Presentamos un fragmento del nuevo libro de Federico Finchelstein, Del fascismo al populismo en la historia (Taurus, 2018). Finchelstein, colaborador de esta revista, hace un recuento y análisis minuciosos del desarrollo de ambos movimientos a lo largo del siglo XX y principios del XXI.


El populismo es una forma de democracia autoritaria que originalmente surgió como una reformulación de posguerra del fascismo. Antes del final del fascismo habían surgido algunas ideologías y movimientos prepopulistas precoces en países tan distintos como Francia, Rusia y Estados Unidos, pero el contexto era completamente diferente y nunca habían llegado al poder. El populismo recién se convirtió en un régimen con la retirada del fascismo del escenario mundial. Fue un punto de inflexión histórico, como lo habían sido los regímenes de Hitler y Mussolini. Antes de asumir la forma de régimen, el fascismo también había sido un mero movimiento de protesta, más que un camino exitoso hacia el poder. Una vez que accedió al poder en Italia, el fascismo se convirtió en un paradigma político verdaderamente global. En este marco nuevo, los fascistas transnacionales cambiaron sustancialmente de perspectiva: ahora era un camino exitoso hacia el poder, y ya no un estilo político de oposición al liberalismo y el socialismo. En este sentido, la revolución de Mussolini tuvo efectos innovadores y globales parecidos a los de las revoluciones rusa y francesa. Mientras estas revoluciones y los regímenes fascistas se consolidaron inicialmente en Europa, los regímenes populistas surgieron primero en América Latina luego de 1945. Los regímenes populistas como el de Juan Perón en la Argentina y Getúlio Vargas en Brasil no fueron verdaderas revoluciones sino más bien síntomas revolucionarios de la creación, a principios de la Guerra Fría, de un paradigma político nuevo para gobernar la nación.

Antes del fascismo, el populismo había sido un estilo político autoritario de movimientos de oposición. Luego del fascismo, el campo político se despejó y el populismo pudo completarse. Pasó a ser un paradigma político autoritario de pleno derecho; a saber: una manera influyente de regir el estado en ausencia de los poderes fascistas. Como el fascismo, el populismo no era un sustituto de otras políticas. Los populistas no eran simples mensajeros del pueblo sino actores por derecho propio. Como lo habían hecho antes los regímenes fascistas, los regímenes populistas actuaban y decidían en nombre del pueblo, sólo que ahora a través de medios democráticos. En otras palabras, el populismo no era sólo un paréntesis en la historia. Más que una mera forma democrática de fascismo, el populismo en el poder era un fenómeno político nuevo para una nueva era histórica. El populismo moderno estaba conectado con la Guerra Fría y originalmente fue una respuesta a la crisis de representación política que primero había creado al fascismo y luego había contribuido a su defunción. Así, pues, para explicar el populismo y sus políticas es necesario ubicarse en los contextos históricos del populismo.

Mientras el objetivo del fascismo es la dictadura y la abolición de la división de poderes y el imperio de la ley, el populismo, al menos en la historia moderna, casi nunca destruyó la democracia. Sin embargo, los populistas socavaban una y otra vez el imperio de la ley y la división de poderes sin abolirlos del todo. Las elecciones no tenían sentido para los fascistas, pero los populistas les atribuían una importancia fundamental. No hay duda de que la democracia populista era nacionalista y menos cosmopolita y emancipatoria que otras formas democráticas. Pero como los populistas incrementaban la participación electoral, se podía pensar que el populismo ampliaba la democracia. Por lo tanto, la complejidad histórica del populismo ha obstaculizado los intentos recientes de definirlo de manera simplista, ya sea exagerando el término o reduciéndolo a una fórmula estática. De hecho, cuanto más simplista sea la definición, más lejos estaremos de la especificidad que el populismo representa en la historia de la política.

Es comprensible que los historiadores hayan reaccionado contra la reducción de la historia a un gabinete de curiosidades del que los teóricos pueden seleccionar los artefactos que necesiten. Un enfoque tan reduccionista representa una forma de contextualización radical más propia de anticuarios que de historiadores. Mientras los anticuarios coleccionan reliquias del pasado, los historiadores profesionales analizan e interpretan contextos del pasado en relación con sus variaciones y continuidades presentes. Mientras algunos teóricos despliegan esta visión antigua —de anticuarios— de la historia, hay otros que subrayan la larga historia del término populismo sin analizar lo suficiente los distintos contextos de su historia y su teoría políticas. Como señala contundentemente Pierre Rosanvallon, el populismo tiene una larga historia que incluye actores tan variados como los sicofantes de la antigua Grecia, el periodista radical de la revolución francesa Jean-Paul Marat y los populistas rusos y norteamericanos del siglo XIX. Pero, como muchos otros teóricos, Rosanvallon no se mete lo suficiente con la historia del populismo autoritario y moderno de la posguerra, síntoma de la tendencia general de la teoría política del populismo a excluir del cuadro al fascismo.

Y aun así fascismo y totalitarismo forman parte de manera decisiva de la larga historia del populismo, y las maneras en que el populismo ha sido y sigue siendo interpretado no se limitan a sus orígenes. Es importante, no obstante, reconocer esos primeros momentos populistas para evaluar luego sus bifurcaciones y repercusiones subsiguientes en función de sus diversas fases históricas: las tempranas tendencias populistas en las políticas rusa y norteamericana del siglo xix, las formaciones prepopulistas de la derecha (por ejemplo, el boulangismo en Francia, el movimiento de Karl Lueger en Viena y las ligas patrióticas sudamericanas) y los precedentes protopopulistas de entreguerras en América Latina (por ejemplo, el cardenismo en México, el yrigoyenismo en la Argentina y el primer varguismo en Brasil). Las fases pos 1945 de lo que se puede considerar el populismo moderno, que surgió tras el primer populismo y los prepopulismos de derecha que precedieron a la Gran Guerra, incluyen lo siguiente:

1) El populismo clásico. El peronismo argentino estuvo a la vanguardia de este populismo inicial, pero el término también abarca la segunda etapa de varguismo en Brasil (1951-1954), el gaitanismo en Colombia (fines de los años 40) y el período de José María Velasco Ibarra en Ecuador (de los años 30 a los 70), así como experiencias populistas de posguerra en países como Venezuela, Perú y Bolivia.

2) El populismo neoliberal. Carlos Menem en la Argentina (1989-1999), Fernando Collor de Melo en Brasil (1990-1992), Abdalá Bucaram en Ecuador (1996-1997), Alberto Fujimori en Perú (1990-2000) y Silvio Berlusconi en Italia (1994-1995, 2001-2006, 2008-2011).

3) El populismo neoclásico de izquierda. Las administraciones Kirchner en la Argentina (2003-2015), Hugo Chávez (1999-2013) y Nicolás Maduro (2013-) en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador (2007-2017) y Evo Morales en Bolivia (2006-), así como partidos populistas neoclásicos de izquierda europeos como Podemos en España y Syriza en Grecia.

4) El populismo neoclásico de derecha y extrema derecha. De la extrema derecha peronista de los años 70 al predominio de movimientos y líderes actuales que mayormente están en la oposición europea pero también pueden acceder al poder en países como Estados Unidos, Filipinas y Guatemala, así como en coaliciones de poder como las de Austria, Italia y Finlandia. Estas formas de populismo neoclásico también incluyen los regímenes de Recep Tayyip Erdogan en Turquía y Viktor Orbán en Hungría. Las formas de populismo neoclásico de derecha y extrema derecha en la oposición incluyen al UKIP en Inglaterra, el Frente Nacional en Francia, la extrema derecha en Grecia y los movimientos liderados por la xenófoba Pauline Hanson en Australia y Avigdor Lieberman en Israel, entre muchos otros.

El populismo moderno empieza a principios de la Guerra Fría con la impugnación posfascista de la democracia en América Latina y el peronismo, cuyo papel es central para cualquier investigación sobre la historia del populismo. Lo sorprendente del caso argentino no es sólo que se convirtiera en el primer régimen populista de la historia tras la elección de Perón como presidente en 1946, sino que su forma de populismo diera lugar a todas las variantes posibles. En otras palabras, el peronismo, creado contra el consenso democrático-liberal de posguerra de orientación norteamericana, representa a la vez la primera forma de populismo moderno en el poder y ejemplifica todas las diferentes fases del populismo, desde el populismo autoritario de los primeros gobiernos de Perón (1946-1955) hasta la guerrilla de izquierda de los Montoneros y la derecha neofascista de la Triple A en los años 60 y 70, pasando por el neoliberalismo de Carlos Menem en los 90 y el populismo neoclásico de las administraciones Kirchner en el nuevo siglo.

La necesidad de ubicar al populismo en su contexto moderno se torna aun más acuciante a la luz de la inflación de análisis actuales que plantean que las políticas populistas son un malestar político sin origen específico. Restituir el fenómeno populista a sus antecedentes globales nos obliga a repensar los estereotipos negativos sobre el concepto de populismo y a reconectarlos con los contextos en que surgieron. Me gustaría insistir aquí en la necesidad de reintroducir la historia, y la historiografía, en los debates teóricos sobre el populismo.

El populismo ofrecía una variedad de posibilidades históricas que incluía experiencias extremadamente diferentes, del extremo izquierdo al derecho del espectro político. Sin embargo, y recapitulando, este péndulo ideológico siempre combinaba algunos rasgos comunes:

1) La adhesión a una democracia autoritaria, electoral, antiliberal, que rechaza en la práctica la dictadura.

2) Una forma extrema de religión política.

3) Una visión apocalíptica de la política que presenta los éxitos electorales, y las transformaciones que esas victorias electorales transitorias posibilitan, como momentos revolucionarios de la fundación o refundación de la sociedad.

4) Una teología política fundada por un líder del pueblo mesiánico y carismático.

5) La idea de que los antagonistas políticos son el antipueblo, a saber: enemigos del pueblo y traidores a la nación.

6) Una visión débil del imperio de la ley y la división de poderes.

7) Un nacionalismo radical.

8) La idea de que el líder es la personificación del pueblo.

9) La identificación del movimiento y los líderes con el pueblo como un todo.

10) La reivindicación de la antipolítica, lo que en la práctica implica trascender la política tradicional.

11) La acción de hablar en nombre del pueblo y contra las elites gobernantes.

12) Presentarse a sí mismos como defensores de la verdadera democracia y opositores a formas reales o imaginadas de dictadura y tiranía (Unión Europea, estados paralelos o profundos, imperios, cosmopolitismo, globalización, golpes militares, etc.).

13) La idea homogeneizadora de que el pueblo es una entidad única y que, una vez el populismo convertido en régimen, este pueblo equivale a sus mayorías electorales.

14) Un antagonismo profundo, incluso una aversión, con el periodismo independiente.

15) Una antipatía hacia el pluralismo y la tolerancia política.

16) Un énfasis en la cultura popular e incluso, en muchos casos, en el mundo del entretenimiento como encarnaciones de tradiciones nacionales.

El populismo global hoy: Europa, América Latina y más allá

El populismo regresó a Europa y Estados Unidos con ganas. Sin embargo, antes que como una creación nueva, reapareció como una reformulación dinámica de casos de populismo previos tanto fuera como dentro de Europa y Estados Unidos. La mayoría de los críticos coinciden en que los europopulistas están unidos por el deseo de anular las premisas transnacionales de la Unión Europea. En Europa, ese nuevo populismo representa un retorno a la nación, una idea vertical de democracia y la emergencia de antiguas tradiciones continentales xenófobas que se suponía superadas. En realidad no habían desaparecido; sólo yacían ignoradas y reprimidas en la memoria de un continente que, luego de 1945, se refundó a partir del rechazo antifascista de esas ideas. Fenómenos análogos se ponen en evidencia en Estados Unidos en los ataques del Tea Party contra las instituciones (en especial la paralización del gobierno de 2013) y en otros ataques populistas recientes contra tradiciones más dialógicas, así como en el resurgimiento de una postura nativista, y muchas veces racista, respecto de hispanos, musulmanes y otras minorías, que quedó plasmada en el éxito de Donald Trump, candidato republicano a presidente en 2015-2016.

Para muchos observadores latinoamericanos, el retorno del populismo al centro de la escena muestra las dimensiones globales de una experiencia política largamente asociada con la historia latinoamericana. Que América Latina encarna la tradición política populista no es sólo un estereotipo. Del general Juan Domingo Perón al difunto comandante Hugo Chávez, el populismo ha definido con frecuencia la política de la región. Pero la fuerza de las vinculaciones europea y norteamericana con la política populista (en Inglaterra, Francia, los Países Bajos, Alemania, Austria, Italia, Hungría, Grecia, la Norteamérica de Trump y otros lugares) obligó a los latinoamericanos a repensar también las supuestas particularidades históricas de sus historias en un sentido global más amplio.

¿Será el populismo latinoamericano un modelo para Europa y Estados Unidos? ¿Refleja su historia el pathos del tumultuoso presente europeo y norteamericano? El populismo presenta un crecimiento global en Europa y América Latina, pero también en Asia, Australia y África. Los populistas de todo el mundo invocan al pueblo para apuntalar un tipo de liderazgo altamente jerárquico, para desdeñar el diálogo político y para resolver lo que perciben como una crisis de representación atacando cada vez más el sistema institucional de controles y equilibrios. Lo hacen para afirmar una conexión directa entre el pueblo y el líder basada en un tipo de liderazgo que sería mejor describir como religioso (en el sentido de su fuerte tendencia a deificar sus causas y líderes). Por último, los populistas confunden las mayorías electorales temporarias con el pueblo de la nación como un todo. El populismo refuerza la polarización social y política. Las minorías políticas tienen poco espacio para expresarse. No se trata de eliminar sus derechos políticos, sino de socavar su legitimidad democrática. El populismo, en suma, es una forma autoritaria de democracia.

Si las experiencias latinoamericanas actuales con el populismo viran hacia una tensa combinación de expansión limitada de derechos sociales y políticos y tendencias autoritarias, Europa y Estados Unidos asisten a la presencia abrumadora de una derecha populista que se compromete con las segundas mientras desatiende la primera. En ese sentido, Europa y Estados Unidos se parecen más al pasado de América Latina que a su presente. Sería difícil entender el populismo actual separado de sus formaciones pasadas, y ésta es una historia transnacional. El populismo moderno tiene mucho que ver con el sur global, en especial con América Latina, y específicamente con el modo en que el populismo fue originalmente engendrado en esa región del mundo como una forma posfascista de régimen electoral.

Propongo un marco histórico preliminar para entender el modo desconcertante en que el populismo va y viene entre movimientos y regímenes de izquierda y derecha y de una orilla a otra de los océanos. Luego de exponer mi enfoque del populismo en la historia como reformulación del fascismo, critico brevemente las teorías del populismo funcionalistas, regionalistas y trascendentales. Postulo además una genealogía transatlántica de sus reformulaciones contextuales, del posfascismo al neoliberalismo, y de las formas de izquierda neoclásicas latinoamericanas a las nacionalistas de derecha tan predominantes en Europa y Estados Unidos. Lo que hago, en suma, es participar de un diálogo interdisciplinario más amplio. Una tarea tan ambiciosa, desde luego, no puede llevarse a cabo en un solo libro. Sin embargo, creo que mi enfoque puede ayudar a zanjar algunos huecos significativos entre historia y teoría ocasionados por la ausencia de muchos historiadores en estas discusiones teóricas, así como por una falta de compromiso análoga de los teóricos con la historiografía.

Orígenes posfascistas del populismo moderno

Como el populismo moderno es una reformulación del fascismo en el contexto de las democracias de posguerra, lo distingo de aquellos primeros populismos en los que la democracia estaba severamente limitada. En la primera mitad del siglo XIX, por ejemplo, había formas populistas que a veces coexistían con la esclavitud y, más tarde, con la supresión racista de los derechos de sufragio y otros tipos de explotación que, en particular luego de 1945, eran cada vez más antitéticas respecto de las concepciones modernas de la democracia. Así, en tanto fenómeno europeo y norteamericano del siglo xix, especialmente en regímenes autocráticos como la Rusia zarista y en el contexto de las políticas de representación elitistas en Estados Unidos, populismo era el término que se usaba para designar un medio de lucha contra el estado que era popular y nacional a la vez, y que imaginaba un rol nacionalista y más participativo para las masas. En esos contextos, la democracia era extremadamente limitada en el sentido moderno, en cuanto a la extensión de los derechos políticos y sociales, o directamente no existía en modo alguno. Tanto los Narodniki rusos como el Partido del Pueblo norteamericano insistían en la necesidad de la igualdad social y política, al mismo tiempo que tendían a postular una idea unitaria y mítica de un pueblo que esencialmente era justo y virtuoso. Se podría sostener hipotéticamente que, una vez establecida la democracia, el término populismo dejó de usarse de la misma manera que antes. Autores como Isaiah Berlin en Europa y Gino Germani y Torcuato Di Tella en América Latina sostenían que el populismo podía existir en sociedades «paradas al borde de la modernización». Esta tesis, así llamada de modernización, es problemática en términos históricos, precisamente porque luego de esos procesos de consolidación democrática el populismo nunca dejaba de existir. Reaparecía constantemente, del otro lado del Atlántico y en otros lugares, independientemente de los estándares de modernización.

Isaiah Berlin subrayaba que el populismo carecía de un programa claro pero estaba íntimamente conectado con una visión totalizadora de la sociedad. Fusionaba el nacionalismo con el concepto regenerativo de un pueblo unido contra un estado controlado por minorías. Hacía especial hincapié en la existencia de enemigos que amenazaban la vida del «grupo espontáneo integral y el sentido de fraternidad que lo une». Estaba potencial o prácticamente contra las minorías y las instituciones, pero también reclamaba igualdad para el grupo nacional. ¿Era pues este primer populismo una impugnación interna de la representación democrática en tiempos de regímenes oligárquico-liberales? ¿Qué conexiones tenía con tendencias autoritarias más novedosas? Berlin advierte que el populismo es incompatible con el fascismo y otras formas de totalitarismo, a las que llama «seudopopulismos». Antes que ser meros opuestos, populismo y fascismo pertenecen a una historia política e intelectual convergente. Aun considerando que el núcleo del populismo es democrático pero no liberal, la historia del fascismo está significativamente ligada a la historia del populismo. En realidad, la democracia nació junto con su otro dialéctico, el contrailuminismo contemporáneo y reaccionario que la impugnó en distintos momentos desde adentro o desde afuera.

Especialmente antes de la Primera Guerra Mundial, y a diferencia de los primeros movimientos populistas norteamericanos y rusos, hubo diversos movimientos prepopulistas autoritarios de derecha (liderados en Austria por Karl Lueger, en Francia por el general Georges Boulanger, en Argentina, Brasil y Chile por ligas nacionalistas patrióticas, entre otros) que funcionaron como medios para incorporar a las masas. Al mismo tiempo que jugaban el juego democrático, trataban también de limitar la democracia desde adentro. En nombre del pueblo, los prepopulistas eran xenófobos y racistas y practicaban formas extremas de nacionalismo. No todas las formas de prepopulismo de derecha se convirtieron en fascismo, pero todos los fascismos tienen raíces prepopulistas. Así, en contextos transatlánticos como Alemania e Italia, o Chile, Argentina y Brasil, el prepopulismo se reformuló radicalmente como fascismo transnacional, especialmente luego de las devastaciones prácticas y simbólicas de la Primera Guerra Mundial.

La crisis de representación de entreguerras llevó a muchos países europeos al totalitarismo. Llevó, en suma, a la eliminación de la democracia y a su reemplazo por formas de dictadura fascistas totalitarias. Mientras esas formas de prepopulismo acabaron a menudo destruyendo las formas restringidas de democracia, el populismo recién volvió a surgir como una forma de democracia vertical, a menudo intolerante, luego de la caída del fascismo. Esos experimentos de ideología política cambiaron radicalmente al populismo, que como régimen tuvo su origen fuera de Europa. En realidad, el análisis histórico demuestra que esas modernas experiencias populistas latinoamericanas problematizan la idea de que el populismo sea una simple patología de la democracia. Del peronismo a los casos boliviano, brasileño y venezolano, los populismos latinoamericanos plantean desafíos importantes a las dimensiones más negativas de la definición de populismo como antiiluminismo. Su política de extensión de los derechos sociales también puede ser vista como una mejora perdurable de la democracia.

El surgimiento del populismo moderno en América Latina

Tras la caída de los fascismos europeos, en 1945, un régimen populista moderno surgió por primera vez en América Latina. El peronismo no sólo fue el primer régimen populista moderno de la historia sino que tuvo, además, bifurcaciones espectaculares a lo largo de su historia. Esos caminos bifurcados empezaron cuando surgió, asombrosamente, como una reformulación del fascismo de la Guerra Fría, es decir, como un rechazo revolucionario de la violencia fascista que nació de una dictadura militar liderada por Juan Perón, pero produjo en 1946 el primer caso de democracia populista de posguerra. El peronismo se prolongó con las guerrillas peronistas de izquierda y los peronistas de derecha de los años 60 y 70, con la etapa neoliberal del peronismo de Carlos Menem, cuando los peronistas se sumaron al así llamado consenso de Washington en los años 90, y finalmente con el populismo de izquierda de los Kirchner (2003-2015). En su larga historia, una faceta central de la ideología populista del peronismo ha sido su negativa a exponer una posición programática clara. El peronismo (como movimiento, como régimen y aún más como una modalidad ideológica de hacer y entender la política) tiene la flexibilidad de reformularse constantemente. Algunos políticos podrán abandonar el juego de la política, pero el peronismo, con su renovación constante de la maquinaria electoral, sus bonificaciones y sus relaciones clientelísticas con el electorado, permanece. Esa metamorfosis peronista representa la naturaleza fluctuante de un populismo que no cesa de buscar la mayoría absoluta, exige lealtad total a formas autoritarias de liderazgo y, no menos importante, cuestiona no sólo al liberalismo sino también las formas populares de democracia radical.

El peronismo no es el fascismo, pero el fascismo representa un aspecto crucial de sus orígenes. Los líderes fascistas querían una dictadura cuyo líder negara la legitimidad de los medios electorales para alcanzar el poder. Ése fue el caso de Mussolini en Italia, Hitler en Alemania y los líderes fascistas en Argentina, China y muchos otros lugares. Todos ellos participaban de la experiencia del fascismo transnacional. Pero después de 1945, el oficial del ejército argentino Juan Perón, en una búsqueda coyuntural de legitimidad, invirtió los términos del problema y creó en rigor la primera forma de populismo moderno en el poderrr. A diferencia del fascismo, el peronismo adoptó la democracia electoral. Líder práctico de una dictadura que había gobernado el país desde 1943, Perón ganó las elecciones presidenciales y se convirtió en un líder con legitimidad democrática. El peronismo destruyó (o incluso provocó la autodestrucción de) la dictadura militar, de la que Perón era el líder de facto, y construyó una nueva manera de concebir la democracia.

El peronismo surgía en el contexto de la declinación de las tradiciones liberales y seculares argentinas de entreguerras. Tras la restauración conservadora iniciada en los años 30, los militares acercaron a la Argentina a otras dictaduras fascistas autoritarias de la época como la de Portugal y España. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en esos países, la junta militar argentina terminó por adoptar los procedimientos electorales democráticos y dejó de ser una dictadura. La dictadura de 1943 fue un ataque frontal, absoluto, contra el secularismo argentino. El golpe de 1943 «nacionalizó» la educación católica (volviéndola obligatoria en las escuelas públicas), borró la autonomía de las universidades nacionales y proscribió por ley los partidos políticos. Como señaló Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast), escritor antisemita y ministro de Educación de la dictadura, la agenda se proponía «cristianizar el país», disminuir la inmigración, incrementar la tasa de natalidad y erradicar las doctrinas seculares. Desde el punto de vista peronista, más importante fue que luego de 1945 el presidente democráticamente electo Perón conservara, y a veces profundizara, las reformas sociales (por ejemplo, el mejoramiento de las condiciones de trabajo, el cumplimiento de la legislación laboral, la concesión de mayores derechos a los trabajadores rurales y urbanos, el pleno financiamiento de las jubilaciones estatales, la expansión significativa del poder de los sindicatos, la restricción de las circunstancias que justificaban el despido de los trabajadores, la implementación de feriados y vacaciones pagas) puestas en práctica bajo su gestión como secretario de trabajo de la dictadura militar. Perón mantuvo también una activa política de inmigración racista que discriminaba a los inmigrantes judíos y alentaba la inmigración blanca y católica de Italia y España. En términos políticos e ideológicos, el golpe de 1943 proclamaba el poder de los militares, que se inspiraba en una ideología nacionalista, neutral (esto es, pronazi y proalemana en un contexto hemisférico antinazi), autoritaria, antiimperialista y cléricofascista. La historia de la dictadura militar es en gran parte la odisea de Perón para adueñarse de sus riendas y remodelarla como un gobierno democrático electo. Esos cambios se llevaban a cabo en el contexto de lo que los investigadores llaman una «revolución dentro de una revolución», en la que jóvenes oficiales conducidos por Perón usaban el coup para reformular las bases institucionales del país en términos populistas. Durante el período de 1943 a 1955, la ideología sufrió reformulaciones constantes para adaptarse a los reclamos multidiversos de los distintos actores políticos y sociales «peronistas», desde los fascistas de dentro y fuera del ejército hasta los sindicatos de tendencia izquierdista y la clase obrera en general. La polarización fue un elemento fundacional del nuevo orden peronista. Como señala el destacado historiador Raanan Rein, el peronismo dividió la sociedad argentina en dos facciones absolutamente opuestas: «Para los miembros de la clase trabajadora, el peronismo representó una mejora real de las condiciones de vida». El peronismo también les dio un sentido de participación y orgullo. En cambio, para la mayoría de los miembros de la clase media y alta y la mayoría de los intelectuales, «la década peronista fue una experiencia traumática». Desplazados del mundo oficial de la política, «acusaban el impacto de darse cuenta de que habían perdido no sólo el control de los procesos políticos y sociales del país, sino también la posibilidad de entender esos mismos procesos».

El peronismo argentino fue el primer intento de «democratizar» el legado antiliberal del fascismo en el contexto de la Guerra Fría. El peronismo gobernó en un contexto básicamente sin desocupación e impulsó un aumento sustancial del apoyo estatal a la salud y la educación públicas. En el mismo contexto de expansión económica y nueva legitimidad para ampliar el papel del estado posterior a 1945, pronto lo siguieron otros movimientos: la segunda fase del varguismo en Brasil, la revolución boliviana, el gaitanismo en Colombia y las presidencias de posguerra de José María Velasco Ibarra en Ecuador. Luego de 1945, movimientos protopopulistas como el aprismo en Perú y el betancourismo en Venezuela pasaron a ser formaciones populistas modernas de la Guerra Fría que combinaban cada vez más las posiciones anticomunistas, la polarización extrema y la idea negativa de los adversarios como enemigos con una crítica del liberalismo y fuertes dosis de igualitarismo. En líneas generales, estos nuevos regímenes y movimientos populistas democráticos impugnaban las concepciones liberales de la democracia.

Éstos no eran los primeros intentos de esta índole en la historia latinoamericana. Hubo sin dudas importantes precedentes de entreguerras como el cardenismo en México (1934-1940), el yrigoyenismo en la Argentina (1916-1922 y 1928-1930) y la primera etapa del varguismo en Brasil (1930-1945). Otro precedente importante fue el APRA, el partido peruano que Víctor Raúl Haya de la Torre lideró de los años 20 en adelante. Pero todos estos experimentos estaban fuertemente moldeados por los distintos contextos nacionales, regionales y globales de antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Eran regímenes y movimientos protopopulistas muy distintos de los movimientos prepopulistas de derecha más típicos de los casos europeos, norteamericanos y latinoamericanos previos a la Gran Guerra. Mientras los primeros movimientos prepopulistas eran tipos de populismo incompletos, sin forma de régimen a la vista, los protopopulistas eran, en general, regímenes insuficientemente populistas. Los protopopulismos llevaban en primer lugar la marca de las realidades de la revolución y la contrarrevolución, incluidas las revoluciones mexicana y soviética, que fueron centrales, la del entonces flamante legado de las repúblicas oligárquicas y, posteriormente, la de las luchas anticolonialistas y la guerra global entre el fascismo y el antifascismo.

Esas formas de protopopulismo eran bastante distintas entre sí, pero ninguna consideraba que el liberalismo fuera su enemigo principal, como luego sería el caso del populismo moderno. Preferían concentrarse, en cambio, en trascender el legado intacto de los estados oligárquicos que los habían precedido. Esos regímenes protopopulistas se presentaban como «correctivos» de inspiración nacional de las viejas formas de la democracia liberal latinoamericana: querían corregir el pasado liberal, pero nunca rompieron del todo con él. Lo que querían, más bien, era poner límites a esos modelos democráticos en las naciones jóvenes en busca de autonomía.

El yrigoyenismo, protopopulismo argentino, estaba más conectado con el pasado conservador que con sus contrapartidas protopopulistas mexicana y brasileña. En la Argentina, el protopopulismo radical produjo una extensión de los derechos políticos, pero sólo para los hombres y sólo en el contexto de un sistema que combinaba un liderazgo carismático, un poder ejecutivo fuerte y la ampliación del papel del ejército a la hora de controlar el descontento social con esporádicos pero significativamente altos niveles de represión antiizquierdista en la Patagonia, Buenos Aires y otros lugares. En México, el protopopulismo aparecía como un sistema autoritario donde las elecciones sobre todo tenían una función en contextos locales particulares, especialmente en función de la competencia entre los partidos. Al mismo tiempo, el protopopulismo mexicano incorporaba partes significativas de la población (sectores urbanos, campesinos y la clase obrera) especialmente a través del partido y las estructuras corporativas del estado. Se dieron fenómenos similares en Brasil con Vargas, pero Vargas se colocaba claramente a la derecha del espectro político, y el régimen que lideró de 1937 a 1945 fue una dictadura corporativa. El cardenismo y el varguismo se veían como actores revolucionarios desde la cima. Habían nacido en el poderrr. A diferencia del populismo democrático moderno (del peronismo al trumpismo y el lepenismo), estos protopopulismos asistían a, y a veces producían, altos niveles de violencia política. Tanto el cardenismo como el varguismo terminaron oponiéndose al fascismo global y reprimieron a los fascistas y la extrema derecha locales. En Brasil, la primera fase varguista fue en su mayor parte una dictadura que en rigor destruyó la democracia formal elitista que la había precedido. En México, el período cardenista llevó a la institucionalización de la ley del partido único, a un ejecutivo fuerte pero temporalmente limitado y a la minimización práctica de la democracia electoral. Los regímenes protopopulistas mexicano y brasileño no pueden ser considerados tan democráticos como lo sería el populismo democrático moderno luego de 1945. Y sin embargo, en mucho mayor medida que el yrigoyenismo argentino, los movimientos de México y Brasil sentaron importantes antecedentes para el futuro populista, incluidas nuevas formas de nacionalismo económico y la consecuente incorporación de las clases obreras urbanas al pacto autoritario. El protopopulismo más próximo a lo que sería el populismo moderno luego de la guerra fue el aprismo peruano.

El APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) fue un movimiento muy activo, no sólo en Perú sino también, en menor medida, en otros lugares de América Latina, como partido urbano y alianza de trabajadores, estudiantes e intelectuales de clase media, una coalición que el líder llamaba «la unión del brazo y los cerebros». Ofició cada vez más de nexo entre ellos el liderazgo mítico de Haya de la Torre. En esos años, Haya de la Torre proponía un frente anticomunista y antifascista latinoamericano por la «defensa nacional» y la «afirmación de la soberanía» contra los «enemigos omnipotentes». Para ese modelo era fundamental, como decía Haya, que «no hay pueblo o masa buenos o malos: sólo hay dirigentes buenos o malos». El líder peruano planteaba que el APRAA y su propio liderazgo eran el instrumento para derrotar a los enemigos internos y externos. El APRA pasó a ser un partido real a principios de los años 30, y pasó a menudo de los procedimientos democráticos en épocas democráticas a la insurrección armada en épocas dictatoriales. Ya en esos primeros años, como explica Carlos de la Torre, aparecen el «moralismo, la religiosidad y la intransigencia que caracterizan a los discursos populistas». El aprismo también exhibía el «a mi manera o de ninguna manera» de la lógica de la impugnación populista que hasta incluía la crítica racista de sus adversarios (como sucedería más tarde con el gaitanismo en Colombia). Ya al principio, en 1931, y de manera más definitiva luego de 1945, con el surgimiento de la Guerra Fría, era particularmente evidente que el aprismo, a pesar de su retórica latinoamericanista, era una organización protopopulista nacionalista peruana. Proponía un frente antiimperialista de posguerra contra el comunismo y el liberalismo bajo el liderazgo vertical de Haya, que oficialmente se definía como el «jefe máximo», principal interpretador de «los anhelos vagos e imprecisos de la multitud». Aunque algunos historiadores lo han llamado el primer populismo latinoamericano, antes del período de posguerra el aprismo estaba ligado a un modelo de paternalismo multiclasista más tradicional y proponía una idea más difusa de soberanía popular populista, un vínculo más tradicional entre el líder y el pueblo y una perspectiva mucho menos nacionalista. En definitiva, estos protopopulismos (el cardenismo, el primer varguismo, el yrigoyenismo y el primer aprismo) constituyeron precedentes significativos, influyentes y claros de los populismos modernos, especialmente del peronismo, que apareció después de 1945.

Las trayectorias de los protopopulismos de México, Argentina, Perú y Brasil muestran la influencia profunda que ejercieron y, luego de 1945, en países como la Argentina, cómo se combinaron con legados prepopulistas y fascistas más formales. Esto no quiere decir que el fascismo fuera tan penetrante en el resto de América Latina como lo fue en la Argentina. En la mayor parte de América Latina, la larga historia del liberalismo en el poder, mucho más extendida que en otros lugares donde el fascismo surgió como régimen (Alemania, Italia y España, por ejemplo), muestra hasta qué punto el fenómeno fue una particularidad de la mayoría de los casos latinoamericanos de populismo: incluso en lugares como Colombia, donde tuvieron las consecuencias más violentas, las reglas liberales del juego político estaban demasiado enquistadas para que las eliminaran por completo. La Argentina era otra cosa. El país experimentó un ataque contra la tradición liberal inigualado en otros países latinoamericanos.

En un nuevo contexto en el que la democracia liberal había reaparecido como la forma de gobierno más legítima de Occidente, los fascistas de todo el mundo, primero y especialmente en la Argentina, volvían a las raíces prepopulistas de derecha del fascismo, reformulándolas orgánicamente para el contexto de la posguerra. Fruto dictatorial de la democracia moderna, el fascismo estaba enraizado en las experiencias previas de reacción prepopulista autoritaria contra la democracia, del bonapartismo y el boulangismo en la Francia del siglo xix al antisemitismo cristiano de Karl Lueger en la Viena del fin-de-siècle. Pero una vez llegado al poder, en Italia en 1922 y en 1933 en Alemania, el fascismo destruyó la democracia desde adentro. Los fascistas de todo el mundo propusieron proyectos convergentes. Tras la derrota global, en 1945, muchos fascistas y anticomunistas de la derecha global comprendieron que para ganar legitimidad, el fascismo tenía que dejar de apoyarse en la dictadura. Esto marcó el surgimiento del populismo moderno que conocemos hoy. La genealogía del populismo moderno está enraizada en este intento radical de reinscribir la tradición fascista, de apartarse del nacionalismo dictatorial extremista.

Para los fascistas que habían sobrevivido a la caída de los regímenes fascistas, la Guerra Fría ofrecía una nueva dicotomía entre las formas de capitalismo liberal-democráticas y el comunismo al estilo soviético. Querían escapar del mundo bipolar que acababa de instaurarse. El populismo moderno fue la primera propuesta de una tercera posición destinada a superar el dilema propio de la Guerra Fría: elegir entre el comunismo y el liberalismo. En su primera materialización histórica (es decir, en la primera experiencia histórica en que esta reformulación «democrática» del fascismo se convirtió en un régimen de poder), el populismo se llamó peronismo. Antes que adoptar una versión preformateada del neofascismo de posguerra, el peronismo argentino fue el primer movimiento que intentó adaptar el legado del fascismo a un marco democrático novedoso. Fue también el primer ejemplo de régimen populista moderno.

Para muchos de sus adversarios, el peronismo era un nuevo fascismo adaptado a los tiempos democráticos. Éste fue también el caso de otros ejemplos de populismo latinoamericano en los años 40. Tras la Segunda Guerra Mundial, los países de América Latina atravesaban cambios profundos. El brasileño Getúlio Vargas, el ecuatoriano José María Velasco Ibarra y el líder colombiano Jorge Eliécer Gaitán fueron todos acusados de ser fascistas y peronistas. Pero en rigor constituían una reacción populista nacional a las limitaciones de la democracia en sus países, lo que implicaba denunciar los límites impuestos a los derechos sociales y una manera autoritaria de identificar al pueblo y la nación con sus propias personas y agendas.

Como Perón, Vargas había dirigido un régimen dictatorial anticomunista (en su caso, el Estado Novo, 1937-1945), pero luego se reconvirtió a los métodos democráticos y en 1951 ganó las elecciones presidenciales. Esta «nueva era Vargas» fue esencialmente populista. Vargas había definido su perspectiva dictatorial anterior como la única alternativa frente a la amenaza de guerra civil de entreguerras. Pero los tiempos estaban cambiando. Ahora Vargas era un político democrático que reformulaba los términos de su Estado Novo dictatorial en función de un contexto democrático. Como Perón, Vargas rechazaba el liberalismo político y económico. También como Perón, era anticomunista. Sus políticas evidenciaban una manipulación de las clases trabajadoras y una manera perspicaz de leer y expresar sus preocupaciones y actuar en función de ellas. En otras palabras, el varguismo combinaba el autoritarismo con la democratización social. Como muchos de sus pares latinoamericanos, Vargas fue acusado de ser el «Perón brasileño», pero el varguismo fue una respuesta brasileña a una crisis de hegemonía nacional que, previsiblemente, estaba más ligada a procesos brasileños que a los argentinos. La Argentina peronista no era la forma platónica del populismo moderno. Era más bien el primero de los muchos regímenes populistas que aparecieron en la posguerra latinoamericana.

Así, procesos similares tuvieron lugar en Colombia, donde el surgimiento del populismo fue la consecuencia inesperada de la muy extendida tradición latinoamericana de excluir a los sectores populares de las decisiones políticas. Como sucedía en otros lugares de la región, el populismo colombiano de posguerra era el resultado de la falta de representación política popular, la existencia de una gran brecha entre las élites y la mayoría de los ciudadanos y la desigualdad social. Como Perón, Jorge Eliécer Gaitán había sido influenciado por el fascismo cuando visitó la Italia fascista. Gaitán leyó su tesis de graduación ante el gabinete completo de Mussolini, pero, como Perón, se corrió a la izquierda y combinó un estilo fascista con la idea de un pueblo uniforme y la presión en favor de los derechos sociales, de modo de llegar a una mayoría de ciudadanos desfavorecidos. Gaitán sentía afinidad con la tercera posición peronista entre capitalismo y comunismo. Insistía también en la necesidad de un «nacionalismo defensivo» contra el imperialismo. Esta reformulación populista fue malentendida por los conservadores como un «fascismo de izquierda» y por los liberales como el fascismo de Hitler y Mussolini. Así, como Perón, Gaitán fue acusado con frecuencia de ser fascista y también peronista. Pero, como en el caso del líder argentino, Gaitán no era fascista sino, en rigor, uno de los políticos clave que luego de 1945 adaptaban viejas ideas a nuevas realidades democráticas. Como dice Enrique Peruzzotti, los populistas hicieron de los procedimientos electorales uno de los elementos constitutivos de su legitimidad política. En este punto diferían claramente de los fascistas, que no atribuían ninguna legitimidad verdadera a las elecciones y recalcaban la necesidad absoluta de la dictadura. Gaitán no encaja en este último modelo fascista. Su asesinato en 1948 interrumpió una formidable carrera política y, lo que fue más importante para el futuro inmediato, el proceso populista colombiano, lo que derivó en una terrible guerra civil y finalmente en la única y breve dictadura militar moderna del país.

En Ecuador, un partido fascista influido por la falange apoyó a Velasco Ibarra en su tercera presidencia (1952-1956). Formaciones similares habían apoyado el ascenso de Perón al poder. Al comienzo, Velasco contaba con el apoyo de los trabajadores y de sectores católicos furiosamente anticomunistas. Pero, como sucedió con el peronismo, el populismo ecuatoriano mezclaba ideas y seguidores de izquierda y de derecha. El retorno de Velasco al poder en 1944 tuvo finalmente el apoyo de izquierdistas y derechistas que decían ser partidarios de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Como observa el prominente investigador del populismo Carlos de la Torre, el pensamiento político de Velasco Ibarra, influenciado por el pesimismo de Simón Bolívar respecto de la democracia, idealizaba los ejecutivos fuertes y hasta las dictaduras temporarias. Esta visión era reforzada por una larga aunque no mimética admiración por el peronismo. Velasco Ibarra había estado exiliado unos años en Buenos Aires durante el peronismo clásico (1943-1955).

Líderes como Perón, Gaitán y Velasco Ibarra transformaban los debates políticos en batallas a todo o nada por un orden moral nuevo. Esto es lo que De la Torre llama la «trasmutación de la política en ética o incluso en redención escatológica». Actuando y hablando en nombre del pueblo, los populismos clásicos surgían en una época de debilidad de los mecanismos democráticos. Daban voz a quienes no se sentían representados, pero lo hacían a expensas del derecho legítimo al disenso y haciendo de la voz del líder la «fuente de toda virtud». Procesos similares tenían lugar en Perú, Bolivia y Venezuela. En realidad, si líderes como Víctor Haya de la Torre en Perú y Rómulo Betancourt en Venezuela habían estado en un principio cerca del comunismo, luego de 1945, especialmente, se volcaron con claridad hacia una combinación populista de liderazgo vertical antiliberal y reclamos políticos de cambio social. Como Gaitán, Haya nunca llegó al poder, pero a diferencia del líder colombiano, asesinado en 1948, Haya se exilió y siguió siendo un actor decisivo en la política peruana. Proscripto en Perú, reclamó la restitución de la participación electoral para él y sus seguidores. Su populismo de posguerra se caracterizaba por un reclamo decreciente de reforma social, un compromiso siempre ascendente con el mito del líder carismático, un apoyo incondicional sincero a Estados Unidos en su Guerra Fría contra el comunismo y una alianza con los enemigos oligárquicos anteriores de Perú.

Como había sucedido ya en la Argentina y sucedería en Venezuela, en Bolivia el populismo llegó al poder participando de una dictadura militar. El mayor Gualberto Villarroel, dictador y líder de la junta, y Víctor Paz Estenssoro, líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), tenían vínculos estrechos con la junta militar argentina del GOU (Grupo de Oficiales Unidos) liderado por Juan Perón en Buenos Aires. Como lo había hecho antes con Perón, Estados Unidos equiparó la junta boliviana con la llegada del fascismo a América Latina. No hay duda de que los argentinos tuvieron un papel en el coup boliviano. Pero las características más importantes del coup no eran fascistas sino protopopulistas. Las conexiones transnacionales eran importantes, en efecto, pero los sucesos bolivianos tenían raíces nacionales específicas que apuntaban hacia una versión nacional de populismo boliviano. Como sucedió con el peronismo, el apoyo del populismo boliviano a la dictadura fue un antecedente de aquello que luego se transformaría en una democracia electoral autoritaria. La historiadora de Bolivia Laura Gotkowitz explica que el MNRR apoyó primero la dictadura, pero también propuso la concepción socialmente inclusiva de una «nación mestiza». Se trataba de un modelo de inclusión social nacionalista, por momentos xenófobo, que al mismo tiempo insistía en la unidad nacional y daba legitimidad a la mayoría india y mestiza del país. También buscaba controlar a esa mayoría que «presionaba al estado con sus reclamos». La dictadura de Villarroel y el MNRR limitó severamente los derechos políticos e incluso expandió algunas tendencias fascistas nacionales mediante el asesinato político y el encarcelamiento de miembros de la oposición de izquierda. Pero en ese momento Víctor Paz Estenssoro también explicaba que querían hacer del «gobierno de Villarroel un punto de partida para la creación de una nueva legalidad, una legalidad revolucionaria al servicio del pueblo». El MNRR perseguía un tipo nuevo de régimen; en rigor, buscaba una legitimidad fundada en el pueblo. El dictador terminaría asesinado por una muchedumbre, y los líderes del MNRR se exiliaron luego de 1946. Apenas cinco años después, el MNRR había renunciado al fascismo y adoptado una tercera posición que lo desplazaba claramente hacia la izquierda en el paisaje político boliviano. Paz Estenssoro era ahora el líder de un partido revolucionario nacionalista con respaldo obrero. Contra él, bajo el estandarte de la falange boliviana, estaban los militares y la derecha boliviana. Fue en ese momento inicial de la posguerra (1952) cuando el MNRR accedió al poder por su cuenta, aunque, una vez más, no por vías electorales abiertas. En realidad, el MNRR ganó las elecciones en 1951 a través de un proceso democrático limitado que restringía el voto a una minoría de individuos alfabetizados. En cualquier caso, una junta dictatorial le impidió acceder al poder. En 1952, en nombre del pueblo y sus votos, el MNRR encabezó una revolución. Para entonces ya había dejado atrás sus influencias fascistas previas e incorporado una nueva base obrera con raíces marxistas y trotskistas. La revolución del MNRR tenía raíces urbanas y rurales amplias e incrementó radicalmente las oportunidades de los bolivianos de participar de la política de su país, lo que incluía el sufragio universal, la nacionalización de las minas y la reforma agraria. Aunque exponía su accionar como un «golpe» contra la oligarquía, el MNR, según Gotkowitz, no asociaba los «derechos de los ciudadanos con ideas más amplias de libertad e igualdad, ni los asociaba con la historia de las luchas participativas para liberar la nación de las cadenas coloniales». La misma reforma agraria era de naturaleza «reformista» y priorizaba la propiedad privada antes que la propiedad común de la tierra (antes de la reforma, el seis por ciento de los terratenientes poseían el 92 por ciento de las tierras desarrolladas). Aun así cambió de manera significativa la distribución de la tierra (tras la reforma se redistribuyó el 20 por ciento de la tierra) en uno de los países más desiguales de América Latina. Tras la revolución, el MNRR fundó su legitimidad en mecanismos electorales extendidos, un nacionalismo uniforme y un concepto homogeneizador de la soberanía popular. Como sostiene Gotkowitz, el rasgo determinante de esta revolución era su impacto democratizador, una ampliación de la democracia marcada por la «tensión entre el apoyo y la prescindencia de la participación política indígena». El populismo clásico boliviano profundizaba la polarización y minimizaba la pluralidad política, social y étnica, mientras ampliaba significativamente la representación democrática. El MNRR combinaba la idea de un pueblo indivisible enfrentado con la oligarquía con niveles de personalismo relativamente bajos. Era un populismo moderado, y en este sentido similar al caso venezolano, en el que inicialmente los populistas también estaban aliados con los militares, lo que pronto implicó un desplazamiento hacia la izquierda del espectro político. En su forma clásica, el MNRR era inicialmente un movimiento populista situado a la izquierda del peronismo, el velasquismo, el aprismo, el gaitanismo y el varguismo. Esto se debía tanto a su rechazo de la violencia fascista (transnacional y nacional) como a las particularidades de su revolucionario ascenso al poder. Pero finalmente, y a la manera transformista del populismo, Paz Estenssoro terminó rompiendo con la izquierda del partido y realineándose claramente con la facción norteamericana de la Guerra Fría y los militares bolivianos.

En Venezuela, Acción Democrática adoptaba eslóganes como «Venezuela primero» y «Dividir es identificar», mientras se involucraba en el golpe de 1945. Dos años más tarde, ganaba las elecciones con el 75 por ciento de los votos. Como el peronismo, el varguismo y el MNRR boliviano, pasó de participar de una dictadura a ser una democracia populista. Como el peronismo y el varguismo, Acción Democrática emprendió un amplio programa de reforma social que rearticuló las relaciones sociales, definió nuevas identidades políticas y amplió la representación y participación populares. En definitiva, la modalidad peronista de adaptar el fascismo a las realidades democráticas de la Guerra Fría fue también adoptada por otros países latinoamericanos. Aunque, a diferencia del peronismo, otros populismos de América Latina no tenían orígenes fascistas, todos los populismos de la región incluían elementos como la teología política, la idea mítica de la historia y la naturaleza ritual del espectáculo político y la religión política que estaban conectados con el fascismo.

Más que la forma que moldeó a todos los demás, el populismo argentino fue la primera materialización en un régimen de una necesidad global compartida por pensadores y militantes anticomunistas globales: el deseo de superar la democracia liberal y el «socialismo real». Lejos de los experimentos de los fascistas europeos, y no demasiado afectada por su resonante derrota, la Argentina pasó a ser un espacio viable donde el fascismo transnacional, y en términos más generales el anticomunismo, podía repensarse a sí mismo en un contexto muy distinto. Sin embargo, es evidente que la Argentina no fue la causa de la preeminencia del populismo en toda América Latina. Los populismos brasileños o bolivianos fueron no menos influyentes que el peronismo, y ambos regímenes eran fruto de realidades posfascistas globales y regionales. En otras palabras, América Latina en su conjunto fue la sede de la primera consagración del populismo en el poder, y los efectos en cadena de su fundación histórica tuvieron la máxima importancia global.

Quiero insistir en la relevancia de las conexiones transcontextuales del populismo, y más específicamente de la historia latinoamericana, para pensar las implicancias universales de las formas de populismo pasadas y presentes. Creo que, en muchos aspectos, el centro puede verse mejor desde los márgenes. Así, porque pone el acento en las genealogías fascistas del populismo y en cómo se creó y fue cambiando con el tiempo, mi marco histórico se aparta de las dicotomías estándar entre el norte global y el sur global. En ese sentido, Donald Trump, Hugo Chávez, Marine Le Pen en Francia y Recep Tayyip Erdogan en Turquía están conectados con Hitler y Mussolini en la práctica, especialmente por sus estilos, y en la teoría, a la vez que representan un corte radical respecto de la política fascista clásica. No son fascistas, pero sus políticas comparten un trasfondo histórico fascista. Esta relación histórica entre fascismo y populismo es lo que generalmente se pierde cuando se la traduce en términos teóricos.

 

Federico Finchelstein
Profesor y director del Departamento de Historia en la New School of Social Research, Nueva York.