A las 11 de la mañana, en la Fiscalía Desconcentrada en Investigación en Tláhuac (Agencia Investigadora del MP TLH-1), el ambiente sabatino se percibe perezoso. Es el 29 de septiembre. Hay al menos diez personas: algunas vienen a denunciar un delito y otras acompañan a los afectados.

El primer contacto con la autoridad sucede con un mostrador de madera de por medio. Una asistente se encarga de hacer preguntas generales para saber qué ha sucedido. Escribe rápido las frases sin apoyar mucho los dedos en el teclado. Imprime la narración escueta y se dirige con una hoja tamaño media carta entre las manos hacia la zona de escritorios que está detrás de unas puertas de cristal. Falta iluminación en las oficinas.

En la sala de espera los adultos parecen niños a quienes la maestra les ha pedido que se reúnan en pequeños grupos para trabajar. Hablan en voz baja, ven videos de partidos de futbol, alimentan sus chats o revisan las novedades en Facebook. Están ahí porque les robaron el automóvil, porque en la madrugada alguien entró a su taller y se llevó distintas herramientas, porque tiene que reportar compras hechas a su nombre sin su autorización, porque en un intento de asalto a su casa un ladrón la lastimó cuando ella trató de defenderse, porque alguien le arrebató mil quinientos pesos de la “cuenta” mientras caminaba por la calle.

En sus gestos no hay nerviosismo, actúan con cansancio, exhalan con resignación. Están ahí, sentados en sillas metálicas, guardando las palabras para su declaración. Hay quienes ya han visto correr una hora más en el reloj.

Ilustración: Patricio Betteo

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Otra vez Tláhuac. La ley de la delincuencia se impone de nuevo y sus habitantes la resienten más que en años pasados. El territorio que tomó por sorpresa a las autoridades al revelarse como el reino de José de Jesús Pérez, El Ojos, tiene su presente marcado por el narcomenudeo y la efervescencia de delitos que se creían desterrados. Los vecinos comparten con temor sus desgracias: saqueos a casas y comercios, robos de automóviles, asaltos en la calle o en el transporte público, sin librarse de una amenaza con pistola, cuchillo o navaja —algunos han terminado en el hospital por las heridas.

Hay un puñado de comercios y talleres ubicados en la colonia La Nopalera, por ejemplo, que han sido presa fácil de los ladrones, quienes se aprovecharon de la oscuridad nocturna para romper candados o doblar las cortinas de metal. No mostraron interés particular en alguna mercancía, tomaron todo lo que fue posible: productos de salones de belleza, herramientas, dinero. Los dueños prefieren no denunciar por miedo o falta de confianza en las autoridades.

Los peatones de esta alcaldía han aprendido a caminar con recelo. En cualquier momento alguien les pone el cañón de una pistola frente a los ojos o les acerca la punta de una navaja para quitarles el celular, la cartera, el bolso o la mochila. Para los usuarios del transporte público las advertencias están a la vista. Un chofer colocó en su microbús una calcomanía que dice: “No presumas tus valores, evita que te roben, no pagues con billetes de 100 y 200 pesos, no uses tu celular”. Los ciclistas también tienen su propia tragedia: no es seguro dejar las bicicletas estacionadas en los lugares asignados afuera de ciertas estaciones de la Línea 12.

Si vives en Tláhuac es posible que pierdas el sueño un domingo por la noche. El pasado 23 de septiembre en una de las calles, a las once de la noche, se escuchó cómo un automóvil se estacionó, alguien cerró la puerta y comenzó a golpear contra una superficie metálica. Un vecino observó que el automóvil estaba estacionado a media calle con las luces encendidas, alumbrando en dirección de la persona que estaba revisando un taxi modelo Tsuru que llevaba varios días abandonado. Los ruidos en la calle se multiplicaron. Un enjambre de motonetas comenzó a dar vueltas por esa cuadra. La persona que estaba desarmando el coche no se inmutó. Quienes estaban despiertos escucharon cómo rebotaron las llantas en el pavimento y los violentos jaloneos con los que poco a poco el ladrón fue arrancando todo lo servible del automóvil. La escena duró al menos dos horas. El vecino que da este relato sufrió insomnio aquella noche y evitó llamar a la policía porque teme la venganza de los delincuentes. 

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Las historias que salen a la luz durante la mañana del sábado en el Ministerio Público sólo amplían este catálogo delictivo. A partir de las doce de la mañana comienza la ronda de interrogatorios.

Las horas de espera se llenaron con la lectura de un libro con pastas duras de color verde, con caminatas en el pasillo exterior, con llamadas telefónicas a familiares, amigos y conocidos (“Estoy en el MP…”. “¿Entonces sí es mejor denunciar?”. “Sigo esperando…”.) Quienes estaban quietos, ahuyentaban a los mosquitos con las manos. En el sonido ambiental sobresalía el ruido de podadoras de pasto y detonaciones que provenían del campo de entrenamiento del Agrupamiento Fuerza de Tarea Zorros.

Del registro de un robo de automóvil, se pasó a la historia de una mujer que, acompañada por su esposo, su hija y dos familiares, fue a “levantar una demanda” porque un hombre entró a su casa a robar el viernes por la noche y ella tuvo que defenderse. La asistente del mostrador le preguntó si sólo ella había resultado herida y le pidió que anotara su nombre en un formato. A los pocos minutos la joven de cabello castaño entró para narrar lo que le sucedió. Una hora más tarde salió y se dirigió con su familia hacia una oficina contigua. El remate lo dio el esposo cuando tomó el teléfono rojo, disponible para quienes hayan quedado inconformes con la atención de los servidores públicos, y preguntó por qué le habían dicho a su esposa que su caso era “una falta administrativa”, si el hombre que entró a su casa “pudo haberla matado si ella no se hubiera defendido” y “hoy en la mañana estaba afuera de mi casa con un cuchillo en la mano”. La respuesta tampoco lo dejó satisfecho. Colgó el auricular con un golpe seco y regresó a la otra oficina.

En una de las sillas esperaba un carpintero que iba a reportar que habían entrado a su taller y le habían robado sus herramientas. Los delincuentes doblaron el extremo inferior derecho de la cortina de hierro sin que los vecinos hayan escuchado algún ruido.

De pie estaba una señora de entre 45 y 50 años que había sufrido robo de identidad. Usaron sus datos personales para realizar una compra en internet, con pagos asignados en el recibo del teléfono.

Alrededor de las dos de la tarde, el ritmo de trabajo en las oficinas del Ministerio Público se aceleró. La encargada y un vendedor del área de electrónica de una tienda Coppel se presentaron como testigos de un asalto que tenía poco tiempo de haber ocurrido. Dos policías detuvieron a uno de los delincuentes, que portaba un cuchillo de 20 centímetros. El botín: una pantalla de 20 pulgadas.

Momentos después, dos camionetas de la Secretaría de Seguridad Pública de la Ciudad de México llegaron con varios detenidos. La reacción de la asistente que atiende detrás del mostrador fue reveladora: se puso de pie tan rápido como pudo y en su rostro apareció un gesto de incredulidad.

¿Qué está sucediendo en Tláhuac?

 

Kathya Millares
Editora.

 

Un comentario en “Sábado violento en Tláhuac

  1. Querida Kathya:
    Preguntas al final de tu magnífica y triste crónica, ¿Qué esté sucediendo en Tláhuac? Quienes leemos tu crudo -crudo por real, crudo por imparable-, relato sabemos bien lo que sucede: Nuestro país esta descabezado. Somos rehenes y víctimas de nuestros gobiernos. El problema fundamental es la falta de esperanza. Hoy no la hay, no hay ninguna razón para ser optimistas. Aguardemos, aguardemos al nuevo sexenio…, no creo que la destrucción pueda incrementarse.
    Abrazo,
    Arnoldo Kraus