El 2 de enero de 1985, en tierra acholi, en el norte de Uganda, la joven Alice Auma fue poseída por un espíritu cristiano llamado Lakwena, el mensajero, que le confirió el don de la profecía. Así comenzó el Movimiento del Espíritu Santo. Al año siguiente Lakwena le dijo a Alice que abandonase las curaciones, que ya no tenían sentido, y le ordenó que organizase en cambio un ejército para combatir el mal.

Las Fuerzas Móviles del Espíritu Santo (HSMF) iniciaron una larga ofensiva a través de Uganda, contra el gobierno de Yoweri Museveni. No actuaban como guerrilla, sino que emprendieron una campaña en forma, con la intención de ocupar el territorio. Avanzaron hacia el sur, tomando Kitgum, Lira, Soroti, Kumi, Mbale, Tororo, hasta llegar a Jinja, a orillas del Lago Victoria. En cada etapa se sumaban nuevos adeptos: jóvenes, muchas mujeres, a veces niños, que acudían para ser purificados, y entrar en combate.

Ilustración: Estelí Meza

En el ejército del Espíritu Santo estaba todo previsto, organizado: había una oficina para recibir a los nuevos reclutas, la Oficina de Visitantes, donde aprendían las reglas del movimiento, los mandamientos, las normas de conducta, y recibían entrenamiento militar suficiente para su iniciación en la línea de fuego.

Lakwena exigía a los suyos que se preocupasen sólo por su renovación espiritual, sin esperar ninguna otra recompensa. La guerra del Espíritu Santo era una guerra para acabar con las guerras. Los soldados tenían prohibido comer carne de cerdo o de cordero, tenían prohibido fumar, beber alcohol, cometer adulterio, robar en el campo de batalla, también maltratar a los prisioneros, y había rigurosas reglas y procedimientos de purificación a los que debían someterse constantemente, y que los hacían invulnerables para las balas del enemigo. Tenían prohibido matar. En la batalla no debían apuntar a nadie: los espíritus se encargarían de eso, según fuese justo. De modo que entraban en combate cantando himnos religiosos.

El control de la brujería, la prohibición de tomar por la fuerza comida o mujeres, como hacían todos los ejércitos desde hacía décadas, la obligación de extender recibos de todas las donaciones, con el compromiso de devolverlas, todo eran formas de producir orden en una sociedad devastada. Lakwena predicaba el perdón, la reconciliación de los diferentes grupos étnicos, su objetivo no era la conquista sino la difusión de la palabra de dios.

Durante todo el siglo XIX, la región acholi, entre Uganda y Sudán, padeció una guerra endémica, producto de las incursiones árabes en busca de esclavos, en alianza con jefes locales. El dominio colonial inglés pacificó la región, también hizo que cristalizasen las identidades étnicas, y produjo una división fundamental entre los grupos del sur, entre quienes se reclutaba a los funcionarios, y los del norte, mano de obra barata, reclutas para el ejército. La separación se mantuvo después de la independencia.

Muchos acholi formaron parte del Ejército de Liberación Nacional de Uganda (UNLA), de Milton Obote, que derrocó a Idi Amin en 1979. Seis años después, Obote fue derrocado a su vez por Yoweri Museveni, y su Ejército de la Resistencia Nacional (NRA). Muchos de aquellos soldados volvieron entonces al norte. Pero después de haber vivido en armas durante años, no podían hacerse a la idea de volver a la vida campesina. Eran en realidad extraños en su tierra. Algunos se sumaron al Ejército Democrático del Pueblo de Uganda (UPDA), apoyado por el gobierno de Sudán, otros se dedicaron al pillaje. Los ancianos intentaron controlar a los retornados invocando la tradición acholi —no consiguieron nada.

En ese contexto surgió el Movimiento del Espíritu Santo. Poseída por Lakwena, Alice viajó al santuario de Wang Kwar, en la reserva de Paraa, y allí escuchó las quejas de las montañas, de los ríos, de los animales, escuchó a una naturaleza ultrajada por la violencia: por bandas de soldados que ametrallaban a los animales, que arrojaban cadáveres a los ríos, una naturaleza que le exigía que hiciese justicia. Por eso, junto a los soldados se alistaron para combatir con ella las abejas, las serpientes, los ríos, las piedras, y 140 mil espíritus —era la suya una rebelión cósmica.

Las Fuerzas Móviles del Espíritu Santo llegaron a tener 10 mil efectivos: entusiastas, esperanzados, que atesoraban sus biblias, y se conservaban puros para el combate. Los reveses comenzaron pronto, y en octubre de 1987 el movimiento fue derrotado definitivamente en una única batalla, cerca de Jinja. Alice huyó con unos cuantos fieles, hasta un campamento de refugiados en Kenia. La mayoría de sus soldados volvieron a su tierra, muchos para sumarse al Movimiento del Espíritu Santo de Joseph Kony, cuyas reglas eran mucho más relajadas, sobre todo con respecto al robo, al adulterio, al asesinato.

No es fácil saber cuánto hubo de esperanza, de desencanto, de resignación. La guerrilla de Kony se llama ahora Ejército de Resistencia del Señor. Se dedica a parasitar los conflictos en una extensa zona entre Uganda, Sudán y la República Centroafricana, y ha secuestrado, para reclutarlos, a más de 15 mil niños acholi. Es una especie de contra-sociedad, un espejo invertido de la esperanza que alentó Alice Lakwena.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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