Hace seis años durante la transición de gobierno entre Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, le tocó a José Antonio Meade dar el diagnóstico de seguridad a los funcionarios entrantes.

“La verdad es que me quedó poca madre la presentación y hasta me felicitaron por ella”, narraba sonriente en un descanso de campaña, durante una partida de dominó que va perdiendo a pesar de ser un buen jugador.

El entonces secretario de Hacienda recibió una llamada del brazo derecho del presidente electo, Enrique Peña Nieto, Luis Videgaray, quien lo invitó a participar en el gobierno entrante como secretario de Seguridad Pública.

“La verdad es que me llamó la atención el ofrecimiento de Luis, pero lo tenía que consultar en casa, con Juana, porque ya teníamos planes que acabando el sexenio iba a regresar a mi hogar, tener una vida normal”, comenta mientras cuenta las fichas tiradas, lleva las sumas en la cabeza y sabe cuáles le quedan a sus rivales para revertir la partida.

Pero en casa, su compañera de vida rechazó ese ofrecimiento por el riesgo que conllevaba, así que llamó a Videgaray para agradecerle la consideración. Pero Peña Nieto estaba encantado con la personalidad, carisma y preparación de Meade e hizo una contra oferta: “Me volvió a llamar Luis para decirme que el presidente me ofrecía la secretaría que quisiera, excepto Gobernación y Hacienda que ya estaba asignadas. Así que me di unos días para pensar y hablar con la familia”.

Leal a sus amigos y a sus jefes, consultó al saliente presidente Felipe Calderón la tentadora propuesta, del panista solo recibió apoyo y felicitaciones. Fue entonces cuando detuvo su vuelta a casa y pidió un lugar en la secretaría de Relaciones Exteriores.

Dice que el priista lo aceptó con gusto, luego de que José Ángel Gurría declinara al cargo. Entonces el 1 de diciembre de 2012 se dio una de las imágenes más anecdóticas de la vida política: la ceremonia de entrega-recepción del gobierno del panista Felipe Calderón al del priista Enrique Peña Nieto con un José Antonio Meade cambiando de flanco sonriente, emocionado, feliz de mantenerse en la función pública. Postergando su regreso a casa.

Era el mejor preparado, nadie se lo regateaba. Tenía una vida honorable, todos se lo reconocían. Un hombre leal, agradable, buen amigo, excelente funcionario. Pero en la política hay personajes que nacieron para hacer campaña, para desgarrarse la voz en los mítines, gastarse las suelas en recorridos, y hay otros, que únicamente pueden ser plurinominales, solo están hechos para despachar desde un escritorio, desde una curul o un escaño.

José Antonio Meade fue la opción del presidente Enrique Peña Nieto para salvar su gobierno, para mantener al PRI en el poder Ejecutivo. Desde Los Pinos leyó que un ciudadano podría ser quien se llevara el triunfo en la elección más grande en la historia de México.

Para ello, hace 11 meses el tricolor modificó de manera histórica sus estatutos para abrirle las puertas a un “simpatizante”, a un no priista para que pudiera abanderar la candidatura presidencial por primera vez. “Fue en la Asamblea de agosto cuando decidí que quería ser Presidente”, aseguraba.

Conocía Los Pinos como titular de cinco secretarías para dos presidentes de partidos distintos, sus visitas a la casa del jefe eran normales, habituales. Tal vez en un recorrido de esos, justo cuando abrió la puerta de la oficina del mandatario nacional, anheló atender desde ese escritorio, con el lábaro patrio como testigo de sus decisiones.

Pero el camino a la silla estuvo cargado de errores, de bandazos de comunicación, traiciones y celos al interior de los partidos que impulsaban su nominación. Además, carecía de ese carisma con el que se nace para hacer campañas, que te saca de la silla y te obliga a bailar, a aceptar empujones, a sonreír a deshoras, a besar niños, dejarte abrazar y caminar entre tumultos bajo 37 grados centígrados.

Ilustración: Víctor Solís

Su arranque de precampaña fue en el primer minuto del 14 de diciembre de 2017 en el municipio de San Juan Chamula vestido con el atuendo de las autoridades locales, que aunque le era incómodo, a su paso se esforzaba y sonreía. El sombrero le quedaba grande por lo que era constante que lo levantara para observar su andar.

Su discurso apenas duró unos 20 minutos ante decenas de habitantes que se dieron cita, tal vez fue el frío, la hora, el día, pero la plaza nunca se llenó. Al día siguiente se reunió con militantes del Partido Verde donde marcó lo que serían sus días de campaña: eventos en espacios pequeños para aglutinar más gente; discursos breves que no rebasaran los 15 minutos, para no cansar a los asistentes; algunos chistes con su apellido y la arenga de la ilusión, que aunque la dijo más de cien veces no fue real: “¡Vamos a ganar!”.

Para encajar, Meade se decía de todos lados. Lo mismo juraba que tenía raíces zacatecanas, como que Chiapas era su segunda casa, que en San Luis Potosí su apellido era de abolengo o bien, que en Hidalgo tenía decenas de familiares. Incluso en Morelos se atrevió a decir “solamente si votaran mis primos nos alcanza para ganar la elección”.

Al mismo tiempo que ocurría esto su equipo de comunicación social, encabezado por Eduardo del Río, Alejandra Sota y Alejandra Lagunes apostaban por difundir cualquier actividad del candidato: si comía tacos, si saludaba a un niño, si visitaba un museo, si besaba la mano de su padre Dionisio o bien, si veía un partido de futbol de los Pumas. Por cotidiano que fuera todo les parecía mediático, esa fue su apuesta en campaña: conectar a través de los medios de comunicación.

Pero en los mítines no existía esa conexión. Si bien sí avanzaba entre abrazos, selfies y apretones de manos para llegar a su escenario o salir de él, la travesía duraba apenas unos minutos. Nada comparado con las horas y multitudes que se congregaban en otras latitudes por Andrés Manuel López Obrador o las mismas que reunía Enrique Peña Nieto hace seis años donde hasta le dejaban los brazos rasguñados de la pasión por verlo.

Los únicos escenarios donde se veía contento era con las cúpulas empresariales. Cuando hablaba de números, perspectivas económicas y finanzas, Meade fluía. Pero en los mítines se sentía y se veía nervioso; la tercera parte de su discurso lo dedicaba a saludar a los presentes, a reconocer a los candidatos; otro a pedir el voto para los abanderados locales y el último para presentar propuestas, criticar a sus adversarios políticos y prometer obras.

El 97 por ciento de sus actos fueron en salones de hotel, centros de convenciones, naves de exposiciones. Los que eran en deportivos o lugares abiertos se instalaba grandes carpas para cubrir del sol a los presentes y al abanderado. Los que eran bajo el rayo del sol resultaban ser un fracaso porque citaban a la gente hasta con cinco horas de anticipación, lo que provocaba que cuando hablaba Meade muchos le hicieran vacío.

El formato siempre fue el mismo: al centro un escenario circular con el logo de campaña y el nombre del aspirante presidencial, rodeado de cuatro bloques de sillas y en los costados externos de dos a cuatro pantallas para seguir el acto con las tomas del circuito cerrado que se contrató.

Los cerca de 30 efectivos del Estado Mayor Presidencial eran los encargados de colocar vallas metálicas, controlar el ingreso de gente, contener a los medios para evitar entrevistas al candidato y liberar los accesos para que éste entrara y saliera.

En muchos de sus mítines en capitales, grandes ciudades y destinos turísticos estuvo acompañado de un séquito de unas 20 personas que le ayudaban en los encuentros con sus simpatizantes y se dedicaban a gritar: “¡Pepe, Presidente!, ¡Pepe Presidente!, ¡Pepe Presidente!”, obligando a los asistentes a seguir y corear.

En otros, en los de zonas rurales la comitiva se reducía y dejaban solo al candidato. “Algunas de estas personas solo vienen a los lugares turísticos, pero a los pueblos nadie va”, relataba un jefe de logística.

Otra constante, era que todos, todos sus eventos eran ante militantes del PRI, del Verde o de Nueva Alianza, agremiados de los sectores y organizaciones priistas. Nunca se congregaban ciudadanos de a pie, curiosos, se notaba por las decenas de camiones que los trasladaban desde sus localidades y que permanecían estacionados rodeando el evento.

Un problema que enfrentó fue el poco apoyo de los gobernadores más allá de Alejandro Murat, de Oaxaca; Alejandro Moreno, de Campeche y Alfredo del Mazo del Estado de México, los demás mandatarios pocas veces se aparecían en sus actos o lo apoyaban.

“Los gobernadores nos cierran la puerta de sus estados, es increíble que sea más fácil hacer eventos en donde manda la oposición que en nuestros bastiones”, recriminaba uno de sus asesores.

Al inicio de la campaña, Meade se reunió con todos aquellos que buscaban la nominación presidencial del PRI: Miguel Ángel Osorio Chong, Aurelio Nuño, José Narro, Enrique de la Madrid, Ivonne Ortega. En los comunicados se aseguraba que trabajarían juntos, que la operación cicatriz funcionó, pero en los hechos solo era una foto, el registro de un momento, no de lealtad ni de trabajo en equipo.

El escenario más complicado para Meade fue el Tecnológico de Monterrey, pues mientras López Obrador y Anaya tuvieron repleto el auditorio Luis Elizondo del campus regio, el abanderado del PRI apenas llenó la mitad.

Siendo un hombre técnico, sufrió cuando le pidieron respuestas rápidas o de una palabra sobre temas coyunturales como el aborto, matrimonios del mismo sexo, despenalización de las drogas o bien, por quién votaría si él no estuviera en la boleta. Las respuestas fueron largas y rompieron la dinámica desesperando al moderador y a los presentes.

Esta mala experiencia cerró la posibilidad de que el candidato visitara otras casas de estudios como la Universidad Iberoamericana (aunque su jefa de oficina, Vanessa Rubio prometió que iría), o bien su alma mater, el ITAM, “no nos podemos arriesgar a que nos vaya mal en el ITAM. ¿Te imaginas? Con un alumno que lo increpe, se cae todo”, vaticinaba un integrante de comunicación social.

Después de cinco meses de intentos fallidos por levantar sus números en las encuestas, de no lograr conectar con el electorado y de desdeñar el apoyo priista buscando deslindarse de los escándalos de corrupción de ese partido, cedió.

En un acto de emergencia, a ocho semanas de la elección, el 6 de mayo, por fin José Antonio Meade se puso los colores del PRI, una chamarra roja cubrió su torso y ante la plana mayor del priismo aseguró que el partido “está de pie” y les pidió “jugársela a muerte” por su proyecto.

El llamado evento de “relanzamiento de campaña” era la última convocatoria para ganar la Presidencia, donde apostó por el mítico voto duro del PRI. A partir de ese momento los llamados chacaleos y entrevistas al término de actos de campaña con el candidato se acabaron, él justificaba la acción: “lo que pasa es que intento posicionar mis propuestas, mis mensajes y ustedes (los reporteros y medios) le dan en la madre con los temas de coyuntura”.

Así lo decía el abanderado que tenía a su disposición 5.7 millones de spots en medios tradicionales, el delfín del gobierno actual, quien hacer tour de entrevistas pactadas al término de los debates. El aspirante que enfocaba su discurso en cuestionar la honorabilidad de Ricardo Anaya y las propuestas de Andrés Manuel López Obrador.

De estos, reconocía el gran talento, perseverancia y el “animal político” que es López Obrador. “Estoy sorprendido cómo nos marca la agenda electoral: que si los rusos, que si los tigres, la amnistía. Él nos marca y nos dice qué tema se van a debatir en los medios cada semana”, admitía.

En sus 20 años como servidor público nunca coincidió con Andrés Manuel López Obrador, no lo conocía. Fue el día del primer debate presidencial en Palacio de Minería donde lo buscó para saludarlo, y como el hombre de una pieza que es, desearle éxito.

De Anaya se decía sorprendido por su ambición, traiciones y la forma como se había hecho de la candidatura del PAN. También reconocía sus dotes de polemista, de debatiente y argumentativos. Fue con el que más insultos personales existieron durante la campaña, lo llamó “guía de turistas”, “ladrón”, “indiciado”, “lavador de dinero”, “mentiroso”, por nombrar algunos.

Ya en las últimas semanas de campaña buscaron eventos multitudinarios, lugares más grandes. Confiado, Meade aseguraba: “que nadie se sorprenda cuando ganara la elección” y hasta se atrevió a comparar el pase de México en la ronda de grupos en el mundial de Rusia con su campaña, afirmando que podría triunfar “haiga sido, como haiga sido”.

Pero su suerte estaba echada. Para muchos la derrota estaba cantada desde el año pasado cuando se abrió el proceso interno y se impuso a un externo, y el priismo no siguió la instrucción del presidente Peña Nieto.

Para otros su destino se marcó el día que Enrique Ochoa Reza garantizó espacios en las listas de plurinominales a los líderes de sectores, organizaciones, sindicatos y equipo de campaña “dejando de apoyar porque tenían su hueso”.

Unos más lamentaban la inexperiencia y abandono de su equipo, su propio coordinador de campaña Aurelio Nuño nunca tomó un avión para ir a un evento del candidato, lo más lejos que lo acompañó era al Estado de México.

Hoy José Antonio Meade cierra el capítulo de su vida y regresa a casa como un ciudadano más, un destino que postergó hace seis años.

 

Israel Navarro Ríos
Reportero y fue enviado de Milenio en la campaña de José Antonio Meade durante el proceso electoral.

 

2 comentarios en “José Antonio Meade: regreso a casa

  1. El señor hablaba mas con la razón que con el corazón, y la mayoráa de la gente en campaña se deja llevar mas por las emociones que por las razones, por los sentimientos, por la bondad, por la belleza, por los valores, y esto no logró manejarlo adecuadamente en su momento para despertar emociones de las masas congregadas e inducirlas a su propósito, resulta extraño que sus asesores no se lo recomendaran. si hubiera leido el libro : ” el arte de la guerra” de tzun zu, hubiera tenido claro el terreno, estrategias, puntos débiles y fuertes de sus adversarios y de el mismo para corregir, este libro fue el as que utilizaba Luis Donaldo Colosio en sus mensajes y discursos. Le falto darse verdaderos baños de pueblo. Decía saturnino cedillo ” al poder no solo se llega por capacidad sino por oportunidad ” creo que le falto humildad con la gente, elevava su ego diciendo : “soy el mejor preparado” , ” soy el mejor ” . cuando eso le correspondía juzgarlo a la propia gente. en sintesís no tenía perfil político, era 100 % un tecnócrata del sistema aprendiz de politico .

  2. Excelente escrito!! Que inviten a este autor a escribir más sobre otros temas!!