Esta es la historia de Javier, un hombre que logró hacer dinero dentro de la delincuencia. También es la historia de un convicto al que el escenario que conoció durante su condena le cambió la existencia y la vocación. Es además el testimonio de un proyecto creado por un grupo de profesionales del teatro que precisamente este mes deberán afrontar el cierre definitivo de su espacio central, El Foro Shakespeare.
Esta es, en síntesis, una crónica de cosas que se ganan y se pierden gracias al entusiasmo o el delirio, la mejor forma de perder y ganar cosas en la vida. Quizá.

"En prisión aprendes a ver con las orejas. Desde la celda uno tiene que ponerse bien abusado. Saber qué custodio viene o quién se está acercando es cosa de oído". Javier Cruz, preso durante décadas en distintas cárceles de la República me mira y con sus recuerdos parece reafirmar su dicho: la cárcel está hecha para transformar la mirada.

"Siempre he trabajado. Antes de caer yo andaba con mi novia, nació mi hijo y tenía mi empleo. Estaba en Home Mart de montacarguista, pero conocí a un chavo de Oaxaca que se dedicaba al robo de coches. Me fui haciendo amigo del oaxaco cuando él me dijo que allá podía vender lo que se robaba aquí como en dos o tres veces más. Le pregunté y me dijo que era muy sencillo: `robas los coches aquí, te los llevas por carretera hasta Oaxaca, allá te los pagan y te regresas´".

Trabajo simple. "El oaxaco me ofreció que le entrara y sí, le entré. Comencé a ir cada ocho días llevándome coches. Me pagaban muy bien y recibía viáticos y una lana para que me regresara junto con los chavos que me acompañaban, la bandita que robaba coches para mí. Además si yo lo pedía me podían pagar con cocaína, balas, armas, lo que yo quisiera".

Ilustración: Estelí Meza

De vuelta a casa Javier lo vendía todo: las armas, las balas. La cocaína. Una vez le pagaron con veinte kilos de mariguana que se volvieron dinero nada más llegar a la ciudad. Con todo, no faltaba al trabajo: de lunes a viernes se la pasaba en Home Mart de 8:00 a 22:00. Los fines de semana eran para conducir autos robados hacia Oaxaca.

"Yo no me robaba los coches, los compraba ya robados. Una vez me buscó un cuate que tenía un conecte en la Chrysler y llegó con un estuche que traía llaves universales para muchos modelos. Me pedía por él sesenta mil pesos. Claro que se los pagué. Tripliqué esa inversión, pero después alguien sacó un duplicado y al rato todos traían llaves universales…ya no valía la pena y regresamos a robar otras marcas. Cuando llevaba un rato haciendo esa chamba me fui especializando, hasta me pasaban una lista `quiero un vocho azul, un shadow así y asado´. Modelos y colores. Yo le decía a los chavos que trabajaban conmigo que les iba a dar mil pesos más si me conseguían el color. Y sí. Así estuve dos años, hasta que me agarraron".

Fue un día llegando a Oaxaca, Javier marcó al comprador para avisarle que los autos ya estaban ahí, pero este tardó mucho en llegar y sus cómplices desesperaron. Alguno dijo que iba por una mona y regresó con varias, babeantes de Resistol 5000. "Se pusieron bien locos, a brincar sobre los toldos de los coches. Llegó la policía municipal. Me bajé de uno de los coches desde el que los estaba viendo ¿qué pasó oficial? `pues aquí los chavos dicen que trabajan contigo ¿no?´. Le ofrecí cinco mil pesos, pero no los aceptó y llamó a la judicial. Cuando llegaron encaré al comandante. Ya casi lo convencía de que no había bronca cuando vi que otros judas habían agarrado a Jorge, uno de mis chavos y lo tenían metido en un coche. Ya lo estaban "terapeando", le habían dicho que yo ya había confesado que todos los autos eran robados y pues él se abrió. El comandante me dio en toda mi madre. Estando en la federal que me avientan a la misma celda ¿adivina de quién? del oaxaco y yo que lo reconozco y que le digo a un judas que él era mi causa y el judicial que me dice `no mames, este güey es la bronca aquí, el cabrón es madrina, trabaja con los judiciales´. Estaba en una broncota. Me dieron chance de hablar por teléfono y le marqué a mi patrón. Él me dijo que no me preocupara, que allá iba un licenciado que me iba a sacar. Antes de eso yo le había preguntado al comandante que cuánto quería y él me dijo que unos doscientos mil por cada quien. Saqué sesenta que llevaba escondidos y se los di. Le pedí un carro para ir por el resto de la lana y ya hasta me habían quitado las esposas y nos íbamos a ir en el coche del comandante cuando se escuchó que venía un convoy. Era el mero mero de la zona. `Ya te chingaste chilango, ahí viene el patrón, ten tu dinero´ me metió el fajote al pantalón y ahí voy de nuevo a la celda. Me estuvieron golpeando toda la noche. Unas megamadrizas. Me ponían un colchón encima y pegaban con el tolete. Un güey se paraba encima con todo su peso y me brincaba. Terminé con un hematoma que me abarcaba todo el pecho y el estómago. Lo bueno que en ese entonces -mediados, fines de los noventa- yo tenía veintitantos y estaba entero. En un momento, todo madreado, le dije que pues qué quería y él me dijo que necesitaba que le firmara una confesión. Me la dieron a firmar y ya con eso, a la penitenciaría".

 El licenciado llegó al día siguiente, Javier lo recuerda chaparrito, trajeado y con reloj y cadenas de oro. "Nos quitó cargos como lo de la mota que traíamos, las armas. Chingón, pero ya estaban ahí los custodios del Estado de México. Habían llegado porque resulta que teníamos averiguaciones previas por robo de auto. Saliendo de ahí nos llevaron a Barrientos. Cuando empiezas a delinquir crees que nunca te van a agarrar, hasta que estás bien torcido piensas `no mames´. Me mandaron al pasillo cuatro de Barrientos, un espacio oscuro, sin agua. Nomás tienes el baño, la cama y ya. Me dieron veinticinco años. El día que me sentenciaron pensé que yo estuve trabajando en el crimen nomás para pagar todas las cárceles que me iba a costar esa chamba".

Vida de cárcel. La tranquilidad se alejó, el dinero se acabó. "En Barrientos me tocó un motín. Un desmadrote. Los amotinados llegaron a abrirnos las puertas, yo salí a ver qué y pues era el infierno. En medio del patio ya tenían a un custodio amarrado, rociado con alcohol. Cuando se arma un motín lo que hace la población es ir a robar la tienda y el servicio médico, la tienda pues por todo; el servicio médico por las pastillas y por el alcohol: vacían un perol de esos que sirven para hacer la comida y le avientan el trago, el café y luego todos los psicotrópicos. Nos dejaron así, echando desmadre todo el domingo y todo el lunes. En la noche entró la policía, me acuerdo de un comandante gritando `a ver, una comitiva ¿qué quieren?´, bajaron unos a hablar con los comandantes, ya sabes, con su lista de peticiones: apenas la estaban extendiendo cuando vimos cómo los policías se les fueron encima y que se los llevan. Nos cortaron el agua, la luz. De repente nomás vimos cómo se dibujaba una cúpula de gases lacrimógenos y detrás, corriendo, los antimotines. Pues ya todos con hambre, sin agua, crudos, nadie se puso al pedo. Para las tres de la mañana ya estábamos todos en el patio encuerados. Nos agruparon de cinco en cinco y a todos nos fueron subiendo a distintas camionetas. No te decían adónde te llevaban. Yo fui a dar hasta El Oro, la última cárcel del Estado de México colindando con Michoacán. Allá estuve como tres meses hasta que llegó una notificación del Reclusorio Oriente y me mandaron para allá. Cinco años en el Oriente. Fui coordinador de un dormitorio, fui parte de los que reparten alimentos a la población, trabajé en la cocina y bueno, me puse a vender vicio hasta que en un operativo fueron cachando a todos los que vendíamos y chingue su madre, me mandaron a Santa Martha".

En Santa Martha Javier dejó de vender vicio y se dedicó a planchar. Los días de visita sacaba su mesa desde las siete, muchos le mandaban su ropa —a quién no le gusta llegar a su visita con la ropa bien planchada— y él obtenía un poco de dinero. También estaba por sucederle algo más.

"El Licenciado, uno de los internos, nunca trabajaba. Tenía lana, él había llegado por secuestro. El caso es que le gustaba el teatro y ahí en Santa Martha había un grupo amateur, nadie lo dirigía ni nada. El Licenciado me pedía que lo acompañara, pero yo le decía que a mí el teatro no me gustaba. Me estuvo insiste e insiste. Total, un día le dije que fuéramos. Empecé ayudando con el audio, bajaba el telón, puras cosas técnicas, nada en escena. Un día me dijeron que en la pastorela les hacía falta un personaje que no tenía diálogos y me estuvieron chingue y chingue. Acepté. Mi actividad escénica consistía en vestirme de pastor, sentarme en un tronco y afilar un machete. Después me tocó ser ayudante del Arcángel, ser Arcángel, chalán de Satanás, Satanás. Un día estábamos ensayando la pastorela y llegó Itari (Javier se refiere a Itari Marta, actriz, directora del Foro Shakespeare). Originalmente ella  venía a ver artesanías hechas por internos, pero la autoridad le quería enseñar el auditorio. Entró y se quedó ahí, mirando lo que hacíamos. El Licenciado le preguntó `¿usted no podría regalarnos un taller sobre cómo hacer teatro?´ Ella quedó de regresar al siguiente miércoles a las doce. El miércoles ahí estaba. Hasta la fecha, sigue yendo todos los miércoles a las 12. Comenzó a hablarnos de teatro. Nosotros éramos un desmadre, fumábamos mota, tirábamos el café, alegábamos, pero Itari se aferró. Hubo un momento en que ya nos tenía a todos sentados y callados, acatando lo que decía. De veinticinco que empezamos, al paso de las semanas nos quedamos once. Con esos once el Shakespeare fundó la Compañía de Teatro Penitenciario. Montamos Cabaret Pánico, una adaptación de la Ópera Pánica de Jodorowsky. En esa obra salíamos de frac y un día pensé que ya tenía que dejar la piedra, porque se iba a ver muy mal que estuviera en escena todo elegante y bien fumado. El teatro nos alivianó. El Shakespeare nos alivianó. Dimos doce funciones, hicimos una gira interreclusorios. No nos pagaban, pero después de esas funciones nos dieron un bono. Comenzamos a ver el teatro como un nuevo trabajo. En la penitenciaría nuestra actividad no contaba ni tenía validez oficial, pero el Foro Shakespeare se encargó de la gestión y obtuvimos un convenio firmado con la subsecretaría: nuestra actividad vale como trabajo a la institución, actividad cultural y educativa. Cuando llegó el Foro nos inculcaron que primero hay que trabajar para poder ganar. De un taller pasamos a ser un grupo y de ahí a ser compañía. Después de Cabaret Pánico nos llevaron el texto de Ricardo III que nos tuvo trabajando un año, leyéndolo y analizando".

Después de doce meses de trabajo de mesa, Javier asegura que lograron extraer la esencia de Ricardo III asimilando también textos que hablaban de maldad y de poder, de gente como Caro Quintero o Don Neto. Gente que creyendo ganar, pierde. "Todos nos dimos cuenta que es más fácil conectar con el lado oscuro".

"El día que me dijeron que iba a salir libre estaba ensayando Ricardo III. Me hablaron y regresé todo nervioso. Tuve que esperar una semana hasta que se hizo efectiva mi liberación. Estaba en mi celda, se me acercó el custodio y me dijo que me fuera al servicio médico, que ahora sí ya me iba. Y que me da un abrazo. Chido. Corriendo fui al servicio médico, me certificaron. Salí de Santa Martha como a las ocho de la noche. De repente estás frente a la puerta de la penitenciaría y te abren y ya. Estás libre. Caminé hasta que vi pasar unas combis que decían metro portales y que me subo. Me acordaba que del metro Cuitláhuac salían los peseros que me dejaban por casa de mis papás y que por ahí había un puesto de hamburguesas. Resultó que ahí seguía. Me supo buenísima aquella hamburguesa. Me fui caminando a casa de mis papás, quien me abrió fue mi mamá, ya enferma, con oxígeno. A través de la mascarilla me dijo `qué ¿ya estuvo? pásate´. Mi recámara era la más grande: la sala.

Al día siguiente Javier llegó al Foro Shakespeare, donde fue recibido entre sonrisas que celebraban su liberación. Comenzó a trabajar. El pasado se hizo pequeño, punto minúsculo que quedaba atrás para siempre. "Los de la Compañía de Teatro Penitenciario tienen la opción de venir a trabajar con nosotros al salir libres, con la única condición de que quieran hacerlo". Ricardo III está por cumplir ocho años representándose en Santa Martha.

 "Si me fijo en qué hay en el trabajo que no encuentras en la delincuencia pienso en libertad, que es hacer las cosas derechas sin chingar a los demás. Obviamente lo económico no se compara. Nunca se va comparar la ganancia que sacas por hacer teatro con lo que sacas en el crimen organizado. Con lo de los carros yo me estaba llevando cuarenta mil pesos a la semana, pero siento que ahora gano más porque duermo tranquilo, no tengo problemas ni me tengo que esconder. Ahora por todos lados escurre miel. Así como pierdes muchas cosas en la cárcel, también te encuentras otras que te ayudan a cambiar la forma en que ves todo, una de ellas fue el teatro. A lo mejor si el Foro Shakespeare no hubiera llegado a Santa Martha tú y yo no estaríamos aquí platicando. Lo más chido es que lo bueno que me pasó fue el teatro. Cambié la delincuencia por las risas del público y los momentos en el camerino".

Actualmente Javier, ex ladrón de autos, actor, trabaja de tiempo completo en la Compañía de Teatro Penitenciario. "La cárcel nada más es reflejo de lo que está pasando aquí. Uno decide si quiere ser libre o seguir encerrado. Aquí afuera la única diferencia es que los barrotes están más lejos".

El Foro Shakespeare concluirá sus actividades el día 30 de septiembre. La Compañía de Teatro Penitenciario que fundó seguirá subiendo al escenario a convictos arrancados del crimen por mucho tiempo más.

 

Eduardo Limón
Periodista cultural. Autor de El camello de las dos jorobas (Conaculta, 2014) e Historias Verdes, conversaciones sobre la mariguana (Penguin Random House, 2018).