Por extraño que suene, el partido de México contra Corea del Sur fue mucho más complicado para el equipo mexicano que el duelo contra Alemania el domingo pasado. El primer partido de esta fase fue mucho más tenso, sí, pero por dos factores que hoy no existieron: el nerviosismo ante la fragilidad que habían mostrado los equipos de Juan Carlos Osorio en partidos importantes, y el hecho de que, pues, Alemania es el campeón vigente del mundo.

Frente a Corea la actitud del equipo mexicano fue mucho más relajada, y se notó desde el momento en que los jugadores entonaron el himno. Las caras llenas de adrenalina desaparecieron, y las sonrisas de confianza tomaron su lugar. Sin embargo, esto podía interpretarse de dos maneras dado nuestro historial emocional: que el Tri en efecto supiera cómo jugar contra un equipo que en papel no trae nada o que hubiera el exceso de confianza por jugar contra un equipo que… en papel no trae nada.

Por fortuna –no, “fortuna” no es la palabra en esta ocasión; por preparación, más bien– el México que salió al campo fue el segundo. Trató a Corea como un rival difícil y tardó tiempo en cuartear a su defensa, que, aunque poco ordenada, suplió todas sus carencias con patadas quirúrgicas a las estrellas de la selección. Una vez tras otra los coreanos hicieron leña de las piernas de Hirving “Chucky” Lozano, de Carlos Vela y de Javier Hernández. El árbitro, de mucho diálogo y poca tarjeta, jugó al borde: en varias ocasiones esas patadas merecieron más que una advertencia.

El primer gol del Tri cayó por una mano tan inobjetable que los coreanos ni la voz alzaron; rara es la vez que un futbolista no se queja incluso a sabiendas de su equivocación. Vela, con una solidez que antes eludía a los jugadores tricolores a la hora de tirar penales, engañó con facilidad al portero rival.

El segundo fue una gran jugada de contragolpe, casi idéntica a la que culminó Lozano contra Alemania. Trazos precisos, quiebre en el área a la defensa y balón por el palo del portero. Una calca útil para sepultar a un oponente que, a pesar de no prometer mucho ni tener un juego con cohesión, nunca dejó de ser peligroso.

Y eso se mostró cuando descontó en compensación: Son Heung-min, figura que juega en el Tottenham inglés, se abrió un hueco fuera del área y venció a Guillermo Ochoa, quien una vez más fue vital para mantener la puerta en cero hasta ese momento. Como en los viejos tiempos, México tuvo que proteger el marcador con las uñas para evitar la catástrofe.

Curiosas las declaraciones de Juan Carlos Osorio tras el partido y la segunda victoria de la selección, la cual le da al equipo seis puntos y los pone a nada de asegurar el pase a Octavos de final. Parafraseo lo que dijo, pero la orden desde el banquillo fue seguir presionando a Corea tras el 2-0. “El Profe” quería y necesitaba un marcador más abultado, pues existen posibilidades –remotas pero existen– de que primer y segundo lugar de grupo se definan por diferencia de goles.

No obstante, el equipo tomó otra decisión y se replegó para defender el marcador tal y como estaba. Funcionó, pero no sin sobresaltos. Interesante, pues, que los jugadores tengan y ejecuten una idea distinta a la ordenada por el entrenador. Habrá sido la alta temperatura en la ciudad de Rostov–on–Don, que se acercó a los 35 grados durante el día. Habrá sido el juego físico de los coreanos, que no se cansaron de derribar a la selección. O habrá sido que el equipo mismo se entiende mejor de lo que lo entiende el propio entrenador. La incógnita permanece para el siguiente partido, este miércoles contra Suecia. Por lo pronto, a pesar de la divergencia entre Osorio y jugadores, México lleva paso perfecto en Rusia.

A la mitad de la fase de grupos, el Mundial ha sido sorpresivo por aquello que Luis García llamó “la rebelión de los modestos” al iniciar el México-Corea del Sur. Salvo Brasil, que parece ir calentando motores rumbo a la segunda ronda, el resto de los así llamados grandes ha quedado a deber. Cierto es que la segunda ronda es distinta, y ésa se juega más con experiencia que con técnica. Pero por ahora ningún grande ha presentado una candidatura seria al título.

No así los equipos medianos y pequeños, que han dado muestras de un futbol que por tradición nos deberían enseñar los favoritos. Irán, Marruecos, Túnez, los africanos ya están fuera. Pero han dado dura batalla frente a equipos cuya sola mención gana encuentros desde antes del silbatazo inicial. De los medianos ni se diga: Rusia –que podría considerarse pequeño de no contar su localía– ha jugado un futbol atrabancado pero efectivo. Junto con Bélgica es el mayor anotador en lo que va del Mundial. No ha tenido un rival en verdad duro, Uruguay será su primera gran prueba esta semana. Mientras tanto, han sido una agradable sorpresa.

Lo mismo México, que fue de más a menos en los dos primeros partidos, pero que se muestra en control de su destino, y más importante aún, en control de sus emociones y sus miedos. El equipo más neurótico de la Copa del Mundo, como lo bautizaron en Estados Unidos hace unos días, no sólo ha vencido a dos equipos duros, sino a sus propios demonios.

De poco sirve, claro, si esas victorias no lo empujan más allá de la tradicional eliminación en el cuarto partido. Esperemos que sus nervios resistan conforme las apuestas sean más importantes.

Bélgica, por su parte, se ha visto letal. A pesar de una defensa que no está a la altura de la ofensiva, la media y la delantera belga inspiran miedo. De no ser por el portero tunecino y las constantes fallas de Michy Batshuayi frente al arco, ese 5-2 de hoy sábado podría haberse duplicado con facilidad. La selección que ha sido calificada de caballo negro en las dos últimas copas está puesta para ahora sí asumir el papel.

Croacia también ha dado una gran exhibición. Con la complicidad de una Argentina cuyo derrumbe mental es digno de análisis, sin duda, pero con un futbol eficaz y hasta bonito. Hasta hoy, Bélgica, México, Croacia y Rusia son quienes más muestran interés en alzar el trofeo.

Pero esto es futbol, donde ni el VAR es capaz, a veces, de otorgar justicia. Como decía líneas atrás, una cosa es la primera ronda y otra la eliminación directa. Es probable, aún, que los gigantes se asienten pasada la fase de grupos y los de siempre, como gusta decir Gary Lineker, se lleven lo que les corresponde.

Por eso, en lugar de hacer cuentas y plantear escenarios, lo mejor en este fin de semana que da inicio al verano, es disfrutar que la selección ilusiona y los equipos que hace unas semanas parecían descartados hoy sorprenden. Todavía es momento.

Porque para eso existe el Mundial: para disfrutar con las sorpresas, asombrarse con goles magníficos, y por qué no, soñar despiertos.

 

Esteban Illades