No creo que exista un libro del cual no pueda obtenerse alguna clase de provecho. Y si este libro existe entonces estaremos frente a una especie de Biblia o libro que contiene todos los sinsentidos de la historia. Una ventaja de los escritores de ficción es que son capaces de leer libros de filosofía de manera provechosa, sin necesidad de ostentarse como filósofos o conocedores. Es evidente que también lo pueden hacer otras personas, pero me refiero a los escritores porque en general la filosofía se escribe, no se baila ni se dibuja (al menos en mi opinión). La conocida sentencia de que la filosofía ayuda a la mosca a salir de la botella es algo arrogante, mas tiene sentido porque conocer las ideas que han preocupado a los seres humanos a lo largo de la historia es también un medio de liberarnos de prejuicios y un buen incentivo para reafirmar la humildad y relatividad de nuestro saber. R. M. Hare observó, durante una entrevista, que las personas harían cualquier cosa con tal de evitar pensar. Tenía razón, ya que la holganza y comodidad que nos confiere el supuesto hecho de tener opiniones estrictas e inamovibles resulta una tentación para la mayoría.

Un escritor o un buen lector pueden extraer provecho de cualquier libro de filosofía. El orden en que se lea la obra de los pensadores provenientes de todos los tiempos no es en realidad importante, pues uno no espera hacerse de verdades religiosas, sino simplemente intenta fabricar mundo desde una perspectiva personal y relativa. Hemos sido testigos de cómo dos sistemas de pensamiento se oponen entre sí, e incluso uno parece anular la veracidad del otro. Sin embargo, esto no significa que alguno de ellos sea desechable o absurdo, ni que tal convivencia entre contrarios ponga en duda la función de la filosofía como una herramienta para obtener certezas. Hume, por ejemplo, se revelaba contra la idea de crear colosales sistemas metafísicos que dieran fundamento a todo el conocimiento humano. Tampoco la intuición tenía un significado similar para Husserl que para Henri Bergson, del mismo modo que las famosas categorías de Kant le fueron molestas a muchos otros filósofos que lo continuaron.

Ilustración: Sergio Bordón

Hace unos días, mientras divagaba en internet, me encontré con una lista que me sorprendió debido a su ingenuidad y a la convicción con la que era esgrimida. Tal recuento enumeraba a los treinta filósofos más importantes de la historia occidental. Obviamente una lista así es un despropósito que, no obstante, suele ser un ejercicio de divertimento el cual algunas personas llegan a tomar en serio. La lista contenía los nombres de la fraternidad griega, desde Pitágoras, Parménides, Heráclito y Anaxágoras hasta Platón y Aristóteles, y continuaba con todos aquellos nombres de sobra conocidos que van desde Santo Tomás, Descartes, Kant, Marx, etcétera, para culminar en pensadores contemporáneos como Habermas, Foucault, Chomsky y esa curiosidad tambaleante a quien en lo personal no le encuentro casi ningún valor, Slavoj Zizek.

Les relato mi trivial experiencia porque apenas repasé dicha lista me cayó encima, como un tonel de Diógenes, otro recuento muy distinto, aunque individual e íntimo, de filósofos que han dejado alguna clase de huella en mí a lo largo de la vida, y que pese a no haber conocido en persona influyeron en mi ser cotidiano de una manera que no puedo determinar con exactitud. Entre ellos y por nombrar sólo a algunos se encuentran —además de los obvios o clásicos— Pico della Mirandola, J. G. Hamann, J. J. Rousseau, P. J. Proudhon, Paul Feyerabend, Isaiah Berlin, H-G. Gadamer, John Dewey, Simone Weil, Otto Weininger, Eugenio Trías, Luis Villoro, Martha Nussbaum, Mauricio Beuchot, Victoria Camps, W. V. Quine, Jean-Fraçois Lyotard (sobre quien escribí mi primer ensayo aparecido en una primera plana en el suplemento Sábado, de unomásuno), Peter Sloterdijk, Rafael Argullol, Thomas Nagel, Hilary Putnam, Richard Rorty y tantos otros más. Y con este deshilvanado y atolondrado recuento lo que en esencia quiero decir es que de la misma manera que yo otro escritor podría incluir entre sus lecturas o enumeración a Guillermo de Ockham, J. B. Vico, Alain Finkielkraut, Niklas Luhmann, Todorov, Kolakowski, Umberto Eco e incluso a los mediáticos Glucksmann, Agamben u Onfray, y su experiencia se vería también ampliada y enriquecida sin necesidad de mantener un orden o un dogma histórico o axiológico.

¿No es este horizonte un paraíso para los escritores? Leer a los filósofos —o a ciertos biólogos, sociólogos, economistas, científicos o historiadores— y afrontar sus libros con pasión, ánimo intelectual y al mismo tiempo desinterés de reconocimiento social; ello es un privilegio que podemos darnos también los pobres. Viene a mi mente la imagen de Charles Bukowski hojeando libros y gráficas de biología en la biblioteca pública. Y aunque yo no hojeo los libros (los leo), sino más bien hojeo las diversas historias del pensamiento sentí, de pronto, cierta afinidad por la afición de Bukowski como escritor entrometido, más que comprometido.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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