Los psicólogos evolutivos postulan que el comportamiento que nos caracteriza como especie es, en gran medida, aquel que en el pasado remoto representó una ventaja adaptativa para nosotros: actuar de cierta manera y no de otra es la causa de que no nos hayamos extinguido. Desde su perspectiva, como compartimos con otras especies de primates el ser animales sociales organizados en una jerarquía de dominancia, con la diferencia de que, al contrario de nuestros parientes más cercanos, podemos optar por elegir democráticamente a nuestro líder, a la hora de esta elección intervendrá una base biológica —que antecede por decenas de miles de años a las razones psicológica, social o política— que influirá en nuestra decisión.

Puestos a escoger a nuestro macho alfa, algunas de cuyas decisiones serían de vida o muerte para nuestra tribu, las dos opciones favorecidas por la evolución, dado que mejoran las probabilidades de supervivencia de lo que en sus orígenes fueron pequeñas tribus de cazadores-recolectores, son: a) un líder dominante y autoritario, o b) un líder admirado y respetado.

Como los peligros abundaban y no había tiempo para hacer campañas políticas para analizar en detalle las propuestas de los candidatos a jefe de tribu, tendríamos que distinguir a primera vista entre los Obama y los Trump. Y así ha sido, en efecto: los rasgos fisonómicos que nuestra especie asocia con la dominancia de una persona como líder (la dominancia facial) son los mismos en todas las culturas y, por ejemplo, un análisis de los graduados en 1950 de la Academia Militar de los Estados Unidos en West Point predijo, a partir de su dominancia facial, el rango máximo que alcanzaron al final de sus carreras en este ambiente altamente jerárquico.1

Ilustración: Oldemar González

 

Aunque en la actualidad nuestra organización social es mucho más grande y compleja que la de una tribu, y más de uno (de hecho, millones) podría suponer que no habría razones para elegir a individuos narcisistas, autoritarios, agresivos, con dudosos principios morales (varios de ellos xenófobos y racistas), resulta que en años recientes es este tipo de líder el que está arrasando en las elecciones presidenciales en varios países y, si bien es verdad que no todo líder autoritario es populista, todo populista es autoritario, al menos como objeto de estudio de la psicología evolucionista.2 Los investigadores en este campo consideran que nuestra preferencia por un individuo dominante se incrementa cuando aumenta la incertidumbre en nuestro ambiente. No importa la naturaleza de esta incertidumbre —económica, social, física o de otro tipo—, ni si es una percepción motivada por una situación real o por algo ficticio —como creer, por ejemplo, que como miembros de nuestro grupo estamos recibiendo menos recursos que los que nos corresponden porque otros grupos se los están apropiando—, el hecho es que la interpretamos como una amenaza que queremos desaparecer o, al menos, reducir, ¿y quién mejor que un líder dominante para hacerlo?3

Si algo puede incrementar nuestra incertidumbre es un estado de guerra, y con ello en mente la hipótesis fue puesta a prueba tomando a los candidatos de la elección a la presidencia estadunidense de 2004: George W. Bush y John Kerry.4 En el experimento los investigadores traspusieron en un rostro con atributos neutros exageraciones de la forma de la cara de uno y otro candidatos, con el conocimiento previo de que el rostro de Bush tenía rasgos considerados como más dominantes, y pidieron a los participantes que eligieran entre ambos rostros ante un escenario de guerra o de paz, siendo Bush el ganador en el primer caso (con 74% de los votos) y Kerry en el segundo (con 61% de los votos).

Como la gran mayoría del mundo no se halla, por fortuna, en medio de conflictos bélicos, el generador de incertidumbre al cual culpar por la ola de populismo de izquierda y derecha debe ser otro. En 2017 los psicólogos Hemant Kakkar y Niro Sivanathan usaron indicadores macroeconómicos (tasa de pobreza y de desempleo, entre otros) para estimar si la incertidumbre económica en más de 140 mil personas de 69 países —lo que representaba alrededor de 90% de la población mundial— permitía predecir la emergencia de líderes populistas. Sus resultados muestran que los estadunidenses participantes en el estudio consideraban a Trump como más dominante que Hillary y a ésta como más prestigiada y que, más allá de si eran demócratas o republicanos, una mayor incertidumbre económica predijo una preferencia por Trump.

En el caso del resto del mundo la preferencia de los participantes en el estudio por “tener un líder fuerte que no tenga que preocuparse por parlamentos ni elecciones” (lo que implica un nivel de autoritarismo mayor que el de un líder dominante, pero que acepte las reglas democráticas) también creció conforme aumentaba la incertidumbre económica (en particular, cuando ésta era medida en términos de tasa de desempleo), por lo que Kakkar y Sivanathan concluyeron que la elección de un líder dominante es una estrategia compensatoria que nos permite restablecer la sensación de que tenemos todo bajo control.

 

Es claro que una cosa es que queramos que nuestra incertidumbre disminuya al haber elegido a un líder dominante y otra muy distinta que en verdad sea ésta la mejor opción, sobre todo en el mundo de hoy, que dista mucho de aquel poblado por tribus en el pasado distante (al menos a primera vista, ya que las redes sociales han transformado esto) y en el que de la cohesión de nuestro pequeño y bastante uniforme grupo de individuos dependía nuestra supervivencia.

En esa realidad prehistórica quienes no estaban con nosotros tal vez no estuvieran contra nosotros, pero valía más pecar de desconfiados en extremo porque, si ingenuamente confiábamos por completo en los otros y nos equivocábamos, no veríamos el siguiente día para arrepentirnos, en tanto que si de entrada asumíamos —por injusto y arbitrario que fuese— que el infierno son los otros y errábamos, de todas formas sobreviviríamos. La selección natural favorece la permanencia del segundo tipo de error, así como el que sea parte de nuestro muy humano comportamiento esa necesidad de sentir que pertenecemos a un grupo, de distinguir entre nosotros y los otros y de escuchar a los populistas cuando azuzan a nuestro tribalismo para crear supuestas amenazas a nuestro grupo (con Trump se trata de los migrantes y el resto de la humanidad contra The American People).

Como, desde un enfoque evolutivo, ser rechazado por nuestra tribu implicaba una pérdida de estatus, de acceso a recursos y a parejas con las que aparearnos, de protección y, en última instancia, equivalía a una condena de muerte, los estudios muestran que afirmar que ser expulsados de nuestro grupo nos duele tanto como si nos golpearan no es una metáfora, sino una mera descripción clínica, pues los mecanismos de dolor y de estrés generados por el ostracismo son los mismos que los debidos al dolor físico.5

Rose McDermott y Peter K. Hatemi, expertos en psicología política, consideran que, dado que la retórica xenofóbica, fanática o antiestablishment de los populistas desencadena nuestros engranes psicológicos de defensa del grupo del que nos consideramos parte y, de cuestionarlos, el riesgo de ser excluidos socialmente (lo que, no lo olvidemos, en el pasado remoto implicaba la muerte). Estas son las razones por las que la primera y más frecuente reacción cuando percibimos que los valores de nuestro grupo están siendo atacados es extremadamente negativa; peor todavía: es también por ellas que una mayor escolaridad o mejor y verdadera información no tiene mayor influencia en que cambiemos de opinión.6

Si bien Kakkar y Sivanathan proporcionaron evidencia sólida de la asociación líder dominante/incertidumbre económica, recordemos que esta incertidumbre no tiene que ser necesariamente de este tipo y que ni siquiera deberse a un riesgo real. El protopopulista trumpiano no tendría mayor problema al mentir descaradamente a los otros miembros de su tribu para convencerlos de que es necesario construir un muro alrededor de la aldea porque los que están afuera son bad hombres que buscan hacerles daño, pero se arriesga a probar la veracidad del dicho “pueblo chico, infierno grande” —detectar las mentiras es más sencillo cuando todos se conocen— y, como consecuencia de su engaño, a perder la elección e, inclusive y literalmente, la cabeza.

De vuelta al siglo XXI, el gran aliado de Trump y otros populistas ha sido Twitter y el resto de las redes y medios sociales. Nuestras respuestas evolutivas pueden ser de gran utilidad cuando las interacciones se dan en una escala personal, pero desastrosas cuando hablamos de un país entero, y ahora tenemos a Trump y a sus émulos dirigiéndose directamente a millones de personas mediante tuits, con consecuencias y ciclos de retroalimentación que apenas están siendo estudiados por especialistas en muy diversas áreas.

De acuerdo con McDermott y Hatemi, los medios sociales nos han llevado de regreso a una sociedad tribal, en la que un video de alguien en YouTube puede tener para muchos tanta o más credibilidad que un reportaje en nexos y en la que las adaptaciones evolutivas que favorecieron nuestra preferencia por un líder autoritario y por la defensa de nuestro grupo se convierten en un obstáculo para la democracia.

Como sería absurdo esperar que, en unos cuantos miles o millones de años, la evolución nos permita adaptarnos a Trump y al resto de los populistas, en palabras de McDermott y Hatemi, toda solución que pretenda combatirlos “debe tomar en cuenta las tendencias, motivaciones, deseos e incentivos de una psicología humana poderosamente configurada por fuerzas evolutivas. Sin tal consideración consciente en el diseño e implementación de instituciones y organizaciones futuras el fracaso se vuelve tanto inevitable como predecible”.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Mazur, A., J. Mazur y C. Keating, “Military rank attainment of a West Point class: Effects of cadet’s physical features”, American Journal of Sociology, 90, 1984, pp. 125-150.

2 Tomando prestada la definición de Jan-Werner Müller en ciencias políticas, los artículos sobre el tema en psicología evolutiva consideran como populista a aquel individuo que a su autoritarismo añade como ingredientes una retórica antiestablishment y la defensa de los intereses de un grupo —usual y vagamente referido como “el pueblo”— del que se considera el único representante legítimo.

3 Hay estudios que muestran que, para quienes son creyentes, este es el momento de recurrir a dios, pero no a uno al estilo de “el dios de Spinoza” citado por Einstein, sino a otro que no tenga reparo alguno en intervenir directamente para poner orden en nuestra vida. Ver, por ejemplo, Laurin, K., A.C. Kay y D.A. Moscovitch, “On the belief in God: Towards an understanding of the emotional substrates of compensatory control”, Journal of Experimental Social Psychology, 44, 2008, pp. 1559-1562.

4 Little, A.C., R.P. Burriss, B.C. Jones y S. Craig-Roberts, “Facial appearance affects voting decisions”, Evolution and Human Behavior, 28(1), 2007, pp. 18-27.

5 Kross, E., M.G. Berman, W. Mischel, E.E. Smith y T.D. Wager, “Social rejection shares somatosensory representations with physical pain”, Proceedings of the National Academy of Sciences, 108, 2011, pp. 6270-6275.

6 McDermott, R. y P.K. Hatemi, “To go forward, we must look back: The importance of evolutionary psychology for understanding modern politics”, Evolutionary Psychology, 2018, pp. 1-7.

 

2 comentarios en “Populismo y psicología evolutiva

  1. Donde escribí “psicología evolutiva” en realidad hablo de “psicología evolucionista”. Una disculpa.

  2. Aclaro también que, aunque en rigor la psicología evolutiva o del desarrollo estudia los cambios que ocurren en el comportamiento de un individuo a lo largo de su vida, varios autores en publicaciones científicas en español emplean el término como sinónimo de psicología evolucionista (por ejemplo: Satillán-Doherty, A.M., 1997, El factor búsqueda de la novedad en primates no humanos: un modelo animal para la psicología evolutiva, Salud Mental, 20(2), 1997.