Dicen que en Europa los relojes están muy baratos: los dan casi regalados. Con relación a nuestra moneda, un reloj cuesta cuarenta y ocho copecks. Es formidable. En cambio, nosotros, con cuarenta y ocho copecks, apenas podríamos comprar la aguja que marca los segundos. Eso está muy mal.

Está mal, aunque no del todo. Es que el Trust de la Mecánica de Precisión debe estar ocupado con otros asuntos. Quizá tenga planes más importantes. Quizá se dedique a hacer niveles o acaso píldoras contra el dolor de cabeza. Lo ignoro.

Pero, desde luego, no fabrica relojes. El Trust tiene otras cosas en que pensar; no está para fabricar relojes. Por otra parte, no son indispensables en nuestra vida. Incluso podemos decir que en la actualidad están de más. Es un lastre que tira de los pantalones.

Resulta fácil salir del trabajo sin reloj. Se puede uno echar a dormir, y también comer sin él, según el dinero y el apetito que se tengan.

Pero, hermanos míos, es muy difícil levantarse sin reloj para ir al trabajo.

Claro es que se le puede preguntar la hora al vecino o también correr a consultarla a la estación de Finlandia, aunque esto no resulte tan sencillo. Puede suceder que el vecino tampoco tenga reloj. Mi vecino, por ejemplo, se levanta cuando me levanto yo. Y yo abandono el lecho cuando lo hacen él o mi patrona. Pero ésta no lo suele hacer con regularidad. En este aspecto, nuestro cronómetro cojea. Quizá la patrona padezca de reuma articular y tenga que guardar cama durante cinco días seguidos. Así, pues, ¿cómo saber la hora?

No es por nada, pero la verdad es que se vive muy mal sin reloj.

Lo más grave es que, debido a esta circunstancia, con frecuencia llego tarde al trabajo.

—Sea usted más puntual, camarada. De lo contrario…

Naturalmente procuro ser puntual; me levanto cuando cantan los gallos. Y en verano, al despuntar el sol.

En el suelo de mi habitación, junto a la estufa, hay una grieta bastante grande, una especie de agujero cuya procedencia se desconoce. Como el sol llega a ese agujero al cinco para las siete, es la hora de levantarse.

Sin embargo, ese astro tan puntual me engañó una vez.

Aquel día me arranqué de la almohada y miré mi reloj natural. Vi que aún faltaba mucho para que llegara al agujero. “Son las seis y media”, pensé, “puedo dormir media hora más”.

Así lo hice. Me levanté sin apresurarme. Fui al trabajo. Me dijeron que había llegado tarde. De veras que me negaba a creerlo.

—Pero ¿es posible?—pregunté.

—Sí; te has retrasado veinte minutos.

—Es incomprensible. No entiendo nada.

—A lo mejor se te arrasa el reloj—dijo el encargado.

—Sí, claro que se me atrasa. Mejor dicho, es el agujero y no el reloj el que se atrasa.

Y le expliqué todo.

—Eso es, viejo. Yo mismo me levantaba durante mucho tiempo guiándome por un clavo de la cornisa, hasta que ésta empezó a hundirse. A ti se te debe de estar hundiendo la casa.

La casa no se hundía; sin embargo, después se averiguó que el suelo se había desviado ligeramente. La culpa era de un escarabajo. Había roído una viga. Pronto tendremos que vivir encima del tejado.

Pero, gracias a Dios, todo lo demás va muy bien. Los negocios marchan; se trabaja en la oficina. Se hacen niveles. Con paciencia y trabajo, todo se vence.

 

Fuente: Antología del humorismo. Tomo I. Editorial Labor, Barcelona, 1961.


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