TERRA NOSTRA CON GUÍA ROJI

México, Fondo de Cultura Económica, 1981, 140 pp.

Trabazón de tiempos míticos levantados como el verdadero paisaje de una nación fácilmente degradable, inventada a punta de clisés, Agua quemada, el más reciente libro de Carlos Fuentes, insiste en testimoniar lo que ya estaba claro desde Terra Nostra (1975), cuando menos: el fin de un proyecto de literaturización de México y su gente, un proyecto que quería ser a la vez testimonio político y estético revaluación histórica de la cotidianidad y reflexión sobre los vicios del sistema, a contracorriente del país oficial.

No se puede negar que el proyecto fue eficaz en su momento. En gran medida gracias a La región más transparente, Aura, los cuentos de Cantar de ciegos y Cambio de piel, la narrativa mexicana devolvió dignidad dramática y poder de choque a una posible realidad ajena al discurso de la “identidad nacional” y que aglutinaba mejor los rasgos esenciales del país. Pero también es cierto que los ambiciosos empeños de Fuentes en los años sesenta no querían explicar sino exponer, confrontar, dejar que los opuestos se alimentaran mutuamente. De ahí gran parte de su empuje interno.

En Fuentes, la palabra cumplió una labor política subversiva, por un lado, y consagratoria, por el otro; un registro sentimental del país: nunca se le pida lo que nunca tuvo. Un ánimo de descripción verista, documental: desde Ixca Cienfuegos hasta los perdidos en la pirámide subterránea de Xochicalco, el autor les ha dado voz para dársela a si mismo, para hablar desde una distancia cada vez mayor sobre una realidad que cambiaba más aprisa que su obra o que, en todo caso, jalaba por otro lado y rechazaba ya todo determinismo, toda visión preconcebida. Los pequeño burgueses mexicanos ya no podían ser amenazados por Chac Mool, ni las viejas volverse Coahtlícues sermoneras, ni los presidentes de la república Tlatoanis. El sistema de analogía acabó por petrificar y, sobre todo, se volvió eso, un sistema donde es fácil cuantificar casi estadísticamente en qué momento de la frase van a aparecer el Zócalo, la batalla de Celaya, los dientes afilados brillando en el rostro moreno o el anillo periférico.

El proceso más interesante en la obra de Fuentes fue el paso del poder de la palabra a la palabra del poder. De la acumulación de paradojas, revelaciones y deformaciones históricas, apocalipsis, choques culturales y alusiones culteranas de Terra Nostra, sólo perdura la imagen de un presidente de la república muy distinto al tirano de Todos los gatos son pardos (1970) y muy cercano a la imagen que los funcionarios de Luis Echeverría buscaban dar de él, como si toda la historia de la colonización de México y la defensa de su soberanía condujeran fatalmente al discurso tercermundista y antimperialista de aquel sexenio. Del mismo modo, La cabeza de la hidra será la única novela policiaca diaz-serranista, la saga del funcionario ilustrado, nacionalista y desinformado (todo conocimiento conduce al mal o es manipulado por éste) enfrentado a la codicia traicionera de la realpolitik de las transnacionales: el Leonardo Sciascia que merece una literatura petrolizada, hablando desde la razón del Estado.

En ese sentido, los cuatro cuentos de Agua quemada, vistos por separado o como un texto continuo, son constancias de vicios, para bien y para mal; ahí está la noble dimensión histórica de un pasado degradado, la eficacia descriptiva, la habilidad para narrar, para ser sobre todo un literato. Ahí están los individuos, objetos y animales afrentados y soberanos (los perros de “Estos fueron los palacios”, la rubia de la Costa Azul de “Las Mañanitas”, la Martina cara-de-otomí de “Los hijos de Andrés Aparicio”). Pero también está el panorama turístico de la ciudad, la narrativa urbana resuelta con la Guía-Roji al lado, la voz que enjuicia desde una élite populista, antiburguesa, priísta, que sólo simpatiza con el nieto con sentido histórico de la grandiosa gesta revolucionaria y de la burocrática vida de su padre engendrado por el alemanismo o el ruiz-cortinismo, con el niño que sueña la condición señorial de las vecindades del centro, con el solterón destruido por la rebelión de las masas del metro, con el halcón sin pasado, escarnecido por una burguesía que lo utiliza en sus oscuros fines. Ahí está una ciudad de México de pura fantasía, con sus habitantes estáticos (inquilinos de la vecindad, adolescentes de la glorieta del metro Insurgentes), hablando como en películas de Gavaldón en los casos elegantes, o de Galindo en los casos populacheros. En todo caso hablando siempre como en 1948. Oigase si no ese diálogo de los invasores de la casa de Federico Silva que muy bien pudieron sostener el Pichi y Chachita: “¿Que qué, vejestorio? Oyes Artista, ¿estará grifo el ñaco este? -N’hombre nomás le arde estar tan viernes y nosotros tan chavos”, p. 90). Desfilan por Agua quemada capitalinos vueltos símbolos, arquetipos, sin sentido de la fatalidad o la vitalidad que sólo representan. Antes se movían fluidamente en medio de y por la desesperación-, ahora avanzan a empellones, como coartadas políticas y culturales, ya no dejados a sus propias fuerzas.

Y es que Agua quemada es sobre todo una explicación literaria del deterioro moral de la ciudad, del fracaso del proyecto político burgués -sin mencionar jamás al partido en el poder- apuntando siempre a blancos falsos o parciales. Fuentes culpa de todo a la masificación despersonalizante o a los empresarios que se aprovechan de ésta: entonces, así como Federico Silva muere a manos de los vagos que por fin culminan su acecho, también resulta que la matanza del 10 de junio de 1971 fue una maniobra de los empresarios fascistas, tal como quiso la lógica gobiernista de los libelos que en su época circularon sobre el tema. Fuentes finge ignorar la evidente participación del Departamento del Distrito Federal (los camiones de limpia, la renuncia de Martínez Domínguez -a quien sí mencionaba, hace diez años en Tiempo mexicano-), el ejército, la protección policiaca a los agresores. Sobre todo, evita recordar que ese horror nacional que registra en cada relato es el producto de un Estado donde gobierno y empresarios rara vez actúan por separado, que el gobierno -y políticos bien identificables- es el autor de crímenes físicos y culturales cuyas resonancias nutren una práctica literaria muy ruidosa pero inexpresiva, comprometida con un poder nada espléndido, alejada de cualquier verdad.

Gustavo García