Al final, Juan Carlos Osorio resultó ser el más convencional de los entrenadores. Varios años tuvo a los mexicanos hastiados con rotaciones, con experimentos, con decisiones para muchos inexplicables. Pero, a la hora de la hora, fue un entrenador como cualquier otro.

México perdió contra Brasil en el único partido en el que las cosas siguieron su curso natural. Mientras España salió en penales contra una Rusia que sabe jugar al tope de sus posibilidades, mientras los grandes han ido desapareciendo uno tras uno, México mostró la continuidad tan escasa en un mundo de sorpresas. Aguantó, perdió por la mínima y demostró lo que todos sabemos pero cada cuatro años nos negamos a aceptar: es un equipo mediano. De segunda ronda pero de cuarto partido. Y nada más. Ni siquiera su llamada generación de oro pudo romper con el maleficio que se extiende a siete Mundiales consecutivos.

Los jugadores dieron lo que tenían, que resultó no ser tanto. Chicharito confirmó que es más actitud que talento, lo cual en ciertas situaciones, curiosamente, puede ser mejor que peor. Miguel Layún nos recordó que México no tiene una  buena banda derecha, o al menos no una que ataque y defienda por igual. Y Guillermo Ochoa que la selección, y los equipos por los que ha transitado en Europa durante la última década, le queda chica. Sin él esto hubiera terminado con un marcador abultado y humillante. Cuando tu portero es tu crack, sabes que algo no salió bien.

Selección y entrenador quedaron a deber. La Selección porque con actitud intentó compensar una falta de idea futbolística que sólo se atisbó contra Alemania. Y el entrenador porque de cuatro partidos sólo planteó bien dos. Contra Suecia, como se escribió aquí hace unos días no tuvo idea alguna de cómo responder. Ante Brasil regaló el partido desde un inicio. Con un Rafa Márquez que está, a lo sumo, para jugar 35 minutos, tuvo que forzar un cambio para la segunda parte. Cambio que tampoco funcionó, pues reacomodó a Edson Álvarez, amonestado, en un puesto que no era el suyo y terminó por sacarlo escaso tiempo después. En un 0-0, realizar dos cambios defensivos y quedarte con un último para la última media hora de juego es renunciar a tus posibilidades.

Y claro, cuando su tercera y final sustitución modificó hombre por hombre, confirmó que el partido le quedó grande. Cuando más imaginación requería, más ordinario fue su planteamiento.

Es cierto, la culpa –¿podemos hablar de culpa cuando México hizo lo que hace exactamente cada cuatro años?– no es exclusiva de él. Mal planteado el partido, mal ejecutado por los jugadores. Jugadores, que hay que decir, relucieron en el Mundial por lo extrafutbolístico: “imaginemos cosas chingonas” se convirtió en un mantra de algo que nunca se materializó. A México lo traicionó la soberbia de los seis puntos, pero también lo limitó… su limitación natural. Decía Jared Borgetti en una entrevista hace unos días al recordar la victoria de Argentina sobre la Selección en 2006: ellos tenían a Saviola y a Crespo arriba, y de recambio a Messi y a Tévez. México ni cerca estaba de eso. Lo mismo en esta ocasión. Si bien el “Chucky” Lozano está para cosas grandes, Brasil tiene un Neymar, un Coutinho y tantos más, al grado de que se puede dar el lujo de sentar a Marcelo, pilar del Real Madrid, para recuperarlo de una lesión. México tuvo que improvisar contra el pentacampeón mundial.

Si algo deja esta participación de México es lo que recordamos cada cuatro años, y quizás por lo que esta eliminación no duele como tantas otras. México emociona al principio, se estanca a la mitad y termina arañando un sueño que nunca se materializa. Eso es lo que pasa con equipos medianos, que siempre están al filo de cosas grandes. Es parte de por qué nos atrae tanto el futbol. Porque siempre esperamos ese algo más que nunca llega. Cual adicción que nunca se puede satisfacer.

Ahora regresaremos a lo mismo. A una liga que no promueve el talento local. A jugadores en Europa y Estados Unidos sin pies en la tierra. A la búsqueda de un entrenador que haga suertes de mago para compensar la carencia en los pies.

Y a una ilusión que se renueva cada copa mundial porque de eso vive este deporte: de la esperanza de que quizás un día la fantasía se sobreponga a nuestra realidad y podamos caminar sobre el agua.

 

Esteban Illades