidato de unificación en vez de presentar francamente un candidato de su propio seno.

Vengamos ahora a los motivos fundamentales de mi determinación y a las causas de mi renuencia para presentarme como candidato a la Presidencia de la República.

Quiero dejar a un lado por supuesto, ciertas consideraciones personales que no deben tomarse en cuenta frente a los intereses generales de la Patria, y que sin embargo influyen considerablemente en mi determinación. Me refiero por ejemplo a mis condiciones económicas que me obligan a trabajar constantemente para vivir, a mis compromisos profesionales que no puedo abandonar con deslealtad hacia mi clientela, a mi falta de ambiciones políticas que subconscientemente me aparta de la política activa, y a una mal entendida modestia respecto a mis cualidades personales que, aunque no soy yo quien puede juzgarlas, producen un complejo de escepticismo que me hace inadecuado para una campaña que requiere ante todo un gran optimismo personal.

El Partido de Acción Nacional se ha fijado en mi persona creyendo que el largo tiempo que he consagrado al estudio de los problemas nacionales me ha proporcionado una vasta experiencia y me pone en condiciones de conocer ampliamente las necesidades de nuestra Patria.

Acción Nacional ve en mí, además, un hombre que ha consagrado la mayor parte de su vida al servicio de su Patria y que ha procurado llevar una existencia limpia de los vicios y de las corrupciones cívicas que se propone combatir. Quiero aceptar, sin modestias hipócritas, que soy un hombre honrado, patriota y de experiencia.

Pero para desempeñar el supremo cargo ejecutivo de un país no basta que un hombre sea honrado, patriota y sabio, necesita además ser fuerte en lo físico y en lo político para poder soportar sobre sus hombros la tremenda responsabilidad que el cargo de Presidente de la República le impone.

No quiero decir que un viejo no pueda ser un buen gobernante, aunque en lo general apenas si sería un buen consejero; pero en el Gobierno lo que se necesita principalmente es la acción y ésta es atributo de la edad madura, como el entusiasmo lo es de la juventud y la prudencia lo es de la vejez.

A esto me refiero cuando digo qua un gobernante necesita tener una fuerza física y política superior a lo común. Y con pena tengo que reconocer que a mi edad no podría yo desarrollar los esfuerzos que exige la pesada carga del poder ni podría adquirir ya la incontrastable fuerza política que se necesita para acometer los grandes problemas que en los momentos actuales se presentan a nuestra Patria.

Sin intención de formular un programa político me limitaré a hacer una breve enumeración de algunos de esos problemas para sólo calcular la fuerza política que debe desarrollar el hombre que aceptara la responsabilidad de dirigir la nave del Estado en el mar tempestuoso de los tiempos actuales.

México necesita ante todo rehacer su agricultura, volviendo al campesino el amor a la tierra y la voluntad de trabajar. Para esto será preciso reconstituir el derecho de propiedad o cuando menos la confianza del agricultor en la posesión de la tierra y en que podrá levantar sus cosechas.

Para esto encontrará la tremenda resistencia de los intereses ejidales creados y detenerse en la pendiente de la política cacical de las dotaciones. El campesino, equivocado de buena fe, considerará como en detrimento de sus derechos y de sus conquistas todo lo que tienda a reorganizar la agricultura nacional.

El Presidente de la República quien quiera que sea, tendrá que contar con la voluntad de los campesinos y tendrá que vencer con medidas de energía y de rigor la resistencia de estos para dedicarse al trabajo.

México necesita industrializarse: conservar la industria que tiene y desarrollar las nuevas industrias qua derivan de sus recursos naturales y de sus posibilidades económicas. En esta labor se encontrará con la resistencia equivocada del obrero que ha llegado a considerar que las industrias mexicanas no son más que el medio de proporcionarle salarios, sin que de su parte haya obligación ninguna de contribuir al adelanto industrial de su Patria.

Y si además se tiene en cuenta la tremenda inversión de capitales y de empresas que se derramará: sobre México con motivo de la post-guerra, se concibe que el problema de la industria sea uno de los más difíciles, tanto por las resistencias interiores como por las fuerzas exteriores que se opondrán a nuestra transformación industrial.

México necesita sanear su moneda, revisar su sistema financiero y devolver a la iniciativa privada la libertad de que debe gozar.

En esta tarea se encontrará también con tremendas resistencias burocráticas y con la inercia de un sistema de intervención del Estado en el trabajo y en la economía, que si bien se explica como transitorio durante la época de la guerra, debe desaparecer como sistema regular en un país democrático.

México necesita licenciar su pesado y costoso ejército, desproporcionado a nuestros recursos en cuanto a hombres y en cuanto a maquinaria de guerra que no podremos producir. México necesita derogar el sistema del servicio militar obligatorio innecesario para las condiciones de nuestra Patria y superfluo si se tiene fe en la nueva Organización de las Naciones. Necesita transformar su ejército en un organismo de seguridad, pues en la actualidad el ejército como órgano de la Defensa Nacional es inadecuado e inútil y como órgano de policía y de defensa de las instituciones acaba de dar un ejemplo vergonzoso de su incapacidad.

Este licenciamiento del ejército y su necesaria transformación en órgano de seguridad interior encontrará la tremenda resistencia de una casta militar que sinceramente se cree la representación de la Patria y la de la opinión pública misma, que a través de nuestra historia está acostumbrada a considerar al ejército como el alma de la Patria.

México necesita despreocuparse de su marina de guerra que será siempre inútil y costosísima y que no responderá a las necesidades de una nueva guerra mundial, concentrando sus recursos y sus esfuerzos en la creación de una marina mercante que complemente en las costas nuestras comunicaciones interiores y que nos ponga en relación con los países hermanos de la América del Sur.

En esta tarea se encontrará con la resistencia que le opondrá una burocracia abúlica y estulta.

México necesita rehacer por completo su Servicio Diplomático tomando en cuenta que en lo sucesivo todos los problemas internacionales tomarán el carácter de conflictos económicos, y deberá por consiguiente cambiar no solamente de hombres sino de sistemas de trabajo en los nuevos aspectos que nuestras relaciones internacionales van a tomar.

México necesita poner de acuerdo su Constitución y sus Leyes con la realidad de nuestro territorio, de nuestra raza y de nuestra condición social para que pueda hacerse sentir sinceramente la intervención de los ciudadanos en el gobierno.

México necesita sobre todo un saneamiento moral en todos los órdenes no sólo en el empleado público corrompido por atavismo, sino en la iniciativa privada, en las relaciones comerciales entre los hombres, en el respeto a la vida y a la propiedad. El problema de moralización de los funcionarios públicos y de la sociedad es quizá el más importante, el más difícil y el más tremendo, y recurrirá de parte del Presidente de la República una fuerza política incontrastable que no podrá obtenerse sino por medio de una organización adecuada y por la expedición de nuevos Códigos Civiles, Penales y de Procedimiento que hagan eficaz la Justicia y la responsabilidad de nuestros funcionarios.

Muchos otros problemas tiene por delante el próximo Presidente de la República, y llego yo a la conclusión de que la persona que acepte desempeñar ese cargo tiene que estar dotado no solamente de sabiduría de honradez y de patriotismo, sino sobre todo de una gran fuerza política para vencer los poderosos obstáculos que se opondrán a su paso.

Sinceramente hablando y mirando al fondo de mi propia personalidad no creo tener la fuerza política suficiente para emprender la transformación de nuestra Patria, ni a mi edad la fuerza física y la capacidad de trabajo necesarias para semejante tarea.

Hay otras consideraciones de un orden personal que es conveniente exponer.

La avanzada edad hace ver las cosas con un criterio conservador dentro del espíritu revolucionario mismo. A mi edad, un hombre difícilmente puede ver los problemas de la Patria desde un ángulo distinto del que le señalan sus antecedentes y sus costumbres. El Presidente de la República, que debe gobernar para todos, tiene que ser un hombre que pueda conocer el pasado y al mismo tiempo sentir y comprender los impulsos de las nuevas generaciones. Los hombres que han pasado ya la etapa de la observación no pueden comprender los nuevos aspectos de la vida, y su natural prudencia los hace unilaterales en sus juicios y conservadores en sus actos.

Un país necesita como Presidente un hombre que se halle

 “a la mitad del camino de la vida”

desde donde pueda ver hacia atrás para aprovechar las luces del pasado y al mismo tiempo pueda mirar hacia adelante para comprender a las nuevas generaciones, que son las que constituirán en poco tiempo el grueso de la masa ciudadana a quien habrá que gobernar.

Los revolucionarios de 1910, prestamos en su tiempo nuestros servicios a la Patria y cumplimos con nuestro deber en la época en que podíamos hacerlo. No sólo por incapacidad congénita, sino por bien a la Patria misma debemos hacernos a un lado para dar paso a la juventud. Y sería desconfiar de nuestra propia Patria si llegáramos a creer que las nuevas generaciones no han producido hombres capaces de comprender a su país y de gobernarlo.

Y el Partido de Acción Nacional en particular, no debe dar el ejemplo de desconfianza en los elementos que lo constituyen y en las juventudes que lo forman, acudiendo a un hombre extraño a él que no puede aportarle los elementos de combatividad y de acción que son los más indispensables para el Gobierno.

Dos objeciones podrían hacérseme, a las cuales quiero contestar antes de concluir.

Podría pensarse que no se trata de mi capacidad para la Presidencia de la República sino de mi idoneidad para encabezar una campaña política.

No tengo derecho a hacer al Partido de Acción Nacional la injuria de suponer que me llama a encabezar la próxima contienda electoral a sabiendas de que fuera yo un candidato expiatorio. Ni creo que sea honrado un hombre que acepta su candidatura a la Presidencia de la República sin tener la fe en el triunfo. Pero aun para encabezar la campaña electoral no me encuentro en condiciones personales para poder echarme a cuestas la jefatura de esa campaña.

La aceptación de mi candidatura para la próxima campaña implicaría la entrega completa de mi personalidad para las labores de propaganda, de publicidad, de acción y de selección. Y sin entrar en consideraciones de carácter privado que no deben tomarse en cuenta cuando se trata de tan altos fines, debo sin embargo reconocer que habría muchos elementos de mucha más capacidad de trabajo y de organización y de mucho mejor conocimiento de los hombres en el seno del Partido de Acción Nacional, antes que acudir a mi persona que sólo podría aportar un hombre limpio como ciudadano y un pasado del cual no me avergüenzo.

Otra objeción podría hacerse y es la de que mi candidatura lanzada por el Partido de Acción Nacional no es propiamente una candidatura de partido sino una candidatura de unificación.

A esto hago observar que la necesidad de una candidatura de unificación sobreviene cuando existen diversos candidatos de distintos partidos que procuraran sinceramente formar un Gobierno de transacción.

Pero mi nombre no sería un elemento de unificación, sino que por el contrario daría por resultado un deslinde más claro y más franco de los campos políticos y de las tendencias sociales que entrarán en pugna.

Existe ya una candidatura que cuenta con el apoyo de las mesas obreras, burocráticas y campesinas. Y por mi parte me he significado, no como enemigo de esas masas aunque sí como el contradictor de las tendencias equivocadas que las están arrojando por un camino peligroso.

Porque si no se encuentra la fórmula de autoridad y de disciplina para que el campesino, el obrero y el empleado den honradamente el total rendimiento de su trabajo y contribuyan al resurgimiento económico de nuestra Patria, y si las exigencias de las mesas proletarias continúan creciendo como hasta ahora, a México no le quedará más puerta abierta que la del comunismo.

No me extraña que el elemento burocrático tienda hacia el comunismo, porque al fin y al cabo en ese régimen, el burócrata es el único que tiene libertades y es el que manda. Lo que me extraña es que las masas obreras y campesinas vuelvan los ojos al comunismo sin comprender que éste es un régimen totalitario en el cual el obrero y el campesino no disfrutan de ninguna libertad, ni puede hacer oír su voz, sino que tienen que trabajar para el servicio del Estado en la forma de esclavitud más brutal y más inicua que ha conocido jamás la humanidad.

La sola presentación de mi nombre frente a las masas obreras, campesinas y burocráticas, que dominarán por completo la próxima elección, será suficiente para que se unifiquen contra el peligro que representa un hombre que ha combatido siempre los procedimientos sindicales que se conocen en México. Y conste que nunca he combatido el mejoramiento de las clases desheredadas y de las masas proletarias, sino que creo sinceramente que por el camino que vamos, ellos serán las primeras víctimas del empobrecimiento de nuestra Patria.

Para concluir deseo llamar la atención del Partido de Acción Nacional sobre que no se concibe una campaña política en que el candidato escogido no quiera participar en ella, ni aceptar la jefatura que se le ofrece, ni se entregue plenamente a las tareas electorales. Y en vista de mi terminante y decidida renuencia para aceptar el honor que el Partido de Acción Nacional me confiere quiero terminar reiterando nuevamente mi llamado a esa respetable Agrupación para que tenga fe en su propia Patria y en sus propios componentes y escoja de entre sus mismos miembros un hombre que se encuentre en la plenitud de la edad. No importa que ese hombre sea al principio desconocido.

Los candidatos se revelan durante la lucha y los Presidentes, por más impreparados que parezcan, se forman por el contacto diario con los problemas nacionales.

Reitero a ustedes las seguridades de mi más atenta y respetuosa consideración.

México, D. F., febrero 5 de 1946.

Luis Cabrera.

Abril 24 de 1946.

Sr. Lic. D.
Manuel Gómez Morín.
Ciudad.

Muy estimado compañero y fino amigo:

Me dirijo a usted en su carácter de Presidente del Partido Acción Nacional, para manifestar oficialmente a dicho Partido y a sus diversas ramificaciones por el digno conducto de usted las razones en que fundo mi resolución definitiva respecto a mi postulación presidencial.

Hasta la fecha no ha ocurrido ningún cambio fundamental en la situación política electoral del país, ni ha sobrevenido ningún acontecimiento o circunstancia que pudiera hacer cambiar mi determinación de no aceptar mi candidatura presidencial.

Después de hacerse pública mi contestación de fecha 10 de abril a las diversas Convenciones Regionales del P.A.N., he seguido recibiendo nuevas comunicaciones de diversos grupos afiliados a ese Partido, insistiendo en que acepte mi candidatura. Todas estas instancias no puedo considerarlas como nuevos movimientos de opinión, sino como ratificaciones locales del acuerdo tomado respecto a mi candidatura en la IV Convención Nacional de la Ciudad de México, y las interpreto en el sentido de que las Convenciones Regionales estiman que soy un candidato presidencial idóneo, no obstante las razones que expuse antes para declinar mi candidatura.

Fuera de la postulación emanada del P.A. N., he venido recibiendo un gran número de adhesiones individuales, instándome para que acepte mi candidatura. Dichas instancias, aun las que parecen derivadas de grupos, tienen el carácter de manifestaciones individuales de simpatía personal y todas se limitan en el fondo, a prometer apoyo  a mi candidatura, si yo llego a aceptarla.

 Se trata por consiguiente de adhesiones a mi persona que, para cristalizar en forma de acción política, esperan la aceptación de mi candidatura y se ponen a mis órdenes para los trabajos de propaganda que yo pensara emprender.

Esto quiere decir en suma, y es lógico que así sea, que yo sería el que tuviera que encargarme de llevar a cabo la organización de que carecen todas esas simpatías personales expresadas tan desinteresadamente.

Ahora bien, teniendo en cuenta lo avanzado del tiempo y la proximidad inminente de las elecciones, sería imposible llevar a cabo esa organización, que por lo demás yo no podría echarme a cuestas por razones de mi edad, de mi limitada capacidad de trabajo y sobre todo de mi falta de recursos pecuniarios para hacer frente a una labor que por su naturaleza, demanda fuertes gastos.

No desconozco que Acción Nacional es el partido político mejor organizado para hacer frente a una campaña electoral independiente, dentro de las disposiciones de la nueva ley sobre elecciones federales; pero es obvio que no siendo yo miembro del P.A.N. no podría echarme exclusivamente en brazos de él, imponiéndole todo el peso de la campaña y a mi vez asumiendo las obligaciones de subordinación y disciplina que todo candidato tiene respecto de su propio Partido.

Por otra parte, la presentación de mi nombre como candidato de unificación por un Partido al que no pertenezco, se basaba en la creencia de que si yo aceptaba mi candidatura se produciría un acercamiento entre los grupos políticos independientes, que acabarían por unificarse.

Afortunadamente para mí, pronto se aclaró la atmósfera política, pues el solo anuncio de que yo dejara en suspenso la aceptación de mi candidatura, lejos de producir un movimiento de unión y alianza entre los grupos independientes, dio origen a un fenómeno político “muy mexicano”, provocando suspicacias y celos de dichos grupos que vieron con predisposición mi actitud expectante, considerando que mi candidatura les restaría fuerza electoral.

Con esto quedó confirmada mi previsión de que la aparición de mi candidatura, lejos de contribuir a la unión y fusión de los grupos independientes, habría de dar el resultado contrario, pues ya se ha visto que los grupos independientes se han apresurado a afirmar su respectiva autonomía, prefiriendo entrar a la contienda electoral cada quien por su lado, atenidos a sus propias fuerzas.

Faltando por consiguiente las dos condiciones fundamentales que yo había previsto para la aceptación de mi candidatura lanzada por el P.A.N., a saber: una corriente de opinión organizada ajena al P.A.N. y una posibilidad de unificación de los grupos independientes, me veo en el caso de declinar definitivamente el honor de presentarme como candidato presidencial en las próximas elecciones.

Suplicando a usted haga conocer mi determinación a los miembros del Partido de Acción Nacional que dignamente encabeza, aprovecho la ocasión para repetirme su más adicto amigo, compañero y Atto., S. S.

Luis Cabrera.