La llamada

Siempre hay una distancia, cuando no algún abismo, entre lo que deseamos ser y lo que somos. Pobre de aquel a quien se le conceden sus fantasías infantiles en la edad adulta. Yo, por ejemplo, sería ahora bombero —lo que más anhelaba cuando niño— o acaso ya cadáver, dado el riesgo inherente al noble oficio y mis escasos méritos heroicos. “Siempre quise hacer esto”, o “ser aquello”, suspira uno en momentos, como si se excusara por no haberlo intentado, o todavía lo diera por pendiente, o quisiera sumar ese rasgo romántico a la imagen que guarda de sí mismo. Fue quizás por las tres razones juntas que la llamada aquélla me llenó de entusiasmo: ¿Quería ser actor?

No era que me ofrecieran ya el papel principal, sino apenas la posibilidad. El personaje se llamaba Juan, criaba toros bravos y escribía poemas. ¿Yo, Juan el ganadero? La idea me dio risa, de tan inverosímil, pero no era una broma. Pues si no había yo entendido mal, debía hacer una prueba para llenar las botas del protagonista en la próxima película de Carlos Reygadas. Por otra parte, valía tomar en cuenta que desde niño juego un poco al histrión y no parecía obstáculo insalvable recordarme que estaba haciendo una novela. O tal vez decidí mirarlo así porque “siempre he querido” ser actor, y de paso jugar a los jinetes. ¿No hacía eso y más Sam Shepard: vaquero, baterista, dramaturgo, film star?

La novela

Me gustaría decir que elegí la escritura como profesión, pero en los años niños era apenas una ruta de escape. Lo opuesto a la obediencia, el plan B ante el deber, las antípodas del espíritu gregario. Resentía la ortopedia escolar como una noria idiota de la que me libraba jugando a novelar. Si no encontraba al fin mi lugar en el mundo, éste sí que cabía en mis cuadernos. Tendría nueve, diez años, y mi única destreza comprobable consistía en huir a la estratosfera. ¿Dónde, si no, se fraguan las novelas?

No conozco una lista de requisitos para ser propiamente un novelista, pero entiendo al arrojo como un sine qua non. Mis amigos opinan que no es más que un pretexto para hacer siempre cuanto me da la gana, y si así resultara no me molestaría, pero queda este exótico pudor profesional: la sensación secreta de insuficiencia frente al desafío. Si el juego es incubar monstruos más grandes y más fuertes que uno, ni en día feriado vale retroceder. Se es novelista veinticuatro horas diarias, nada que hagas o digas o reprimas le pasará de noche al manuscrito. Y menos a esos monstruos sedientos de experiencia cuyo olfato distingue la cobardía desde sus mismas fases embrionarias.

El guion

¿Había practicado suficiente? En todo caso seguía yo ensayando con Adriana, mi mujer, de camino a la prueba en la colonia Roma. En una de sus líneas Juan se flagelaba por sus problemas con la escritura, mientras a Adriana le ganaba la sonrisa porque esa cantaleta la conoce de cerca. No era yo, en fin, tan distinto de Juan, pero ya iba siendo hora de reconocerlo: nunca aprendí a montar a caballo. Recuerdo que de niño me encaramé a un par de ellos, uno en Chapultepec y el otro en Xochimilco; llegué a trotar, si acaso, a lomos de uno de esos corceles turulatos que tanto aprecian niños y turistas. Luego me conformé con las motocicletas, que en realidad a nadie hacen jinete, y di la espalda a aquella poquedad, como quien se deshace de un ogro de la infancia.

Antes de que Reygadas le sonriera de lado a mi súbito Juan, ya tenía yo claro que trataba con un maniático expansivo. Conocía esos ojos de ardiente predador, tenían que ser iguales a los míos cuando encuentro comida para uno de mis monstruos. ¿Y no decía yo acaso lo que él quería oír, con una convicción sincera a mi pesar: que el poemario artrítico de Juan compartía dolencias con mi manuscrito? Saqué lo peor de mí, hasta la última línea, con tal de atenazar el interés del público presente. En cuestión de segundos ya Carlos y Lorena —el águila posesa y su lugarteniente— celebraban con cuentas alegres el hallazgo. Tras unas buenas clases de equitación, podría yo ir llenando las botas de ese Juan sin debutar de paso en la comedia.

No tengo que decirlo: desde la pinta misma queda claro que soy un bicho urbano. Nadie que haya ordeñado una vez una vaca osaría confundirme con vaquero. Invocando a Cortázar reconozco, nada más enfilar por una carretera, “ese horrible lugar donde los pollos caminan crudos”, y no obstante me escuece el desafío. Llamarme “novelista” y no saber montar a caballo seguía pareciendo una vergüenza para quien conocía de memoria la trilogía del Hombre sin nombre y no había renunciado a ser un día Clint Eastwood. ¿Clases de equitación? Nada más de pensarlo, resonaba detrás la flauta polvorienta de Ennio Morricone.

Ilustraciones: Kathia Recio

La comida

Llegamos a la casa del director en un día feriado, ya entrada la tarde, tras un par de extravíos del GPS. “Cerca de Tepoztlán”, me había dicho, confiado en nuestro instinto natural, de modo que encontramos su inefable reducto silvestre cuando más cerca estábamos de rendirnos. La casa de Reygadas podría ser igual La Casa, por Reygadas. Una obra personal, diseñada y construida empleando materiales caprichosos y atrevidos a partir de un ingenio ejecutor digno de un exquisito Robinson Crusoe. Pasaría por monasterio pagano, jugué a pensar, entrando en la sala de edición, si no la delatara su funcionalidad. Más que casa de campo, aquello era el santuario de un místico del trabajo.

Comimos con la esposa y los niños de Carlos. Es decir, los actores elegidos para ser la mujer y los hijos de Juan. Es decir, “mi familia”. Sugeríame ya su verdadero padre ir trabando amistad con la niña y el niño, si bien todos allí parecíamos de acuerdo en que lo nuestro era una cita de negocios y la anfitriona —Natalia entre los suyos, Ester a ojos de Juan— lo tenía tan claro como el menú del día, diríase puntillosamente nutritivo. “¿Te gustó el guión?”, preguntó a botepronto, y no bien respondí con un acto reflejo afirmativo me invadió un viejo miedo de novelista. ¿Sería que me creyó? Decirle la verdad, en todo caso, era aún más peliagudo que confesarle cuánto me costó deglutir aquella sopa insípida y helada sin perder la sonrisa. Encontré árido el guión, en realidad. Nada me interesaron las penurias del ganadero Juan, pero me refugié en la creencia oportuna de que Carlos sabía lo que miraba, se movía en su terreno y en su momento lo haría florecer. La mesa estaba puesta y no sería yo quien la quitara.

La hacienda

“Se llevan a sus perros”, había sugerido el director, tras invitarnos a pasar unas horas en la hacienda de Tenexac, donde habría de filmarse la película. Tomaría, de una vez, mi primera clase de equitación. ¿Qué más quería oír para acabar de acopiar entusiasmo? Era el final de enero de 2016, parecía seguro que Gerónimo y Cassandra —nuestros dos gigantes de los Pirineos, con seis y treinta meses de vida, respectivamente— disfrutarían tanto de corretear borregos como nosotros dos de atestiguar las primeras escenas a filmarse.

Una cosa es que quiera uno ser actor y otra que lo presenten como tal. Luego de un par de horas de esperar a Reygadas —ocupado, nos decían, en conseguir una jaula de hierro para un toro— mi presencia en la hacienda pecaba de turística. Dar la cara por “el actor de la película” me producía cierta inquietud de impostor, avivada por la mera extrañeza de ver de cerca tantos toros bravos que se paseaban crudos por el horizonte. El paisaje que con seguridad inspiraría a Juan a pergeñar sus versos cuchipandos. De rato en rato aparecía algún autobús, del cual salían docenas de visitantes que Cassandra observaba con matriarcal recelo y el cachorro Gerónimo corría a bienvenir. Ellos dos, cuando menos, la pasaban en grande entre caballos, cabras, chivos, borregos y un par de llamas algo desubicadas.

—No lo vas a creer cuando veas a tu marido hecho todo un ranchero —comentó Carlos, sin asomo de broma, al oído de Adriana, no bien llegó a la hacienda y me anunció que en cosa de una hora tendrían listo el caballo para impartirme la primera lección. Habló después de otros aprendizajes inminentes, desde ensillar al cuaco hasta limpiar corrales y ordeñar vacas. ¿Por qué no traje botas, a todo esto? Básicamente, porque aún no tenía. Ya podía imaginar las risotadas del vaquero Juan, de sólo ver mis tenis color rojo.

El último cuadrúpedo que había yo montado —varios años atrás, durante alguna fiesta en un lienzo charro— fue un jumento muy mal habilitado para jugar al “polo”, que tras un par de brincos montaraces me lanzaría a volar por los aires y aterrizar como un costal de papas. Trepé, pues, al caballo presa de un ostensible desasosiego, animado por la amabilidad del caporal que en principio sería mi maestro. Di un par de vueltas lentas, y de hecho penosas, hasta que vino Carlos a corregir algunos yerros obvios, empezando por la postura del jinete. “¡Pégale en los ijares, sin miedo”, me retó, suponiéndome acaso más osado o más bruto, y yo pasé de largo ante esa invitación no sabía si pícara, ligera o abusiva. En todo caso avanzaría a mi ritmo, mientras me deshacía del recuerdo traumático del burro levantisco.

—¡Arriesga más la toma! ¡Acércateles más! ¡Arriésgale, carajo! —bramaba el director detrás de Adrián Durazo, el hombre de la cámara montada sobre el dron que iba sobrevolando varios toros bravos, a un centenar de metros de distancia. Soplaba un viento gélido e intenso, habíamos cruzado unos cuantos potreros hasta alcanzar el descampado agreste donde la filmación aún transcurría bajo el avance raudo del anochecer, con la vehemencia propia de quien se juega la cordura a los dados. De vuelta en mi ciudad, los gritos impetuosos de Reygadas me seguían girando en la cabeza, no sin alguna morbosa empatía. Me gustaba en principio la idea de trabajar con ese kamikaze que tan poco entendía de moderación.

El trote

Ya sé que a nadie engaño con mis botas nuevas y el sombrero de gaucho que saqué del armario para estar a la altura de la ocasión. Menos aún a Alejandro, el Víboras, un charro que hoy por hoy trabaja con Reygadas y tendrá la encomienda de hacer de mí un jinete. Pasa del mediodía en Tenexac y el Víboras está muy ocupado, de modo que acompaño a otros dos de los colaboradores, que han de instalar una suerte de rampa de metal en lo alto de un cerro. Se trata de lanzar, días después, un caballo ya muerto y filmarlo cayendo de las alturas. Vamos en una pick-up, de la que descendemos para atravesar zurcos y pastizales y llegar a la orilla de un precipicio que tampoco me gusta, pero aguardo al corcel con tantas ansias que echo mano de uno de los machetes y me lanzo a podar un trecho de maleza. Allá abajo, al final del precipicio, se distinguen apenas los cuerpos diminutos del resto del equipo.

Son ya casi las seis cuando llegan Reygadas y el Víboras, uno en motocicleta y el otro a caballo. La idea es que cabalgue detrás de ellos, que irán juntos haciendo motocross hasta alcanzar al resto del equipo. Una temeridad, según me quejo, pero el que manda vuelve a desafiarme y no me da la gana recular. Unos trotes más tarde consigo pretender que sé lo que hago y aprieto el paso detrás de la moto, no exactamente al mando de mi cabalgadura pero igual disfrutando de una puesta de sol monumental que proyecta las sombras a metros de distancia y me remite al mundo Marlboro. Es un paseo largo y a cada instante remunerador, de modo que al bajarme del cuadrúpedo pruebo una sensación comparable al momento de cerrar un capítulo y constatar que el miedo quedó atrás.

A partir de esa tarde mi compromiso estriba en viajar cada lunes a Tlaxcala, pasar la noche en un hotel de Apizaco y regresarme a la tarde siguiente, tras cabalgar algunas cuantas horas en compañía del Víboras. Un deleite apacible, en realidad, toda vez que el maestro no tiene prisa por hacerme galopar y los paisajes quitan el aliento. Tendrá unos sesenta años; es enjuto, locuaz y apasionado de las acrobacias; más de una vez ha sido stuntman en películas y telenovelas, un orgullo que no sabe ocultar y ha merecido elogios de sus empleadores. Al tiempo que lo escucho, pienso en la libertad que se abre ante los cascos de mi cuaco. Nada hay que nos detenga, puedo tomar la dirección que quiera, más allá de caminos y veredas. El horizonte es una página en blanco.

Escribir solamente de miércoles a viernes me causa cierta culpa recurrente, que a cada vez sofoco bajo el cobijo de un optimismo ramplón —wishful thinking, le llaman— según el cual todo es cuestión de administrar mejor las horas que me quedan. Alguien dentro de mí, no obstante, sabe que esto es mentira y tiene un precio. La novela en proceso se parece a una amante posesiva y biliosa que juzga imperdonable la irrupción traicionera de afectos paralelos, por más inofensivos que busquen parecer. Basta con no llegar a un par de citas para que me reciba con un desdén rayano en represalia. De poco o nada vale pretextar que no he podido más que pensar en ella, pues lo cierto es que lo hice con intermitencia y eso ya es un amago de abandono. ¿Sirve de algo explicarle que quiero ser jinete, y luego actor?

Los riesgos

—¿Ya sabes galopar, mi camarada? —insiste el director, a través de uno de sus mensajes de voz. Un par de días más tarde, el Víboras me lleva al redondel vacío donde suele lucirse los fines de semana. A cada vuelta crece la velocidad, mientras voy habituándome a tensar la rienda, de modo que el caballo entienda que hay jinete y no juguete. La experiencia es intensa, gloriosa, inenarrable. Hacer mías sus patas y suyos mis ojos es un poco enseñarnos a volar, de forma que al dejar el lienzo atrás el horizonte se abre sin reservas. No es que me sienta ya todo un jinete, pero me he encariñado con el cuaco. Nadie le ha puesto nombre: esas, dice Reygadas, son ridiculeces, y sin embargo pienso diferente. Un caballo sin nombre es un objeto más y los objetos no hay quien los respete.

Hace ya varios días que el equipo trabaja sin descanso en las tomas al pie del precipicio. Una vez que el cadáver del caballo haya caído del cielo, tocará el turno a un toro embravecido de embestir lo que pueda quedar de él, delante de una jaula de metal donde estarán los bravos de la cámara registrando el evento. Una escena difícil que requiere cercar el área entera y reclutar a algunos policías locales, pertrechados con rifles especiales “para salvaguardar la seguridad”, según confirmarán los mismos convocados. Reygadas, sin embargo, no ve complicaciones. Ya compraron el toro y opina que es bastante con transportarlo dentro de una jaula cerrada, cuidando de agitarla en el camino lo suficiente para desquiciarlo. O en fin, embravecerlo. Una estrategia que parece riesgosa, pero el autor es amigo del riesgo y está cierto de poder controlarlo.

La noticia me llega monte arriba, en el transcurso de otro paseo a caballo. Según me cuenta el Víboras, meneando la cabeza, tal parece que a instancias del director zarandearon al toro más de lo aconsejable, y una vez liberado cargó contra la jaula de la cámara, para fugaz terror de sus ocupantes; mas ahí no se detuvo el animal, ya que no había otro más aterrado que él, así que acto seguido emprendió la huída, sin que hubiera un obstáculo capaz de detenerlo. Irremediablemente enloquecido, arrancó de cuajo las alambradas, cruzó el río y corrió en dirección al pueblo más cercano, en tanto el director y varios caporales —el Víboras, entre ellos— lo seguían de lejos, a caballo. Se espera en estos casos que los perseguidores cuenten con proyectiles para adormecer a la bestia furtiva, mas en los rifles sólo había balas, dos de las cuales alcanzaron al toro cuando ya había invadido un campo de beisbol, justo a medio partido, mientras los jugadores y el público en las gradas huían despavoridos de la escena. Ya con el toro herido en mitad del diamante se arrimó el director a propinarle ahí mismo el tiro de gracia.

De regreso a la hacienda se escuchan a lo lejos mugidos tenebrosos y el Víboras me ilustra: separados del resto, los astados ya saben que se acerca la hora de tomar el camino de la plaza. Ya sea el ruedo o el rastro, las reses rara vez ignoran lo que viene. Intentaré sin éxito, a partir de este día, deshacerme de cada una de las escenas que ha venido pariendo mi imaginación, no sé si en nombre de la salud mental o porque todavía quiero ser actor.

Por la noche me viene a la cabeza el recuerdo de un mensaje del director, varias semanas antes: no podría acudir a una de nuestras citas porque tenía boletos para ir a ver torear a José Tomás. No soy un activista ni sé mucho de toros. Tengo por ahí, de hecho, un amigo torero, si bien nunca he logrado comprender a quienes, como reza el refrán, eligen ver los toros desde la barrera. En resumen, detesto el espectáculo. Una carencia mía, pensará acaso Carlos, que encuentra exagerado el cuidado que dispenso a mis canes. “¿Estás de acuerdo en que la probabilidad de que un caballo mate a tu perro de una patada es menos de una en mil?”, observó ya una vez, ligeramente en broma, a lo cual respondí que estaba interesado en disminuir justo esa probabilidad. En cualquier caso, por más que estemos juntos en un mismo proyecto, nuestra empatía tiene ciertos límites, como el tema del riesgo en el pellejo ajeno. Me he propuesto ignorarlos, mientras pueda.

El susto

Un requisito básico para el actor de cine es la paciencia. No digo que me sobre, pero me empeño en así demostrarlo. Han pasado tres días desde que me instalé en la filmación y todavía no llega mi turno. Hace un frío tenaz, soplan vientos malsanos y a la hacienda no llega la señal del teléfono. Con todo, según veo, soy un privilegiado. Paso las noches en el cuarto aledaño al de Carlos Reygadas, que se levanta a las cinco de la mañana y todavía a las diez de la noche celebra largas juntas con su equipo. De pronto conversamos, breve y amenamente, cuando llega la hora de dormir, cada uno desde su respectiva cama. Me pregunto si espera que los acompañe a filmar las escenas matutinas, aun si no me toca intervenir en ellas, y respondo con un bostezo terminante. No soy de esos que existen antes de las ocho.

Hay, entre los antiguos hacendados, un término preciso para nuestro hotel: calpanería. Es decir, las barracas que construían los peones para pernoctar. Mi cuarto tiene puerta, pero igual la asistente entra y sale de él sin reparar gran cosa en el bulto tendido a media cama. Reina en la filmación un ambiente espartano, que en un descanso Carlos se acercará a explicarme, no sin una sonrisa sugestiva: “Haz de cuenta que pasas tres meses en la cárcel, luego vas a salir y ya harás lo que quieras con tu vida”.

La idea me hace gracia, si bien la penitencia no me convence. Traigo en la camioneta —habilitada como refugio y camerino— el manuscrito de mi novela en proceso. Huyo de rato en rato a tratar de escribir algunas líneas, y si puedo me escapo hasta Huamantla —a unos pocos kilómetros de Tenexac—, donde por suerte llega la señal de internet a mi teléfono, para hablar con Adriana y comprar unas cuantas golosinas, pues aquí la comida —valga decir, el rancho— me parece infumablemente saludable.

Una tarde, durante la captura de otras tomas donde tampoco voy a aparecer, me despego del grupo y ya camino a solas entre los zurcos. Experimento cierta desesperación y busco sofocarla de este modo. Todos me tratan bien, aunque nadie abandona su papel. Cuando por fin terminan, al final de la tarde, Carlos pone en mis manos una de las dos motos de la producción, toma la otra y me pide que lo siga. No sé si lo haga para compensarme, pero igual lo celebro como un premio. Estamos algo lejos de Tenexac, vamos por una brecha pantanosa que le añade emoción al trayecto nocturno. Alcanzamos después la carretera y aceleramos como adolescentes, lejos de adivinar que al llegar a la hacienda nos esperará un toro gigantesco y a todas luces bravo. Carlos abre la puerta, soy yo quien me lo topo a tres o cuatro metros de distancia, luego de iluminarlo con el faro. “Tranquilo, no te muevas, no corras”, me aconseja muy quedo, también patidifuso. El animal nos mira de hito en hito, aunque no da ni un paso hacia nosotros, que tomamos distancia del peligro con lentitud de manecillas segunderas. Una vez guarecidos en la calpanería, con las motos debidamente estacionadas, procedemos a carcajearnos juntos. No es que seamos iguales, pero sí que nos gusta lo que nos asusta.

El galope

Las risas, sin embargo, son escasas. Impera entre los miembros del equipo una curiosa atmósfera de reverencia. Incluso y sobre todo los experimentados en dirección celebran la fortuna de poder trabajar para Carlos Reygadas, así sea como meros asistentes. Hablan a sus espaldas con una devoción imperturbable y citan sus películas como libros sagrados; luego, delante de él, se esfuerzan por seguir sus instrucciones con el celo oficioso de un apóstol. Una noche, reunidos en la calpanería, encajan con pesar el regaño de su ídolo y maestro: no le gustan las risas ni los guiños entre escena y escena, todo esto es cosa seria y hace falta total concentración. Más que el equipo técnico de un cineasta exigente, se diría que integran una secta.

Huelga decir que me falta el rosario, tanto como la mera iniciativa de encontrar coincidencias con Juan el ganadero. Asumo que las vacas siguen allá esperando a que vaya a ordeñarlas, mientras vuelvo al refugio de mi camioneta en pos del manuscrito abandonado: un moleskine de pastas negras y tamaño carta, cuyas hojas rayadas solía emborronar en mi jardín, en compañía de Cassandra y Gerónimo. Alguna vez me dijo Carlos Fuentes que este de hacer novelas es el mejor trabajo del mundo, no sé qué diablos hago aquí en la cárcel.

Mi desazón se esfuma en un suspiro, no bien llega la hora de hacer frente a la cámara. Se viene una inminente tempestad, es el momento ideal para filmar la escena donde Juan y el Lechera —caballerango muy cercano al personaje, cuyo apodo se debe a su afición pulquera— van a todo galope entre los zurcos, hasta alcanzar la camioneta en marcha donde viaja su esposa, que recién llega al rancho, gritarle un par de cosas y retomar la carrera a caballo. No me puedo quejar, es la primera vez que me pongo chaparreras y espuelas. Me miro en el espejo y me tomo una selfie; no sé si juego a ser Clint Eastwood o Lee Van Cleef, pero igual tarareo una de Morricone para ir entrando en el mood anhelado. Guardo el teléfono, corrijo la postura, quiero pensar que afuera me aguarda Sergio Leone.

Ya con la lluvia encima nos calzan sendas mangas de lona, mientras el director me señala el camino que seguiremos, lodazal abajo. Apenas disimulo la excitación de ser mi propio doble, como solía hacer Steve McQueen. Soy, en un parpadeo, el niño temerario que en mis primeros años imaginé, siempre lejos de siquiera intentarlo. Soy de paso el tardío adolescente que tras algunas clases de paracaidismo saltó a solas sobre Tequesquitengo, convencido de estar así aprobando una de las asignaturas que juzga indispensables para ser novelista. Soy también, por qué no, un gallina que tirita de miedo, pero trago saliva y me lo aguanto. “¿Qué esperan?”, se impacienta el director y me regresa de la ensoñación para ir trotando hacia la marca de salida.

Jinete desde niño, mi compañero lleva la iniciativa. “¡Qué pasó, Juan!”, bromea, me sonríe, alza el pulgar, como solía hacer el instructor de paracaidismo a la hora de invitarte a dejar la cabina y salir a colgarte del fuselaje. “Aquí nomás, Lechera”, le sigo el juego con otra sonrisa. A lo lejos Reygadas nos hace la señal, titubeo un instante y arranco varios palmos atrás, con la lluvia y el viento pegándome en la cara y unas intensas ganas de acelerar. No sé si convencemos a la cámara, pero el deleite es tal que ya me importa poco. Allá adelante va la camioneta, avanzamos tras ella en diagonal y es como si la Tierra se hubiese detenido a la mitad de un trance entre épico y onírico, donde ya nada existe más allá del momento trepidante y lo que fue aprensión se ha vuelto frenesí. Dondequiera que esté, Sam Shepard me acompleja un poco menos.

La paciencia

“¡Se van a empapar, amor!”, me grita Ester, desde la camioneta, no bien llegamos a unos metros de ella. “¡Es lo que queremos!”, respondo por mi parte como lo haría un niño, aunque siguiendo el guión al pie de la letra. Arrancamos después, ya sin más encomienda que galopar a toda velocidad, a manera de estímulo por la misión cumplida. Pero he dicho que hacía falta paciencia, y a partir de este punto habré de practicarla con el ahínco de un discípulo zen.

La tormenta va y viene, es preciso esperar cada vez a que arrecie para filmar de nuevo la toma del galope. Trato de acicatearme recordando mi Suzuki Katana 1100 de camino a Querétaro, con la aguja pasando las 150 millas por hora y la vida felizmente un hilo. Se me ocurre, también, insertarme en los huesos de Jim Morrison y canturrear a media cabalgata el coro apocalíptico: ri-ders-on-the-storm. Son seis, ocho, diez veces de repetir la escena. El director aplaude, se entusiasma, si bien parece lejos de verse satisfecho. Quiere otra, y otra, y otra, y yo sé que no soy ningún jinete. Nada raro sería que en una de éstas fuera a dar al suelo, a sabrá el diablo qué velocidad. Hace rato que ya no lo disfruto, siento al frío invadir el esqueleto y nunca me ha gustado obedecer. ¿Será preciso que me rompa el cuello para ponerle freno a esta impostura?

Pasadas diecisiete tomas tempestuosas, el director se da por bien servido. Viene y me da un abrazo. Nos felicita. Mejor aún, nos invita una sopa bien caliente. No oculto la alegría del mocoso interior, detrás de esta careta de héroe de pasquín. Nada más deshacerme del disfraz, trepo a mi camioneta y enfilo hacia Huamantla. Nadie que no sea Adriana entendería la clase de fantasmas que recién he logrado sacudirme. Apenas me contesta, procedo a atolondrarla mediante un aguacero de palabras que intentan replicar los estremecimientos vividos a caballo. Sabemos, en el fondo, que ya no es el “jinete” ni el “actor” —entelequias espurias, en mi caso— quien ahora mismo vibra en el teléfono. Nada cautiva tanto al narrador como poder probarse que no teme a la muerte. Lo demás fue jugar a los vaqueros.

El suplicio

Corren días de grandes ventarrones. Según me contó Adriana, en la Ciudad de México ya causaron unos cuantos desastres, y Tlaxcala está lejos de ser una excepción. Caen, de paso, lloviznas pertinaces que apenas nos permiten trabajar. Hemos subido al monte a filmar una escena, sencilla en apariencia, donde Juan y el Lechera pasean a caballo, conversando. Es decir que no basta un amago de suicidio para salir del trance, sino que es necesario combinar varias habilidades de las que, ¡ay!, carezco. Ir juntos al parejo, sacar el celular, pretender que converso con Ester, coquetear con la cámara y darle cuerpo a un verbo insospechado. ¿Alguien por ahí sabe lo que es caracolear?

De un día para otro el campo ha vuelto a ser ese lugar inmundo del que hablaba Cortázar. Si por casualidad llego a seguir el camino correcto, ignoraré a la cámara al pasar junto a ella, o me equivocaré en un parlamento, o al final de la toma se detendrá el caballo delante de una zanja. “¡Hazlo saltar!”, se desespera Carlos, y mi respuesta salta directo al territorio de la comedia: “¡Es que no quiere!”.

Lo dice una canción de los Avett Brothers: “Las mentiras no necesitan de un aeroplano para darte alcance”. Verdad es que jamás me enseñó el Víboras a caracolear, pero el problema va mucho más lejos. Si sólo se tratara de arriesgar, el director y yo tardaríamos poco en coincidir. ¿Cómo borrar, en cambio, los vestigios urbanos de este falso vaquero cuya recia presencia evoca antes un western de Mel Brooks que uno de Sergio Leone? Ello, más la llovizna, tiene al director fuera de sus casillas. Tras veinticuatro tomas sucesivas es él quien me reemplaza como Juan y termina la escena a su manera.

No sé qué tan mal pueda haberlo hecho, pero hace tiempo que esto es un castigo. Toca después filmar una escena más simple, consistente en bajarme del caballo y recargar mi cabeza en su cuello, con los ojos cerrados y un suspiro recóndito. Poco se esmera el hombre de las órdenes en abundar en torno a su intención, acaso porque está tan harto como yo. “¡Ni que fuera el muro de las lamentaciones!”, se burla, exasperado, y apenas si contengo el impulso de mandarlo al carajo. Soporto más el viento que sus gritos, aun si un par de asistentes buscan tranquilizarme confiándome que “antes era peor”. Al final del suplicio, me digo que no soy ningún Klaus Kinski, pero tampoco estoy con Werner Herzog. Necesito volver a mi jardín.

Se cuenta que Rainer Werner Fassbinder solía insultar a Hanna Schygulla hasta ponerla a tono con la escena. Comparado con eso, Reygadas es un guía Montessori, pero igual me incomoda que remede mi forma de andar delante de los suyos, porque tampoco es un gran comediante. Lo llamo y se lo digo: “Si quieres corregirme, no tienes que hacer show”. Le recuerdo, de paso, que me siento cansado, y él por toda respuesta me informa que tendré unos días libres, a partir de ahora mismo. Nos despedimos con un gran abrazo: no he de negar que, filmación aparte, el preso y el alcaide se profesan alguna rara simpatía.

El regreso

Despierto al día siguiente víctima de un catarro antologable y Adriana me administra toda suerte de remedios y pócimas. Empero, el malestar es más profundo. Pasadas varias horas de pretender que soy un enfermo contento, estallo en maldiciones y me quejo de todo a grito pelado. ¡No quiero regresar a ese lugar, ni volver a saber de su puta película! Supongo que hay un término psiquiátrico que corresponde a un escenón así, y no obstante me guardo de considerar la posibilidad de una renuncia. Blasfemo, nada más, y hallo en ello consuelo suficiente para sobreponerme al odio que me tengo por haberme enredado en este despropósito. Puedo leer al fin, en los ojos querúbicos de Adriana, el mensaje secreto al que antes di la espalda, como un niño empeñado en ser Houdini. Pienso en aquel amigo de Arthur Koestler que encontraría en él lo opuesto de un virtuoso: un entusiasta.

Entre lunes y jueves de la nueva semana me entrego por entero a la novela, como el amante infiel que ha prometido ya nunca más dejarse resbalar en tentación. Espero, mientras tanto, una llamada desde Tlaxcala. Cada día de silencio es un nuevo respiro, pero no bien me busquen sabrán que me resisto a pasar otra noche en Tenexac. Si he de volver allá, necesito de un cuarto en Apizaco, junto al resto de los involucrados. Cuando Carlos me llama, entrado el jueves, se lo dejo tan claro que acepta sin reparos. No sé si acabe por escribir de noche, pero en tanto me ubico en el empeño quiero mi independencia de regreso.

Es el viernes previo a Semana Santa, y yo vuelvo a la cárcel bajo un régimen más condescendiente. Reygadas, por su parte, ha contratado a un coach de actuación. Llegaron asimismo sus hijos y Natalia, así como su padre y otros involucrados en la película. Se relaja el ambiente, en más de un sentido. Luego de una sesión de lectura con Natalia y Bernardo, que es el nombre de nuestro nuevo coach, el director me informa que a partir de mañana tanto él como yo seremos Juan y haremos las escenas por duplicado. Es decir que ya al menos considera la posibilidad de reemplazarme, lo cual no sólo dista de afligirme, sino todo lo opuesto. Vuelvo a Apizaco y duermo como un bendito. ¿Probaría Mick Jagger una calma como ésta cuando abandonó el set de Fitzcarraldo?

La querencia

Lo malo de dormir en Apizaco es que toca levantarse temprano. A las siete ya está lista la caravana que cruza Xalostoc y en media hora arriba a Tenexac, donde ya hay un gentío considerable. Esta vez, sin embargo, no espero que alguien me haga conversación. Lo que busco es aislarme, en lo posible, mientras no sea estrictamente requerido. Dondequiera que sea la locación, he de llegar abordo de mi camioneta porque no puedo estar sin camerino, si es que pienso cumplirle a la novela.

Donde nace la vida, se titula por ahora la película que ¿estamos? haciendo. Con la esposa, los hijos y el padre en el reparto, parece obvio que sólo falta Carlos y es justo lo que toca negociar. No es que piense faltar a mi palabra, pero estoy otra vez a media locación y me siento un perfecto forastero. La toma de repente se dilata, de modo que platico a placer con Miguel Villarreal, matador en retiro que me cuenta sus glorias y peripecias con cierta conjunción de orgullo y desparpajo, misma que se interrumpe no bien el director llama a la acción. Se le ve entonces tieso, yo diría atormentado por un miedo al ridículo que su ego de torero no tolera. Preferiría sin duda verse en traje de luces frente a un toro sangrante que encarar a la cámara traidora. “¿Sabes qué es lo bonito de los toros, más allá de la fiesta? Verlos crecer, criarlos, prepararlos…”, me confiará en un tris, mientras nadie nos filma, y yo que nunca he sido ni seré ganadero sólo pienso en volver al manuscrito: ese santuario urgente al que los matadores llaman querencia.

“¿Qué hago aquí?”, me repito, no sin sorna. Supongamos que todo sale bien y a la postre resulto un buen actor. Más todavía, entrados en fantasía, digamos que entre coach y director hacen de mí un histrión extraordinario. ¿Qué sería lo mejor que podría pasar, estirando mi suerte al infinito? Al tanto del prestigio de Reygadas en el mítico festival de Cannes, me imagino allí mismo recibiendo el premio al mejor actor, presa de un narcisismo espectacular, mientras Sean Penn, De Niro y Depardieu se retuercen de envidia en sus lugares. Aun así, me digo, reprimiendo la risa, no ganaría un demonio como novelista, y lo cierto es que no soy otra cosa. ¿Qué carajos espero para huir de la escena?

La fuga

Una vez que me encierro en la camioneta, a distancia prudente de la locación, me armo de pluma fuente y moleskine con la premura propia de un bandido. Necesito escribir lo más que pueda, antes de que me llamen a seguir adelante con el engaño. Monstruos, vengan a mí. Uno, dos, cuatro párrafos, tengo la sensación de estar saqueando alguna caja fuerte, mientras suena la alarma y llegan los de azul a aguar la fiesta. Nada muy diferente de aquellos días taimados de la infancia, cuando lo hacía a espaldas de los profesores y me fugaba así de un mundo insoportable hacia el único espacio donde todo era cierto, aunque fuera mentira. ¿Y no será que a Carlos le sucede algo así, metido en el pellejo de un Juan que tiene más que ver con él y sus pasiones campiranas que con el novelista aquí escondido?

Es Domingo de Ramos y mi presencia se ha ido haciendo etérea. Si ayer iba y venía de rato en rato, un tanto preocupado por atenuar el peso de mi ausencia, hoy desperté con tales ansias de escribir que bien podría escaparme al hotel, aunque lo cierto es que ya no me llaman. Llegó ayer un actor de películas porno que no habla tres palabras de español y hará el papel de amante de la protagonista; quiero creer que eso los entretiene más y mejor que mi silueta esquiva. Pero así debe ser: el actor sale a escena, el narrador se fuga. Vale más que no sepan, reflexiono con ánimo de chamaco maldoso, de las horas febriles que estoy pasando en esta camioneta, mientras la Tierra gira sin que yo me entere.

A mitad de la tarde, volviendo de comer, me topo con Reygadas. “¿Qué pasó, camarada? ¿Escribiendo, verdad?”, me interpela, sin rastro de ironía, y no bien lo confirmo en su sospecha deja ir una sonrisa de alivio consecuente. Sé entonces que es el fin de mi película, aun si Carlos espera a que caiga la noche para venir hasta mi camioneta y confesar que tiene miedo al miscast. Puede darme, si quiero, un papel más pequeño. Cuestión de dos, tres días de filmación. Él ya me avisará, cuando llegue el momento. No es, todavía me aclara, una especie de premio de consolación, sino que le interesa tenerme como actor. Miente mal, de repente, pero eso a quién le importa. Soy el toro indultado que volverá sin más al pastizal de donde nunca debió haber salido y no sé imaginar recompensa mayor.

No es del todo casual que sean catorce los presentes capítulos. Cumplido el vía crucis de un miscast anunciado en su momento por los ojos perspicaces de Adriana, mi mujer pacientísima, he vuelto hasta el jardín pescado de las riendas de la novela a la que pertenezco. No lo sé todavía, pero de aquí a unos meses de fruición desatada se llamará Los años sabandijas. Reygadas, por su parte, tardará un par de años en terminar la historia que llevará por título Nuestro tiempo y no tendrá de mí la menor huella. Jamás sabré, eso sí, qué habría sido de mi libro en proceso de no haberse cruzado el ganadero Juan: ese extraño con botas y sombrero cuyos deseos nunca compartí, porque en las obsesiones no se manda ni sabe uno más cosa que servirles.

Siempre quise, al final, ser novelista. Cualquier otro papel habría sido una farsa.

 

Xavier Velasco
Escritor. Su libro más reciente es Los años sabandijas.