Tradicionalmente, la política exterior es un tema relegado del debate de la agenda pública nacional, aunque tiene un papel fundamental en el desarrollo del país y en el posicionamiento de México en el mundo. Muchos lo corroboramos cuando vemos que el votante acude a las urnas y dentro de sus últimas preocupaciones está si México continuará o no en el Grupo de Lima, si se fortalecerá el presupuesto de la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AMEXCID), si alguien propone cerrar embajadas o consulados, o si el próximo gobierno impulsará resoluciones para criticar los excesos de los gobiernos de Venezuela o Nicaragua.

Pese al adverso escenario internacional y pese a que hubo un debate presidencial dedicado a pensar el papel de México en el mundo y sus retos globales, lo cierto es que la elección pasada fue carente de sustancia y acaso los candidatos se concentraron en un solo país y en un solo reto: Estados Unidos y Donald Trump. Pese a ello, de los 76 mil 174 votos que se mandaron desde Estados Unidos para las elecciones de julio pasado fueron por Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y por las senadurías de Morena. Esto representa casi 80% de todos los votos de los mexicanos en el exterior.

Las propuestas en materia de política exterior de los candidatos a la presidencia fueron escasas. Antes de eso, los saldos que dejó el Mexican Moment (si en algún momento existió) nos obligan a pensar en los escenarios a los que la política exterior mexicana podría hacer frente durante el sexenio de López Obrador, que inicia este 1 de diciembre.

Ilustraciones: Jonathan Rosas

 

Enrique Peña Nieto y José Antonio Meade construyeron la narrativa del Mexican Moment, aquella que rezaba como un mantra que México estaba de regreso, que seríamos un país activo en el mundo y con responsabilidades globales. La política exterior de Peña inició con una campaña para mejorar la Marca País y nuestra imagen global, ya que durante el sexenio de Calderón la imagen de México en el mundo se convirtió en la de la violencia de la guerra contra el narco. La narrativa del Mexican Moment consiguió portadas, premios de estadista internacional a Peña y mensajes positivos en la prensa internacional. ¿Quién no recuerda la portada de Time con la foto de Peña y la frase “Saving Mexico”?

Los tres primeros años de Peña significaron un esfuerzo por romper las inercias y obsesiones casi monotemáticas del sexenio de Calderón: seguridad, seguridad y seguridad. Sin embargo, ese afán por mostrar una diplomacia multitemas se perdió en las generalidades y en la ausencia de principios o grandes agendas.

En el plano multilateral, en el sexenio de Peña se anunció que México volvería a participar con efectivos militares en las Operaciones de Mantenimiento de la Paz (OMP) de la Organización de Naciones Unidas (ONU). Peña, con la mayoría del Senado como aliado, logró el consenso entre las secretarías de Relaciones Exteriores, Defensa y Marina para hacer este anuncio durante la Asamblea General de 2014. Mejora de imagen y México en las OMP significaron sin duda un giro interesante en la política exterior, que fue loable, pero insuficiente.

Respecto a Norteamérica, dejamos los temas de migración, seguridad y comercio de lado para empujar con Estados Unidos y Canadá temas como “emprendimiento”, innovación y mejora de infraestructura fronteriza, según los primeros cuatro informes de gobierno del sexenio. No hubo una agenda política con Estados Unidos y menos una visión de una América del Norte más integrada. No se dio la visión de un TLCAN plus, de revisar en qué había fallado la integración en sus más de 20 años, y por el contrario se dieron retrocesos como la imposición de visas canadienses en julio de 2009 por el gobierno conservador de Stephen Harper, requisito que el liberal Justin Trudeau eliminó siete años después. Con Peña, la relación con Estados Unidos se puso casi en piloto automático y la ausencia de embajador mexicano en Washington D.C. por casi un año fue el inicio de una cadena de errores que vio el más grave con la invitación al candidato Donald Trump, la toma de partido por la candidata Hillary Clinton y la llegada del canciller “vengo a aprender” a la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE).

Con Estados Unidos pasamos del piloto automático a la emergencia de un aterrizaje forzoso con la confrontación directa. Peña se irá sin una sola visita oficial o de Estado a Trump, y sólo con una reunión bilateral en el G20 de Hamburgo y pláticas “de pasillo” en la APEC de Vietnam. La enemistad de Trump hacia Peña y su equipo es tal, que ha trascendido cómo el secretario Ildefonso Guajardo quiso abandonar cuanto antes las mesas de renegociación del TLCAN por la prepotencia de Jared Kushner, el yerno de Trump.

Respecto a Asia, poco se conoce de la región en nuestro país, a pesar de que China, Japón, Corea del Sur y la India sean de nuestros principales destinos de exportación en el mundo, o que entre las principales economías a las que más les compramos anualmente se encuentren Malasia, Tailandia y Taiwán. México intentó un acercamiento con China buscando intercambios académicos y de empresarios, y fue una estrategia fallida. La cancelación del tren a Querétaro nos puso también en la penosa situación de una demanda por 600 millones de dólares y tensó la relación bilateral México-China. Fuera de eso, México participó activamente en el grupo conformado por México, Indonesia, Corea del Sur, Turquía y Australia (MIKTA), aunque tampoco queda nada claro qué promueve este grupo. México también empujó el Acuerdo Transpacífico y ayudó a salvar a este zombi con el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP, por sus siglas en inglés), ya sin Estados Unidos.

Con Europa llegamos a una exitosa actualización del Tratado de Libre Comercio, pero sigue siendo un tratado desaprovechado, salvo por Alemania, España e Italia, poco se aprovecha del resto de los países europeos; ni Francia ni el Reino Unido destacaron en 2017 en nuestras relaciones comerciales. Además, México se ha mantenido al margen de los cambios de vientos políticos en Europa que han traído consigo un renacimiento de los sentimientos antiinmigrantes, la xenofobia, el nacionalismo y el desdén al libre comercio. De este sexenio sí se rescata un relanzamiento de la relación bilateral con Francia, luego del daño que le provocó el caso Florence Cassez.

Respecto a América Latina el sexenio cierra también con claroscuros, con un activismo presidencial fuerte. Tan sólo en 2014 Peña viajó ocho veces a la región. El balance es la entrada en vigor de un TLC con Panamá en 2015 y otro con el resto de Centroamérica en 2012, así como el “relanzamiento” de la relación con Cuba, aunque éste sólo se limite a un acuerdo arancelario, nada de temas de derechos humanos y menos de democracia en la isla. Se fortaleció la integración regional de la Alianza del Pacífico, se mantuvo una buena relación diplomática con los gobiernos de Mauricio Macri y de Michelle Bachelet, aunque con Brasil se continuó con una política sin definiciones y sin rumbo. México sólo vio pasar la crisis política desatada ahí: la salida del poder de Dilma Rousseff y el desenlace de Luis Ignacio Lula da Silva. Odebrecht hizo que México no se quisiera ver en el espejo brasileño, precisamente por las coincidencias en el tema de la corrupción.

Ante la crisis de Venezuela, México tuvo un doble papel. Por un lado, se integró contundentemente al Grupo de Lima, con un fuerte activismo en la Organización de los Estados Americanos (OEA), y por el otro como un discreto mediador del diálogo en Venezuela con la oposición. Este activismo es loable y enterró la Doctrina Carranza en este sexenio. Lo mismo con la más reciente crisis en Nicaragua. Aunque tenemos un saldo pendiente en la mejora del tema migratorio con Centroamérica.

Del Medio Oriente y de África tal vez lo más destacable sea el hecho de que se abrió una representación en Ghana y otra en Catar, o los consulados honorarios en seis países africanos. Más allá de ello, hubo un silencio lamentable respecto al tema de Israel-Gaza o a los abusos en derechos humanos de personas LGBT en África o en Irán, y esto pese a que se detalla la participación activa de México en foros multilaterales, como el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, o pese a que México entró al Grupo Núcleo de la ONU para temas LGBT.

Desde enero de 2014 México tiene un asiento en el Consejo de Derechos Humanos en Ginebra, cargo del que gozará hasta 2020, y donde le ha faltado condenar con más vehemencia el que 38 de 54 países africanos hayan declarado ilegal la homosexualidad desde 2008 y con tres países que incluso dictan la pena de muerte a los homosexuales (Sudán, Nigeria y Mauritania). Así como las regresiones en Rusia al respecto y de otros abusos a derechos humanos o la toma unilateral de Cimea.

 

No hay claridad de qué política exterior se impulsará a partir del 1º de diciembre. Aunque la contundencia del triunfo de AMLO le da un innegable mandato, incluyendo política exterior, la pregunta es ¿para qué?

Marcelo Ebrard, con su trabajo en la campaña de Hillary Clinton, y Héctor Vasconcelos, con su anhelo para revivir la Doctrina Estrada y la Carranza, fueron designados en el equipo de transición para coordinar los trabajos en política exterior. Al final, el presidente electo se decantó por Ebrard al frente de la SRE y por ello Vasconcelos se irá al Senado, seguramente a presidir la Comisión de Relaciones Exteriores.

Para tener una idea sobre qué política exterior impulsará el próximo gobierno es necesario apuntar a tres cosas. Primero, a la plataforma de Proyecto 18 en donde existen 12 cuartillas dedicadas a la política exterior. Segundo, a la lectura del libro Oye, Trump, escrito por el candidato López Obrador y en donde habla de la política que impulsaría respecto a Estados Unidos; y tercero, a las diferentes entrevistas que él mismo dio en sus viajes a Estados Unidos, Sudamérica y Europa como candidato, y las que dio Vasconcelos como vocero, así como las que recientemente ha dado Ebrard.

Cabe destacar que, a diferencia de las elecciones de 2006 y de 2012, López Obrador se mostró mucho más interesado en el mundo en la elección de 2018. Viajó a Sudamérica, Europa y Estados Unidos como candidato presidencial. Algo inusual para un hombre que antes presumía no usar su pasaporte y que ahora vio la necesidad de salir al mundo para dar a conocer su proyecto. Dividido en sectores, Proyecto 18 dedica rubros a los principios de la política exterior, a las regiones del mundo, a MIKTA, a temas multilaterales y tiene una pequeña sección dedicada al Servicio Exterior Mexicano (SEM).

Respecto a América del Norte, la plataforma y los hechos hasta ahora indican que el gobierno de AMLO seguirá defendiendo la integración comercial con Estados Unidos y Canadá, a pesar de haber criticado abiertamente al tratado en años recientes y de defender la necesaria incorporación de temas olvidados por el acuerdo vigente, como las pequeñas y medianas empresas. Jesús Seade, el negociador comercial de AMLO, se integró pronto al equipo renegociador del TLCAN y en este tema hay continuidad. México no denunciará el TLCAN, pero es claro que las ideas proteccionistas de López Obrador en el sector energético chocarán con la apertura que quiere Estados Unidos en ese mismo tema. Una apertura, por cierto, ya concedida por México en otros acuerdos comerciales, como el ya ratificado CPTPP, y que Estados Unidos no querrá dejar de aprovechar.

Dado el enorme frente abierto por Trump, Estados Unidos seguirá captando la atención de la diplomacia mexicana. No hay forma de desatender este tema ya que la realidad de nuestra dependencia del mercado estadunidense y la presencia de más de 11 millones 200 mil personas nacidas en México y que actualmente viven allá, según la Oficina del Censo de Estados Unidos, nos obliga a esto. Sin embargo, a pesar de que hay optimismo por lo que hoy parece ser una buena relación entre Trump y AMLO, lo cierto es que esto puede evaporarse con un tuit. El reto es que AMLO visite Washington D.C. como presidente electo o que sea invitado a una de las residencias de Trump, una vez que se anuncie el fin de la negociación comercial. Así podríamos ver si se crea un nuevo diálogo o al menos un nuevo arranque en la relación bilateral.

Para nuestros vecinos centroamericanos también será vital saber si AMLO cumplirá con su promesa de campaña de proponer un plan para el desarrollo de Centroamérica que disminuya la migración hacia el norte, y si cambiará el trato que damos a los inmigrantes centroamericanos que cruzan México con rumbo a Estados Unidos.

Para la próxima cancillería el reto también estará en comprender que la relación entre ambos países va más allá de lo bien o mal que se lleven López Obrador y Trump. Alcaldes estadunidenses, oficiales locales, legisladores, think tanks y lo que digan los medios de comunicación de ese país podrían generar consecuencias igual de poderosas que un tuit de Trump.

Las elecciones de noviembre en Estados Unidos y los sucesos en torno a la investigación del fiscal especial del gobierno Trump seguirán poniendo a México como el chivo expiatorio del mandatario estadunidense. También, la propuesta de Martha Bárcena como embajadora ante Estados Unidos quizá no sea la mejor opción. Ella viene del ámbito multilateral en la FAO de Roma y tiene experiencia como embajadora en Dinamarca y Turquía y cónsul en Barcelona, pero no en la política estadunidense. Bárcena hubiese sido una gran subsecretaria de Relaciones Exteriores o representante permanente en la ONU, mientras que la experiencia de Juan Ramón de la Fuente le hubiese permitido representarnos ante los Organismos Internacionales de Ginebra, en la UNESCO o como embajador en Austria y la sede de la ONU en Viena, en donde está el organismo dedicado a atender los temas de drogas y crimen. Para la embajada de Washington, Lázaro Cárdenas Batel tal vez hubiese sido una mejor opción por su apellido, por los años que ha pasado allá como miembro activo de think tanks de prestigio y los contactos que tiene, y porque al final sí hay en el presidente Trump una desconfianza al sexo femenino, una misoginia trumpista que Hillary sufrió y que es ampliamente conocida entre las mandatarias del mundo, como Angela Merkel, Theresa May o la misma reina Isabel del Reino Unido.

Con América del Norte el enfoque de la plataforma electoral indica que se regresa a los temas de siempre: comercio, migración y seguridad, aunque con retos magnificados. El del comercio parece que ya pasará a un segundo plano, pero quedan el migratorio con la propuesta del muro y arrestos de paisanos, y el de seguridad vendrá con el debate interno que México quiere finalmente impulsar sobre política de drogas. Esto confrontará al gobierno de AMLO con el de Trump por el empuje global de la política prohibicionista que sólo beneficia a la agenda conservadora y republicana de Estados Unidos.

En su libro Oye, Trump AMLO delinea un interés por hacer de los consulados procuradurías o defensorías de inmigrantes, y esto revela un desconocimiento de que esa labor ya la hacen los consulados y de que su trabajo es mucho más que eso. El reto consular es presupuestal. Tenemos 80 embajadas, 67 consulados, ocho misiones en organismos internacionales y tres oficinas de enlace o representación (Taiwán, Estrasburgo y Palestina); 51 consulados en Estados Unidos. Nuestras oficinas consulares en el vecino del norte emplean a cerca de la mitad de los funcionarios de la SRE en el exterior. El presupuesto anual de cancillería para 2018 fue de apenas nueve mil tres millones de pesos, dos mil millones de los cuales se van a “transferencias al exterior”, como pagos de organismos multilaterales (cuando no se desvían esos fondos a fundaciones de supuesto apoyo a inmigrantes). Hacienda da apenas poco más de 235 millones de pesos a la Dirección General de Servicios Consulares y 198 millones a la Dirección General de Protección de Mexicanos en el Exterior. Para lograr lo que quiere el presidente electo se debe aumentar el presupuesto de la SRE y cuidar el salario de los funcionarios en el exterior, que no se ajusta desde los noventa y que sufre con cada devaluación del peso mexicano. Sólo la Oficina de Presidencia recibe 20% del presupuesto anual de la cancillería. La Secretaría de Comunicaciones y Transportes, con todo y sus “socavones”, recibe casi 10 veces más que la secretaría encargada de la defensa de los mexicanos en el exterior.

Lo anterior será un enorme reto para el canciller Ebrard, ya que el presidente electo quiere impulsar una política de austeridad cuando se necesita una ambiciosa inversión de largo plazo para estas tareas, para la cooperación internacional y para la imagen internacional de México, y que se construye con asistencia, activismo y apoyo al exterior, según los expertos. De él dependerá que México aparezca por fin en los rankings de poder suave como el “The Soft Power 30” de la consultora Portland, en donde los representantes latinoamericanos sólo son Brasil y Argentina; o en los más elaborados o exhaustivos como el “The Good Country Index” de Simon Anholt, en donde estamos en el puesto 74, detrás de países como Chipre, Mauricio, Barbados o Fiji.

Respecto a América Latina, el Proyecto 18 prioriza el desarrollo de Centroamérica y los temas migratorios con la región. Esto está muy bien, pero también involucra dinero que no hay. Hoy la AMEXCID tiene un presupuesto anual de 550 millones de pesos, de los cuales 333 millones se van a “transferencias al exterior” y apenas 50 millones a “ayudas sociales”. Se requiere una fuerte inversión en esto para garantizar que AMEXCID sea lo que realmente podría ser, una pieza fundamental de la proyección de México en el mundo y para empujar globalmente los temas de justicia social que AMLO desea para la política interna de México.

Respecto a lo migratorio, nuestro país está hoy deteniendo, maltratando y deportando a más centroamericanos que lo que está haciendo Estados Unidos. Debe haber un firme compromiso por cambiar esto y dejar de hacerle el trabajo al vecino norteño. Para ello, el diagnóstico que ha hecho ACNUR México, así como Conapred y Agenda Migrante, es fundamental para mejorar el trato que damos a quienes pasan por nuestro país rumbo a Estados Unidos, o incluso para los centroamericanos, venezolanos y hasta sirios que desean venir a México y quedarse aquí.

México debe continuar con un fuerte activismo en la OEA, el Grupo de Lima y otros foros, denunciando abusos a derechos humanos y participando activamente en la búsqueda de una solución pacífica de controversias, porque eso mandata nuestra Constitución. Así lo dice Proyecto 18, que parece que Ebrard no leyó, porque en una entrevista con el periodista Carlos Loret de Mola, Ebrard sugirió el regreso a la Doctrina Carranza, y esto es un retroceso en el papel de México en el mundo, simplemente porque el mundo ya no es el mismo que hace 100 años.

México debe también liderar el combate a la corrupción en el subcontinente y con ello habría coherencia entre la política interna y la exterior. La corrupción es un mal endémico de la región y aquí México le queda debiendo a los votantes.

Con Asia hay un interés por acercarse a nuevos mercados, especialmente a la India, Japón y China. Los embajadores asiáticos en México, como los de China, Pakistán, Japón, Corea del Sur y la India, señalan un interés muy especial en que México se sacuda de su norteamericanismo y busque aliados, mercados y vínculos más asiáticos. Los rumores de que Jesús Seade podría ser el embajador de AMLO en China son muy buenos, y podrían ayudar a desarrollar una política mexicana para la que será la mayor economía del mundo en 2030. El CPTPP ya ratificado por México con las economías más florecientes del sudeste asiático, como Singapur, Malasia y Vietnam, beneficiará muchísimo la estrategia de diversificación y a AMLO le tocará cosechar las semillas que la Secretaría de Ildefonso Guajardo le heredará a México.

Con Europa debe haber continuidad en el Acuerdo Global pero un involucramiento más fuerte en los temas migratorios y en la defensa de éstos. En el Proyecto 18 no hay claridad respecto a qué se busca con Europa, salvo la ocurrencia de mencionar mayor cooperación con Italia, España y con Turquía y Rusia, considerados como Europa en el documento. AMLO ha dicho que le interesa también una mayor cooperación energética y en temas de transparencia y lucha anticorrupción con los países nórdicos.

En resumen, el sexenio de AMLO inicia con grandes interrogantes sobre cuál será el papel de México en el mundo, con desafíos inesperados hace apenas tres años y con la gran expectativa de cuál será la política exterior que impulsará el primer gobierno de izquierda emanado con la legitimidad popular y electo democráticamente de México. Por lo pronto, México podría convertirse en el líder indiscutible del mundo en español. Somos el país con el mayor número de hispanohablantes, la economía más grande del mundo en español, tenemos las industrias mediáticas más grandes del continente, con un potencial creativo impresionante, una población joven y cada vez más educada. Nuestro papel en el mundo debe ser de liderazgo de izquierda, de un activismo cada vez más comprometido y no de retraimiento y pasividad. Esa es la transformación que se requiere en política exterior.

 

Genaro Lozano
Politólogo e internacionalista. Fue subdirector de la revista Foreign Affairs Latinoamérica. Profesor en la Universidad Iberoamericana y columnista semanal en Reforma.

Juan Ernesto Trejo
Es internacionalista por el ITAM. Columnista en The Mexican Times. Fue secretario del programa de jóvenes del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales COMEXI.  

 

Un comentario en “De Peña a AMLO: México en el mundo

  1. De manera sucinta, este artículo muestra los grandes temas que tendrán que atender AMLO y Ebrard. Como mexicano, quisiera volver a estar muy orgulloso de la política internacional de nuestro país.

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