Las explicaciones sobre por qué el otrora partido hegemónico de México va a sufrir una de las peores derrotas de su historia sobran, son conocidas por millones de votantes mexicanos. La primera razón tras la debacle del PRI es la corrupción flagrante y poco sancionada por parte de los múltiples funcionarios priistas, electos y burocráticos. Segundo, la falta de crecimiento económico que mantiene a una proporción altísima en la pobreza . Tercero, la inhabilidad de fortalecer el estado de derecho —en particular  el sistema judicial— que ha dejado docenas de miles de muertos sin siquiera investigar. Y finalmente, un candidato presidencial sin carisma, que no conecta con los votantes.

No quiero explorar esas razones, sino  el futuro del PRI y del sistema de partidos después de la debacle anunciada. El devenir cercano del tricolor lo volverá un partido político de mucho menor tamaño e importancia, lo cual cambiará el universo partidista en México. Con los datos disponibles al día de hoy, se espera que el PRI llegue en tercer lugar en la contienda presidencial pero, lo que es más preocupante para el futuro del tricolor, puede perder el primer lugar en las Cámaras legislativas y perder muchas o todas las gubernaturas, nueve, que están en juego el 1 de julio.  Pero no sólo hay que temer por el futuro del PRI. Si el candidato de Morena gana la presidencia el primero de julio y tiene un sexenio exitoso, tal vez se pueda reconstruir el sistema de partidos con un PRI e incluso un PAN renovados. Pero si AMLO fracasa como presidente y la última opción partidista falla, los votantes mexicanos se quedarán sin ofertas de gobierno que tengan buen tamaño y experiencia.

Ilustración: Víctor Solís

Los nuevos dueños del PRI

Después de su derrota en el 2000, el PRI cambió la cara que había tenido durante los últimos setenta años. Es cierto que no cambió su ideología (o falta de), ni mejoró su reputación de corrupto y cínico. Sin embargo, la estructura del partido se transformó cuando el PRI perdió su leviatán hobbesiano que obligaba a todos los políticos ambiciosos dentro del partido a cooperar y mantener la disciplina, aún cuando perdían la posibilidad de acceder a puestos públicos. La centralización en la figura presidencial que caracterizó los años hegemónicos se logró en parte reduciendo el poder de los poderes estatales, sobre todo el de los gobernadores. Sin embargo, durante el hiato de 12 años fuera de Los Pinos, los ejecutivos estatales se volvieron los nuevos dueños del PRI. El poder de los gobernadores priistas explica parcialmente el triunfo de la candidatura y el fracaso del gobierno de Enrique Peña Nieto.

Los gobernadores han vivido casi dos décadas en una fantasy-land fiscal: no recaudan muchos impuestos porque la federación lo hace en su lugar; por ende, no tienen que recurrir a sus votantes para pedirles recursos. A la vez, reciben transferencias y participaciones del gobierno federal según una fórmula y reglas escritas. La capacidad de la Auditoria Superior de la Federación de “seguir el dinero” de las transferencias (que tendrían que ser gastadas en educación y salud en su mayoría) es baja debido a las reglas formales y su reducida capacidad administrativa.  Los gobernadores gastan libremente el dinero de las participaciones que no llevan etiquetas tan imponentes (por ejemplo, dineros para la seguridad pública en los municipios) y su forma de distribuir estos recursos pasa por los congresos locales, que muchas veces son controlados por los mismos gobernadores.

Se sabe que en los doce años fuera del poder en la presidencia, los gobernadores priistas usaron estos recursos para ayudar a sus candidatos locales y federales a  ganar votos. El poderío de los gobernadores dentro y fuera de su partido se debía en buena medida a sus recursos y a su interés de engordar os votos de sus candidatos. Fue uno de los dos grandes cambios en la estructura del PRI entre de la derrota de 2000 y su regreso triunfal en el 2012. Los gobernadores priistas empezaron a verse menos contenidos a final del sexenio de Felipe Calderón (2006-2012), como bien indican los casos de Rodrigo Medina en Nuevo León, Fidel Herrera en Veracruz y Humberto Moreira en Coahuila.

Con el regreso del PRI a la presidencia, se pensó que Enrique Peña Nieto –a su vez exgobernador de un estado rico y poderoso– metería en cintura a los ejecutivos estatales vía el control de recursos y la capacidad de amenazarlos con acciones legales. Esto no sucedió y con la actuación sin limites de varios de los gobernadores priistas en el sexenio que va de 2012 a 2018, se hizo imposible esconder la terrible corrupción que se mantiene como la base de las negociaciones entre grupos dentro del PRI en aras de la unidad (los casos recientes de los Duarte de Veracruz y Chihuahua, de Borges de Quintana Roo, entre otros).   No es sólo que hubiera terribles casos de corrupción a nivel federal (el caso Odebrecht, la Casa Blanca, el tren México-Querétaro), es que la mayoría de ellos se hicieron en los estados con la tolerancia y bajo las reglas  del sistema federal.

La renuencia de la administración federal a castigar a los estados se suma a las muchas otras fallas que hubo durante la administración que está por terminar: la falta de un plan serio de reducir los peores abusos del crimen organizado o de fortalecer al sistema judicial; el nulo deseo de gastar en infraestructura de forma transparente y eficaz y el poco interés en promover el crecimiento económico. ¿Recuerda usted cuándo pensábamos que los priistas sí sabían operar políticamente, a diferencia de los panistas? Pues el sexenio que termina demuestra que también fracasó en la operación política.

¿Por qué la presidencia no pudo o no quiso controlar a sus gobernadores?  No pudo exigir mejores resultados de los suyos en la impartición de justicia, la seguridad pública o la transparencia en gasto estatal, porque necesitaba demasiado a sus gobernadores. Parecía que a la administración federal le interesaba más encontrar formas originales y creativas de cubrir a los culpables que de obligarlos a no pecar en primera instancia. Esto les va a costar caro el primero de julio de este año, pues una cosa es perder la presidencia y sobrevivir —entre el 2000 y 2012, el PRI no se desbandó y los votantes no rechazaron a sus candidatos— y otra es el fracaso de una gestión  que prometía un partido renovado que fracasó al grado de generar suficiente suspicacia para no creerle a los futuros priistas.

Hoy, justo antes de las elecciones de 2018, el PRI tiene 14 gobernadores. No se prevee que gane ninguna de las contiendas estatales que están en juego, salvo Yucatán. De hecho, lo más seguro es que el tricolor pierda Jalisco, lo cual bajaría su total a 13.  Cuando perdió en el año 2000, el PRI aún tenía entre 19 y 21 gubernaturas con sus colores. En los últimos años, perdió estados grandes como Nuevo León, Puebla y Veracruz y muchos otros medianos, como Chihuahua, Tamaulipas y Michoacán. Con la pérdida prevista de Jalisco, el Estado de México será su último tesoro de votos y recursos monetarios.

Fin de la tecnocracia

Otra hipótesis sobre la debacle del PRI como partido es la que responsabiliza a la apuesta que hizo por los llamados “tecnócratas”. Sin embargo, yo no estaría de acuerdo con esa opinión. Primero, y de mayor importancia, porque nadie podría decir que Enrique Peña Nieto es un tecnócrata dada su trayectoria política en el Estado de México bajo del liderazgo de Arturo Montiel.  Tampoco puede considerarse un tecnócrata a otro político venido de un estado fuerte, Hidalgo, Miguel Ángel Osorio Chong, quien ocupó la Secretaría de Gobernación y sobrevivir el sexenio entero, incluso mientras jugaba a la candidatura presidencial. Finalmente, el grupo mexiquense cercano al presidente tenía muchos políticos del viejo estilo, como el Secretario de Comunicaciones y Transporte, Gerardo Ruiz Esparza.

Donde sí logró imponerse la tecnocracia ITAM-IBERO (“doctorados-en-países-extranjeros”) fue en las Secretarias de Hacienda, Relaciones Exteriores y Educación (con Videgaray, Meade y Nuño respectivamente). Pero Hacienda y la SRE normalmente tienen expertos como secretarios, así que no es una gran sorpresa que allí lideraran los tecnócratas. Lo que sí sorprende, sin embargo, es la candidatura presidencial de José Antonio Meade, un tecnócrata por excelencia, con poca experiencia electoral, lo que puede entenderse como una victoria de la tecnocracia gubernamental que en ese movimiento reveló  sus límites.

Hay dos razones principales, y sencillas, que explican la imposición de Meade sobre Osorio Chong. La primera es que Meade es más cercano al súperasesor de Peña, Luis Videgaray: esta era la manera en que el  ex secretario de Hacienda podía mantener a su grupo en el poder. Segundo, y muy revelador, la apuesta por un candidato que no tuviera una fuerte identificación partidista. El PRI supuso que los votantes verían en Meade a una alternativa al fuerte candidato de la izquierda, lo que les daría ventaja en la competencia. Sin embargo, la maldición de los tecnócratas una vez más salió al flote: no ganan elecciones.

Futuro inmediato

Sin un candidato fuerte en la boleta de la elección presidencial, es probable que el PRI pierda también su mayoría en la Cámara de Diputados (compartida  con el Partido Verde Ecologista de México) , y su fuerte presencia en el Senado. La cámara baja importa en particular porque el Instituto Nacional Electoral hace la distribución de fondos públicos destinados a los partidos políticos, para los años entrantes, basada en los resultados electorales de la cámara baja. Sin el control de la presidencia y sin gobernar los estados más grandes y ricos, el tricolor pasará hambre.

¿Qué más podría salir mal? Los posibles escenarios no son muy alentadores. Primero, si el valor de la etiqueta del “PRI” se pierde en estas elecciones, el peligro adelante es que los votantes rechacen a todos los candidatos priistas, simplemente por pertenecer a ese partido, aún cuando tenga posibles buenos candidatos. Segundo, puede ser que el PRI se quede enano, con cinco o diez gobernadores: sobreviviendo pero en un tercer lugar , parecido al del PRD entre los años 2000-2012, antes de su largo y trágico fin. 

Sin embargo, hay problemas más graves que el futuro mismo del PRI. El candidato más fuerte, Andrés Manuel López Obrador, rechazó las limitaciones de actuar dentro del PRD por los estorbos de los otros grupos y liderazgos. Así, construyó el Movimiento Regeneración Nacional donde es el jefe máximo de lo que  simplemente parece  un vehículo electoral personalista. Esto significa que cuando AMLO ya no sea políticamente activo, el partido que hoy aparece como el próximo a gobernar se podría debilitar mucho. La muerte lenta de la primera fuerza unificada de la izquierda –el PRD–  está por terminar, y para muchos no es de lamentarse. El PRD se ve como un partido corrupto, ineficaz y sin ideas sobre cómo reformar la economía para mejorar las vidas de millones. A su vez,  el PAN se ha fragmentado por las ambiciones de sus líderes.

¿En dónde nos deja un contexto en el cual los cuatro partidos más poderosos del país son endebles? Si AMLO no logra bajar la incidencia de homicidios, si no hace crecer la economía, creando nuevos empleos en el sector formal, si su administración es tan corrupta como esta, puede ser que los millones de mexicanos enfurecidos por el mal gobierno de su clase política simplemente rechacen, ahora sí, a todos los partidos políticos y a sus candidatos, dejando a México como Perú, Ecuador o Venezuela en los años noventa.

Parecería que hay razones para celebrar la posibilidad de un  colapso del sistema de partidos en México. No falta quien diga que los partidos y sus políticos profesionales son una vergüenza, gastan tremendas cantidades de dinero, confeccionan y cambian las leyes electorales a su antojo y se rehúsan a trabajar en el Congreso.  “Con empresarios o personas independientes en puestos de elección popular, estaríamos mejor”. Sin embargo, la verdad difícil es que, sin partidos políticos fuertes y estables, la democracia es casi imposible. Peor aún, los partidos tal vez sean de mayor importancia en una democracia relativamente nueva, como es la mexicana.

Si AMLO no logra controlar a su propia coalición y se colapsa el sistema de partidos, lo más probable es que, sin organismos fuertes, comunicados con la ciudadanía, que estén  informados para votar según sus intereses, México terminaría, no como Venezuela, sino como las Filipinas bajo Rodrigo Duterte, con un jefe máximo electo en un país desigual y sin partidos duraderos.  O con un presidente como  Alberto Fujimori en Perú, a quien le fue fácil cerrar el Congreso para mantener el poder ilimitado durante casi una década, pues no había forma organizada de limitar su autoridad. La inestabilidad política no se ha resuelto en Perú desde del regreso de la democracia en 2001 porque no hay partidos permanentes y fuertes.

La preocupación actualmente debe ser por todos los partidos grandes que lideran el sistema de partidos en México. La próxima tarea será entender por qué éstos, o mejor dicho sus líderes, simplemente no encuentran la forma de actuar con honestidad y seriedad.

 

Joy Langston
Ph.D. Profesora-Investigadora del Centro de Investigación y Docencia Económicas.

 

2 comentarios en “El crepúsculo del PRI

  1. Es evidente que el PRI está derrotado de antemano frente al voto real de los mexicanos. Otra cosa es que quieran dejar el poder, y eso es lo alarmante.

    El PRI todavía tiene en sus manos algunas alternativas para salirse con la suya nuevamente. Una de esas alternativas es la que han utilizado durante toda la historia del PRI, esto es el fraude, el fraude que les ha permitido aferrarse al gobierno y que no creo que duden en recurrir a ello como lo hicieron en las últimas elecciones del Estado de México.

    Otra opción es la de asesinar a L. Obrador como lo hicieron también en su momento con el Sr. Colosio.

    Lo peligroso de estás dos alternativas es que ante el astio de los ciudadanos, desemboque en una nueva revolución, y con esta excusa el PRI lancé al ejército contra el pueblo ocasionando otra matanza y un genocidio, mucho mayor que los de Tlatelolco, Tlatlaya, Acteal o Ayotzinapa. De ahí la prisa por imponer la ley de seguridad interior.
    De modo que no cantemos victoria todavía, aún pueden suceder algunas sorpresas.

  2. No entiendes a este pueblo, capaz de aguantarlo todo y de moverse lo mínimo para no cambiar.
    Lo que dices son solo fábulas.