Hace 18 años México tuvo un éxito histórico: consiguió la alternancia en el poder. La aprobación que obtuvo ese logro se tradujo en una nueva legitimidad para el Estado, conocida usualmente con el nombre de “bono democrático”, sólo que Vicente Fox midió mal las prioridades del momento y malgastó el tal bono en cuestión de meses. El resultado fue la erosión paulatina de la legitimidad no propiamente del presidente Fox, sino del propio Estado mexicano.

Hoy, López Obrador ha ganado otra elección, en esta ocasión apoyado por una desbordante mayoría, y por el entusiasmo de muchísima gente. Importa que esta vez no se disipe el prestigio que las elecciones le ganaron al Estado mexicano en iniciativas que no sean verdaderamente prioritarias. Dada la fragilidad de la situación, si se malgasta la legitimidad ganada en esta ocasión el prestigio del gobierno será muy difícil de recuperar. Por esto conviene discutir cuidadosamente las propuestas del futuro presidente, y señalar las que le puedan robar atención a los problemas medulares, para prodigarla en vez a asuntos de importancia secundaria: el gobierno ya no puede darse el lujo de quemar pólvora en infiernillos.

Ilustración: Patricio Betteo

Un ejemplo. La Secretaría de Cultura del nuevo gobierno tendrá que hacer mucho más que lo que hizo durante la presidencia de Enrique Peña Nieto, porque no se puede lograr una transformación social profunda sin activismo cultural igualmente profundo. Por esta razón habrá que aumentarle el presupuesto a la Secretaría de Cultura, sí, sólo que además de aumentar el número de actividades la Secretaría de Cultura tendrá que ver cómo le hace para contribuir al cambio cultural deseado, y de manera fehaciente.

El problema central que habrá que atacar durante el próximo sexenio desde la Secretaría de Cultura es el de la guerra y sus retoños, que son el miedo y la violencia verbal; el racismo y la violencia de género. Orquestar la paz es el quehacer más importante del próximo régimen, y será de manera muy particular el quehacer de la Secretaría de Cultura, porque la guerra no puede terminar sin un activismo cultural formidable. El miedo y la violencia no se disiparán sin que la sociedad haya aprendido a escuchar tanto a víctimas como a victimarios, ni sin que se hayan elaborado mecanismos culturales para transitar de la inseguridad a la seguridad. Esa tiene que ser la tarea medular de la Secretaría de Cultura.

Sin embargo, en estos días se ha hablado del proyecto de hacer un museo en Los Pinos, donde se busca construir un espacio cultural que dé fe a la transvaloración de la política, y que sea botón de muestra del paso a la comunión entre el pueblo y el poder. La idea no me parece del todo mala: finalmente sí hace falta construir una cercanía entre el poder político y la gente, y derrumbar un símbolo de una presidencia encastillada para sustituirlo con un parque popular puede ser un gesto potente.

El problema de esta propuesta está en la atención que ese museo —de contenido incierto, y que sin embargo se anuncia como el mayor de América Latina— le va a robar a la Secretaría de Cultura. Independientemente del precio que pueda tener (aunque saliera barato construirlo, cosa improbable) el Museo de Los Pinos requerirá de un enorme esfuerzo físico y mental de parte de la nueva secretaria de Cultura y su equipo, quienes se pasarán los primeros años del sexenio llevando y trayendo arquitectos y museógrafos para construirle un monumento a la nueva filosofía presidencial, en vez de estar concentrados en lo mero principal, que es contribuir a desarmar la violencia desde la actividad cultural.

Pongo, para terminar, otro ejemplo parecido: el proyecto de descentralizar el gobierno federal. De nuevo, la idea puede ser buena pero, también de nuevo, no es un proyecto genuinamente prioritario. Y va otra vez: el problema medular del régimen será sacar al país de la guerra. Para eso nuestro nuevo presidente va a necesitar tener a su disposición mucha administración pública. No podrá conducir un proceso de paz sin que su gobierno esté funcionando al ciento por ciento.

¿Podrá López Obrador mudar la incompetencia en competencia, la cobardía en valor ciudadano, y la corrupción en rectitud? No lo sabemos. En cambio sí intuimos que transterrar una secretaría de Estado de la Ciudad de México a Ciudad Obregón supondrá rentar y acondicionar edificios, y comprar muebles y computadoras. Implicará, además, mudar familias enteras y lidiar con las renuncias de los empleados que no quieran irse; y significará cambiar sistemas de trabajo, porque al descentralizar se desbarata también la relación cotidiana que existe hoy entre las diferentes secretarías.

Otra vez, se trata de un proyecto interesante, pero no de un proyecto prioritario. Si López Obrador inicia su presidencia dándole prioridad a estas ideas es posible que él también malbarate un bono democrático precioso que, a fin de cuentas, no es suyo, sino de la sociedad mexicana.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

Un comentario en “¿Gastar pólvora en infiernillos?

  1. El estado en que han dejado a nuestro país las pasadas administraciones del PRI y del PAN, esto es violencia, corrupción e impunidad, hacen necesario reconstruir a todas las instituciones, es tanto el desgaste, que el autor tiene razón en cuanto a que se deben fijar prioridades en el nuevo gobierno que aun no entra en funciones, pero necesariamente se deben incluir nuevos esquemas de funcionamiento. Saludos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.