En 2002 el gobierno del Distrito Federal reeditó un famoso ensayo de Daniel Cosío Villegas, “La crisis de México”. Hay ironía en ello. En la introducción el entonces jefe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador, escribió: “Don Daniel Cosío Villegas es, desde mi punto de vista, el mejor intelectual político de México en el siglo XX”.1 Probablemente López Obrador tenga razón. En su crítica de 1947 Cosío Villegas denunció el extravío de los gobiernos posrevolucionarios. “Las metas de la Revolución”, escribió, “se han agotado, al grado de que el término mismo de revolución carece ya de sentido”. López Obrador recuperaba así al moralista. En efecto, en su ensayo el historiador afirmaba: “ha sido la deshonestidad de los gobernantes revolucionarios más que ninguna otra causa la que ha tronchado la vida de la Revolución Mexicana”. Por ello López Obrador razonaba: “en nuestros días, cuando se hace indispensable una renovación tajante que permita consolidar la transición democrática y llevar al país a una profunda transformación social, este ensayo sigue teniendo vigencia”.

Ilustración: Belén García Monroy

Parecería que ese momento ha llegado. Cosío Villegas tiene una actualidad innegable. Su crítica a la deshonestidad gubernamental y a la pequeñez de los hombres públicos es hoy más relevante que nunca. Podríamos bien parafrasearlo y decir sobre los últimos 18 años: “todos los hombres de la transición a la democracia, sin exceptuar a ninguno, han resultado inferiores a las exigencias de ella”. Cosío Villegas creía que en el periodo posrevolucionario el país había sido “incapaz de dar en toda una generación nueva un gobernante de gran estatura, de los que merecen pasar a la historia”. Este reproche probablemente animó el sentido de misión de AMLO: él cree que merecerá un sitio junto a Juárez, Madero y Cárdenas.

Sin embargo, Cosío Villegas no sólo es un nostálgico de los grandes hombres, esos gigantes de la Reforma decimonónica. También fue un crítico implacable del poder presidencial. Y hoy esa crítica es la más vigente de todas. El escritor liberal, proporciona claves para construir una crítica al personalismo presidencial. Su actuar entre 1968 y 1976, como editorialista en el Excélsior de Julio Scherer, es más relevante que nunca. Sobre él dice Gabriel Zaid: “trató de ser un servidor del público más que del estado. Trató de que el estado se sujetara a la luz pública”.

Cosío Villegas también fue un ironista. Es una ironía que el régimen que reemplazó al Porfiriato acabara por asemejarse poderosamente a él. Con todo, la Revolución mexicana, a diferencia del Porfiriato, “nunca fue un régimen unipersonal de gobierno”. Lo que pesaba ahí eran, no las instituciones, sino los “modos individuales de gesticular y de hacer”. Ese régimen podía denominarse, entonces, “Doña Porfiria”. Así daba a entender “que si bien los gobernantes han sido, en efecto, personas distintas, todas proceden de una misma madre, señora de una fortísima personalidad que ha troquelado indeleblemente a su nutrida prole”. No se le ocurrió al profeta Daniel la ironía de un régimen híbrido.

En 1974 la tensa relación entre Cosío Villegas y Luis Echeverría se fracturó finalmente cuando el historiador publicó El estilo personal de gobernar. Ahí hizo una aguda disección de “los modos de hacer y de gesticular” del presidente. Ya en campaña el estilo del candidato revelaba su temperamento: “su campaña electoral causó asombro por varios motivos, pero el principal el salto continuo y pronto, la movilidad de azogue que lo llevó prácticamente a todos los rincones del país. Y ya en la presidencia, sus escapadas semanarias a la provincia y su prédica diaria de que ver in situ los problemas, palparlos allí donde están, es el primer paso necesario para resolverlos”. Echeverría encarnaba una voluntad histórica, su mandato iba más allá de los votos. Su propósito era la elevación (¿regeneración?) de la nación. Propagandista del “diálogo” y “la autocrítica”, la verdad era que estaba negado a ambos. Echeverría, pensaba don Daniel, “no está construido física y mentalmente para el diálogo sino para el monólogo, no para conversar, sino para predicar. Mi conclusión se basa en la desproporción de sus reacciones o las de sus allegados ante la crítica, y en la pobreza increíble de los argumentos con que la contestan”. La cerrazón de Echeverría, cavilaba Cosío Villegas, tenía un pilar moral: “Echeverría está convencido de que, quizás como ninguno otro presidente revolucionario, se desvive literalmente por hacer el bien a México y los mexicanos. De allí salta a creer que quien critica sus procedimientos, en realidad duda o niega la bondad y la limpieza de sus intenciones. Más de un presidente nuestro ha padecido ese mal de altura, típicamente Porfirio Díaz, que por haber arrancado a México del desorden y de la miseria en que había vivido durante setenta años continuos, creía merecer el acatamiento unánime y eterno de sus conciudadanos. El mal lo engendran, sobra decirlo, motivos psíquicos y personales, así como las circunstancias históricas en que actúa el paciente”. Hoy es la hora del profeta Daniel. ¿Quién duda de la vigencia del “intelectual político más importante de México del siglo XX”?

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Daniel Cosío Villegas, La crisis de México, Gobierno del Distrito Federal, México, 2002.

 

Un comentario en “La hora del profeta Daniel

  1. Lo mejor es no anticipar vísperas de comportamientos que no han ocurrido, a su debido tiempo la critica y evaluación. Saludos.

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