Cuando la selección mexicana juega un partido que en verdad importa —no uno de Concacaf, no un amistoso, sino un partido que es de matar o morir—, siempre juega contra dos oponentes: la selección que tiene enfrente y su fragilidad mental. Lo saben quienes siguen al Tri desde que eran los famosos ratones verdes. Lo saben quienes se despertaron a inhumana hora para ver la derrota contra Estados Unidos en 2002. México siempre pierde cuando juega contra sí mismo.

Eso es lo que pasó frente a Suecia en Ekaterimburgo el 27 de junio de 2018. A pesar de haber dado dos grandes partidos —hay que decir que disminuyó contra Corea, pero igual jugó bien—, la Selección corría el riesgo de ser el primer equipo de seis puntos eliminado en primera ronda en 24 años. Todo por salir sorteados en el grupo más cerrado de la competencia y todo por no saber manejar una fragilidad mental con la que se carga desde hace décadas.

A los cinco segundos, cinco, Jesús Gallardo, quizás el jugador en quien más confía Juan Carlos Osorio, ya tenía una tarjeta amarilla. Sobrerrevolucionado, como el resto del equipo. Haciendo sprints cuando lo que tenía era que controlar el ritmo. Un equipo que jugaba como si fuera perdiendo a pesar de tener un 0-0 a su favor. Hasta que eventualmente empezó a perder.

Decía Osorio en la conferencia previa que México iba por los nueve puntos, que iba por la historia. Y esas ansias de quererlo todo devoraron al equipo. A ser primeros, así sea a trompicones. A comernos el Mundial. “Imaginemos cosas chingonas”, como le dijo Chicharito a David Faitelson hace unas semanas. El problema está en que en la imaginación no se gana nada. Se necesita pasar por la realidad para triunfar. Y eso se les olvidó.

El planteamiento de Osorio fue el mismo que en juegos pasados; el único cambio que ha hecho de inicio es el de Edson Álvarez por Hugo Ayala. Ha enfrentado a los tres equipos de manera igual. No deja de ser paradójico, pero un entrenador que vive de las rotaciones decidió no serse fiel a sí mismo cuando más debía casarse con su estilo. Optó por un futbol conservador, y así se le desordenó el equipo, como sucede cada que México se juega algo en la línea.

Álvarez, por ejemplo, se desfondó. Un defensa que debió permanecer en línea y serenar el juego ante unos suecos que necesitaban un gol, corrió cual carrilero durante 70 minutos. El resultado fue un autogol propiciado por fatiga: no dio más porque no pudo. Se quedó sin fuelle con un tercio de partido por jugar.

El resto también perdió fuelle, pero emocional. Herrera, Layún y Guardado parecían novatos en lugar de veteranos. Reclamaban cada falta como si fuera una afrenta a su honor. Hasta el “Chucky” Lozano, la maravilla nacional, agredió a un contrario sin balón. Suerte tuvo que Néstor Pitana, árbitro argentino, no lo viera. En cuestión de minutos, la que hoy conocemos la generación de oro no fue más que un émulo de las previas camadas del ya merito, pero con un detalle aún más catastrófico: México llevaba seis mundiales consecutivos sin salir en primera fase. De no ser por una Alemania desconocida, estaríamos hablando del mayor fracaso tricolor de los últimos 30 años.

Pero ése no es el único factor, es cierto. México está del otro lado porque dio dos grandes partidos que le dieron colchón ante la catástrofe de hoy. Pero también está del otro lado porque la Alemania a la que sorprendió hace dos semanas resultó ser una sombra de la de hace cuatro años: sin táctica, sin conjunción, sin técnica. Mats Hummels falló contra Corea del Sur un cabezazo de esos que nadie falla. Y también porque Corea, que según su entrenador se inspiró en el triunfo mexicano, salió con la frente en alto. México está en la segunda ronda porque así es el futbol: impredecible, de recompensas impensadas, de tragedias de autores griegos.

Ahora les toca sacudirse. Perdieron, y perdieron feo, pero pueden y deben aprender de ello. Para llegar al quinto partido hay que ganar el cuarto. Para ser campeones del mundo hay que vencer a los más grandes. Vaya: para dar un segundo paso hay que empezar por el primero. Hay que ser humildes en la derrota pero no dejar de soñar: la segunda ronda es un torneo distinto, y, como dice el clásico, haiga sido como haiga sido están ahí. Toca empezar de cero, comienza un nuevo Mundial. Uno en el que la presión va a ser todavía mayor, dada la recompensa que espera.

Que Chicharito y compañía se imaginen cosas chingonas, sí. Que lo hagan. Pero que recuerden algo fundamental de cara al próximo lunes: que esas cosas chingonas ocurran depende de ellos, y sólo de ellos.

 

Esteban Illades

 

3 comentarios en “Apuntes sobre el México vs. Suecia

  1. Y que Herniandez deje de mentar madres a cuanto futbolista osa rozarlo. Habla muy mal de su fuerza mental y equilibrio emocional que haga eso :/

  2. Exagera usted, ignoro si alguna vez ha practicado un deporte. El juego es así, como la vida sujeto a las fuerzas del azar, a las debilidades humanas de los contendientes, acaso por esa razón el juego de pelota en mesoamérica tenía algo de sagrado, eso que en el mundo secularizado, en la sociedad del espectáculo ya no conocemos. En el juego, ruptura en el tiempo, en momentos privilegiados como jugadores nos asomamos a ese otro ámbito.

  3. Jugaron los mismos hombres, pero no fue el mismo planteamiento, y ésa fue una de las causas para que el equipo tuviera tan pobre rendimiento. En los dos primeros partidos Osorio paró al equipo con un 4-2-1-3, con Vela como enganche, y se apropiaron de la media cancha, en el partido contra Suecia Osorio paró al equipo con un 4-3-3 y nunca se apropiaron de la media cancha; se partió el equipo en 7 defendiendo mal y 3 aislados al frente, sin compañeros con los cuales hacer triangulaciones, por éso casi no participaron Herrera y Guardado a la ofensiva, además de que a quién se le ocurre mandarlos a enviar centros por alto al área frente a los suecos, en lugar de hacer paredes y triangulaciones de primera intención en los linderos del área grande? El partido lo perdió Osorio desde que lo planteó así, y que fue incapaz de corregir sobre la marcha el parado y el funcionamiento del equipo. Al final del partido, Osorio caminaba como zombie, con la mirada perdida, y la boca entreabierta, como ido, guiado por el brazo de Ochoa, que se dió cuenta del estupor en que se encontraba el entrenador. Los jugadores no son responsables por la derrota, solo siguieron, ciegamente, las indicaciones del entrenador.