Aún me parece oír las oraciones de mi abuela, mientras que yo permanecía acostado en la espaciosa cama, envuelto por completo en una gruesa manta. Con una mano reclinada en el pecho, hacía con la otra el signo de la cruz, bien fuera antes o después de emitir aquellas invocaciones religiosas que parecían salirle a la anciana bondadosa de lo más profundo de su corazón.

En la calle nevaba copiosamente. La luz de la luna brillaba tras los cristales, que el frío iba adornando con claras arborescencias. Aquella claridad, iluminando el piadoso semblante de mi abuela, prendía como una especie de reflejo fosforescente en sus pupilas. El pañolón de seda con el que se cubría los cabellos brillaba como si fuera de metal forjado, mientras que su vestido ondulaba holgadamente en torno a ella.

Una vez terminadas sus oraciones, se desnudaba, doblando cuidadosamente las ropas, que colocaba sobre el arcón de la esquina, diigiéndose después a la cama, en cuyo interior yo fingía hallarme sumido en el más profundo de los sueños.

–Ah, qué pícaro. No está dormido—decía en voz baja–. ¿Verdad que no duermes? Vamos, Aleksei,1 contesta. Y haz el favor de dejarme un poco de manta, o de lo contrario me helaré de frío.

Me complacía por anticipado en lo que iba a suceder, y entonces ya no podía reprimir una sonrisa, que me descubría y que le hacía exclamar a la abuela:

–Cómo. ¿Así que es cierto que te estás burlando de tu pobre abuelita?

Y cogiendo la manta por una de sus esquinas, tiraba de ella con fuerza, con tanta fuerza que a veces me hacía saltar de mi embozo dando volteretas.

–Ah, ya veo que eres un farsante. Pero no te has salido con la tuya.

Otras veces prolongaba por más tiempo sus oraciones y, cuando se metía en la cama, yo estaba ya realmente dormido.

Los días de disputas o de disgustos eran aquellos en los que la abuela rezaba más. Yo llegué a escucharla atentamente, porque acostumbraba a contarle a Dios, con toda clase de pormenores, lo que sucedía en la casa:

–Tú lo sabes bien, Señor. Tú sabes que cada cual vela por su conveniencia. En tal caso, yo pienso que Mijail, por ser el mayor, debería ser quien se quedara en la ciudad. Para él sería realmente molesto establecerse en las afueras, en un barrio desconocido, donde los negocios son siempre muy problemáticos. El abuelo quiere más a Iakov. Pero dime, ¿está bien que se quiera más a unos hijos que a otros? El viejo es testarudo y Tú, Señor, deberías hacer que comprendiera lo que es de razón. Oh, Dios mío.

Mi abuela acostumbraba a clavar sus brillantes ojos en las imágenes de su devoción y, sin darse cuenta, incluso se permitía darle consejos a su Dios, como cuando decía:

–Inspírale una buena idea, Señor. Que divida equitativamente sus bienes entre sus hijos.

De pronto se santiguaba y se prosternaba, hasta tocar con su anchurosa frente en el suelo, irguiéndose después nuevamente para proseguir con parecida vehemencia:

–Ah. Si la felicidad volviera a Varvara. Pobre hija mía. ¿Qué ha podido hacer esa muchacha para irritarte así? ¿Acaso es ella más culpable que los demás? Es joven, está llena de salud y vive sumida en la aflicción. ¿Por qué? Señor, ten piedad también de Grigori, pues su vista es menor cada día. Si se quedara ciego no tendría otro recurso que ponerse a mendigar, y eso sería algo terrible. Ha gastado sus fuerzas trabajando en esta casa, pero no sabemos lo que hará mi marido por él. Ay, Señor.

A veces permanecía un largo rato en silencio, con la cabeza inclinada hacia delante, en un gesto de suprema resignación.

–¿Y qué más? –se preguntaba ella misma en voz alta, frunciendo las cejas y añadiendo a continuación–: Oh, sí. Ten piedad de todos los ortodoxos. Haz todo lo posible porque se salven. En cuanto a mí, espero que me perdones, pues si peco no es por maldad, sino porque soy una necia.

Después de lanzar un suspiro, solía continuar con su voz cariñosa y satisfecha:

–Tú lo sabes todo, Señor. Tú lo conoces todo.

Aquel Dios de la abuela, que ella sentía tan cerca y que tan familiar parecía serle, acabó por serme a mí también simpático, de modo que a veces hasta le preguntaba:

–Abuela, ¿por qué no me cuentas nada de tu Dios?

Y ella se ponía entonces a hablar de él con los ojos entornados, recalcando las palabras en voz muy baja. Por lo demás, siempre que abordaba tal materia, se sentaba en la cama, se echaba un pañolón sobre la cabeza e iba desmadejando su relato, hasta que me quedaba dormido.

–El Señor—me decía—está sentado en lo alto de una colina, en medio de todos los campos del paraíso, sobre un trono de zafiro  y bajo muchos tilos blancos que florecen durante todo el año, ya que en el paraíso no se conocen los otoños ni los inviernos, y por lo tanto las flores no se marchitan jamás. En torno al Señor vuelan los ángeles como copos de nieve o enjambres de abejas. Son como palomas blancas que descienden del cielo a la tierra para volver a remontarse y contarle a Dios todo lo que sucede en este mundo. Cada cual tiene su ángel. Tú, por ejemplo, tienes el tuyo, yo el mío y el abuelo el suyo, pues todos los hombres son iguales ante el Señor. Si tu ángel le cuenta a Dios: “Aleksei ha enfadado a su abuelo”, entonces Dios ordena: “En tal caso, no estará de más que el abuelo le propine unos buenos azotes”. Y lo mismo ocurre con todo el mundo. Dios juzga a cada cual según sus méritos. Por eso a unos les otorga alegría y a otros penas, ¿comprendes?, de forma que todo está tan en orden que los ángeles, henchidos de alegría, agitan sus alas y cantan continuamente: “Gloria a ti, Señor, alabado siempre seas”. Y Dios no hace prácticamente otra cosa que sonreír, como diciendo: “Está bien así”.

Al referirme aquello, la abuela sonreía también, moviendo plácidamente la cabeza.

–¿Y tú has visto todo eso?—le pregunté una vez.

–No. Pero no hace falta, porque sé que es así, ¿comprendes?

Al hablar de Dios, del paraíso y de los ángeles, la abuela parecía empequeñecerse. Su semblante se remozaba y sus húmedos ojos resplandecían. Yo me apoderaba de sus largas trenzas satinadas, que me enroscaba al cuello, y me quedaba quieto, oyendo maravillado sus interminables narraciones, que nunca conseguían cansarme.

–A los hombres les está prohibido ver a Dios—acabó por explicarme–, y si lo hicieran, quedarían ciegos. Los santos sí que pueden contemplarlo de frente y hablar con él como lo estamos haciendo ahora nosotros. Y en cuanto a los ángeles sólo se hacen visibles a las personas de alma pura. Un día me hallaba yo en la iglesia, durante la primera misa, y vi a dos ángeles. Eran luminosos, muy luminosos y transparentes como nubes. Tocaban el suelo con sus alas y parecían hechos de muselina o de encaje. Daban vueltas en torno al altar, adonde habían acudido para ayudar al anciano padre Ilia. Pocos días después murió aquel santo varón. Era muy anciano y estaba ciego. El día que vi a los ángeles me sentí como transportada y experimenté una gran dicha. Qué hermosos eran. Créeme, Aleksei, yo también creo que todo está bien, tanto en la tierra como en el cielo, porque tratándose de la voluntad de Dios…

–Abuela—la interrumpí yo entonces–, ¿de verdad crees que todo lo que pasa en nuestra casa está bien?

La abuela me contestó con una sonrisa:

–Pues sí. Creo que todo está bien. Gracias a Dios.

Esta respuesta me dejó asombrado y un tanto confuso, porque me era difícil, según mis conceptos, calificar qué era lo que iba bien en aquella casa. A mi entender, más bien ocurría todo lo contrario. Por ejemplo, pocos días antes había yo pasado ante la puerta de la habitación que ocupaba el tío Mijail, y había distinguido en el interior a tía Natalia que, vestida de blanco, daba vueltas sin cesar, con las manos cruzadas sobre el pecho y exclamando en un tono de voz realmente aterrador: “Señor, ¿por qué no me llevas contigo y me arrancas de este infierno?”. Yo tenía plena conciencia de aquel deseo, lo mismo que cuando le oí a Grigori murmurar: “Cuando me quede ciego iré a mendigar, y al fin podré ser feliz”. Yo deseaba que perdiese la vista cuanto antes, y hubiese solicitado su autorización para servirle de lazarillo, convencido de que aquello era lo que más nos convenía a los dos. Tanto era así que incluso le había hecho mi proposición de una forma concreta al propio Grigori, quien me contestó: “Está bien, iremos a mendigar los dos, y yo pregonaré por la ciudad que mi lazarillo es nieto de Vasili Kachirin, el presidente de los tintoreros. ¿Te parece bien así?”. Por lo demás, en ciertas ocasiones había notado unas hinchazones bajo los mortecinos ojos de tía Natalia, así como que los ojos los tenía muy con frecuencia tumefactos, por lo que un día le pregunté a la abuela:

–¿Le pega aún el tío?

Y ella confesó en un suspiro:

–Pues claro que le pega a escondidas el muy sinvergüenza. El abuelo le ha prohibido que la toque, pero aprovecha las noches para pegarle. Y ella no sabe defenderse.

La abuela se animaba paulatinamente, según entraba en conversación, y con frecuencia proseguía con su especie de monólogo, puesto que yo apenas intervenía en aquel supuesto diálogo un tanto unilateral.

–Aun así—me decía–, las gentes han cambiado mucho, y son mucho menos feroces que antes. Ahora se dan puñetazos en la boca o en la cara, cuando no tirones de pelo, lo cual no dura más que unos instantes. Pero antiguamente los hombres acostumbraban a pegar a las mujeres por espacio de horas enteras. Una vez recuerdo que era el día de Pascua, y tu abuelo estuvo pegándome desde la misa matinal hasta la noche. Cuando se cansaba, se interrumpía un momento para volver enseguida a la carga. Utilizó bridas, cuerdas y todo lo que encontraba a la mano. Algo realmente terrible.

–¿Y tú qué motivo le diste?

–No sería muy grande, porque ni siquiera me acuerdo, con que ya ves. A consecuencia de otro de aquellos castigos, quedé medio muerta, además de dejarme cinco días con sus noches sin probar alimento alguno. No sé cómo salí de aquélla. Y luego otra vez…

No hace falta decir que yo estaba asombrado, sintiéndome impotente para pronunciar ni una sola palabra, por pensar en el hecho de que mi abuela era en realidad más alta y más fuerte que su marido. ¿Cómo era posible que él la dominara?

–Pero el abuelo no es más fuerte que tú—objeté tímidamente.

–No. Pero tiene más edad y además es el marido, siendo él quien tiene que responder de mí ante Dios. Mi deber es tolerárselo todo, puesto que de él es toda la responsabilidad.

Me complacía ver a la abuela sacudiendo el polvo de sus santas imágenes y limpiando sus aplicaciones metálicas. Aquellas imágenes eran ciertamente suntuosas, ostentando adornos en los que no faltaban la plata ni las perlas. Las coronas resplandecían lujosamente. A veces, la abuela cogía uno de aquellos iconos entre sus cuidadosas manos y, sonriéndole a la figura, decía con ternura inifita:

–Qué bonita cara tiene.

Y a continuación besaba la imagen, santiguándose casi al mismo tiempo.

En ocasiones me daba la impresión de que la abuela era como una niña que jugaba con imágenes religiosas, lo mismo que mi prima Ekaterina con sus muñecas.

Y por supuesto que también había visto al diablo, tan solo como en compañía.

–Recuerdo que era por cuaresma—me explicó—cuando una noche decidí pasármela toda entera frente a la casa de los Rudolv… Brillaba la luna y de pronto se me apareció, cabalgando sobre el tejado, un gran diablo negro y muy peludo, que metía su cornuda cabeza por el tubo de la chimenea, soplando con todas sus fuerzas y moviendo el rabo. En seguida hice el signo de la cruz y dije: “Que el Señor resucite y se dispersen todos sus enemigos”. Entonces pude oír que lanzaba un débil quejido y que se delizaba rodando hasta el patio, donde quedó pulverizado. Mi opinión es que los Rudolv no habían cumplido con el precepto del ayuno, y por eso el diablo rondaba por allí dando resoplidos de alegría. La verdad es que yo había tenido un cierto presentimiento en lo que se refiere a los Rudolv.

Lo que más me impactó de aquella nueva historia de mi abuela fue la imagen del diablo dando una voltereta por el tejado, hasta caer pulverizado al suelo. No pude menos que reírme, y cuando se lo dije a la abuela, ella también se rió.

–Al igual que los niños—prosiguió–, los diablos también son traviesos. Cierta noche estaba yo en el lavadero, cuando al dar las doce se abrió bruscamente el portillo del horno, saliendo por él un increíble cantidad de diablillos. Todos eran muy menudos, unos de color rojo, otros verdes y los había también negros como cucarachas. En un principio quise huir despavorida, pero me resultaba imposible alcanzar la puerta. Estaba rodeada de demonios. El lavadero estaba lleno de ellos y no podía dar ni un paso, pues se me metían entre los pies y me tiraban de las faldas, zarandéandome de tal modo que incluso perdí el aliento. Eran todos muy peludos y suaves al tacto, como gatos pequeños. Se entretenían en juguetear, yendo de un lado para otro y enseñando unos dientecillos de ratón, a la vez que les brillaban los ojillos. Tenían unos cuernos tan menudos que no les abultaban más que un chichón, y unos rabos cortitos y retorcidos, como los de los lechoncitos. Ah, Dios mío. Puedes creer que perdí la cabeza. La cuestión es que, al recobrar el conocimiento, la bujía se había consumido casi por completo, el agua del caldero se había enfriado; la ropa lavada, esparcida por el suelo. Tan sólo recuerdo que les grité: “Ah, malditos”.

Con los ojos cerrados, casi pude ver cómo surgían por el portillo del horno todos aquellos velludos seres que, sacando su lengua rosada, me hacían maliciosas muecas. Era algo divertido y espantoso a la vez.

Mi abuela había hecho una pausa, pero al poco tiempo, moviendo la cabeza, pareció reanimarse y prosiguió:

–No creas, pero volví a verlos en otra ocasión. Malditos demonios. Era una noche de invierno. Estaba lloviendo y cruzaba la barrancada de los Dukov cuando, al llegar al punto en que Iakov y Mijail intentaron ahogar a tu padre, muy cerca del estanque, oí un cúmulo de gritos y silbidos. Entonces levanté los ojos y ¿qué dirás que vi? Pues nada menos que un tiro de tres caballos conducidos por un enorme diablo que tenía un gorro rojo en la cabeza. Aquel demonio se había colocado fuera del trineo y tiraba con fuerza de las bridas, que en realidad eran cadenas de hierro forjado. No había otro camino que aquél en el barranco, y el trineo, envuelto en una especie de sudario nevado, se dirigía resueltamente al estanque. En el interior del coche iban otros diablos que chillaban, silbaban y agitaban al aire sus gorros. Así pasaron hasta siete coches, veloces como los de los bomberos, con caballos árabes. Y todos los ocupantes eran seres humanos maldecidos por sus padres. Los diablos se sirven de estas gentes como juguetes, y también los emplean como cabalgaduras para trasladarse a la noche a su aquelarre. En mi opinión, aquella noche asistí a lo que podríamos llamar una boda de diablos.

Era casi imposible no dar crédito a las palabras de la abuela. Con tanta sencillez y convicción se expresaba. Pero donde volaba a más altura era al recitar ciertos poemas expositivos de la historia de la Virgen, que recorriendo la tierra para convencerse de las miserias humanas, exhortó a la princesa Engalicheva, personaje de los cuentos rusos y capitana de una partida de bandoleros, para que no matara ni robase más a los campesinos. También me relataba leyendas en verso sobre Aleksei, el patricio romano del siglo IV; sobre Iván el guerrero; sobre la prudente Vasilisa; sobre el pope Buk; y sobre un cierto ahijado de Dios. Conocía también las espeluznantes narraciones de Marfa la alcaldesa, de Baba Usta y de la pecadora egipcia María, así como otros muchos cuentos, leyendas y poesías populares de tono menor.

Lo que más me soprendía, sin embargo, era el hecho de que mi abuela, que no temía ni a su marido, ni a los demonios, ni a las más oscuras fuerzas, se sintiera invadida por un terror extraordinario con sólo pensar en una cucaracha, cuya presencia adivinaba siempre aun sin verlas. En muchas ocasiones, en mitad de la noche, me despertaba y me murmuraba al oído:

–Aleksei, ¿no oyes? Es una cucaracha. Por favor, levántate y mátala.

Casi sin abrir los ojos, me levantaba, encendía la vela y me ponía a reptar por el suelo en busca del temible enemigo. La mayoría de las veces, aunque me pasaba un buen rato en tan penosa tarea, ésta no era coronada con el éxito.

–Abuela, no veo ninguna cucaracha—le decía en tales ocasiones.

Pero ella, tapada hasta la cabeza con su manta, me insistía con voz apenas perceptible:

–Eso es que no has buscado bien. Tiene que estar por ahí. Estoy segura de que hay una. Búscala.

Desde luego no se equivocaba nunca y, más tarde o más temprano, yo acababa por descubrir al insecto, que la mayoría de las veces se encontraba bastante alejado del techo.

–¿Ya la mataste?—me preguntaba una y otra vez. Y cuando le respondía afirmativamente emitía un suspiro de alivio y, sonriendo, se arrebujaba en su manta para decir complacida:

–Gracias a Dios. Y gracias a ti, Aleksei.

Si por una u otra causa no daba con la cucaracha, la abuela no volvía a pegar los ojos, y yo podía sentir cómo se estremecía su cuerpo al menor ruido que se percibiera en medio del silencio de la noche.

–Ahora está cerca de la puerta y se dirige hacia el arcón—decía.

–¿Por qué tienes tanto miedo de las cucarachas?—le pregunté una vez.

–Porque no logro comprender para qué sirven—me contestó–. Son negras y se mueven, pero eso es todo. Dios le ha dado un papel a cada criatura. Por ejemplo, la cochinilla prueba que la casa es húmeda, las chinches que las paredes están sucias, y los piojos anticipan las enfermedades. Las cucarachas, sin embargo, nadie sabe por qué aparecen, qué objeto las mueve, ni de qué se alimentan.

Fuente: Máximo Gorki, Días de infancia. Traducción de Julio C. Acerete. Seix Barral, Barcelona, 1983.


1 Maximo Gorki es el seudónimo de Aleksei Maksímovich Peshkov.


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