En El caballo de Lord Byron (Siruela, 2018) Vanesa Pérez-Sauquillo (Madrid, 1978) narra una serie de historias que entretejen lo mágico con la realidad en una ciudad de ensueño. Las ilustraciones de María Espejo enriquecen el volumen. Publicamos una de las historias que componen el libro.


Queridos amigos:

Os voy a contar una historia que sucedió hace mucho tiempo en una ciudad llamada Venecia. Tiene que ver con un poeta, el genio de una lámpara, un niño y un caballo de madera.

Hoy en día sigue habiendo poetas, sigue habiendo genios, sigue habiendo niños y caballos de madera. Pero hubo un momento en la Historia en el que todos estos vivieron algo juntos que no se volverá a repetir. Lo sé porque yo soy el genio de la lámpara, y los genios lo sabemos todo (o al menos, eso nos gusta creer).

Dejad que os lo cuente.

***

Venecia es un lugar muy especial. Parece una ciudad, pero en realidad es una laguna donde hay más de cien islas y, sobre ellas, palacios. Palacios que parecen princesas recogiéndose la falda al ver que el agua les llega a los tobillos. Para ir de un palacio a otro hay que cruzar muchos puentes o coger una especie de barca que allí se llama góndola y dejarnos llevar por el remo del gondolero.

Así, en góndola, llegó al palacio Mocenigo un baúl lleno de cosas. Entre ellas, una lámpara maravillosa, de esas que si las frotas como es debido sale un genio y te concede un deseo.

Me he pasado la vida moviéndome de un sitio a otro (y eso que los genios tenemos una vida muy larga), pero siempre dentro de mi lámpara. He vivido en desiertos y en islas, en lugares donde el frío te hace olvidar hasta tu nombre, y en otros donde el calor te deja tan cansado que no puedes ni mover un dedo para pasar la página de un libro. Pero ningún lugar es tan fascinador y misterioso como Venecia.

El poeta que había comprado mi lámpara lo sabía. Por eso había alquilado allí un palacio. Precisamente el palacio en el que vivían desde hacía poco Marco y su familia.

—¡Mira, mamá, otra góndola con más baúles! —gritó Marco, señalando mi embarcación.

—Sí, cariño, pero mira esa de allí —dijo su madre mientras apuntaba a otra góndola, que también era del poeta—. ¡Está llena de animales!

—¡Animales! —exclamó él—. ¡Fíjate! ¡Jaulas con pájaros de colores! ¡Cuántos perros! ¡Dios mío, monos! ¡Mamá, dos monos! —insistió—. ¿Y eso qué es? ¿Ves ese animal rojo de ahí…?

—Es un zorro, Marco.

—Un zorro… —repitió el niño con ilusión. En los ocho años que tenía nunca había visto un zorro—. ¡Cómo nos vamos a divertir en el palacio!

—Sí, me voy a pasar el día limpiando cacas del suelo… —murmuró el padre de Marco, de mal humor.

Era el nuevo sirviente del palacio y la madre, la nueva cocinera. Marco los ayudaría a ambos, porque en aquella época, hace doscientos años, muy pocos niños iban al colegio y la mayoría trabajaba ayudando a sus padres.

—Este poeta debe de ser un señor muy especial —comentó Marco.

Pero no pudo seguir pensando en ello, porque en ese momento otra góndola paró ante el portón del palacio.

Todos los sirvientes se pusieron en fila, y el padre de Marco tiró de él y lo colocó a su lado, casi al final.

Un hombre vestido de la forma más elegante y extraña que Marco hubiera visto jamás se bajó de la barca. Se notaba que era extranjero. Tenía el pelo moreno y ondulado. Su chaqueta azul estaba salpicada de medallas.

El hombre recorrió la fila de sirvientes hacia la puerta interior del palacio, pero, antes de entrar, se detuvo un momento delante de Marco.

—Disculpe, señor —dijo, agachándose y dirigiéndose al niño en su propio idioma, el italiano—. No conocerá a un general de monos por aquí, ¿verdad? Lo estoy buscando.

—¿Un general de monos? —repitió Marco.

—Sí. Alguien que sepa darles órdenes y cuidar de ellos para que no hagan locuras ni se pierdan.

Marco miró de reojo a su padre y torció la cabeza, disimuladamente, hacia él. Respondió en un susurro:

—Mi padre sabe dar órdenes muy bien.

El poeta chasqueó la lengua, divertido.

—No, me temo que es muy mayor. Mis monos necesitan a alguien que esté más a su altura, alguien bajito…

—¿Como yo? —preguntó Marco.

—¿Tú sabes dar órdenes? —preguntó a su vez el extranjero.

Marco dudó.

—Bueno… No lo he hecho nunca, pero creo que podría empezar ahora, si usted quiere.

El poeta se incorporó y, quitándose de la chaqueta una medalla roja, se la puso a Marco.

—Entonces, yo te nombro mi general de monos de Venecia.

—¡Gracias, señor! —sonrió Marco—. Serán los monos mejor cuidados del mundo.

El hombre, sin mirar a nadie más, cruzó la puerta interior del palacio y se perdió en la oscuridad de los pasillos. Mientras los sirvientes rodeaban a Marco para ver su medalla, un loro pasó por encima de sus cabezas, siguiendo al nuevo amo de la casa.

El poeta se llamaba Lord Byron.

 

Vanesa Pérez-Sauquillo
Escritora. Ha publicado El sueño intacto. Antología 2001-2017, El dado azul, Deseos de nunca acabar y La fiesta de las estaciones, entre otros libros.

 

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