Arzrum (erróneamente llamada Arzerum, Erzrum, Ezron) fue fundada alrededor del año 415, en tiempos de Teodosio II, llamada Teodosiópolis. Ningún recuerdo histórico está ligado a su nombre. De ella yo solo sabía que aquí, según testimonio de Hadzí-Babá, le fueron ofrecidas a un embajador persa, para reparar una ofensa, unas orejas de ternero en vez de unas humanas.1

Azrum es considerada la ciudad principal de la Turquía asiática. En ella han llegado a contarse hasta cien mil habitantes, pero me parece que esta cifra es bastante exagerada. Las casas son de piedra, los techos están cubiertos de una hierba muy fina, lo que confiere a la ciudad un aspecto definitivamente extraño al contemplarla desde lo alto.

El principal comercio entre Europa y Oriente pasa por Arzrum. Pero en ella se vende poca mercancía; aquí la mercancía no se expone observó Tournefort,2 quien escribe que en Arzrum un enfermo puede morir ante la imposibilidad de procurarse una cucharada de ruibarbo, mientras que en la ciudad hay sacos enteros.

No conozco una expresión más insensata que las palabras lujo asiático. Es una expresión que probablemente date de la época de las Cruzadas, cuando los pobres caballeros, tras haber dejado atrás las paredes desnudas y las sillas de roble de sus castillos, vieron por primera vez divanes rojos, alfombras variopintas y puñales con piedrecitas de colores en los mangos. Hoy la expresión debería ser miseria asiática, porquería asiática y demás, porque el lujo es, por supuesto, un privilegio de Europa. En Arzrum no se puede comprar, a ningún precio, lo que uno encuentra en cualquier mísera tienda del primer pueblecito de la provincia de Pskov.

El clima de Arzrum es riguroso. La ciudad está construida en una cañada situada a siete mil pies sobre el nivel del mar. Las montañas que la rodean se hallan cubiertas de nieve durante la mayor parte del año. Es una tierra sin bosques, pero fértil. Está irrigada por gran cantidad de manantiales y la atraviesan múltiples acueductos. Azrum es célebre por su agua. El Éufrates corre a unas tres verstas de la ciudad. Pero por todas partes abundan las fuentes. En cada fuente hay un pequeño recipiente de hojalata atado con una cadenita, y los buenos de los musulmanes beben el agua y no pueden dejar de jactarse de ella. La leña se consigue en el Sagan-lu.

En el arsenal de Arzrum encontramos algunas armas antiguas, yelmos, corazas, sables que se habían ido cubriendo de herrumbre probablemente desde los tiempos de Godofredo. Las mezquitas son bajas y oscuras. El cementerio se encuentra dentro de la ciudad. Los monumentos fúnebres se componen por lo general de columnas, coronadas por un turbante de piedra. Las tumbas de dos o tres bajás se distinguen por un mayor rebuscamiento, pero en ellas no hay nada de elegante: ningún gusto, ninguna idea… Un viajero escribe que entre todas las ciudades asiáticas solo en Arzrum encontró un reloj de torre, u que aun este no funcionaba.

Las innovaciones introducidas por el sultán todavía no han llegado a Arzrum. El ejército todavía lleva sus pintorescos trajes orientales. Entre Arzrum y Constantinopla existe una rivalidad semejante a la que hay entre Kazán y Moscú. He aquí el inicio de un poema satírico, escrito por el jenízaro Amin-Oglu.3

A Estambul los giaúres4 ensalzan hoy en día.
Mañana, sin embargo, con el talón herrado,
la aplastarán igual que a una serpiente dormida.
Y así la dejarán después de su partida.
Estambul se durmió justo antes del naufragio.

Estambul dio la espalda, renegó del profeta;
en ella el Occidente nubló la primigenia
verdad y la doctrina del Oriente antiguo.
Estambul traicionó templos y fortalezas
por tomar los placeres que le brindaba el vicio.
Estambul ya no sabe luchar en la batalla
Y bebe vino a la hora de rezar plegarias.

Del ardor de la fe no queda nada.
En ella las mujeres vagan por los panteones,
a las viejas envían a las encrucijadas
para que a los harenes conduzcan a los hombres.
Y el eunuco, corrupto, echa una cabezada.

No es así en nuestro pueblo, Arzrum, el montañoso;
No es así en nuestro Arzrum, el de las muchas calles.
Nosotros no dormimos con lujo ignominioso,
ni extraemos el vino, con el vaso fogoso,
el desenfreno, el fuego, y el ruido salvaje.

Nosotros ayunamos: con su torrente sobrio
apagan nuestra sed las santísimas aguas.
En tropel animado, intrépido y brioso,
entran nuestros jinetes a todas las batallas.
Nuestros harenes siempre tienen quién los vigile.
Nuestros eunucos son recios e incorruptibles.
Y ahí nuestras esposas con tranquilidad viven.5

 

Fuente: Alexandr Pushkin, El viaje a Arzrum durante la campaña de 1829. Traducción y notas de Selma Ancira, Editorial Minúscula, Barcelona, 2003.


1 Se refiere al episodio de la novela de James Morier (1780-1849) The Adventures of Hajii of Ispahan en que el cónsul persa, que pasaba por Azrum, sorprendió a su criado robándole y exigió que se le cortaran las orejas. Los sirvientes engañaron al cónsul y en vez de orejas humanas le dieron un ternero.

2 Joseph Pitton de Tournefort (1656-1708), botánico y viajero francés, autor de la Relation d’un voyage au Levant a la que se refiere Pushkin.

3 Es un personaje ficticio. El poema es de Pushkin.

4 Forma despectiva en que los musulmanes llaman a los infieles.

5 Versión de F. Segovia y S. Ancira.


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