El 20 de septiembre de 1985 sentí mucho miedo. Poco antes de las 8 de la noche la tierra se volvió a mover. Ciertamente el temblor del 19 de septiembre había sido mucho más intenso que ese, pero en mi memoria el verdadero sentimiento de miedo está registrado ese viernes en la noche. A esa edad, el primer temblor había significado poco hasta que la ola de imágenes televisivas y las historias que se iban transmitiendo por toda esa pretuitera ciudad hicieron que en 36 horas mi idea de lo que un movimiento así de la tierra podía provocar cambiara radicalmente. El fin de la inocencia sísmica.

Hasta donde recuerdo estaba viendo televisión con mi hermana. No había Netflix, pero pasaban a los Munsters todas las tardes. Ésa era infancia. De pronto se fue la luz, la televisión se apagó súbitamente y la tierra se empezó a mover otra vez. Mi madre a trompicadas llegó hasta el cuarto donde estábamos mi hermana y yo, los tres juntos nos colocamos en el marco de la puerta y esperamos. Trato de recordar algún otro momento de mi infancia donde haya sentido tanto miedo y me es imposible recordar uno. Durante ese minuto y medio fui un niño de 9 años con mucho miedo.

Las siguientes semanas ese miedo no desapareció, pero se unió a otro sentimiento que nunca realmente superé: impotencia. Soy de la generación que tiene recuerdos vívidos del 85 pero que no tenía edad para lanzarse a la calle a ayudar como hacían todos los mayores. Siempre pensé que ayudar habría sido terapéutico. Para mis padres, a los nueve años, era una simple locura de un chamaco respondón. Viví por 30 años, dispuesto a hablar por horas sobre el sismo y los héroes de la época, siempre desde la frustrante perspectiva del inútil. Plácido Domingo, la pulga, los topos, mis tíos, mis tías, y los albañiles que construyeron una escalera nueva en el edificio de mi primaria en las semanas subsecuentes. Héroes todos.

Ilustración: Patricio Betteo

32 años después llegué a la escuela de mis hijos a media mañana mientras en el radio escuchaba crónicas sobre aquel 19 de septiembre de 1985 y en un semáforo, violando reglas de vialidad obvias, me dio por postear un artículo sobre aquel sismo que había publicado 10 años antes. Unos minutos después observé el simulacro en la escuela de mis hijos, baje las escaleras con un grupo de preparatorianos bastante listos y al terminar todavía les reclamé el tiempo que habían tardado en desocupar el edificio: “en su escuela aprenderán alemán pero en mi humilde primaria pública desocupábamos en 50 segundos”.

Todo entre risas y mis notas mentales sobre un par de problemas que vi en el simulacro y que comunicaría al director de la escuela, no porque sea yo un experto en estas cosas pero la memoria del niño de nueve años con mucho miedo nunca ha desaparecido y los simulacros en todas las instituciones educativas donde he trabajado siempre me habían puesto de cierto humor apocalíptico. Uno de los directivos de la escuela les dio algunas indicaciones a los estudiantes, una de ellas me llamó la atención pues me resultaba novedosa: “Si no alcanzan a salir antes de que empiece a temblar, la indicación es replegarse”. Replegarse: definitivamente no era una palabra importante en el léxico de la generación del 85 de la cual soy parte. Mientras todos regresábamos a los salones donde yo aún tenía programada actividades con los estudiantes de bachillerato, dudé qué tan realista podría ser esa indicación de replegarse. Pronto mi duda sería disipada.

A la 1:14 empezó la nueva pesadilla. La tierra se volvió a mover. No es que no haya habido otros temblores en la ciudad de México; durante estas tres décadas puedo recordar varios. Uno durante una clase de física en mi prepa (cuyo edificio ahora está inservible), otro justo la noche anterior a mi cita para presentar el GRE cuando estaba soñando con estudiar un posgrado en el extranjero, alguno en la primaria algunos meses después de los primeros. Pero éste, sin duda, fue el más fuerte desde entonces. Mientras me replegaba vi como una tubería o manguera del edificio de enfrente se tronó, probablemente de gas, no tengo idea. 32 años después, otra vez sentí mucho miedo.

Por supuesto volví a ser un chilango afortunado. Igual que en el 85 no tuve pérdidas directas. No sólo eso, el azar me permitió estar en la escuela de mis hijos justo en el momento del temblor. En cinco minutos estaba abrazando a los dos y eso se lo agradeceré al azar el resto de mi vida.

Mi esposa estaba en camino y en un rato más estábamos todos juntos. Pero volví a sentir la fragilidad que no había sentido desde 1985. No me refiero sólo a la fragilidad de enfrentarnos a nuestra naturaleza mortal. Me refiero también a la facilidad con las que estos eventos alteran la vida misma de toda una ciudad. Padres con menos suerte que la mía fueron llegando a la escuela después de batallar horas con el tráfico postsismo sin poder saber a ciencia cierta que iban a encontrar al llegar, pues igual que hace 32 años las comunicaciones se perdieron durante un buen rato. A uno de ellos lo vi llegar y abrazar a sus hijos manteniendo la cordura que todo padre debe mantener. Después volteó y me abrazó, pude sentir con toda claridad cómo se derrumbó por dentro y empezó a llorar: “hay un edificio colapsado aquí junto”, me confesó casi en silencio. En ese momento supe con certeza que este no había sido sólo otro temblor.

Y justo ahí empezaron a aparecer otra vez esos sencillos actos heroicos. La disciplina de los estudiantes del Colegio Suizo durante el temblor y los minutos que siguieron. No, en mi primaria no hubiéramos sido así de disciplinados. Empezó a temblar casi de manera simultánea con el anuncio de la alarma sísmica. De inmediato una de las estudiantes dijo “nos replegamos”. Más de 20 estudiantes de preparatoria hicieron caso como si lo hubieran ensayado cientos de veces. Dejó de temblar y bajaron con todo orden hacia el patio donde ya estaban el resto de los estudiantes. Los primeros héroes de los días que habrían de venir.

Cuando finalmente salimos de la escuela empezaron a aparecer por todas partes estas señales que me hicieron un orgulloso chilango en los ochenta y que ahora supe no habían desaparecido. Oficinistas dirigiendo el tránsito en una ciudad sin semáforos donde todos tienen urgencia de llegar a su destino. Una cuadrilla de 40 o 50 albañiles con herramienta, seguramente de alguna de las obras en esa zona de la ciudad, corriendo formados en dirección a los derrumbes y la gente en la calle dirigiéndolos a gritos: “Escocia, Escocia, corran hasta Escocia”. El vecino ingeniero, junto con el encargado de mantenimiento de mi edificio, revisaron y me aseguraron que podíamos quedarnos en casa.

Con esta seguridad en mente, decidí correr de regreso a Escocia, en algo podría ayudar. No hice gran cosa, algunas cadenas humanas con escombro, algunas con víveres, a ratos colaboré formando de una valla humana que nos pidieron los soldados que llegaron al lugar. El niño de nueve años con miedo dentro de mí me regañaba a gritos: eres un pinche inútil.

Los siguientes días hice lo que pude. Hasta donde me dio la energía y afortunadamente encontré una forma de ayudar que me hizo sentir más útil a mi querida ciudad. Pero lo más importante fue lo que vi esos días. Vi a mis estudiantes, actuales y del pasado, rifársela por la ciudad. Vi a mis queridos profesores estar dispuestos a hacer cosas inimaginables en tiempos normales. Vi a plomeros tapatíos convertirse en héroes chilangos. Vi a mis amigos hablar lenguajes incomprensibles: desde el español alegórico necesario para comunicarse con marinos en su propio idioma hasta idiomas de programación que superan mi capacidad de entendimiento. Vi parques que se convirtieron en centros de distribución de recursos operando como una enorme maquinaria humana, los bautizamos como la República de los Parques. Vi a soldados y marinos mexicanos trabajar durísimo, igual que los albañiles de la primera hora partiéndosela por una ciudad que suele maltratarlos. Vi que con todo y cambios tecnológicos, en el fondo, esta ciudad sigue siendo la misma. Es una ciudad en la que nos mentamos la madre en Twitter y en el Viaducto, o en Twitter desde el Viaducto, todos los días. Pero también una ciudad en la que uno puede confiar que si las cosas se ponen mal habrá más manos solidarias que gandallas. Y ahora vivo con la certeza de que esa ciudad que vi y que poco a poco vuelve a disfrazarse de gandallez siempre va a estar ahí cuando un niño de nueve años vuelva a tener mucho miedo. Porque cuando esta ciudad tiene miedo nos damos terapia colectiva, guardamos la gandallez y nos ponemos chalecos anaranjados y cascos de seguridad. Al miedo se le enfrenta en colectivo, le decimos solidaridad.

Y en la certeza de que ese colectivo existe es que uno se reconcilia con esta ciudad que a veces da miedo. Con la idea de que potencialmente está ciudad podría estar gobernada por quienes en la emergencia demostraron que esta sociedad tiene remedio. Mi convicción de quedarme y seguir siendo chilango orgulloso se basa sólo en que esta ciudad tiene el potencial para funcionar mejor incluso cuando no haya emergencias. La posibilidad de que mis hijos vivirán algún día en una ciudad gobernada por esa gente que conocí en la emergencia me da la tranquilidad necesaria para poder dormir, otra vez, tranquilo. Por lo menos hasta el próximo temblor.

Pd. Cierto, vi gente gandalla e incompetente también. De esos nos encargaremos ahora que el miedo poco a poco se va transformando, con toda justicia, en enojo. No soy más un niño de nueve con miedo. Cuéntenme como un cuarentón orgulloso pero enojado.

 

Sergio Silva Castañeda