Para entonces ya nos habíamos rebelado. Corría 1968.

Había una eterna discusión con “los mayores”, padres y abuelos; muchos jóvenes ya no vivían en su casa: trabajaban y pagaban cuartos de azotea o mini departamentos. Era la revolución generacional. Corría 1968.

No escuchábamos más las almibaradas o tristes canciones en la voz de las Hermanas Águila a quienes, irreverentes, les apodamos “las hermanas rapiña”. Y sólo admitíamos en las Fiestas Patrias a Jorge Negrete, pero nos burlábamos del Charro Avitia y su calvicie, con el prurito de que el bisoñé estaba pegado con engrudo al sombrero de charro.

En cambio, en la estación de radio 590, disfrutábamos de The Bee Gees, de The Mamas & The Papas, The Beatles, Janis Joplin, intercalados en otras estaciones ya fuera con Los Teen Tops,  Oscar Chávez, Violeta Parra, Judith Reyes y decenas más de intérpretes de rock o de canciones mexicanas y latinoamericanas “de protesta”. Era 1968.

Lo mismo que la revolución musical, estaba en marcha la revolución sexual. Los anticonceptivos se vendían casi por kilo como las pastillas de anís y los chamoys, mientras ellos en pantalón de mezclilla o de dril y nosotras en minifalda y con peinado “de gatito” causábamos la irritación familiar y de las personas “de buenas costumbres”, por “falta de decoro”. Era 1968.

Iniciaba la libertad, sin embargo, en los medios de comunicación, la mujer estaba relegada a la Sección de Sociales, como yo… hasta que un día de aquel verano:

—Se agarraron a fregadazos los estudiantes del Politécnico contra los de la Isaac Ochoterena… hay lesionados. ¿Dónde está “Chayo” Vázquez Mota? Ella cubre las educativas. ¿Dónde está Esteban Ponce Adame, que cubre policía? El que no esté haciendo nada que vaya a La Ciudadela— desesperado exigía el Jefe de Información de El Universal Gráfico.

Nosotras, en Sociales, sólo escuchábamos.

Al día siguiente…

-Se volvieron a dar un agarrón en la Ciudadela los de las “Vocas” 2 y 5 contra los de la Ochoterena, después de que apedrearon las instalaciones del Poli. Entre guamazos llegaron hasta Bucareli, donde se enfrentaron con granaderos. Y ya se fueron al Zócalo a protestar contra la represión ¿Dónde está “Chayo” Vázquez Mota?

“Ya pidió vacaciones”, gritó “El Macaco” (desde el fondo de la doble redacción del Gráfico y El Universal, donde reinaba la tercera edad). Era “El Hueso”, cuyo trabajo era llevar las notas a los talleres.

“A ver, Nidia -dijo Roberto Hernández Hinojosa, Jefe de Información de El Gráfico-, vas a suplir a doña Rosario en las educativas, no sólo la SEP, sino la UNAM y el Poli”.

—¿Y qué hago con sociales?

—También lo cubres, eso es El Universal.

Y empezó mi cruz… porque semanas después ya no se trataba de cubrir sólo las fiestas de Merle Oberon y Bruno Pagliai en su casona del pueblo de Contreras o las reuniones y obras de teatro del “Rey Midas”, Carlos Trouyet, en Acolman, así como los cocteles en honor del marqués de Villaverde, Cristóbal Martínez-Bordiú, yerno de Francisco Franco, sino las corretizas y toletazos contra los estudiantes.

A esas alturas ya no eran únicamente los de prepa y de las vocacionales los que estaban en pleito, aderezado con la intervención de los porros, sino los estudiantes del Politécnico y de la UNAM en pleno. Iniciaba el Movimiento Estudiantil.

Fidel y “El Che” eran los héroes, así que el 26 de julio, aniversario de la Revolución Cubana tronó el cuete. Hubo enfrentamientos, primero entre manifestantes de la UNAM y otros de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET) y después con los granaderos en todo el centro de la ciudad. Desde los balcones coloniales llovían piedras, palos y macetas para defender a los muchachos. Las escaramuzas no cesaron, tampoco las bombas Molotov durante los días siguientes hasta que…

¡Booom! El bazucazo al portón de la Preparatoria Justo Sierra retumbó en la ciudad virreinal. La puerta fue derruida y la refriega se calmó, básicamente porque las autoridades de la UNAM protestaron enérgicamente: el día 30 el rector Javier Barros Sierra izó a media asta la bandera de México en Ciudad Universitaria.

Esa noche los estudiantes parapetados en la Preparatoria de San Ildefonso se enfrentaron por primera vez al Ejército. Todo podía suceder.

Puse en práctica las enseñanzas de las Misioneras de Jesús Sacerdote y de las monjas guadalupanas, mis maestras y entre oraciones rogué a Dios que a mi familia no le hubiera pasado nada.

Aquella había sido la Prepa donde mi primo hermano Luis Urquiza Marín había estudiado. Para entonces estaba en la Facultad de Economía de la UNAM. Mas mi preocupación radicaba en que a unas cuadras vivía mi madre, en la calle de Corregidora, mis primos, otros Urquiza Marín: Enrique, diseñador, elaboraba junto con el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y otros especialistas la Medalla Olímpica y Octavio, terminaba su carrera de ingeniería en La Salle. Doña Margarita, mi mamá, los cuidaba, al tiempo que atendía con su hermano Alfredo su tienda de abarrotes, “La Eréndira” ubicada en la calle de La Soledad.

Fui a comer con ellos y aprecié los destrozos del campo de batalla. Todos estaban bien.

Y a seguirle dando a la reporteada…

A principios de agosto se formó el Consejo Nacional de Huelga.

Desde entonces, todas las mañanas acudía a la Facultad de Medicina, de la UNAM y saltando de puntitas entre muchachos dormidos en el suelo, cubiertos con zarapes y cobijas, buscaba a cualquier líder que hiciera la declaración que fuera.

Algunas notas se publicaban… sin firma (yo tenía las tres agravantes: era mujer, joven y… suplente), otras iban al cesto de la basura, gracias a don Lalo Fentanes, que no tenía piedad si la noticia no estaba en las tres primeras líneas, pero mucho menos si había heridos a toletazos en los “mítines relámpago” que se efectuaban en el centro del Distrito Federal.

A veces, tanto las marchas como las correteadas llegaban hasta Bucareli y por los ventanales de la redacción los estudiantes lanzaban monedas de cinco centavos y en ocasiones de veinte, al grito de “¡Prensa vendida!”. Lo mismo sucedía con los de enfrente, con Excélsior.

El movimiento se extendió hasta abarcar el Conservatorio, las universidades privadas, como la Ibero y La Salle; públicas como la Autónoma de Puebla y otras escuelas como la de Agricultura de Chapingo.

Y surgió el pliego petitorio en el cual se solicitaba: libertad a los presos políticos; la derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal; desaparición del Cuerpo de Granaderos; destitución de los jefes policíacos Raúl Mendiolea Cerecero y Luís Cueto Ramírez; indemnización a los familiares de todos los muertos y heridos (no se supo de quiénes eran exactamente) y deslinde de responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos.

El día 28 de agosto, llegó la lumbre a los aparejos: en un acto de desagravio a la bandera nacional, al que asistieron trabajadores al servicio del Estado, ondeó la bandera de la hoz y el martillo. Y claro, hubo otros enfrentamientos con los granaderos, mientras grupos del ejército se acercaban a Ciudad Universitaria y a Zacatenco, del Poli.

Abundaban las manifestaciones. Una multitudinaria salió del Museo de Antropología. Otra inició en el mismo sitio denominada “Marcha del Silencio”. Ya era septiembre, estudiantes de todas las casas de estudios superiores asentadas en la Ciudad de México y de la mayoría de las facultades acudieron. Me incorporé a la altura de la Glorieta de El Caballito, en Bucareli. Esa noche saludé a varios amigos, un par de hermanos de la Facultad de Ingeniería, así como compañeros de Filosofía y Letras. Hubo arengas en el Zócalo, hasta donde era imposible llegar por el cúmulo de marchistas. Concluyó muy noche.

A mediados de septiembre entró el Ejército a Ciudad Universitaria (y detuvo a decenas de muchachos) de donde no salió durante 12 días no obstante las protestas del rector.

El chirrido de las tanquetas dio el aviso: el conflicto se agudizaba… sí, se ponía peor. Casi a finales de septiembre el Ejército intervino otra vez. Al Casco de Santo Tomás llegaron varias tanquetas, aunque los enfrentamientos de estudiantes con la policía se registraron temprano.

Ahí estábamos desde media mañana varios periodistas: Rodolfo Guerrero Alcántara “El Fóforo”, Juan Jaime Larios y el reportero gráfico Jesús Fonseca, por El Universal y Julio Peña, de Excélsior. Quedamos atrapados en la balacera. Tirados “pecho a tierra” o escondidos en los quicios de las casas que circundan el Casco, paralizados, esperamos unas horas. No podíamos movernos ni escapar cercados por los dos bandos.

Una ambulancia de la Cruz Verde se acercó para llevarse a estudiantes y vecinos heridos, quemados o golpeados. La vimos como caída del cielo para huir. Con heridos sobre nuestras espaldas, un tremendo olor a piel quemada y sangre por todas partes, cerca de quince personas salimos de ahí hasta llegar al hospital Rubén Leñero.

Mis compañeros se retiraron y quedé sola en espera de la entrada del Ejército a las diversas escuelas. Y sí, las tanquetas ingresaban por la avenida Instituto Técnico.

Ya era de noche. En busca de más información (que debía entregar temprano al día siguiente), llegué hasta el cerco policiaco. Para el regreso hacia el Rubén Leñero, se me unieron Rigoberto López Quezada, de El Universal y Juan Ibarrola de la recién inaugurada Agencia Mexicana de Noticias (AMEX), quien portaba una grabadora de carrete de doble cinta del tamaño de una caja de refrescos (bien soportada por sus ciento y tantos kilos, de peso). Al pasar frente a la Escuela de Medicina se escucharon algunos balazos. Yo me tiré al suelo, ya tenía callo. Rigoberto señaló al oriente (donde estaba la Escuela Normal) y dijo “venían de allá” y Juanito sólo alcanzó a hincarse en medio de un profundo suspiro.

Aseguraban que en la Normal estaba atrincherado el exmaestro de la Escuela Isidro Burgos “Ayotzinapa”, exlíder sindical y para entonces convertido en guerrillero, Genaro Vázquez Rojas (jamás se comprobó).

Escondidos en el hospital Rubén Leñero, escuchábamos los balazos que no cesaron por horas.

El Ejército, en la madrugada, fue tomando posiciones y escuelas. Los detenidos abundaban. Salimos del escondite para seguir reporteando.

Al acceder a la Escuela de Ciencias Biológicas la balacera se hizo más nutrida. Se creyó que había sido tomada porque hubo unos minutos de calma, aunque desde la azotea, con megáfonos, los estudiantes advertían que no iban a salir y seguirían luchando. Sí había francotiradores, pero ya no disparaban.

En ese momento de pasajera tranquilidad, Héctor Piña, de Informex, un reportero chaparrito, aguerrido y simpático, cruzó decidido el umbral de la escuela. Se escuchó entonces una voz por un megáfono que gritaba “¡éntrenle hijos de la chingada, también tenemos con qué!”. Y se soltó otro tiroteo. “Piñita”, como le decíamos, cayó al piso con un rozón en un tobillo, se arrastró hasta donde estaban los granaderos, quienes lo confundieron con estudiante y le propinaron una macaneada. Más tarde se lo llevaron en una patrulla. Lucía maltratado y compungido tras su osadía.

La refriega no cesaba. Hasta ese lugar llegó corriendo Joaquín López Dóriga, de El Heraldo de México. Ambos en medio de los disparos corrimos a refugiarnos detrás de un camión del Ejército, (así nos conocimos y nos hicimos buenos amigos). Ahí permanecimos un buen tiempo, hasta que…

Horas más tarde el Ejército había controlado la situación (también la Escuela Nacional de Biología). Bajaron a decenas de detenidos, entre los que se encontraban unos hermanos oriundos de Veracruz y muchos otros estudiantes de diversas partes de la República. Hubo muertos, pero no supimos cuántos. De lo que sí nos enteramos fue de la lista de coroneles participantes, así como de los nombres de varios detenidos.

Estaba agotada y me encaminé hasta la cafetería del hospital Rubén Leñero y ahí me quedé hasta que amaneció. Fue cuando llegó fresco y bañado, un reportero de policía de El Universal Gráfico, don Esteban Ponce Adame, perteneciente a la vieja guardia.

—¿Qué pasó, muchachita? Platícame la situación. Te ves muy cansada, hijita— me dijo poniendo su mano en mi hombro.

—Estoy agotada, don Esteban, pero vamos a hacer esto: yo le doy los datos, usted escribe la nota y la firmamos en mancuerna. ¿Le parece?

—Sí, desde luego.

Obtuvo la Información y se fue a escribir a El Gráfico, mientras yo, extenuada, pero feliz de que me iban a firmar una nota y sería la de ocho columnas fui a bañarme y a desayunar para acudir a la redacción.

Cinco horas más tarde ya se había publicado El Gráfico. Era la nota principal firmada sólo por Ponce Adame.

Indignada fui a reclamarle al entonces director Armando Rivas Torres y me respondió.

—¡Son gajes del oficio, Nidia! ¡Ni modo!

—¡Qué gajes del oficio, ni que nada don Armando! ¡Son chingaderas!

Y me fui.

Seguí cubriendo el movimiento. El 2 de octubre no alcancé a llegar al arribo de la manifestación a la Plaza de las Tres Culturas. No había forma de ir si no era caminado.

No conocía el lugar. Cuando crucé hacia la plaza ya había pasado el primer tiroteo. Los soldados y los hombres de civil me pedían credencial y me dejaban pasar. Llegué hasta el edificio Cuauhtémoc, donde me dijeron había un herido. Era una mole de 24 pisos y en uno de los más altos vivía María Luisa “La China” Mendoza, quien gritaba desesperada y llorosa al verme.

—¡Nidia, Nidia, lo mataron!

—¿A quién, China?

Me dijo de las luces de bengala verdes que se observaron en Tlatelolco. Y entre lágrimas y desesperación contó cuando el helicóptero empezó a disparar cómo, su vecino, en el siguiente piso, corrió a sacar a su pequeño hijo de un corralito que estaba frente a los enormes cristales. Le tocó uno o más balazos.

Subí corriendo las escaleras, obtuve el nombre del baleado. Quienes resguardaban la zona me dijeron que estaba herido en el pecho y ya se lo había llevado una ambulancia.

Con la información fui hasta un teléfono de capucha transparente y, como suplente, pasé la información a El Gráfico. Jorge Avilés Randolph estaba cubriendo la nota para El Universal, lo encontré más tarde.

De esa zona me trasladé hacia el pequeño Jardín de Santiago. Ahí hablé con paramédicos del Ejército, quienes estaban colocando en ambulancias a los soldados heridos o muertos. Me dijeron que ya llevaban cien, pero me impidieron acercarme y exigieron que me retirara. Eso hice. De lejos alcancé a ver la hilera de detenidos, con las manos colocadas sobre el muro del templo de Santiago.

Y como Dios me dio a entender, acompañada para entonces del reportero gráfico Jesús Fonseca, de El Universal, llegué hasta el edificio Chihuahua en cuyo tercer piso estaban los líderes estudiantiles encargados de lanzar las arengas a los asistentes al mitin. No me dejaron pasar. Integrantes del ejército, miembros del Batallón Olimpia con su guante blanco y agentes de la seguridad federal estaban por empezar a bajarlos.

Caminábamos por el pasillo del edificio y convencimos a “El Junior”, uno de los elementos de seguridad, que permitiera tomar las fotografías. Los jóvenes descendían con las manos en la cabeza. Llamó nuestra atención uno en especial:  tenía polio, llevaba aparatos en las piernas y muletas. Este guardia no permitió que habláramos con ellos, además de advertirnos que tuviéramos cuidado porque estaban disparando por los huecos de las escaleras.

Caminábamos Fonseca y yo por el pasillo y mientras me guardaba en el seno unos rollos de fotografía, se escucharon otra vez detonaciones. Era la segunda balacera, peor que la primera, dijeron. “El Junior” me empujó y fui a dar a un baño. Fonseca alcanzó a tomar una foto: donde yo estaba parada, iba cayendo herido un soldado. Pasados los años le daría las gracias a este integrante de la seguridad, quien después resguardaba a Luís Echeverría, por salvarme.

Más tarde, hasta aquel baño llegaron varios periodistas y fotógrafos, Ubaldo Díaz, (Ovaciones); Ignacio Navarro (años después ingresaría a El Universal), Rafael de la Cruz (posteriormente corresponsal de Excélsior en Puerto Vallarta); Antonio Reyes Zurita (fotógrafo de Excélsior) y José Antonio “El Güero” del Campo, (El Día), entre otros. Arribaron dos más, uno de ellos sin un zapato. Era Jaime González Hermosillo (de Excelsior) a quien no sólo le dieron un ballonetazo en una mano, sino que la muerte ya lo tenía en su lista: quince meses después falleció en el avionazo ocurrido en el Cerro del Mesón, en Poza Rica durante la campaña de Luís Echeverría Álvarez.  

Más de una hora permanecimos en tal sitio. Las balas rompían las ventilas de cristal de aquel baño y los soldados ingresaban enfermos del estómago. Era realmente insoportable. Por fin se detuvo la refriega y salimos. Bajaron más detenidos del tercer piso, después de sacar a los heridos, entre los cuales estaba la periodista Oriana Fallaci.

En esa fila también descendió del tercer piso Rodolfo Rojas Zea, del periódico El Día, a quien no se llevaron detenido. Nos dijo que le dolía el trasero. Cuando levantamos su saco, había una mancha de sangre: una esquirla lo había herido. Entre todos lo obligamos a subir a una ambulancia y se lo llevaron a la Cruz Roja.

Para entonces ya eran las once de la noche y otros periodistas empezaron a llegar en parvada: eran los corresponsales italianos (que preguntaban por la Fallaci), franceses, ingleses, y de otros países enviados para cubrir los Juegos Olímpicos. Les dijimos lo que pudimos y dos horas después nos retiramos agotados.

Al día siguiente volví a Tlatelolco, acompañada del reportero gráfico Mario Juárez. El espectáculo era caótico y la plaza estaba resguardada. Decenas de patrones y líderes sindicales buscaban a varios trabajadores. Sobre el pasto encontraron una camisa manchada de sangre. La revisaron y no la reconocieron.

Les dijeron que fueran a la tercera delegación de la policía. Yo también fui. El espectáculo era macabro. En el suelo había muchos cadáveres, entre los cuales estaba el de una mujer embarazada con el niño de fuera muerto. Ese día, cuando llegué a la casa grité desesperada. Simplemente ya no podía más.

Las teorías de la conspiración sobre el caso Tlatelolco abundaron y pasados los años se desconoce si fue un intento de golpe de Estado, un pleito entre grupos antagónicos del Ejército, actividades de la CIA en México para evitar el avance de la URSS por estas tierras. Son únicamente ejemplos, porque hubo más especulaciones.

Hay una certeza: la lucha estudiantil, los enfrentamientos y los muertos, aunque se desconozca con exactitud su número. Se habla de 600 y hasta 1,000.

Días después de la matanza en Tlatelolco, llegaron los Juegos Olímpicos y Rosario “Chayo” Vázquez Mota (primera mujer reportera de información general en El Universal Gráfico) regresó a su plaza.

Por mi parte, continué en la Sección de Sociales donde acumulé nueve meses como aprendiz y nueve años como suplente… hasta que en octubre de 1969 el licenciado Juan Francisco Ealy Ortíz asumió el cargo de presidente y director general de los Universales y 12 meses más tarde nombró director de El Universal a Guillermo Ochoa (padre).

 Este gran cronista, leyó la nota que escribí sobre una entrevista-desayuno del Grupo “20 Mujeres y Un Hombre”, el 19 de octubre de 1971, con don Jesús Reyes Heroles. Ordenó que se fuera a la primera plana (antes se publicaban en Sociales) y ese día no solo crucé al otro lado de la redacción, sino que empecé a competir en el reino de los varones: en Información General de El Universal. Y, además, me dieron “la planta”, es decir la plaza.

Y sí, hace medio siglo de aquellos hechos y el 2 de octubre no se olvida.

 

Nidia Marín
Reportera.