Como saben todos aquellos que han alcanzado las cumbres de las montañas más elevadas, allí el cielo parece de un azul más oscuro que en las llanuras. Pero, como esas percepciones de la intensidad de los colores se refieren a sensaciones indefinidas de las que no queda rastro más que en la imaginación, con frecuencia engañosa, busqué la manera de traerme, por así decirlo, una muestra del cielo del Mont Blanc, o al menos del color que ese cielo me presentara. Para eso había teñido de azul Sajonia o de un hermoso azul Prusia unas tiras de papel de dieciséis matices distintos, desde la más oscura, señalada con el número 1, hasta la más clara, señalada con el número 16. De cada una de éstas había recortado tres cuadrados iguales, para formar así de dichos matices tres series del todo idénticas entre ellas mismas; entregué una de éstas en mano al señor Senebler, en Ginebra; otra, a mi hijo, en Chamonix, y la última me la llevé conmigo. A mediodía del día en que me hallaba en la cima, en su cenit el cielo de Ginebra parecía del séptimo matiz; en Chamonix tenía un color semejante al comprendido entre el quinto y el sexto matiz; y sobre el Mont Blanc, entre el primero y el segundo, es decir, muy similar al azul ultramar más oscuro. Pese a la intensidad del color del cielo, las sombras sobre la cima del Mont Blanc parecían del todo incoloras. Es cierto que las horas que pasé en la cumbre no eran en absoluto favorables para esta observación.

La gran pureza y transparencia del aire, dos de las causas de la inmensidad del color azul del cielo, producen por encima del Mont Blanc un fenómeno singular, y es que se pueden ver las estrellas a plena luz del día; pero para ello hay que encontrarse a la sombra por completo y tener incluso, por encima de la cabeza, una masa de oscuridad de considerable espesor; de no ser así, un aire con demasiada luz hace que se desvanezca la pálida claridad de las estrellas. El lugar idóneo para realizar esta observación por la mañana era la pendiente que conduce al espolón del Mont Blanc; algunos guías aseguran haber visto estrellas desde este punto; a mí ni se me ocurría siquiera semejante idea, por lo que no he sido testigo de este fenómeno.

Otro efecto singular de la pureza del aire y, por consiguiente, del color oscuro del cielo, fue el impulso de terror que invadió a algunos guías en uno de sus primeros intentos de alcanzar la cima. Según escalaban una rápida pendiente de nieve, vieron de pronto el cielo por una suerte de vano que coronaba el final de la subida; el color negro del firmamento los llevó a engaño y tomaron dicho vano por un abismo; espantados, volvieron sobre sus pasos y contaron al llegar a Chamonix que no habían podido avanzar porque habían visto abrirse ante sus ojos un abismo espantoso.

 

Fuente: J. J. Rousseau, y otros: Perspectivas del Mont Blanc (varios traductores), Alba Editorial, Barcelona, 2008. [El testimonio es del primer científico en la cima del Mont Blanc, Horace Bénédict de Saussure, 1787. Saussure es conocido también como el fundador del alpinismo.]