Tres fueron las obsesiones en la vida y obra de Philip Roth: el sexo, su país y la muerte. Tres pócimas que, más que intoxicar al escritor, fueron su combustible primario, ya que, como él mismo declaró alguna vez: “El artista necesita sus venenos, ya que el antídoto a ellos son a menudo sus libros”.

En la primavera de 1969, poco después de la publicación de El lamento de Portnoy, fue difícil para Philip Roth sobrellevar, en los círculos literarios de la ciudad de Nueva York, la fama de lujurioso y, entre sus correligionarios, el antisemitismo que se le imputaba a causa de la novela. Eso lo orilló a mudarse, con una joven que estudiaba el doctorado, a una pequeña cabaña con estufa de leña “en mitad de la arbolada ladera de una colina a un par de millas de la calle principal de Woodstock”.


Ilustraciones: Philip Guston

En esa época, Roth estaba en forma. Tenía 36 años, la “energía verbal” y la “fortaleza física” para “atacar” cualquier desafío escritural, ya fuera tejer pacientemente la intricada estructura de una novela o colocar con precisión milimétrica las minas explosivas en un cuento. En un bello libro de entrevistas (El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, 2001) cuenta esa historia, y agrega:

La vida campestre al lado de una chica joven me proporcionaba una mezcla de confinamiento y placer físico que, dada la lógica de la creación, me empujó a escribir, durante un periodo de cuatro años, toda una serie de libros raros bastante insólitos. Mi nueva reputación de pitosuelto fue lo que instigó la fantasía sexual de El pecho (1972), sobre un profesor universitario que se metamorfoseaba en un pecho de mujer, y también desempeñó su papel inspirador en la ridícula leyenda de la alienación sin hogar que acabó siendo La gran novela americana (1973). Cuanto más sencillas de espíritu eran las satisfacciones de Woodstock, más me tentaban los excesos guiñolescos en mi obra. Nunca me sentí más imaginativamente polimorfo que cuando instalábamos dos hamacas en la hierba, al final de la jornada, y nos tumbábamos a disfrutar del crepúsculo mientras caía sobre las estribaciones de los montes Catskill, que para mí eran unos Alpes infranqueables, por los que no podía pasar ninguna irreverencia desconcertante. Me sentía refractario e inalcanzable y libre de toda responsabilidad, entregado como estaba –quizás perversamente– a la tarea de conmocionar a ese nuevo público de lectores cuyas fantasías colectivas no dejaban de tener su propia capacidad transformadora.

Ciertamente la historia de El pecho, un hombre que se convierte paulatinamente en un enorme seno de mujer, es extremadamente rara, producto de libertad total e irreverencia. Tal vez deba confesar aquí que ni siquiera logré dar un sentido lógico o metafórico a su argumento cuando la leí en la época en que estudiaba la universidad (y nunca lo intenté de nuevo). Pero como dijo el propio Philip Roth en una entrevista a la Paris Review: “El artista necesita sus venenos, ya que el antídoto a ellos son a menudo sus libros”. Roth exorcizó (aunque no del todo) sus demonios del sexo con esos primeros libros, pero el verdadero y monumental veneno que lo inundaba todo a su alrededor era Norteamérica y las implicaciones imperiales y absurdas de su gobierno y de su sociedad. De ahí surgió su trilogía americana: Pastoral americana (1997, libro por el que recibió el premio Pulitzer), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000).

El tercer veneno de Philip Roth sería la muerte, y si bien su pasión política había generado las tres piezas imprescindibles antes mencionadas, este nuevo tema traería como antídoto dos obras eminentemente poéticas que para mí son obras maestras incuestionables: Animal moribundo (2001) y Elegía (2006), que por cierto, aunque muy distintas entre sí (ya que una habla de la propia muerte y la otra de la muerte en sí) se utilizaron para el argumento de una película (de las 8 que se basaron en obras de Roth) con Ben Kingsley y Penélope Cruz. Ante el hecho de que un maestro viejo tiene la suerte de encontrar el amor verdadero en una de las amantes-alumnas que pasan por su cama cada semestre, el espectador descubre al final quién es en realidad el “animal moribundo”.

Justo el año en que recibió el Premio Príncipe de Asturias (2010), después de haber publicado 31 libros en 51 años, cuando se le preguntaba qué vendría después, Philip Roth decía algo parecido a lo que respondía el célebre personaje de Melville: “No tengo ningún deseo de escribir ficción. Hay en mí la fuerte sospecha de que ya he hecho mi mejor obra y cualquier cosa más, sería inferior”. Llevamos ocho años extrañando la ficción de Roth, pero ahora ni siquiera tendremos las agudas visiones autocríticas de su religión judía, del comportamiento moral y político de su país, de la obsesión de su sociedad por las felaciones reales o simbólicas que lleva a cabo todos los días. En enero de este año afirmó en una carta a The New Yorker (de donde siempre fue, por cierto, un asiduo colaborador), palabras más, palabras menos, que Trump no era un personaje, ni el estereotipo de un capitalista obsceno, sino algo que superaba nuestra imaginación: ¡Trump es el presidente de Estados Unidos!, clamaba con vergüenza, incredulidad y alarma proveniente de un intelectual de pie con los ojos abiertos a la realidad política de su país.

A pesar de que gracias a libros como El lamento de Portnoy, su primer best-seller, en que un muchacho inquieto y con una imaginación sexual desbordada cuenta a su psicoanalista sus cuitas sexuales con lujo de detalles, tuvo fama de aventurero, Roth afirmó a un entrevistador francés: “Deberías leer mis libros como ficción, buscando en ellos los placeres que la ficción puede ofrecer. No tengo nada que confesar, y a nadie a quien hacerlo. Con respecto a mi autobiografía, no puedo ni siquiera comenzar a decirte lo aburrida que sería. Mi autobiografía consistiría casi por completo de capítulos sobre mí sentado solo en un cuarto mirando una máquina de escribir”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo El libro de las ballenas, entre otros libros.

 

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