Trump no es el causante de la llamada era de la posverdad. Antes de su victoria electoral, hace un par de años, el escenario político de Estados Unidos ya estaba cubierto por una nata de mentiras cínicas, polarización ideológica y hechos falsos. El desmoronamiento de la razón en el discurso público estadunidense inició desde hace varios lustros. Trump, más bien, es un síntoma. Una manifestación de un proceso de descomposición mucho más profundo, cuya llegada a la Casa Blanca es, si acaso, su culminación.

Este es el punto de partida de Michiko Kakutani en su más reciente libro, The death of truth. Notes on falsehood in the age of Trump.1 Por supuesto que Trump, y lo que él representa, ha contribuido de manera decisiva a destruir un ingrediente clave para cualquier democracia: una robusta discusión pública anclada en hechos compartidos por la ciudadanía con independencia de sus preferencias políticas. Pero sería erróneo pensar que este asalto a la verdad se incubó en el fatídico año de 2016. ¿Cómo se llegó, entonces, a esta espiral de falsedades en la conversación pública? ¿Cuáles son las raíces del declive de la razón en Estados Unidos y en buena parte del mundo occidental?

Una primera pista, según la otrora jefa de crítica literaria de The New York Times, se encuentra en el movimiento intelectual conocido como posmodernismo, impulsado por filósofos como Derrida, Deleuze y Baudrillard. Si bien se trata de un pensamiento en torno al cual giran un sinfín de interpretaciones, su principal argumento consiste en que no existe una realidad objetiva independiente de la percepción humana: el conocimiento necesariamente pasa por los filtros de clase, raza, género y demás variables. Así, al rechazar la posibilidad de una realidad objetiva y atar la idea de verdad a la perspectiva de las personas, el posmodernismo consagró el principio de subjetividad respecto a la realidad misma.

Lo peor, a juicio de Kakutani, más allá del daño que ha propiciado esta escuela filosófica en el mundo académico2 es su traducción a la cultura popular. La cual ha resultado en un relativismo que da cabida a que el cambio climático y la evolución no sean teorías cuya veracidad esté atada a pruebas científicas, sino que se entiendan como meras opiniones. Fue necesario, sin embargo, el apogeo de internet para que el posmodernismo que se había mantenido, con oscilante popularidad en diversos nichos desde los años setenta del siglo pasado, terminara de cuajar. Simplemente su subjetivismo no pudo empatar de mejor manera, por ejemplo, con el corazón de las redes sociales: “la necesidad de capturar la atención de los demás con el espectáculo de uno mismo”.3 Coctel que implicó un golpe demoledor para la verdad objetiva al aguijonear la celebración de la opinión sobre el conocimiento, así como de los sentimientos sobre los hechos. Y, no menos relevante, al establecer también nuevas reglas del debate público que permitieron abrir espacios a variopintas mezcolanzas de opiniones y sentimientos que, sin ningún dato duro, empezaron a lanzar diatribas en contra de las vacunas, el funcionamiento del sistema de salud pública, la tasa de delincuencia, los riesgos de la contaminación alrededor del mundo y un largo etcétera.

El desprecio por la ciencia y los hechos no es, por supuesto, una novedad. Siempre ha habido sectores de la sociedad que, por diversos motivos, rechazan las verdades fruto del conocimiento científico o que, en su caso, son escépticos de sus susodichos beneficios. La diferencia, señala Kakutani, es el replanteamiento deliberativo del posmodernismo, en sus versiones menos refinadas y populares, junto con el engolosinamiento mediático por el entretenimiento. Se trata de una nueva arena de batalla para dirimir diferencias culturales y políticas. Un escenario periodístico que confunde dar posturas disímiles u ofrecer una perspectiva balanceada sobre cierto tema, con decir la verdad. Y, por ello, considera que más allá de la calidad de su fundamento cualquier opinión tiene el mismo valor. Se invita, entonces, al astrólogo a un programa de televisión para debatir con el astrónomo para sólo ofrecer un espectáculo inevitablemente absurdo y condenado a la polarización, toda vez que dicho ejercicio carece del sustrato mínimo e indispensable para una discusión seria: hechos verificables. Esto ha derivado en que el ritmo de la discusión pública esté marcado por el enfrentamiento entre hechos republicanos-conservadores versus hechos demócratas-liberales. Es decir, un ambiente en que Trump puede mencionar un acto terrorista en Suecia que nunca ocurrió o uno de sus consejeros puede hacer referencia a una inexistente masacre en Bowling Green. Y ante la prueba de que ambas aseveraciones eran falsas, la respuesta fue la misma: estos son nuestros hechos… ustedes pueden tener los suyos.

Pero otro ingrediente clave para sofocar a la verdad  es la madeja mediática contemporánea. Kukatani no se refiere aquí a la ya mencionada debilidad emocional que sufrimos, y que explotan muy bien las redes sociales, de embelesarnos con el escaparate que hacemos de nosotros mismos. Más bien, su preocupación reside en cómo es reflejado el mundo a través de los actuales medios dominantes. Inquietud que, curiosamente, hace casi veinte años, planteó Ryszard Kapuscinski:4 ¿Es posible que los medios cumplan con su tarea de problematizar la realidad, exponer sus matices y aportar elementos para entenderla, a través de las efímeras cápsulas del lenguaje de la radio y televisión y ante una tendencia a la concentración de la propiedad mediática? Frente a unos medios de comunicación inéditos, revolucionados enteramente en términos tecnológicos, Kakutani renueva esta interrogante: ¿el diseño tecnológico de los metamedios de comunicación, como Facebook y Google, cuya labor editorial depende de un algoritmo alimentado por los datos personales de los usuarios, los cuales son el insumo principal de su multimillonario negocio de publicidad, permite cumplir con dichas responsabilidades periodísticas? Su respuesta no es alentadora.

La estructura tecnológica de estas plataformas informativas tiene costos no menores para el nivel de conversación pública. Burbujas informativas que impiden oxigenar el consumo de noticias de manera plural; uso estratégico de bots para modular la relevancia en los rincones de internet de cierto tema; así como granjas de trolls organizadas para manipular información en procesos electorales e influir en éstos. En otras palabras, se trata de un método informativo que, al menos en sus primeros años de surgimiento y apogeo, ha creado siempre silos ideológicos, con la consiguiente e inevitable polarización social, y con una paupérrima contribución informativa.

Pero lo más delicado, más allá de su diseño tecnológico y modelo de negocios, son los peligros que conlleva el lenguaje propio de las redes sociales y demás plataformas curadoras de noticias en internet. Si el periodista polaco estaba preocupado, hace varios lustros, por el reduccionismo de la expresión radiotelevisiva, ahora la crítica literaria de ascendencia japonesa ve con temor unos medios cuyos mensajes son aún más simplistas y dicotómicos, con casi nulos chances para trazar matices. Una dinámica que estimula expresiones inflamatorias sin ninguna utilidad más que provocar acríticamente; que facilita que personajes extremistas condenados en principio a la marginalidad se erijan en protagonistas de la esfera pública; que aprovecha la asimetría de pasión como su sustento: mientras que la mayoría de las personas dedican pocas horas a estos sitios, los extremistas invierten un tiempo inconmensurable para generar contenido que logre despertar a las masas adormecidas; y cuyo potencial para generar noticias falsas, gracias a los avances tecnológicos, es casi ilimitado, como lo demostró un grupo de investigadores de la Universidad de Washington que lograron a través de algoritmos producir un video realista donde una persona —nada menos que Barack Obama— expresa mensajes fabricados que nunca había dicho, pero que estaban perfectamente sincronizados con sus labios y lenguaje corporal.5

¿Se puede rediseñar esta tecnología mediática? ¿Es viable el modelo de negocios de estas redes sociales  si ajustan sus algoritmos en aras de proveer puntos de vista que confronten nuestras posiciones? ¿Es posible, en estas plataformas de internet, problematizar la realidad y evitar que su mejor expresión de ésta sea una imagen (meme)? ¿Es factible regular a estos metamedios de comunicación que, gracias al desarrollo tecnológico, cada vez concentran más líneas de negocios y consolidan su posición oligopólica? ¿Es posible volver a distinguir entre opiniones y hechos? Estos son apenas algunos de los retos que plantea esta enmarañada relación entre medios tradicionales, redes sociales e internet.

Ahora bien, varios de los argumentos esgrimidos por Michiko Kakutani son, sin duda, debatibles. Pero si estamos de acuerdo en que Trump no es más que un síntoma de una dificultad mucho más compleja entonces no es descabellado que lo que hemos atestiguado en estos últimos dos años no sea el punto más bajo de podredumbre de la opinión pública estadunidense. Y esa es la lección más valiosa de este libro: el declive de la verdad puede ser todavía más desastroso, inclusive al grado de esparcirse alrededor del mundo. En el fondo, el desafío que implica resolver este acertijo para el futuro de la democracia, rebasa por mucho la meta de expulsar a Trump de la Casa Blanca.

 

Saúl López Noriega
Profesor e investigador del CIDE.


1 Tim Duggan Books, Nueva York, 2018.

2 Sokal, Alan y Brichmont, Jean, Imposturas intelectuales, Barcelona, Paidós, 1999 (primera edición en inglés, 1998).

3 Wu, Tim, The attention merchants: the epic scramble to get inside our heads, Nueva York, Alfred A. Knopf, 2016, p. 315.

4 “El mundo reflejado en los medios” en Claves de razón práctica, Madrid, 1999, No. 92, pp. 18-21.

5 Aquí el texto académico que documenta el experimento: Kemelmacher-Shlizerman, Ira, Seitz, Steven M. y Suwajanakorn, Supasorn, “Synthesizing Obama: learning lip sync from audio”, en ACM Transactions on Graphics, vol. 36, julio núm. 4, artículo 95, julio 2017 https://bit.ly/2tXDrjW. Aquí un sitio web, de la universidad, donde se exhibe y analiza el video fabricado: https://bit.ly/2tk1Cfm

 

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