[Lo que sigue es un texto escrito en un cuaderno escolar, casi sin signos de puntuación, con faltas grandes y caracteres desiguales. El autor es Iván Vasílievich Okúnev, de la región de Krásnoe, perteneciente a la región de Lipetsk. Sabemos de él que en 1938, a la edad de veinte años, fue detenido y enviado a los campos de concentración de Kolimá por no renovar su carnet de identidad. Un texto escrito por un no-escritor; y en este caso, un notable escritor.]

Moscú

Para la Unión de Escritores

El texto necesita corrección

Les ruego perdonen la escritura y los signos de puntuación tengo una catarata y una enfermedad he estado dos veces paralítico después de hemorragias cerebrales. Hace ocho años que estoy paralítico a causa del sistema nervioso. Ustedes preguntarán por qué los nervios les escribo todo por orden.

Fuimos conducidos a Kolimá. Se nos entregó un par de manoplas y dos mangas de chaquetones usados para calzado eso para dos años. Trabajábamos en canteras de minas de oro y las mangas se rompían rápidamente con las gravas de las canteras el forro se salía y los dedos se nos helaban. Y entonces en diciembre cuando la llamada del jefe de campo Kulíev anunció el que tenga peticiones que las haga antes de ir a trabajar.

Y entonces yo y otro zek (equivalente a esclavo) pedimos mangas. Y otros dos sacudieron por encima de sus cabezas mangas agujereadas. Nos dijeron a los cuatro que saliéramos de la formación y los otros se fueron al trabajo. Nos llevaron a una celda de aislamiento. Kulíev llamó a los bomberos golpeando el riel. Oímos y vimos por las rendijas que había entre las tablas que los bomberos venían con una manguera contra incendios. El motor se puso en marcha y dirigieron la manguera contra nosotros. Corrimos de un rincón a otro pero el chorro nos seguía. Gritamos y llamamos a papá y a mamá insultamos a los bomberos y les dijimos de todo. Pero ese día hacía menos de cincuenta grados el chasís del camión se había roto por la mañana debido al hielo.

Nos regaron durante una media hora y luego el motor se quedó calado. Kulíev volvió como cuatro horas más tarde y nos ordenó que entráramos en el barracón pero estábamos congelados todos juntos y no podíamos dar un paso. Entonces llamó a un bombero que vino con un hacha pequeña y empezó a separarnos uno de otro. Primero me recortaron a mí y me echaron a la puerta. Me gritaron “Entra en el barracón”. Pero mis pantalones de algodón estaban helados y dije que no podía. “Yo te voy a ayudar”, me gritó uno. Recibí una patada en la espalda salí volando afuera y me fui de hocico contra el suelo. Tenía el labio partido y notaba dos dientes en mi lengua y el gusto salado de la sangre en mi boca.

Dos bomberos corrieron hacia mí y me hicieron rodar a patadas en dirección al barracón que estaba a 25 metros más o menos. Mientras me hacían roda me convertí en muñeco de nieve porque la nieve se pegaba a mi ropa helada. Entonces me pusieron contra el barracón y me quitaron el hielo con las culatas de sus fusiles lo que me hacía daño en los huesos. Caí al suelo. Entonces me arrastraron y detrás de mí hicieron rodar a los otros. Lágrimas gemidos insultos a los guardianes. Me tumbé en el catre de tablas abajo frente a la estufa. Me desperté por la noche me dolía la cabeza tenía pinchazos en el pecho y mucha fiebre.

Al amanecer el ordenanza tocó diana. Intenté despertar a los otros castigados pero dos estaban muertos. Me llevaron al médico. Me preguntó mi nombre y apellido y dijo que éramos tocayos. Entonces me preguntó que de dónde era. Le dije que había nacido en Moscú y contestó con alegría que éramos del mismo sitio. Me contó que era el médico jefe del Kremlin. ¿Y por qué lo han condenado? Me han acusado de la muerte de Máximo Gorki. Es todo lo que recuerdo, pero no le pregunté su apellido.

En un mes me curó. Tuve pulmonía. El último de los cuatro murió en el pabellón sanitario, y yo seguí vivo. Iván Vasílievich (el médico) me apreciaba mucho y entonces me dijo que me iba a quedar con él. Me preguntó si le tenía miedo a los muertos. Le dije que sólo tenía miedo de los vivos. Entonces te daré trabajo. El depósito de cadáveres estaba a dos kilómetros del campo. Yo tenía que calentar la estufa por la noche para descongelar los cadáveres y por la mañana venían dos médicos para hacer las autopsias.

Cada tarde llevaban unos dieciocho cadáveres en una carreta era diario y yo colocaba seis cadáveres contra cada una de las paredes. Estaban congelados los ponían contra la pared y estaban de pie hasta que se descongelaban. El cuarto estaba oscuro. La estufa era un tonel para los que se usaban de combustible los leños tenían mucha resina al arder daban mucho calor la estufa se ponía roja por los lados. Echaba más leña y daba la vuelta al cuarto hablaba con ellos les preguntaba que de dónde eran si estaban casados o no. Tú eres joven no has tenido tiempo de casarte ¿verdad? ¿Tienes una hija que te espera? La mía tuvo que casarse, seguro las muchachas guapas no esperan mucho. ¿Cómo se llama la tuya? La mía se llama Tonia Chubárova aún pienso en ella. Guapísima.

Y estuve deshelando el depósito de cadáveres hasta 1945.

Había terminado esa guerra de la que no sabíamos nada. El correo no nos llegaba pero una vez los guardianes colocaron un buzón falso se escribían muchas quejas pero ellos llamaban inmediatamente a la gente y los sacudían hasta hacerlos perder el conocimiento.

No lejos de nuestro campo había un monte llamado el Rojo allí estaba estacionado un tractor. Llevaban al Rojo a gente de otras canteras en camiones entoldados. Al pasar por nuestro campo los de los camiones nos decían adiós.

En el monte colocaban en filas a la gente cerca de una zanjas que habían cavado antes ponían en marcha el motor y los fusilaban con una ametralladora.

Se me ocurrió escribir para que se supiera lo que era Kolimá porque pensé que iba a morir y no se sabría dónde se enterraba a las víctimas. Había miles.

Tal vez un escritor podría reescribir todo esto. Pero perdónenme la letra he estado paralítico dos veces ahora escribo y me tiemblan los hombros. Lloro porque recuerdo lo que he vivido. Yo llamaría a aquello el Camino de los tormentos. Que alguien lo reescriba. Que los jóvenes sepan lo que pasó y que veneren el recuerdo. Ahora puedo morir tranquilo. He contado casi todo.

 

Fuente: Vitali Chentalinski, De los archivos literarios del KGB. Traducido del francés y del ruso por Vicente Cazcarra y Helena S. Kriúkova. Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1994.


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