En octubre de 1963 apareció un artículo de Stanley Milgram con los resultados de su famoso experimento sobre la obediencia. Era el simulacro de un ejercicio de aprendizaje mediante refuerzo negativo. Al sujeto que estaba bajo observación se le hacía creer que estaba administrando descargas eléctricas cada vez más fuertes a otro individuo, en el cuarto de junto, cada vez que daba una respuesta equivocada. Por supuesto, no había descargas, la víctima era un actor que gritaba, se quejaba, pedía que se detuviese el experimento. Sin inmutarse, el que actuaba como responsable del ejercicio apremiaba al sujeto para que aumentase la magnitud de las descargas, hasta llegar a niveles que en el tablero estaban marcados como gravemente peligrosos.

Según el informe de Milgram, 65% de los sujetos llegó al máximo voltaje, siguiendo las órdenes del supervisor, sin hacer caso de los gritos de dolor de la víctima. Los resultados, decía, eran aterradores y deprimentes. Mostraban que la mayoría de la gente, si se le ordenaba, podría acabar torturando a otros seres humanos. Ese 65% de obedientes torturadores eran, según expresión de Milgram, moralmente imbéciles, perfectamente capaces de trabajar en un campo de concentración.

Ilustración: Estelí Meza

El impacto que tuvo el artículo obedeció sobre todo al recuerdo reciente del juicio de Adolf Eichmann, en Israel. Porque su defensa básicamente había consistido en decir que él no era responsable de nada, porque se había limitado a cumplir órdenes. La imagen de Eichmann durante el juicio, la que transmitieron los medios, la de los reportajes de Hannah Arendt, era la de un hombre común y corriente: un oficinista, un hombre adocenado, mediocre, frío —y que por eso ofrecía un insólito rostro del mal. Eichmann era cualquiera. El artículo de Milgram decía que cualquiera podría ser Eichmann. El New York Times lo convirtió en noticia: “Un estudio revela que 65% de la gente obedece ciegamente, incluso si provoca dolor”.

A partir de entonces, por el experimento de Milgram, sabemos que esa predisposición a la obediencia es un rasgo universal: está en la naturaleza humana. Salvo que tal vez las cosas no hayan sucedido exactamente así.

Desde un primer momento el experimento fue criticado en términos morales. Porque los sujetos en examen habían sido forzados a torturar, lo que ellos podían pensar que era torturar a otra persona. La breve explicación que recibían al final no cambiaba las cosas. Y habían salido del experimento angustiados, avergonzados de haber sido capaces de eso, convencidos de haber descubierto algo espantoso acerca de sí mismos: eso, que eran como Eichmann. O sea, que habían sido torturados. Pero no era el único problema.

No hubo un solo experimento, sino 20 versiones distintas: en un mismo cuarto o en cuartos separados, con el supervisor más o menos cerca, con un solo individuo o varios, 780 sujetos distintos. Para su artículo Milgram escogió los resultados de la variación en que un mayor porcentaje de gente que había obedecido hasta el final. En casi todos los demás ejercicios el resultado había sido el inverso. Según en qué versión, habían llegado al límite de voltaje tan sólo el 15% o el 20%, en algunos casos el 2%. Pero además, quienes habían obedecido al supervisor habían tenido dudas, se habían resistido, todos, habían tratado de hacer trampa para ayudar al otro.

Algo más: Milgram no tenía una teoría capaz de explicar la obediencia. Decía sólo que los individuos sumergidos en un sistema de autoridad entran en un estado de conducta automática, como sonámbulos, de modo que no se sienten en absoluto responsables de sus actos. Pero no decía cómo ni por qué sucedía eso, nada sobre los motivos. Y desde luego, no decía nada de los individuos que se habían negado a seguir administrando las descargas. Sin una teoría, el experimento no tiene sentido: dice cualquier cosa, no sirve para nada.

Por otra parte, la condena de Milgram: explícita, sin reservas, no considera que pueda haber una diferencia absoluta entre una autoridad y otra, entre una obediencia y otra. Obedecieron también los carceleros y los verdugos que ejecutaron a los jerarcas nazis condenados en Nüremberg, o a Adolf Eichmann. A veces la desobediencia nos parece un gesto de valor civil, a veces puede ser lo contrario. Y en todo caso lo decisivo no es el sistema de autoridad, sino la autonomía moral del individuo. Los sujetos que observó Milgram iban a participar en un experimento, en un laboratorio en la universidad de Yale, bajo la supervisión de científicos que les indicaban qué hacer a cada paso. Es decir, que en realidad lo que pudo medir el ejercicio fue la confianza en los expertos, y no cualquier forma de autoridad, sino la autoridad de la ciencia.

También fue la ciencia la que dio credibilidad al hallazgo de Milgram, e hizo que ese posible 65% en un ejercicio dudoso se convirtiera en la Naturaleza Humana. Medio siglo después, queda todo por explicar. Para empezar, el atractivo que tuvo la tesis de Milgram.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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