México acaba de pasar por las elecciones electorales más grandes de su historia. La organización y el resultado podrían utilizarse para argumentar el éxito de la democracia. Sin embargo, pensar que el proceso democrático del país terminó el 1 de julio, sería un error. O tal vez ya es un error, histórico. Leonardo da Jandra, L.M. Oliveira y Guillermo Fadanelli reflexionan sobre algunos de los retos de la sociedad mexicana en un nuevo libro titulado: Desconfianza. El naufragio de la democracia en México.

Platicamos con L.M. Oliveira, autor del ensayo La democracia en la oscuridad, sobre lo que nos dejó el último proceso electoral y lo que viene, o debería de venir.


Miguel Lapuente: La democracia no es un lugar, es una trayectoria, y es importante reflexionar hacia dónde vamos.

L.M. Oliveira: La democracia no es un lugar, aunque muchas veces se piensa así o se utiliza esa metáfora de la democracia como un sitio al que llegamos. Es un proceso y tenemos que revisarlo bien para ver si estamos caminando de la manera adecuada o no. En ese sentido, el libro tiene una relevancia que debemos subrayar porque desde las elecciones del primero de julio, se vive un ambiente festivo en buena parte del país, sin embargo no podemos dejar que esa alegría nos haga pensar que hemos fortalecido nuestra democracia o que está más saludable porque sería falso. Si México ganara el día de mañana la Copa América, decir Mundial ya sería mucho, no podríamos pensar que eso es resultado de que el futbol mexicano está mejor Tenemos que ir con cuidado, que la fiesta no nos haga pensar que ya caminamos lo que no hemos caminado.

ML: ¿Qué genera tanta desconfianza en la democracia mexicana?

LM: Hay encuestas que se hacen a nivel mundial y en específico a nivel latinoamericano que muestran que en la región hay una profunda desconfianza por la democracia. ¿Por qué la regionalizo? Porque México comparte con Latinoamérica muchos vicios y también de las virtudes. Por un lado, la impunidad es muy fuerte y eso hace que la gente no confíe en las instituciones, principalmente la que imparte justicia; la desigualdad económica y la falta de oportunidades de las personas, ¿Por qué este sistema democrático que se supone que está ahí para ofrecer la posibilidad de que las personas vivan la vida que quieren vivir, no logra su objetivo?  Acabo de ver una encuesta del INEGI que nos muestra que el 80 por ciento de los mexicanos gana 13 mil pesos o menos. Si vemos los sueldos que reciben los Ministros de la Corte, nos damos cuenta de una disparidad ridícula, pasar de 13 mil pesos a 400 mil, produce que las personas se pregunten cómo es posible que un sistema que se supone que tiene que ser justo, permita esas desigualdades. Eso aleja a las personas de la confianza en el sistema democrático. Y por último, la violencia, la cual hace que las personas sientan desasosiego, intranquilidad, miedo, y cuando las personas tienen que vivir con miedo, no pueden vivir plenamente. Cuando tienes miedo de salir a la calle, miedo a que tus hijos jueguen, miedo a que no regresen a la casa después de irse de fiesta, se vive a medias Entonces surge la pregunta, ¿qué me está dando la democracia?

ML: Sobre la inseguridad y la violencia, ¿qué te parece la idea de los diálogos para la reconciliación y la paz en el país?

LM: Apenas están empezando y por lo tanto creo que es muy pronto para hacer un juicio sobre ellos, pero como idea, en abstracto, a mí me parece adecuado. Creo que tenemos que caminar a una sociedad que esté dispuesta a la reconciliación porque lo que hemos vivido en los últimos años nos ha dividido profundamente como sociedad, lo cual trae muchos problemas consigo porque después de todo no sólo somos un conjunto de individuos encerrados en un territorio, eso suena más como a una sociedad carcelaria, la sociedad de un país libre debería ser cooperativa, es decir, un espacio donde los individuos que están reunidos, se ayudan los unos a los otros para tener una mejor vida. Sin embargo está demostrado, y esto ya no es sólo una idea, sino que hay pruebas psicológicas que lo prueban, las personas que no confían en otras personas no pueden cooperar con ellas. Cuando sales a la calle y te asaltan, violan tu integridad, o te matan, por su puesto que tienes razones para desconfiar de los demás. Lo que tenemos entonces es una sociedad profundamente fragmentada y muy incapacitada para desarrollar bienestar. Y el bienestar no es sólo un nombre cursi que proponen para las secretarías de estado. Se trata de generar las oportunidades para que las personas estén bien. Por supuesto es imposible garantizar que cada uno de los ciudadanos sea feliz, eso no tiene sentido, la felicidad es una búsqueda individual, pero una sociedad sí puede garantizar que se den las oportunidades para la felicidad, y esas existen. Cuando vivimos como ratas encerradas es muy difícil que se desarrolle la parte humana, que además es la que nos distingue y por lo tanto deberíamos enaltecer, exaltar. Si no caminamos esos caminos veo muy difícil que la sociedad mexicana se vuelva un lugar donde las personas quieran estar. Los diálogos por la reconciliación tienen sentido, lo que pasa es que deben estar bien enfocados. Una de las cosas que más se han repetido es que para que podamos estar en paz, necesitamos justicia, en este caso, entendida no sólo como el proceso legal que castiga o que emite sentencias y repara daños, también un proceso de memoria.

ML: En el libro citas a John Locke: “Donde no hay ley no hay libertad”, y Leonardo Da Jandra afirma que el descontento y el escepticismo impide que podamos distinguir entre una libertad simulada y una real. ¿De qué forma afecta la impunidad y el descontento a la concientización sobre la relevancia de la ciudadanía?

LM: En el libro coincidimos que la democracia no es solamente un conjunto de instituciones que se rigen a partir de una constitución democrática, tenemos una idea más amplia, más ambiciosa y que en la teoría se llamaría perfeccionista. ¿Por qué? Porque exige que no sólo las instituciones se comporten de manera democrática, sino que todos los ciudadanos, o la mayoría, se comporten democráticamente. Si esperamos que los ciudadanos se comporten de la manera adecuada sólo cuando están bajo vigilancia de las instituciones, lo que va a pasar es que donde no haya instituciones no exista un comportamiento adecuado. Lo que dice Da Jandra es muy cierto, los ciudadanos deben respetar los derechos de los demás. Imagínate que los hombres no amenazaran la seguridad, la integridad, tanto física como psicológica de las mujeres cuando salen a la calle. Si eso sucediera, no necesitaríamos policías para garantizar la seguridad de las mujeres al caminar por la calle. Lo que necesitamos no son policías, es erradicar a los machos. La erradicación del machismo pasa por hacer propios los valores y principios de la democracia. Eso es lo que estamos proponiendo, que no basta con el sueño de las instituciones democráticas, aunque son necesarias, por supuesto. Necesitamos ciudadanos que se comporten como demócratas. En ese sentido me gusta pensar que la democracia es una moralidad, así como hay una moral católica, hay una moral democrática. Lo que pide es que los ciudadanos se comporten de tal forma que respeten los derechos de los demás. Eso sería la utopía. Imagínate una sociedad donde todos los individuos se frenen cuando sus conductas van a violar los derechos de los otros. Eso es un ideal y por supuesto no podemos suponer que vamos a llegar ahí, pero lo que sí podemos suponer es que nos comportemos como ciudadanos, y que en la mayoría de los casos respetemos los derechos de las personas.

ML: Al hablar del desencanto, en tu ensayo invitas a preguntarnos: “¿Por qué nos va tan mal como cuando vivíamos en un régimen autoritario? ¿Qué ha cambiado desde que vivimos en democracia?” No puedo evitar pensar que una de las causas del resultado de estas elecciones fue la no elaboración de esta pregunta por parte de nuestros gobernantes.

LM: Puede ser. Si comparamos nuestra realidad con la que teníamos hace algunas décadas podremos ver que la transición a la democracia ha cambiado cosas en la estructura institucional de este país. Tenemos un INE fuerte pese a que en el 2006 casi se quiebra, se han ido abriendo instituciones muy importantes como el Instituto de Transparencia, tenemos especialistas que están en instituciones autónomas que miden la inflación, el crecimiento de la economía, y eso puede parecer trivial, pero en otros países de nuestra región no se pueden fiar de los datos que dan para  medir si esos países han mejorado o no. En México sí hemos logrado desarrollar instituciones que miden eso de manera fiable y por lo tanto se ha generado un cambio importante en las instituciones democráticas. El hecho de que Andrés Manuel López Obrador haya ganado las elecciones es reflejo de que se han transformado las instituciones de este país. Si hubiéramos seguido bajo el régimen autoritario de hace cuarenta años, la llegada de López Obrador hubiera sido imposible. Claro que existen las transformaciones hacia la democracia. Sin embargo, como decíamos al principio de esta entrevista, la democracia es un camino, entonces no se trata de que ya votamos, ya llegamos, ya sacamos al PRI, ya somos democracia, no. Se trata de ir caminando a la realización de los derechos y el reconocimiento de los mismos. Y es ahí donde yo creo que está la gran deuda de la democracia mexicana. En la vida cotidiana las personas no son capaces de gozar esos derechos, y no son capaces de gozarlos porque no hay escuelas o las escuelas son muy malas, o no hay tribunales para dar justicia, o no hay centros de salud, o los centros de salud están vacíos, o no hay doctores, o no hay medicinas.

ML: Si algo nos dejó este proceso electoral fue la comprobación de que la discusión pública está en crisis. ¿Qué riesgos se corren cuando las emociones hacen a un lado al debate o el debate se basa en las emociones?

LM: Uno de los mejores índices para ver la calidad de la democracia es el nivel del debate público. Las elecciones para escoger presidente y representantes son seguramente la ventana más importante para hacer que el debate público llegue a todos los rincones del país. Y por supuesto, el nivel del debate público de la pasada campaña fue deplorable. Corremos muchos riesgos. El más importante es que se siga desconfiando de la democracia, porque si no se explican las cosas, si los ciudadanos no están convencidos de las decisiones que toman sus representantes, el estado pierde legitimidad. Y no tengo duda que una de las grandes crisis que padece el país es de legitimidad. Vamos a ver si este voto masivo que va a llevar a López Obrador a la presidencia cambia ese balance y la legitimidad del gobierno se vuelve más sólida. Porque la legitimidad es fundamental para que las decisiones que se toman en el gobierno sean aceptadas por la población. Cuando se toman medidas que la población no acepta son medidas que tienen que imponer, y eso complica las cosas. Si el debate público fuera más rico, si fuera más explicativo, si fuera más detallado, haría que las personas estuvieran más interesadas en lo público. Pero es necesario que las personas tengan una preparación mínima. Es alarmante cuando vemos la preparación que están dejando nuestras escuelas, las personas no tienen mucha noción de cómo discutir, es decir, no conocen cuáles son las falacias más básicas y las cometen todo el tiempo. No saben escuchar a los demás. No saben qué es la transigencia y por lo tanto se vuelven muy intransigentes, no saben lo que es la imparcialidad, y eso va empobreciendo el discurso, porque lo que queda es un debate de necios.  Hacia donde se está inclinando la democracia, y eso no sólo en México, sino en el mundo, es al gobierno de aquellos que saben manipular las emociones de las personas. Porque cuando el debate público, más que debate de razones, se vuelve un show donde se ganan o se pierden votos según se hace sentir bien o mal a las personas, en realidad quien está ganando la batalla son los mercadólogos, capaces de convencer a las personas a través del estómago y el corazón. Y el estómago y el corazón no son los instrumentos que nos permiten tomar las mejores decisiones.

 

Miguel Lapuente