donde se habla
de un digno personaje,
de sus juegos mentales
y su efímera existencia.

Fueron terribles,
frescos aún en el recuerdo.
Sobre ellos y para vosotros, amigos míos,
comienzo este relato.
Triste será el relato mío.
A. Pushkin

Apolón Apolónovich Ableújov

Apolón Apolónovich Ableújov era de honorable estirpe: un antepasado suyo había sido Adán. Pero esto no era lo principal: incomparablemente más importante en su caso era que uno de sus nobles antepasados había sido Sem, es decir, el progenitor de los pueblos semitas, hititas y pieles rojas.

Ahora pasemos a los antepasados de tiempos no tan remotos.

Estos antepasados (así parece) pertenecían a la horda de los kirguizes kaisaks, de donde intrépidamente, durante el reinado de la emperatriz Anna Ioánnovna, el jan Ab-Lái, tatarabuelo del senador, pasó al servicio ruso, recibiendo en bautismo cristiano el nombre de Andréi y el apodo de Újov.1 Así es como menciona la Enciclopedia heráldica del Imperio ruso a este natural nacido en el seno de las tribus mongolas. Luego, para abreviar, Ab-Lái-Újov pasó a ser sencillamentye Ableújov.

Este tatarabuelo, como se suele decir, dio origen a la estirpe.

Un lacayo de gris y con galón dorado sacudía con un plumero el polvo de la mesa escritorio. Por la puerta entreabierta asomó el gorro del cocinero.

—Dime. ¿Se ha vuelto ya el señor?

—Se está dando friegas con agua de colonia; pronto le servirán el café.

—El cartero dio a entender que el señor había recibido una cartita de España: con sello español.

—Escucha lo que te digo. Deja de meter tus narices en el correo.

—Y eso significa , que Anna Petrovna…

—¡A ver! ¿Qué significa?

—No, si era un decir. Yo, ya ves: a mí plim.

El gorro de cocinero se perdió de vista en un plisplás. Apolón Apolónovich Ableújov entró solemnemente en su despacho.

Un lápiz sobre la mesa polarizó la atención de Apolón Apolónovich. Apolón Apolónocih se marcó un propósito: pulir y afilar el lápiz. Rápidamente se acercó al escritorio, pero lo que cogió fue… el pisapapeles, al que hizo girar un buen rato sumido en un profundo ensimismamiento, hasta caer en la cuenta de que era el pisapapeles y no el lápiz lo que tenía en sus manos.

Tanto embobamiento se debía al hondo pensamiento que le había asaltado de repente y que, en aquel minuto tan inoportuno (Apolón Apolónovich llegaba tarde al trabajo), adquirió la forma de una esquiva ilación mental: que los obituarios que se publicaran el año de su muerte tendrían que contar a la fuerza con una paginita más.

Apolón Apolónovich anotó rápidamente aquel pensamiento sobrevenido y, una vez anotado, pensó: “Hora de ir al despacho”. Y se encaminó hacia el comedor a tomar su café.

Previamente procedió a interrogar con fastidiosa porfía a su viejo ayuda de cámara:

—¿Se ha levantado ya Nikolái Apolónovich?

—No, por lo que parece: aún no se ha levantado.

Con aire de disgusto, Apolón Apolónovich se frotó el puente de la nariz:

—¡Vaya! Bien, y dígame. Esto, ¿y a qué hora, por así decir, Nikolái Apolónovich…?

—Pues se suele levantar más bien tarde.

—¿Cómo de tarde?

Pero de repente, sin esperar respuesta alguna, miró hacia el reloj de pared y entró solemnemente a tomar su café.

Eran las nueve y media en punto.

Él, el viejo, se marchaba a su Ministerio a las diez en punto. Nikolái Apolónovich, el joven, se levantaba de la cama dos horas más tarde. Cada mañana el senador se interesaba por la hora en la que su hijo se levantaba de la cama. Y todas las mañanas arrugaba el entrecejo.

Nokolái Apolónovich era un hijo senatorial.

En una palabra, era el Jefe del Organismo…

Apolón Apolónovich Ableújov se distinguía por sus arranques de bravura. De su recamada pechera dorada pendía más de una condecoración: las estrellas de San Stanislav y de la zarina Anna e incluso: el Águila Blanca.

La banda que lucía era azul celeste. Y, recientemente, unos eximios brillantes habían comenzado a emitir destellos desde el interior de la lacada cajita roja, que se había convertido en morada de los sentimientos patrios: nos referimos a la insignia de una orden, la de Aleksánder Nevski.

¿Pero, entonces, qué posición social ocupaba nuestro personaje, prácticamente surgido de la nada?

En realidad, pienso que esta cuestión está bastante fuera de lugar, porque a Ableújov lo conocía Rusia entera, gracias a la extraordinaria extensión de sus discursos; unos discursos que, sin que el orador levantara la voz, brillaban y segregaban unos venenos tan sutiles sobre el partido político rival, que causaban inmediatamente el rechazo, allí donde procediera, de cuantas propuestas políticas este partido hubiera formulado. Desde que Ableújov asumiera su actual puesto de responsabilidad, el Noveno Departamento había perdido por completo su anterior influencia. Con este departamento, Apolón Apolónovich mantenía una porfiada pelotera administrativa allá donde fuera necesario, con discursos y recursos varios, en los que Ableújov se mostraba partidario de la importación de gavilladoras norteamericanas en Rusia (el Noveno Departamento era contrario a esa importación). Los discursos del senador se difundían por todas las regiones y provincias rusas, cualquiera de las cuales, como todos sabemos, no tienen nada que envidiar a Alemania en lo que a extensión geográfica se refiere.

Apolón Apolónovich era, pues, el Jefe del Organismo. Sí, hombre de ese Organismo. ¿Cómo se llama?

En suma, era el jefe de ese Organismo que, sin duda, todos ustedes conocen.

Si comparásemos la enteca y escasamente agraciada figura de nuestro honorable personaje con la inconmensurable magnitud de los mecanismos administrativos, puestos a su disposición, nos sentiríamos sumidos en un prolongado, y quizá ingenuo, estado de estupor. Lo cierto es que todos quedaban pasmados ante la explosión de fuerza intelectual que emanaba de la caja craneal del senador a despecho de toda Rusia y de la mayoría de los jefes de Departamento; de todos a excepción de uno: y este uno, porque el jefe de este Departamento hacía ya prácticamente dos años que, por voluntad del Destino, callaba bajo una losa sepulcral.

Nuestro senador recién acababa de cumplir los sesenta y ocho años. Su pálido rostro recordaba, a veces (en circunstancias solemnes) a un pisapapeles gris, a veces (en momentos de asueto) al cartón piedra. Los pétreos ojos senatoriales, rodeados por unas hondonadas de un verde cárdeno, parecían enormes y como más azules en momentos de cansancio.

De mi propia cosecha añadiré: Apolón Apolónovich no se inquietó lo más mínimo al contemplarse con unas orejas de un verde rabioso, agrandadas hasta la deformidad y recortadas sobre el fondo sanguinolento de una Rusia en llamas. Así lo habían representado recientemente en la portada de una revistilla cómica callejera, una de esas revistillas “judaicas”, cuyas portadas rojo sangre se distribuían por aquellos días a una rapidez pasmosa en las bulliciosas avenidas, llenas de gente.

Nordeste

En el comedor de madera de roble, el reloj dio las horas. Entre chirridos y reverencias, el cuco gris inició su cucú y, al son que le marcaba el viejo cuco, Apolón Apolónovich se sentó frente a una taza de porcelana y comenzó a desgarrar la tibia corteza de un panecillo blanco. A la hora del café, Apolón Apolónovich solía recordar los viejos tiempos y, de vez en cuando, hasta se atrevía a bromear:

—Seménich, ¿qué persona merece más consideración que cualquier otra?

—Supongo, Apolón Apolónovich, que un Consejero numerario activo. Esa es la persona que merece el mayor de los respetos.

Apolón Apolónovich sólo sonrió con los labios:

—Pues supone mal: la persona más merecedora de respeto es el deshollinador.

El ayuda de cámara ya conocía la solución de aquel calambur, pero por respeto, se hizo el tonto.

—¿Y por qué, señor, me atrevo a preguntar, un deshollinador merece tanta consideración?

—Seménich, a un Consejero numerario se le cede el paso, ¿no es cierto?

—Así es, Excelencia.

—Pues a un deshollinador hasta un Consejero numerario le cede el paso, porque el deshollinador suele manchar.

—¡Vaya! ¡Así que era por eso! —comentó respetuoso el ayuda de cámara.

—Por eso. Pero hay un oficio todavía más importante.

Y acto seguido, añadió:

—El limpiador de letrinas.

—¡Pfff!

—A ese, hasta el deshollinador le cede el paso. Y no digamos el Consejero numerario.

Y tomó un sorbo de café.

Quizá sea preciso aclarar que Apolón Apolónovich tenía la condición de Consejero numerario activo.

—Pues escuche lo que le digo, Apolón Apolónovich. Como solía decir Anna Petrovna…

El ayuda de cámara pronunció “Anna Petrovna” y enmudeció de repente.

—¿El abrigo gris?

—El abrigo gris.

—¿Y supongo que también los guantes grises?

—No, prefiero los de ante.

—Entonces, excelencia, si es tan amable de esperar un momento. Esos guantes están en el guardarropa: Anaquel “b”-Nordeste.

Tan sólo en una ocasión se había ocupado Apolón Apolónovich de las nimiedades de la vida: y fue la vez que revisó personalmente el inventario de su propio guardarropa. El inventario quedó sujeto a un orden preciso y se estableció una nomenclatura específica para todos los estantes y anaqueles. Los anaqueles fueron designados con las letras “a”, “b” y “c”; y los cuatro lados de cada anaquel adquirieron la denominación de los puntos cardinales.

Así que Apolón Apolónovich colocaba sus anteojos, por ejemplo, en un anaquel y acto seguido, con su letra fina y menuda, anotaba en el registro: “Anteojos, Anaquel “b”, NE”, es decir, nordeste. Una copia del registro se entregó al ayuda de cámara, quien decidió aprenderse de memoria los objetos de tan valioso fondo de armario. A veces, en momentos de insomnio, se podía oír a Seménich recitando de corrido y sin equivocarse los parámetros de todos ellos.

En esta mansión barnizada las tormentas de la vida pasaban sin hacer ruido, aunque eran “mortales de necesidad”: quizá en esta casa los acontecimientos no retumbaran como truenos, ni las expiadoras saetas de los relámpagos purificaran y sacaran brillo a los corazones; pero las corrientes de aire y los fluidos venenosos que manaban de una ronca garganta podían rasgar la atmósfera de la casa y hacer girar extraños juegos mentales en la conciencia de sus moradores, como esos espesos vapores que rotan en las calderas taponadas herméticamente.

Barón, rastrillo

Una fría y patilarga estatuilla de bronce se alzaba sobre la mesa. La pantalla de la lámpara, pintada de un delicado tono entre rosa y violeta, impedía que la luz deslumbrara: un arte, cuyo secreto parece haber olvidado el siglo XIX. El cristal se había vuelto mate con el tiempo; el mismo tiempo que había oscurecido la delicada pintura de la pantalla.

Con sus superficies verdosas, los grandes espejos dorados dispuestos en los entrepaños de las ventanas engullían el salón recibidor desde todos sus ángulos; por allí, era un cupido de mejillas doradas el que con sus alas desplegadas servía de remate; por allá, eran las rosas y laureles de una corona dorada las que perforaban las pesadas llamas de los hachones. Entre espejo y espejo, siempre destellaba una pequeña mesa de nácar.

Apolón Apolónovich abrió la puerta con energía, presionando su mano sobre la manija de cristal tallado; sus pasos comenzaron a resonar sobre las brillantes tablillas del parqué; pequeñas vitrinas con bagatelas de porcelana saltaban a la vista por todos lados; las bagatelas las habían traído de Venecia ellos mismos, el senador y Anna Petrovna, hacía ya treinta años. La evocación de la laguna brumosa, una góndola y un aria sollozando en la lejanía relampagueó inoportuna en la cabeza senatorial. Él, de inmediato, dirigió sus ojos hacia el piano. Sobre la tapa barnizada de amarillo refulgían las taraceas con incrustaciones de bronce; y de nuevo (intempestiva memoria!) Apolón Apolónovich recordó: una noche blanca de Petersburgo, el anchuroso río deslizándose al otro lado de la ventana y la luna, allá arriba, mientras sonaba un gorgorito de Chopin; lo recordaba muy bien: Anna Petrovna interpretaba a Chopin (no a Schumann).

Refulgían las hojuelas de taracea —nácar y bronce— en los estuches y los anaqueles que sobresalían de las paredes. Apolón Apolónovich tomó asiento en un sillón estilo imperio, en cuyo raso, de un pálido azul celeste, se ensortijaban unos ramos bordados, mientras con la mano alcanzaba un fajo de cartas sin abrir de una bandejita china. Su calva cabeza se inclinó sobre los sobres. Todos los días, justo antes de partir hacia el despacho, mientras esperaba que el lacayo llegara con su invariable: “Excelencia, el coche está dispuesto”, el senador se sumía aquí en la lectura de la correspondencia de la mañana. Y eso mismo hacía hoy.

Y comenzó a desgarrar los sobres, uno tras otro; correo ordinario, correo certificado, un sello ladeado, un trazo ilegible.

—Mmm… Veamos, veamos. ¡Ajá! ¡Ajá! ¡Muy bien! –Y guardó el sobre con cuidado.

—Mmm. Una petición.

—Peticiones y más peticiones.

Desgarraba los sobres negligentemente: esto, con tiempo; esto, después: ya veremos la manera.

Un sobre de sólido papel gris: lacrado, con monograma; sin timbre postal, pero con sello en el lacre

—Mmm. El conde Uve Doble.2 ¿Qué querrá? Ruega que reciba en el despacho a… Un asunto personal.

—Mmm. ¡Ajá!

El conde Uve Doble, jefe del Noveno Departamento, era rival del senador y enemigo de las nuevas colonias campesinas.

Y continuó. Un sobre miniatura color rosa pálido; tembló la mano del senador; reconoció la letra: la letra de Anna Petrovna; examinó el sello español, pero no rasgó el sobre:

—Mmm. Dinero.

—¿Ha enviado ya el dinero?

—¡El dinero será enviado!

—Hmm. Tomaré nota.

Creyendo sacar el lápiz, lo que Apolón Apolónovich extrajo en realidad de su chaleco fue un pequeño cepillo de hueso para el aseo de las uñas y, ya se disponía a tomar nota con él, cuando…

—¿…?

—Señor, el coche.

Apolón Apolónovich levantó su cabeza calva y salió de la habitación.

Los cuadros que colgaban de las paredes emitían unos reflejos de óleo bruñido, a través del lustre, se adivinaban con dificultad unas muchachas francesas que parecían griegas, con peinados imperiales y vestidas con las ceñidas túnicas de los tiempos del Directorio.

Sobre el piano colgaba una copia reducida del cuadro de David, Distribution des aigles par Napoléon premier. El cuadro representaba al insigne emperador con corona de laurel y púrpura de armiño; el emperador Napoleón alargaba un brazo hacia la alada asamblea de mariscales, mientras con la otra mano apretaba un cetro de metal; un águila maciza remataba el cetro.

La magnificencia del salón resultaba de lo más fría por la completa ausencia de alfombras que allí había: las tablillas del parqué resplandecían. Si el sol, de repente, las hubiera iluminado por un instante, los ojos del senador se habrían entornado a la fuerza. Gélida era la hospitalidad de aquel salón.

Y es que el senador Ableújov había elevado la frialdad a la categoría de principio.

Y aquella frialdad estaba grabada: en el sueño de la casa, en las estatuas, en los sirvientes, incluso en el oscuro bulldog de aspecto atigrado que había sentado su predio en algún lugar cercano a la cocina. En aquella casa todos estaban acomplejados, apocados por el parqué, los cuadros y las estatuas. Sonreían turbados, tragándose las palabras; se mostraban serviciales, hacían reverencias, acudían prestos los unos hacia los otros deslizándose sobre aquellos parqués resonantes y también se hacían polvo los fríos pies en aquel derroche de inútil servilismo.

Desde la marcha de Anna Petrovna, el salón había enmudecido, se había cerrado la tapa del piano: los gorgoritos también habían dejado de sonar.

Por cierto, a propósito de Anna Petrovna o (mejor dicho) a propósito de la carta de España: apenas había pasado solemnemente Apolón Apolónovich por delante de dos lacayos pequeños y vivarachos, cuando estos se pusieron a cuchichear con frenesí.

—No ha leído la carta.

—Por supuesto que la leerá.

—¿La remitirá de vuelta?

—Seguramente.

—Que Dios me perdone, ¡pero tiene el corazón de piedra!

—Sepa otra cosa que le aconsejo: ¡que cuando hable, sea un poco más delicado!

Mientras Apolón Apolónovich descendía hacia el vestíbulo, el canoso ayudante de cámara que bajaba las escaleras detrás de él se fijaba con todo detalle en las honorables orejas que le precedían, mientras apretaba en su mano una tabaquera, regalo de un ministro que había visitado la casa.

Apolón Apolónovich se detuvo en mitad de la escalera y se esforzó por buscar las palabras adecuadas.

—Mmm. Y dígame.

—¿Excelencia?

Apolón Apolónovich buscaba las palabras adecuadas:

—Y, de ordinario, ¿qué hace? Sí, eso, dígame, ¿qué hace?

—¿…?

—Nikola Apolónovich.

—¡Ah! Lo normal. Saluda al servicio.

—¿Y qué más?

—Lo de siempre: se encierra en su habitación, lee libros.

—¿Libros?

—Luego, se pasea por la casa, señor.

—Se pasea: vaya, vaya. Y… ¿y cómo lo hace?

—Pasea, ¡en bata, señor!

—Así que lee, se pasea. ¡Ajá! ¿Y qué más?

—Ayer esperaba una visita.

—¿A quién esperaba?

—Al sastre.

—¿Qué sastre es ese?

—El sastre, señor.

—Mmm, mmm. ¿Y para qué?

—Imagino que querrá asistir a algún baile.

—¡Ajá! ¡Vaya! ¡Así que a un baile!

Apolón Apolónovich se frotó el entrecejo: su rostro, tras iluminarse con una sonrisa, pareció envejecer de repente.

—¿Es usted de familia campesina?

—Así es, señor.

—¡Ajá! Entonces sabrá lo que es un barón.

—¿…?

—¿Tenía usted un rastrillo?3

—Sí, en casa de mis padres había un rastrillo, señor.

—¿Lo ve? ¿Qué le decía? Y luego dirá usted.

Apolón Apolónovich cogió el sombrero de copa que le tendían y se encaminó hacia la puerta abierta.

 

Fuente: Andréi Biely, Petersburgo. Traducción de Rafael Cañete Fuillerat. Akal, España, 2018.


1 Orejas.

2 Parece referirse al conde Serguéi Yúlievich Witte (1849-1915), ministro de Hacienda de Rusia desde 1893, defensor del desarrollo industrial y económico y de los empréstitos extranjeros. Tras la paz con Japón y haber sido primer ministro interino, fue destituido.

3 Juego de palabras. En ruso, “barón” (pronunciado “barón”) y “rastrillo” (pronunciado baróna”) suenan muy parecido. El autor trata de describir en clave de humor el barullo mental del senador.


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