Este hecho sucedió en una chocita semiderruída de un oasis de la salvaje Sovdepia.

Los indígenas—vestidos con pieles de fieras y calzados con botas de cuero sin curtir—rodearon a un hombre bastante bien trajeado que acababa de llegar de Europa, adonde había sido enviado con una misión especial. Todos los rostros reflejaban una curiosidad morbosa…

—¿Hay algo nuevo en Europa? ¿Trae usted alguna noticia interesante?

—Sí, ya lo creo —dijo el recién llegado moviendo la cabeza con aire meditabundo. Hay cosas muy curiosas allí. Vosotros os habéis vuelto completamente salvajes, os habéis quedado a la zaga, mientras que en Europa la vida progresa…

—¿Cómo? ¿Es posible? —preguntó sorprendido un hombre de aspecto esquelético.

—Sí. No os lo podéis imaginar. Qué cantidad de inventos. ¿Habéis oído hablar del descubrimiento de Steinach y de la teoría de Einstein?

—No.

—Ya veis. Estais enmohecidos…

Un alemán llamado Steinach ha descubierto que se puede rejuvenecer a un ser humano todo lo que se desee. Por ejemplo, ¿qué edad tiene usted? ¿Cincuenta años? Pues bien, inmediatamente se le puede hacer volver a los veinticinco. Y usted joven, ¿cuántos tiene? ¿Ochenta? Con unos cortecitos, se queda usted en dieciocho.

—Y, ¿cómo lo hace?

—Es muy sencillo: extirpando unas glándulas a los ancianos.

—¿De qué glándulas se trata?

—No tengo ni idea

—¿Cómo ha llegado a eso?

—Como cualquier sabio: cogió a un hombre y le extirpó una glándula pero de pronto, éste puso los ojos en blanco y se quedó tieso. “Venga otro”, gritó Steinach, “se me ha debido de ir el bisturí”. Y comenzó de nuevo la operación. Esta vez el viejecito fue presa de un ataque de hipo. ¡Otro fracaso! “Venga el tercero”. Al octavo, o tal vez al noveno, Steinach llegó a dar con la glándula verdadera.

—Pero ¿cómo lo supo?

—Fue de la manera siguiente: cuando hubo extirpado cierta glándula a un viejecito, éste rodeó a la enfermera por la cintura y dijo: “Señorita, bailemos una mazurca o algún baile español alegre y fogoso. Tengo veinte años y quiero hacer locuras”. Y empezó a hacer el tonto por la sala de operaciones. Por fin, lograron calmarlo y lo hicieron ingresar en un instituto de segunda enseñanza.

—¿Se rejuveneció hasta ese punto?

—Ya lo creo. En cambio, la teoría de Einstein es mucho más complicada. Al leerla me desternillaba de risa. Sin embargo, todo lo que dice es verídico. No se le puede objetar nada.

—¿También él se dedica al rejuvenecimiento?

—¡No! ¡Einstein ha revolucionado la Geometría! ¡Ha acabado con las Matemáticas!

—¿Cómo es eso?

—Pues ahora verán. Einstein dice: “Ustedes afirman que la línea geométrica no tiene espesor, ¿no es eso? ¡Pues lo tiene!”. Los sabios estudian el problema por uno y otro lado y se convencen de que es verdad. “¿Quién es el burro que asegura que las líneas paralelas no se encuentran por más que se prolonguen?”. Los sabios han hecho pruebas y ¿qué ha ocurrido? ¡Que las líneas paralelas se han juntado en el kilómetro seiscientos! “Yo les demostraré lo que quieran. Ustedes dicen que dos por nueve son dieciocho; en cambio yo opino que pueden ser veintinueve”. Es una cosa seria ese hombre. Ha armado una revolución tal, que será preciso cambiar las Matemáticas, la Geometría y la Geodesia.

—Perdone, ¿cómo dice usted que se llama eso?

—La teoría de Einstein.

—¡Ah! Muy bien. Le hemos escuchado a usted; ahora le pedimos que nos preste atención a nosotros. En Europa tienen la teoría de Einstein, en cambio aquí tenemos la de Polzunkov. ¿Conoce usted a Iván Egorovich Polzunkov?

—No, no lo conozco.

—Ya ve. Es cierto que estamos rezagados con respecto a Europa, pero también ella, la madrecita Europa, se ha atrasado. Tuvimos aquí a un hombre llamado Iván Egorovich Polzunkov; antiguamente había sido profesor de Geografía en un colegio de provincia, y hot día parte leña y conduce trineos. Ese Einstein ruso ha elaborado una teoría. “Muchachos, dijo, no tenemos alimentos, pero es imposible vivir sin comer. En los bosques hay una infinidad de piñas de abetos y de pinos. Los monos de África aprecian mucho estos frutos. Si comenzarais a comerlos de pronto —las piñas, no los monos— moriríais en el acto. Pero la ciencia demuestra que el organismo puede acostumbrarse paulatinamente a todo. Debéis hacer lo siguiente: si os dan veinticuatro zolotniks1 de pan, comed veintitres y una piña de abeto; al día siguiente, introducid en vuestro organismo veintidós zolotniks de pan y dos piñas; luego veintiún zolotniks y tres piñas. Al cabo de veinticuatro días, no necesitaréis pan, lo habrá sustituido la ración de veinticuatro piñas de abeto. Lo mismo sucede con lo que se refiere a la vestimenta. En breve careceréis de ropa y os helaréis como unos imbéciles. Por tanto, es necesario que cada uno produzca, poco a poco, su propia lana. Amigos míos, he leído en la Miscelánea que si un hombre calvo permanece descubierto en una estancia fría, le brota el cabello sin más ni más”. Así pues, según la teoría de Polzunkov, al humano se le puede producir poco a poco una especie de piel de perro. Si cortáis una manga de vuestro traje y sacáis el brazo al aire libre, al frío, al cabo de un mes, se cubrirá de vello que lo abrigará; entonces podéis cortar la otra; luego, las perneras del pantalón y, finalmente, un trozo de tela de la espalda. A los seis meses, no os reconocerá ni vuestra propia madre, que dirá al veros. “¿Quién es ese gorila que se pasea por el bosque engullendo piñas?”. Ya ve, camarada europeo.

—¿Qué quiere usted decir con eso?

—Que ustedes tienen la teoría de Einstein y nosotros la de Polzunkov. Nuestro Polzunkov estará por encima de ese Einstein. El alemán quedará derrotado por los triunfos de Polzunkov.

 

Fuente: Antología del humorismo en la literatura universal. Tomo II. Barcelona, Editorial Labor, 1961.


1 La libra rusa, consta de 96 zolotniks.


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