Uno de los mayores conflictos a los que se enfrenta el futuro, si no el más grave y difuso, es mantener cierto grado de verosimilitud a pesar del presente. Aunque lo anterior se pueda relacionar con los avances tecnológicos, en este caso ellos me importan poco. Son solo escalones naturales de la modernidad que por alguna razón tiende a confundirse con lo que vendrá. Por otro lado, el devenir de las grandes preocupaciones globales como el medioambiente ha llegado a un punto en el que las opciones son binarias. Continuar con el desastre o limitarlo para intentar conservar lo que nos rodea. Pienso más bien en la vertiente del futuro que históricamente contiene los temores de nuestra especie; el destino incierto de los individuos, la lucha para entenderlo y desde la que hemos construido sociedades, estructuras, mitos y conceptos modeladores como la política.

Magia, religión y el análisis científico y social parecen nociones que compiten, menos las dos primeras que la última, claramente, pero las tres convergen en cierta medida en una inquietud máxima: ¿qué nos depara el tiempo y cómo podemos cambiar aquello que queremos evitar? ¿Cómo combatir el futuro y controlarlo?

Nuestra relación con el futuro al escribir y hablar en términos políticos guarda la ambiciosa necesidad humana de la prevención, de conocer las posibilidades para los rumbos que elegimos y en los que aspiramos, o no, ubicarnos más adelante. Qué faros seguimos para llegar a ellos.

Ilustración: Patricio Betteo

Durante los diversos momentos históricos en los que el idealismo hacía mella de cualquier actividad, es probable que el equilibrio entre lo actual y lo venidero se inclinara a los objetivos utópicos que, aunque imposibles por su condición inexistente, ingenuos o crueles, apostaban a tener una ligera mirada a largo plazo que no era muy distinta a la de un presente esculpido minuciosamente. De ahí la insistencia en los periodos de extrema religiosidad por la inmovilidad. Hoy, la época en la que la política es la del instante, nos desenvolvemos en la frustración nada moderna pero actualmente exacerbada de las líneas iniciales. Como si se tratara del oráculo y la lectura de peces, la especulación política y el ejercicio de opinión se han transformado en la versión republicana y laica de la astrología en las viejas casas medievales. Como en los tiempos de artilugios, hechiceros y magos, la función del pronóstico es tan políticamente necesaria como redituable. A la par de unos cuantos y encomiables análisis prudentes, el mercado de lo que aún no sucede se conforma como una casa también llena de charlatanes y medio charlatanes que, con bosquejos de verdad y verdades a medias, buscan y logran convencer a sus interlocutores. Incluso sin dialogar con ellos. En la arena del debate político más precario, solo se necesita imponerle autoridad a una suposición para que éstas se conviertan en argumentos.

La organización y el control de las sociedades son un ejercicio de presentes a los que se les exige dar beneficios futuros. De eso debería tratarse la política en su mejor y desgraciadamente escasa acepción. Sin embargo, una carga de ingenuidad gigante afirmará tajantemente lo anterior si se ignoran los defectos naturales de nosotros mismos. Más a menudo de lo que se esperaría, con todo y la ventajosa situación que tenemos en muchos aspectos frente a otros siglos, a los individuos, la organización de las sociedades o nos sale mal o medimos equivocadamente los costos de nuestras acciones. La materia con la que siempre esbozamos escenarios parte del reconocimiento íntimo de tal condición. Antes, se trataba de adivinar los eventos de la naturaleza que afectaban la vida de la gente. Hoy, nuestras consternaciones recaen en las acciones de individuos y grupos de individuos que afectan la vida de otras personas. Los demás, nosotros. La especulación política intenta pensar la aparente condición impredecible de los actos en un entorno predecible: la realidad.

Tradicionalmente, el monopolio del futuro ha estado ligado a las creencias, y las creencias, a un grado de racionalidad que intenta cobijar la incertidumbre con una ruta trazada por el determinismo en oposición al azar o a lo imponderable. Buscamos conocer el futuro desde cualquier método imaginable por las razones más sencillas, para modelar nuestras vidas con tranquilidad y para desarrollarla en virtud de nuestros propios intereses. Sean estos cuales sean, de quien sean. El mismo esquema ha funcionado desde que buscábamos el destino en las estrellas, en divinidades, a los espacios de nuestros días en muchos textos de opinión política. Unos pueden tener sustento lógico y científico, otros no. En unos más habrá coqueteos tramposos con lo científico. Solo unos tendrán utilidad social.

Actualmente, la paradoja en la lucha contra el determinismo se ha batido con otro determinismo. Éste es producto del estudio de hechos que encuentran paralelo en el paso del tiempo en latitudes diversas.

En cualquier país puede haber un gobierno que ejecute un proyecto lleno de promesas y automáticamente se tendrá una serie de pronosticadores que sustenten o refuten la secuencia de hechos que arrojará ese proyecto. Ambas previsiones se llamarán lectura política. Podríamos creer que lo certero de su resultado dará la única medida de calidad de la lectura, pero, a menos que también creamos en la magia, será difícil ignorar que cuando a lo largo de la historia existen ejemplos similares que han otorgado resultados equivalentes, se establecen patrones que raramente escaparán de un diagnóstico establecido. Al negarlos, se aproxima tanto a la charlatanería como a la ingenuidad. Valdría la pena detenerse a pensar en qué campos —como la economía— ya tenemos los elementos necesarios, limitando el tiempo ya que sería ocioso comparar la realidad del siglo XXI con la del XVIII, para admitir la existencia la predicción social.

Nos hemos esforzado tanto por detener la incertidumbre que convertimos el futuro en una industria. Contrario a lo que el espíritu contemporáneo dejaría afirmar, siempre hemos tratado de acceder al futuro con los medios más racionales a nuestro alcance. Lo que ha cambiado es la racionalidad de las herramientas gracias al refinamiento en el pensamiento y a su disociación con las creencias. Caricaturizando con la mala leche que permiten estas fechas, ya una vez le dimos a las constelaciones la legitimidad para marcar los rumbos. Están ahí y, durante siglos, la vista de todos les dio un aire científico aplicable para estos menesteres acorde a las épocas en que fueron utilizadas. Sin embargo, como sucede cuando se realizan análisis políticos con elementos idénticos, existen teorías diferentes sobre lo que puede pasar. Por eso el énfasis en que la enseñanza histórica no es adivinación y que la lógica comprendida dentro de la realidad es el único instrumento de la razón contra la irracionalidad. Las fuentes desde las que se desarrollan los pronósticos deberán pasar la prueba de la contradicción, asumiéndose contradecibles. Como los argumentos cuestionables de antaño, el que algo esté en un texto académico —un paper— no lo hace indiscutible ni es suficiente para la posteridad.

En la especulación política se buscan las respuestas que llenarán los vacíos de la incertidumbre. Nadie, espero, querrá a estas alturas descansar los destinos compartidos en lo esotérico como en el análisis. Habrá, entonces, que diferenciar los pronósticos que se asemejan a cada uno, a partir de quién los da y sus incentivos. En lo político, en lo social, para domesticar el futuro y las aspiraciones que tenemos de él, podrá importar más la reacción de quien recibe la ventura que el pronóstico. El político en activo conjugará un futuro positivo que le permitirá justificar sus acciones. El intelectual más o menos riguroso, lo hará con los negativos porque la mediación más segura contra el embate de la duda acerca de lo que aún no conocemos, invariablemente será aquella que se proteja contemplando los escenarios menos alentadores.

El equilibrio pertenece al valor que le damos responsablemente a la predicción y cómo actuamos con ella, cuya única función es ser una pequeña guía más allá de lo que se propone. Apostar por el análisis que reafirme coincidencias jamás será un proyecto de utilidad social. A menudo el pronóstico más atinado es el pesimista. Nuestra relación con el futuro es frecuentemente un psicoanálisis colectivo, preferimos verlo a través de un mediador.

Mis mejores deseos para este año.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado las novelas Casa Damasco, La carta del verdugo, Clandestino, El jardín del honor y El mal menor, y los ensayos Reserva del vacío, Pensar Medio Oriente, Pensar México y Pensar Occidente.

 

Un comentario en “Nosotros y el futuro

  1. Las aspiraciones de un futuro que se construye en el presente, son diametralmente opuestas a las necesidades y requerimientos del presente. Si entendemos un presente con diversas variables que cambian en breve plazo; es reto para su total comprensión. ¿Es viable tan sólo generar escenarios futuros? Construir el futuro a partir de un estudio objetivo del pasado, a efecto de comprender mejor nuestro presente y tal vez -con el uso del pensamiento lógico- permita generar condiciones para conformar un futuro diafano.

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