1

Al despertar por la mañana en los veranos de la legendaria Rusia de mi niñez, mi primera mirada iba dedicada a la grieta entre las blancas contraventanas interiores. Si revelaba una palidez acuosa, lo mejor era no abrirlas y ahorrarse el espectáculo de un día hosco posado en un charco para su retrato. Con cuánto resentimiento deducía, de una línea de luz opaca, el cielo plomizo, la arena empapada, la papilla de flores pardas deshechas debajo de las lilas… ¡y esa hoja amarilla rojiza aplastada (la primera víctima de la estación), adherida a una banca mojada del jardín!

Pero si la grieta formaba un largo rayo de fresco resplandor, me apresuraba a hacer ceder a la ventana su tesoro. De un golpe, la habitación se partía en luz y sombra. El follaje de los abedules, agitándose al sol, poseía el tono verde traslúcido de las uvas, y de contraste servía el terciopelo oscuro de los abetos frente a un azul de tan extraordinaria intensidad como no volví a descubrirlo hasta muchos años después en la zona montañosa de Colorado.

Desde los siete años, una sola pasión dominó todos mis sentimientos con relación a un rectángulo encuadrado de luz de sol. Si bien mi primera mirada de la mañana buscaba el sol, mi primer pensamiento se dirigía a las mariposas que éste engendraría. El principio fue muy banal. Sobre la madreselva que colgaba encima del respaldo labrado de una banca, exactamente enfrente de la entrada principal, mi ángel guardián (cuyas alas, excepto la ausencia de un limbo florentino, se parecen a los del Gabriel de Fra Angelico) me señaló a una rara visita, un ser espléndido, amarillo pálido con borrones negros, picos azules y una mancha ocular de color cinabrio arriba de cada ala posterior negra bordeada con cromo. Al sondear la flor inclinada de la que colgaba, con el cuerpo empolvado ligeramente doblado, no dejaba de sacudir nerviosamente sus grandes alas, y el deseo de poseerla fue uno de los más intensos que he sentido nunca. Agile Ustin, el portero de nuestra casa de la ciudad que debido a una divertida razón (explicada en otra parte) se encontraba en el campo con nosotros ese verano, consiguió atraparla con mi gorro, después de lo cual, con todo y gorro, fue transferida a un ropero, en el que Madmoiselle supuso afectuosamente que la naftalina doméstica la mataría durante la noche. A la mañana siguiente, sin embargo, cuando abrió el ropero para sacar algo, mi cola de golondrina le voló a la cara con un potente susurro de las alas, se dirigió hacia la ventana abierta y poco después era sólo una mancha dorada que bajaba y subía y esquivaba y planeaba hacia el Este, sobre bosques y tundras, hasta Vologda, Viatka y Perm, y más allá de la sombría tierra de los Urales, hasta Yakutsk y Verkhne Kolymsk, donde perdió una de sus alas posteriores, a la bella isla de San Lorenzo, y a través de Alaska hasta Dawson, y hacia el Sur a lo largo de las Montañas Rocosas, para finalmente ser alcanzada y atrapada, después de una carrera de 40 años, sobre un diente de león inmigrante debajo de un álamo endémico cerca de Boulder. En una carta de Mr. Brune a Mr. Rawlins del 14 de junio de 1735, en la colección Bodleian, el primero afirma que un tal Mr. Vernon siguió una mariposa por 14 kilómetros antes de apresarla (The Recreative Review or Eccentricities of Literature and Life, Londres, 1821, vol. 1, p. 144).

Al poco tiempo de lo del ropero, descubrí una polilla espectacular indefensa en la esquina de una ventana del vestíbulo, y mi madre la despachó con éter. En años posteriores utilicé muchos agentes mortíferos, pero el menor contacto con esa sustancia inicial sin falta ilumina el porche del pasado para atraer a esa torpe belleza. Una vez, como adulto, me encontraba bajo los efectos del éter durante una apendicectomía y, con la claridad de un dibujo sobre una calcomanía, me vi a mí mismo, vestido de marinerito, disecar un pavón nocturno recién salido asesorado por una dama china que sabía que era mi madre. Todo estaba ahí, reproducido brillantemente en mi sueño, mientras se exponían mis propios órganos vitales: el algodón absorbente empapado y helado apretado sobre la cabeza lemúrida del insecto; los espasmos cada vez más débiles del cuerpo; la satisfactoria crepitación producida por el alfiler al penetrar en la corteza dura de su tórax; la introducción cuidadosa de la punta del alfiler en la ranura forrada con corcho de la tabla de secado; la alineación simétrica de las alas gruesas con venas marcadas debajo de tiras hábilmente pegadas de papel semitransparente.

2

Tendría unos ocho años cuando en una bodega de nuestra casa de campo, entre toda clase de objetos polvorientos, descubrí unos maravillosos libros adquiridos en los días en que la madre de mi madre se había interesado en las ciencias naturales y conseguido a un famoso profesor universitario en zoología (Shimkevich) para dar clases particulares a su hija. Algunos de los volúmenes eran meras curiosidades, como los cuatro gigantescos libros pardos en folio marquilla de la obra de Albertus Seba (Locupletissimi Rerum Naturalium Thesauri Accurata Descriptio…), impresos en Amsterdam alrededor de 1750. Sobre sus hojas de grano grueso encontré grabados en madera de serpientes, mariposas y embriones. El feto de una niña etíope colgada del cuello dentro de un frasco de vidrio me causaba una impresión desagradable cada vez que me topaba con él; tampoco me gustaba mucho la hidra disecada de la lámina CII, con sus siete cabezas de tortuga y dientes de león sobre siete cuellos de serpiente, y un extraño cuerpo abotagado con tubérculos en forma de botones sobre los costados, que terminaba en una cola anudada.

Otros libros que encontré en ese desván, entre herbarios llenos de aguileñas alpinas, valerianas azules, collejas de Júpiter, lirios color rojo anaranjado y otras flores de Davos, se acercaban más a mi tema. Junté y llevé abajo gloriosas cargas de volúmenes con atractivo fantástico; las hermosas láminas de insectos de Surinam de Maria Sibylla Merian (1647-1717), el noble Die Schmetterlinge (Erlangen, 1777) de Esper, y los Icones Historiques de Lépidoptéres Nouveaux on Peu Connus (París, desde 1832) de Boisduval. Eran aún más emocionantes los productos de la última mitad del siglo: Natural History of British Butterflies and Moths de Newman, Die Gross Schmetterlinge Europas de Hofmann, las Mémoires del gran duque Nikolay Mijailovich sobre los lepidópteros asiáticos (con ilustraciones de incomparable belleza pintadas por Kavrigin, Rybakov y Lang), la estupenda obra de Scudder sobre las Butterflies of New England.

El verano de 1905, en retrospectiva, aunque bastante vivo en muchos aspectos, todavía no estaba animado por un solo instante de acelerado aleteo o mota de colores alrededor de los paseos con el maestro de la escuela del pueblo. La cola de golondrina de junio de 1905 aún no se encontraba en la fase larval, sobre un umbelífero al lado del camino; pero en el curso de ese mes me familiaricé con cerca de una veintena de datos comunes, y Madmoiselle ya se refería a cierto camino del bosque, que desembocaba en un prado cenagoso lleno de pequeñas fritillarias con borde perlino (así llamadas en mi primer manualito, inolvidable e invariablemente mágico, The Butterflies of British Isles, de Richard South, que acababa de salir entonces), como le chemin des papillon bruns. Al año siguiente me di cuenta de que muchas de nuestras mariposas y polillas no ocurrían en Inglaterra o la Europa Central, y unos atlas más completos me ayudaron a identificarlas. Una enfermedad severa (pulmonía, con fiebre de hasta 41º centígrados), al principio de 1907, suprimió misteriosamente el don algo monstruoso para los números que durante unos cuantos meses había hecho de mí un niño prodigio (hoy en día no sé multiplicar 13 por 17 sin papel y lápiz; no obstante, puedo sumarlos en un abrir y cerrar de ojos, pues los dientes del tres encajan nítidamente); pero las mariposas sobrevivieron. Mi madre acumuló una biblioteca y un museo alrededor de mi cama, y el deseo de describir una nueva especie suplantó por completo el de descubrir un nuevo número primo. En agosto de 1907, un viaje a Biarritz añadió nuevas maravillas (aunque no tan lúcidas y numerosas como habría de ser en 1909). En 1908, ya había adquirido el dominio total sobre los lepidópteros europeos conocidos por Hofmann. En 1910, había terminado de soñar con los primeros volúmenes del prodigioso libro ilustrado de Seitz, Die Gross Schmetterlinge der Erde, había comprado varias rarezas recientemente descritas y devoraba las publicaciones entomológicas, sobre todo las inglesas y rusas. Grandes trastornos impulsaban el desarrollo de la sistemática. Desde mediados del siglo, la lepidopterología europea había constituido, en general, un asunto simple y estable regido sin contratiempos por los alemanes. El sumo sacerdote, Dr. Staudinger, se encontraba asimismo a la cabeza de la firma más grande de comerciantes en insectos. Incluso en la actualidad, medio siglo después de su muerte, los especialistas alemanes en lepidópteros no han alcanzado a sacudirse del todo el hechizo hipnótico ejercido por su autoridad. Aún vivía cuando su escuela empezó a perder terreno en cuanto fuerza científica en el mundo. Mientras que él y sus discípulos conservaban los nombres específicos y genéricos sancionados por su largo tiempo de uso, y estaban contentos con clasificar las mariposas según características apreciables a simple vista, los autores de habla inglesa introdujeron cambios en la nomenclatura basados en la aplicación estricta de la ley de la prioridad y en modificaciones taxonómicas fundadas en el estudio microscópico de los órganos. Los alemanes hicieron lo posible para pasar por alto las nuevas tendencias y continuaron cultivando el aspecto filatélico de la entomología. Su actitud solícita hacia el “coleccionista promedio, al que no debe obligarse a disecar” se asemeja a la forma en que los nerviosos editores de novelas populares miman al “lector promedio”, a quien no debe obligarse a pensar.

Hubo otro cambio de tipo más general que coincidió con mi fervoroso interés adolescente en las mariposas y las polillas. La especie victoriana y staudingeriana, hermética y homogénea, con diversas “variedades” (alpina, polar, insular, etcétera) adheridas por fuera como apéndices incidentales, por así decirlo, fue sustituida por una nueva especie multiforme y fluida que consistía orgánicamente en razas o subespecies geográficas. Los aspectos evolutivos de cada caso, de esta manera, se destacaban con mayor claridad por medio de métodos de clasificación más flexibles, y las investigaciones biológicas proporcionaban enlaces adicionales entre las mariposas y los problemas centrales de la naturaleza.

Los misterios de mimetismo revestían un atractivo especial para mí. Había fenómenos que mostraban una perfección artística tal como normalmente se espera ver sólo en las cosas forjadas por el hombre. Considérese la imitación de un veneno que rezuma en las manchas con forma de burbujas sobre un ala (con todo y pseudo-refracción), o los lustrosos bultos amarillos sobre una crisálida (“No me comas: ya fui aplastado, probado y rechazado”). Júzguense los trucos de una oruga acrobática (la del guerrero del haya) que en la infancia se asemeja a excremento de pájaro, pero que después de mudar desarrolla delgados apéndices, parecidos a los de los himenópteros, y características barrocas, lo cual permite a este extraordinario sujeto representar dos papeles al mismo tiempo (como el actor en los espectáculos orientales, que de verdad se convierte en un par de luchadores entrelazados): la larva serpenteante y la gran hormiga que al parecer la atormenta. Cuando cierta polilla se parece a determinada avispa en la forma y el color, también camina y mueve las antenas de un modo propio de ésta, distinto al de la polilla. Al adoptar una mariposa la apariencia de una hoja, no reproduce bellamente tan sólo todos los detalles de la misma, sino que agrega una generosa cantidad de marcas para emular agujeros perforados por gusanos. La “selección natural”, en el sentido darwiniano, no alcanzaba para explicar esta milagrosa coincidencia de aspecto y comportamientos imitativos, ni era posible remitirse a la teoría de la “lucha por la supervivencia” cuando un medio de protección desarrollaba un grado mucho más avanzado de sutileza, abundancia y lujo miméticos de lo que ameritaba la capacidad de percepción del depredador. Descubrí en la naturaleza los placeres no utilitarios que buscaba en el arte. Ambos eran una forma de magia, ambos constituían un juego de intrincado encantamiento y decepción.

3

He cazado mariposas en diversos climas y con diferentes disfraces: como niño bonito, con los pantalones bombachos ceñidos debajo de la rodilla y un gorro de marinero; como larguirucho expatriado cosmopolita, en fachas de franela y con boina; como viejo gordo, sin sombrero y con pantalones cortos. La mayoría de mis colecciones corrieron la misma suerte como nuestra casa en Vyra. Las de la casa de la ciudad y la pequeña muestra que dejé al Museo de Yalta sin duda han sido destruidas por polillas de alfombra y otras plagas. Una colección de material del sur de Europa, que empecé en el exilio, desapareció en París durante la Segunda Guerra Mundial. Todas mis presas estadounidenses de entre 1940 y 1960 (carios miles de especímenes, incluyendo grandes rarezas y tipos) están en el Museo de Zoología Comparada, el Museo Americano de Historia Natural y el Museo de Entomología de la Universidad de Cornell, donde se encuentran más seguras de lo que estarían en Tomsk o Atomsk. Recuerdos increíblemente felices, comparables desde todo punto de vista, de hecho, con los de mi infancia rusa, están ligados a mi trabajo de investigación en el Museo de Zoología Comparada de Cambridge, Massachusetts (1941-1948). No menos felices fueron los muchos viajes de recolección que realicé casi todos los veranos durante 20 años en la mayoría de los estados de mi patria adoptiva.

En Jackson Hole y en el Gran Cañón, sobre las faldas de la montaña arriba de Telluride, Colorado, y en un célebre yermo esparcido con pino cerca de Albany, Nueva York, habitan y habitarán, a lo largo de generaciones más numerosas que ediciones, las nuevas mariposas que describí. Varios de mis descubrimientos fueron tratados por otros investigadores; algunos, nombrados por mí. Uno de estos últimos, el doguillo de Nabokov (Eupithecia nabokovi McDunnough), que atrapé con una caja  una noche de 1943 sobre una ventana panorámica en la posada Alta Lodge de James Laughlin en Utah, encaja muy filosóficamente con la espiral temática que comenzó en un bosque a orillas del Oredezh alrededor de 1910… o quizá antes, incluso, hace un siglo y medio sobre ese río de Nova Zembla.

En efecto, conozco pocas cosas, en cuanto a emociones o apetitos, ambiciones o logros, que sean capaces de superar en intensidad y fuerza el estímulo de la exploración entomológica. Desde el principio poseyó muchísimas facetas entrelazadas y centelleantes para mí. Una de ellas era el agudo deseo de estar solo, puesto que cualquier compañero, por silencioso que fuese, interfería en el disfrute concentrado de mi manía. Su satisfacción no admitía transigencia o excepción. Desde mis diez años, los tutores y las institutrices sabían que la mañana era mía y guardaban cautelosamente la distancia.

A este respecto, me acuerdo de la visita de un compañero de escuela, un niño muy amigo mío con el que pasaba unos ratos de excelente diversión. Llegó una noche de verano —creo que en 1913— de un pueblo a unos 40 kilómetros de distancia. Su padre había fallecido recientemente en un accidente, la familia estaba arruinada y el intrépido muchacho, al no poder pagar el boleto del tren, había recorrido todos esos kilómetros en bicicleta para pasar unos días conmigo.

A la mañana siguiente de su llegada, hice todo lo posible para escabullirme de la casa y emprender mi excursión matutina sin que él supiera a dónde había ido. Sin desayunar, con prisa histérica, junté mi red, cajitas y frascos de veneno y me escapé por la ventana. Una vez en el bosque estaba a salvo; no obstante, seguí alejándome, las pantorrillas temblorosas, los ojos desbordantes de lágrimas abrasadoras, todo mi ser sacudido de vergüenza y asco hacia mí mismo al imaginarme a mi pobre amigo, con su pálida cara alargada y corbata negra, abatido por el calor del jardín, donde estaría acariciando a los perros jadeantes, a falta de mejor cosa qué hacer, y esforzándose en hallar una justificación para mi ausencia.

Déjenme reflexionar objetivamente sobre este demonio. Con excepción de mis padres, nadie entendía mi obsesión en realidad, y habrían de transcurrir muchos años antes de que conociera a otra víctima del mismo mal. Una de las primeras cosas que apredí fue no confiar en los demás para el crecimiento de mi colección. Una tarde de verano, en 1911, Madmoiselle entró en mi cuarto con un libro en la mano y empezó a decir que deseaba mostrarme el ingenio de Rousseau al censurar la zoología (en favor de la botánica); para entonces, había avanzado demasiado en el proceso gravitatorio de bajar su mole sobre un sillón para que mi grito de angustia pudiera detenerla: había dejado sobre ese asiento un cajón cubierto de cristal de la vitrina, con largas y hermosas series de mariposas de la col. Su primera reacción manifestó una vanidad herida: ciertamente, era imposible acusar a su peso de haber estropeado lo que de hecho destruyó; la segunda fue para consolarme — Allons donc, ce ne sont que des papillons de potager!, lo cual sólo empeoró el asunto. Un par sicliano, adquirido recientemente a Staudinger, había sido aplastado y magullado. Un gigantesco ejemplar de Biarritz estaba completamente destrozado. También se habían arruinado algunas de mis presas locales más selectas. Entre éstas, una aberración parecida a la raza canaria de la especie tal vez se hubiera compuesto con unas gotas de pegamento; pero un precioso ginandromorfo, macho del lado izquierdo, hembra del lado derecho, cuyo abdomen no pudo recuperarse y cuyas alas se habían desprendido, estaba perdido para siempre: aunque volviese a adherir las alas, hubiera resultado imposible probar que las cuatro pertenecían a ese tórax sin cabeza sobre el alfiler doblado. A la mañana siguiente, con un aire de gran misterio, la pobre Madmoiselle se trasladó a San Petersbrugo y regresó por la noche para traerme (“algo mejor que tus mariposas de la col”) una insignificante polilla del género urania, montada sobre yeso. —¡Cómo me abrazaste, cómo bailaste de felicidad!— exclamó diez años más tarde, en el proceso de inventar un pasado totalmente nuevo.

Nuestro médico rural, con el que dejé las ninfas de una rara polilla antes de cierto viaje al extranjero, escribió que todo había salido muy bien; pero en realidad un ratón se había metido con las valiosas ninfas y, a mi regreso, el mentiroso anciano me entregó unas mariposas comunes de carey, que probablemente había atrapado a toda prisa en su jardín e introducido en el criadero como sustitutos verosímiles (según él). Era mejor un entusiástico pinche que a veces pedía prestado mi equipo y regresaba triunfalmente dos horas después, con una bolsa llena de hirviente vida invertebrada y varios artículos adicionales. Soltaba la boca de la red, que había atado con un hilo, para verter la cornucopia de su botín: una masa de saltamontes, un poco de arena, las dos partes de un hongo que recogiera, con gran sentido de la economía, en el camino a casa, más saltamontes, más arena y una blanquita de la col desmenuzada.

En la obra de los principales poetas rusos, sólo he descubierto dos imágenes de lepidópteros con un auténtico carácter sensual: la impecable evocación por Bunin de lo que seguramente es una mariposa de carey:

Y volará al cuarto
Una mariposa de colores vestida de seda
Para aletear, crujir y golpetear
Sobre el techo azul…

Y el soliloquio de la “Mariposa” de Fet:

De dónde he venido y hacia dónde me precipito
No preguntes:
Sobre una donairosa flor me he posado
Y ahora respiro.

En la poesía francesa destacan las conocidas líneas de Musset (en Le Saule):

Le phalène doré dans sa curse légère
Traverse les prés embaumés.

Descripción perfecta del vuelo crepuscular del macho de los geométridos, llamados “polillas naranjas” en Inglaterra; asimismo, está la oración fascinantemente apropiada de Fargue (en Les Quatre Journées) acerca de un jardín que, al caer la noche, se glace de bleu comme l’aile du grand Sylvain (la ninfa mayor). Entre las muy contadas auténticas imágenes de lepidópteros en la poesía inglesa, mi favorita es de Browning:

Del otro lado está la pared vertical de la roca;
Y definen un sendero entre la garganta y ella
Las peñas sobre las que líquenes imitan
Las marcas de una polilla, y pequeños abetos incrustan
Los dientes en el bloque pulido
                                                          (“By the Fire-side”)

Es asombroso cuán poca nota una persona ordinaria toma de las mariposas. —Ninguna —replicó tranquilamente el robusto excursionista suizo, con Camus en la mochila, cuando pregunté deliberadamente, en provecho de mi incrédulo compañero, si había visto mariposas al descender el sendero sobre el que, unos momentos antes, tú y yo nos habíamos deleitado con enjambres enteros. También es cierto que al evocar la imagen de cierta senda, que puedo reconstruir con detalles prolijos pero que pertenece a un verano anterior a 19096, es decir, ala fecha de mi primera etiqueta locativa, y que no volví a visitar nunca, no consigo distinguir una sola ala, un solo aleteo, un destello azur, una flor adornada con la piedra preciosa de una polilla, como si un hechizo malvado hubiese caído sobre la costa del Adriático para hacer invisibles todos sus “leps” (según dicen los más aficionados a la jerga entre nosotros). Es posible que un entomólogo vaya a sentirse exactamente así algún día, al caminar al lado de un alborozado botánico ya despojado de su casco en medio de la espantosa flora de un planeta paralelo y si un solo insecto a la vista; y, de la misma manera (como curiosa prueba del curioso hecho de que un productor propenso a economizar emplea, de ser posible, el escenario de nuestra infancia como el marco ya hecho para nuestros sueños de adultos), la loma a la orilla del mar de cierta pesadilla repetida, en la que introduzco furtivamente una rede plegable del estado despierto, se encuentra alegrada por tomillo y meliloto, pero incomprensiblemente despoblada de todas las mariposas que deberían estar ahí.

Averigüé muy pronto, asimismo, que un “lepista” entregado a su callada búsqueda era apto a provocar extrañas reacciones en otros seres. Cuántas veces, al disponerse un día de campo y mientras tímida y disimuladamente trataba de meter mis modestos instrumentos en el charabán, con su olor a brea (se utilizaba un preparado de brea para alejar a las moscas de los caballos), o al Opel convertible, con su olor a té (hace 40 años, la bencina olía así), no faltó algún primo o tía que comentara: —¿De veras tienes que llevar esa red? ¿No puedes entretenerte como un niño normal? ¿No crees que estás echando a perder la diversión de todos? — Junto a un letrero que decía NACH BODENLAUBE, cerca de Bad Kissingen, Baviera, cuando estaba a punto de unirme a mi padre y al majestuoso viejo Muromtsev (que cuatro años antes, en 1906, había sido el presidente del primer Parlamento ruso) para un largo paseo, este último volvió la cabeza marmórea hacia mí, un vulnerable niño de 11 años, y dijo, con su famosa solemnidad: —Desde luego puedes acompañarnos, pero no persigas mariposas, hijo. Estropeas el ritmo de la caminata. —Sobre un sendero arriba del Mar Negro, en Crimea, entre arbustos cubiertos de flores céreas, un patizambo centinela bolchevique intentó arrestarme en marzo de 1918, por estar haciendo señas (con mi red, decía) a un buque de guerra inglés. En el verano de 1929, cada vez que cruzaba un pueblo en los Pirineos orientales y por casualidad llegaba a volver la mirada, veía congelados detrás de mí a los lugareños, en las diversas actitudes en que los había sorprendido al pasar, como si yo fuera Sodoma; y ellos, la mujer de Lot. Una década después, en los Alpes Marítimos, observé en una ocasión que la hierba ondulaba en forma serpenteante detrás de mí; un obeso policía rural me seguía, arrastrándose sobre la panza, para comprobar que no estuviera atrapando aves cantoras. Los Estados Unidos han mostrado un interés mórbido aún mayor en mis actividades de reciario que los otros países, lo cual quizá se deba a que tenía más de 40 años cuando llegué ahí a vivir; entre más viejo el hombre, más raro se ve con una red para atrapar mariposas en la mano. Campesinos severos llaman mi atención sobre letreros de NO PESCAR; de los coches que me rebasan sobre la carretera emanan vehementes alaridos de burla; perros soñolientos, desatentos hacia el peor vago, despiertan para lanzarse contra mí, gruñendo; los chiquitines me señalan a sus perplejas mamás; veraneantes de amplio criterio me preguntan si estoy atrapando bichos para usar como cebo; u una mañana, en un erial iluminado por altas yucas en flor situado cerca de Santa Fe, una gran yegua negra me siguió a lo largo de más de dos kilómetros.

 

Fuente: Vladimir Nabokov, Habla, memoria. Una autobiografía revisitada. Traducción de Angélika Scherp. Edivisión Compañía Editorial, 1992.

 


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