Margarita Zavala, la doña de la contienda, renunció a la candidatura presidencial que con tanto esfuerzo y firmas y costo partidista había conseguido. Lo primero que hizo Joaquín López Dóriga fue preguntarle si lo había consultado con su esposo. En las redes, la opinión prevaleciente es que no es una buena candidata pero sí una buena persona, una buena mujer. En pocas palabras, una doña respetable.

Esa imagen está equivocada. Este detallado perfil de Margarita Zavala hoy puede ayudar a comprender mejor a esa política que dejó el PAN, arrancó una fuerza propia y se ganó un lugar en el juego. Sí, a pesar de haberlo dejado.

La doña

La imagen generalizada de Margarita Zavala es la de doña. Ñora, doña, esposa, y no precisamente con una connotación respetuosa de las labores hogareñas o familiares. No, doña en su acepción más negativa, más misógina y más ciega. Margarita la que es doña porque es católica, conservadora y mujer. Doña impreparada y subordinada a un jefe de familia, sin voz, sin independencia y sin fuerza. En el mejor de los casos, doña doméstica, alejada del mundo profesional y de la vida pública. Una ama de casa, una mujer detrás del presidente a la que se le pide que por favor sea buena, como mujercita que es.

El más reciente libro de la periodista Sanjuana Martínez recoge y refuerza esa idea, primero con el título La Señora Calderón, pero sobre todo con las páginas destinadas a demoler las políticas de seguridad del panista Felipe Calderón y a registrar algunos de los problemas más severos del sexenio 2006-2012. ¿Cuáles? No todos, pero sí la estrategia contra el narcotráfico, la viralización de la violencia, las desapariciones, la injerencia calderonista en el PAN, la corrupción asociada a casinos y la reacción ante el incendio de la guardería ABC. Todos esos no tuvieron una postura crítica de parte de Zavala, dice Martínez. No fue una mujer como debe de ser: una buena conciencia para su marido.

No le concede independencia suficiente como para apoyar e impulsar esas medidas en la seguridad pública, a ella, a esa mujer que desde los 22 ya proponía combatir institucionalmente el aborto a través de una Comisión Nacional de Derechos Humanos tan poderosa que pudiera proteger a los embriones frente a médicos y mujeres.

La independencia, parecen decir los críticos de Margarita Zavala, se mide con el desacuerdo público hacia su compañero. De otra forma, es una mujer subordinada. Cuando mucho, cómplice boba, pero la mala de la película nunca.

Consecuentemente, Margarita la candidata, sólo podía explicarse a través del paso de su esposo Felipe Calderón por la presidencia. Pero ¿es sólo ese su capital? O peor aún, ¿es ella un proyecto de Calderón, una muñeca parlante, la doña que dice sí mi vida y corre a ver qué hay en el refrigerador?

¡Por favor! Esa mujer no sabe distinguir una coliflor de un brócoli, y en cambio sabe muy bien usar la fuerza del Estado.

"Yo sé lo que significa perder el nombre", dijo Zavala en el primer debate presidencial, y por lo menos en esa frase no debe escatimársele la razón. Ser la esposa del presidente de la República Mexicana casi la anula. Pero la dificultad para entender su personaje público empezó mucho tiempo antes de que se hiciera famosa como la primera dama de los muchos rebozos.

Margarita a la boleta

Margarita Zavala llegó a la boleta presidencial en 2018 tras reunir 870 mil 168 firmas, pero a la política entró 33 años antes, a los 16 casi 17. Su familia ampliada —cercana— incluye a Salvador Nava, notable opositor en San Luis Potosí, y sus padres no fueron ajenos ni a la vida partidista ni a la lucha electoral. Panistas de sangre vieja, su padre pisó la cárcel y su madre fue militante antes de que se reconociera el voto a la mujer. En su casa se respetó siempre a dios, se cumplió cada domingo con los rituales católicos, se veneró el Derecho, se detestó al PRI y se mostró con orgullo la orden de arresto a su padre. Dicen que esta orden, enmarcada, sigue adornando la sala de Mercedes, su madre.

En una casa así, de abogados de oposición de derecha católica, crecieron los siete hijos Zavala y en medio de ellos (por edad y como imagen), Margarita. Ella sería ahí una niña más ruda que femenina, más futbolista que muñequera, más estudiosa que buena lectora. Más militante que líder y, todo indica, más política que doña.

A sus 17 años, Margarita Zavala Gómez del Campo eligió el resto de su vida con su ingreso al PAN. En su biografía, Margarita describe este periodo de su juventud como un voluntariado, algo más parecido a la filantropía activa que a la militancia dura. Lo usual es encontrar en esa generación de jóvenes términos como conciencia política o, en todo caso, vocación democrática, y por eso sorprende la intensidad monjil de esta joven activista a mediados de los 80. Un paréntesis será útil para ubicarla en su contexto: el presidente era Miguel de la Madrid, el sistema de partido hegemónico estaba en su esplendor, y la reforma política de 1977 apenas estaba dando frutos. Ningún priista había perdido una gubernatura, el Senado era sólo tricolor y en el Congreso (entonces de 400) había 51 diputados panistas creyéndose mucho porque eran la segunda fuerza. Los jóvenes mexicanos más inquietos se lanzaban a Nicaragua y los héroes para los filoestadounidenses eran los astronautas.

En ese contexto, es inusual catalogar de rebeldía lo que la joven Margarita mostraba. Pero sí, era rebelde en el contexto conservador, aunque pareciera bien portada o fresa a los ojos de quienes en ese momento elegían el comunismo como meta y la lucha revolucionaria como bandera de juventud. Ella se decantó por los scouts (guías se llaman las mujeres en el escultismo de Baden Powell), se metió al PAN, hizo voluntariado, estudió en la Libre de Derecho y adoptó la democracia como bandera. En ese orden, entre 1983 y 1986.

Le enorgullece contar que ayudó en la crisis de San Juanico (incluso lavando baños en los albergues) y que dedicó dos meses a ayudar a los damnificados por el terremoto de la Ciudad de México en 1985. Otra vez lavó baños, conectó familias, llevó comida e inyectó formol a los cuerpos de las víctimas para evitar su descomposición. Lo incluye (lo presume) en su biografía, lo cuentan sus allegados, lo registran los perfiles que se han escrito sobre ella. Era una joven con compromiso social, en su versión filantrópica, aunque ella asegura que ese año, el 85, fue el año en que se enfrentó internamente por primera vez al gobierno. Y hay un detalle relevante: aunque detestó la desorganización de las esferas de representación, admiró el valor y la organización del ejército. Lo dice de refilón, pero no hay que pasarlo por alto, regresaré a ello.

Lo cierto es que fue en 1986 cuando de verdad se involucra con el tema de la renovación política de las autoridades en su modalidad democrática. Ese año, las elecciones en Chihuahua se pusieron interesantes tras una severa crisis política que incluía estudiantes, reformas políticas locales y la licencia del gobernador priista. El candidato albiazul fue Francisco Barrio y el tricolor, Fernando Baeza. Por dos tantos los resultados favorecieron al PRI, pero muchos ciudadanos se quedaron con la idea de que había ganado el PAN. Los albiazules clamaron fraude y Margarita pisó por primera vez el suelo de Los Pinos, con una minúscula protesta de jóvenes que ingresaron clandestinamente.

Exactamente 20 años después, entraría de la mano de su esposo el presidente.

La contradicciones

Margarita Zavala está llena de contradicciones. No, quizá la palabra no sea adecuada… les llamaré contrapuntos, y comenzaré señalándolos en su imagen física. Zavala es una mujer grande, de espaldas anchas, y no es de las mexicanas que gustan de los adornos, el maquillaje impecable o ropa a la moda. No, no es una fashionista; de hecho, no es inusual que la califiquen de “dejada” las mujeres más elegantes de su círculo social, pero es un término equivocado: Margarita es pulcra y austera. En todo caso, se le puede calificar de andrógina. Usa pantalones rectos, se le recuerdan vestidos que emulan un traje charro, con frecuencia usa trajes sastres sobrios, siempre trae peinado austero, es monocromática en colores oscuros. Y sin embargo, a ello le suma siempre un aliño sacado de lo más femenino del mundo textil mexicano: el rebozo. Rosa mexicano, floreado, de seda blanco, de estampados coloridos, con arreglo de moño al hombro, con flecos colgantes.

En una entrevista que le hice cuando acababa de dejar el PAN, me sorprendió verla sin rebozo y se lo hice notar. Se movió un poco de su silla, sonriendo, y me lo enseñó: estaba en su respaldo.

Es esa una buena metáfora de lo que Margarita proyecta en varias dimensiones. Una política de contrapuntos: una mujer de hombros anchos que quiere ser quarterback y disfruta la seda tejida en sus brazos.

Lo de quarterback es en serio y son sus palabras en diversas entrevistas audiovisuales, aunque por lo pronto (estas ya no son sus palabras) no le alcanza el capital para ser ella quien decida las estrategias y el rumbo del país. No le ha alcanzado nunca, ella no ha sido presidente. Ni alcalde, ni gobernadora. Siempre ha sido takler.

Takler

Aficionada al fútbol americano desde pequeña y molesta porque le tocaba ser porrista y no jugadora, Margarita se ve a sí misma como una quarterback de la política mexicana. Evidentemente no ha llegado ahí, pero ese es su anhelo. Que nadie se llame a engaño, ella no es, ni de lejos, la persona sencilla que sabe de qué va la lógica familiar y de supermercado.

En una visita a la Central de Abasto la criticamos los periodistas porque ya estando en la central, salió a desayunar a un hotel de cadena cerca y a su regreso compró 10 pesos de papitas. Nadie va al megamercado más grande del mundo y se resiste a sus sabores. Sólo Margarita, porque ella, aunque lo pretenda, no es “una mujer como tú”. No andaba buscando aguacates a mejor precio.

Ella es una militante de tiempo completo. La militancia política marcó su adolescencia, su elección de carrera, su desempeño profesional, su elección de tutores de vida, su matrimonio y su estilo familiar. Pero no la política de templete, me explican sus allegados (hablé con familiares, colaboradores antiguos, colaboradores nuevos, amistades largas y ex alumnas), sino la de cara a cara. A ella no se le da hablar en grupos grandes y eso es raro, porque ha sido maestra por lo menos dos décadas en el Instituto Asunción y tiene fama de ser clara y pedagógica. Habilidades para expresarse tiene, pero acero para la multitud, no. Ni para la cámara, añadiría yo.

El tipo de política que marcó su vida es la de la militancia dentro del partido. Muy joven, fue cobijada por Luis H. Álvarez (por él y por su esposa, Blanca Magrassi), por Manuel Gómez Morín, por Carlos Castillo Peraza. Entró a la fila de las soldaderas del PAN y se dedicó al área jurídico electoral por un lado y a impulsar la vida política de las mujeres por otro. Al principio, la suya, como joven, pero en ese camino siguió su militancia conforme tomaba responsabilidades y, con Calderón, crecía en el partido. Organizaba cursos, espacios en las listas de regidores, candidaturas a legislaturas estatales y federales, alcaldías. A los 28 años era consejera nacional, ya había sido asambleísta en el entonces Distrito Federal, y ya andaba en campaña para que ganara su gallo a la presidencia del partido: su gallo era Felipe Calderón, y ganó. Esa presidencia sirvió para que ella pudiese consolidar sus redes de mujeres en la política, capital que hasta la fecha la acompaña. Palomeó, impulsó y coló a panistas de todos los estados como secretaria de promoción política de la mujer y lo mismo hizo en el equipo de transición que acompañó el primer gobierno de alternancia. Ella dice que llevaba el tema de género a codazos, aunque es pertinente aclarar que su bandera de género se limitaba a la inclusión de mujeres en cargos públicos y de representación. No era poca cosa, pero su feminismo no incluía derechos reproductivos, aborto y reivindicaciones sexuales. Era una abridora de cancha política, una tackle, no una feminista. Y por cierto, no la aceptan en el club por más que ella intentaba decirle a Marta Lamas que tenían mucho en común. Nada, no te confundas, le decía Lamas.

Pero ese es otro tema. Estaba intentando dibujar el tipo de jugadora que es Margarita: abre huecos para que pasen los corredores y bloquea cuando es necesario. Lo hizo así para las mujeres de su partido, para su grupo político, para su compañero de vida, para albiazules en otros estados. Es una mujer extremadamente organizada, muy ejecutiva, con capacidad para escuchar pero rápida para tomar decisiones y asignar tareas. No tiene afición por las reuniones, es más, ni siquiera es afecta a la tarea de oficina. Si se pueden dar las instrucciones o hacer las consultas por WhatsApp, no busca más.

Su liderazgo, además, descansa en la relación individualizada, particular. Con cada uno de sus allegados, colaboradores o ex alumnos, la seducción es cara a cara. De uno por uno. Margarita, dicen, es conciliadora, pero creo que también ahí fallan con la palabra pues por más que indagué no encontré un ejemplo en el que hubiera conciliado posiciones. No está en su biografía ni en los perfiles que se han escrito sobre ella. Nadie me refirió una reunión en la que los adversarios se hayan podido sentar gracias a su intervención. No, lo que cuentan es otra cosa: Margarita es una tejedora de relaciones y una destejedora de conflictos, pero las relaciones las teje hacia ella y los conflictos los desteje con acciones, no con conciliación entre las partes.

Su participación como primera dama en algunos de los acontecimientos más dolorosos provocados por la violencia en el país no tiene el carácter de intermediación para la paz. No salieron bien las reuniones con familiares de desaparecidos en Los Pinos y ella no tuvo ahí un papel primordial. Donde sí lo tuvo en las visitas consecuentes a familiares, en la creación de equipos de futbol para el barrio que perdió futbolistas, en los traslados para niños heridos, becas o indemnizaciones. No solucionó ni reparó los daños y quizá se puede decir incluso que ni justicia entregó (ese es uno de los reclamos que la persiguen), pero impulsó acciones inmediatas de construcción sobre lo perdido.

La maestra

Ahora resulta que todos quieren a Margarita.

—¿No había ningún opositor en su clase, alguien incómodo de izquierda? —pregunto a una de sus ex alumnas, una joven inteligente que no ha tenido más que elogios para su profesora de Derecho en el último grado de prepa en el Instituto Asunción.

—Sí, claro —me dice—, yo.

Mi sorpresa es mayúscula.

—¿No te parece una buena opción política después de todo lo que me has dicho que le respetas?

—No esta vez —responde convencida.

 Esta joven accedió a contarme sobre Margarita, a la que tuvo como profesora pero a quien conoce desde pequeña porque es amiga de alguno de sus hijos. Ha estado siempre cerca de ese círculo, le tocó ver a los hijos de la familia Calderón Zavala (son tres) cambiarse a Los Pinos y regresar a su casa seis años después. En su infancia, hizo viajes escolares a los que también acudía la primera dama, como mamá.

“Iba con nosotros en el autobús, y nos acompañaba siempre una ambulancia”, me cuenta. La imagen que tiene de Margarita es la de una mujer confiable, a la que se le podían acercar los estudiantes con facilidad. Una profesora con valores religiosos y familiares inamovibles y claros, pero a quien se le podían contar los problemas de juventud.

¿Drogas, sexo, alcohol?, le pregunto y responde que sí, que no se escandalizaba y que daba muchos consejos como guía moral. Me la imagino como uno de esos sacerdotes jesuitas buena onda, pero no sigo por ahí.

¿Guardaespaldas? No, o por lo menos no los recuerda dentro de la escuela.

Fue su peor y su mejor maestra. Aprendió mucho, pero sufrió: para los exámenes de Margarita se desvelaba estudiando hasta las cuatro y media de la mañana y asegura que no era la única.

“Eran larguísimo, se te cansaba la mano”, me cuenta, “y no había de otra porque ella le daba todo el valor de la calificación al examen escrito”.

El Instituto Asunción es la otra columna de la vida de Margarita Zavala. Su madre dio clases en esa escuela religiosa privada y ella no ha salido de ahí desde que entró a los primeros grados de educación básica. Su infancia, su adolescencia y su primera juventud pasaron en esas aulas como estudiante, y en cuanto pudo regresó a dar clases de Derecho. Es una clase optativa para últimos semestres y la ex primera dama la ha impartido desde 1990 ininterrumpidamente. Casi no falta, pero cuando lo hace, tiene como adjunto nada menos que al ex director del Instituto de Ciencias Penales, el respetado académico Rafael Estrada Michel. ¡Qué chicos de preparatoria tienen a esos profesores!

Los grupos son pequeños, generalmente de 20 alumnos, pero a veces muchos menos. Es una materia difícil y la voz se ha corrido entre los estudiantes, así que la relación que establece con ellos es muy cercana. Al grupo de mi entrevistada le tocó ir un par de veces a su casa. Una para ver La Misión, como tarea de clase, y otra para celebrar el fin de curso viendo el final de la Champions. Margarita es aficionada y le va al Real Madrid.

—¿Cómo es en casa el ex presidente con ella? —le pregunto.

—Muy atento, quedando bien con ella y sobre todo con nosotros.

—¿Te la impresión de que ella depende de él?

—No, ¡al revés!

Pero es la única que tiene esa impresión. Sobre el ex presidente hablan poco mis entrevistados. Todos coinciden en que ella no es una mujer subordinada, pero ninguno había dicho que pudiera ser a la inversa y que Calderón estuviera a la sombra de ella. No lo creen. Pero algunos, de plano, no lo conocen bien a pesar de tener una relación de amistad de más de 30 años con la candidata. Eso dice algo.

2018, la candidata

Las personas cambian, crecen, se distancian, renuncian a un partido, se adaptan a nuevos entornos y es probable que la Margarita que se describe en Los Pinos, en la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México, en el PAN, ya tenga modificaciones. Es útil saber quién fue. Saber quién es, es más difícil.

Por lo pronto, sus colaboradores hablan de una Margarita plural rodeada de un equipo al que escucha. El primer círculo de su campaña, donde se toman las decisiones y se marca el rumbo está compuesto por Fernanda Caso, Consuelo Sáizar, Alberto Cárdenas, José Guadalupe Osuna, Fernando Canales, Irma Pía González Luna y Fausto Barajas.

Su hermano periodista, Juan Ignacio Zavala, está en un círculo más amplio, menos involucrado, y su esposo Felipe Calderón hace campaña desde Twitter. A la sede de campaña, me informan, el ex presidente ha ido una sola vez y no ha metido la nariz a lo que se llama el cuarto de guerra (el sanedrín, el círculo de decisiones).

Algunos ex alumnos forman parte también del equipo y hay muchos panistas que, sin renunciar al partido, apoyan la candidatura independiente de Margarita. Muchas mujeres en los estados, muchas de ellas vinculadas al PAN.

El énfasis del mensaje de campaña está puesto en la seguridad. “Voy a defenderte a ti”, dice en unos spots de muy deficiente producción en los que aparece la Margarita que no sabe hablar a la cámara y que contradice todo lo que sus conocidos aseguran de ella: que conecta, que es empática. En esos mensajes no conecta nada y la sonrisa le sale torcida.

Pero una cosa son esos spots y su efectividad, y otra la propuesta de gobierno, más trabajada.

“Es la única candidata que tiene una agenda de seguridad y justicia, que plantea aumentar la denuncia, que propone una política de prevención basada en evidencia”, dice Alejandro Hope, especialista en temas de seguridad y hoy asesor externo de la candidata.

El tema salta de inmediato porque esa fue la agenda más importante de la administración de Felipe Calderón. ¿Trae entonces la candidata una defensa a las políticas de seguridad del sexenio de su esposo? No necesariamente. O sí, pero no por ser acrítica o por subordinación, sino, como me explica Hope, porque tienen una cosmovisión compartida.

“Y te diré más. El triunfo cultural de Calderón es que todo lo que se hace o se busca hacer es una variación a lo que él hizo. Incluso las políticas de Andrés Manuel López Obrador o las de Anaya se parecen. ¡Nadie ha planteado replegar al ejército!”, me dice Hope.

Es verdad. Ricardo Anaya, el candidato panista del Frente, va detrás de Margarita Zavala en el tema. Dos de los temas más importantes del candidato son la reconstitución de la secretaría de seguridad ciudadana (hoy depende de la secretaría de gobernación, por gracia del PRI) y duplicar el tamaño de la policía federal (tiene alrededor de 35 mil elementos para todo el país). Ambos puntos fueron puestos por la candidata independiente, no sólo antes, sino con más fuerza. El combate a la corrupción es el eje de Anaya. La seguridad es el eje de Zavala.

Y con eso me regreso a la lectura equivocada sobre su papel en la administración 2006-2012. Pretender que no cumplió con ser la mujer buena detrás del presidente duro es una visión misógina y simplificadora: él era el malo y ella es buena pero no se atrevió. Eso es ridículo. Ella tiene mano dura, su propia mano dura, y ha trabajado una propuesta conceptual ante el crimen y la inseguridad. Zavala plantea más Estado. Más presencia del Estado en todas sus vertientes, empezando por la fuerza pública, pero involucrando todas las tareas. En las regiones asoladas quiere soldados, policías, maestros, obra pública y política asistencial.

Lo empezó a dibujar en su tesis de licenciatura, lo escribió en su libro La hora de México, lo dijo en el primer debate y lo promovió con sus spots, pero quizá en donde es más claro, sobre todo porque habla de la acción concreta en dos ciudades específicas, es en un tuit del 19 de abril de este año:

“El primer día de mi gobierno iniciaré intervenciones masivas en Tijuana y León para reducir la violencia. Enviaré policías y soldados, recursos para reformar policías locales y numerosos programas sociales para recuperar la paz. Todo con acompañamiento de la sociedad civil”.

No es una mujer que iba a pedir un cambio en la dirección tomada por Calderón. La dirección en seguridad, la visión del papel del Estado, el rumbo para el PAN eran compartidos.

“Comencé estas páginas diciendo que Margarita es un animal político. En realidad tendría que decir que la pareja Zavala-Calderón es una pareja política”, escribe Sandra Lorenzano en el libro Los Suspirantes. Lorenzano la describe como una mujer militante por todos los poros. Y sí, eso transpira Margarita.

¿Antipriismo o antilopezobradorismo?

Margarita nació, creció, se hizo política y primera dama en el más acendrado antipriismo. Su frase favorita, casi mantra entre los medios de comunicación cuando se salió del PAN fue: “A mí nadie me va a enseñar a ser oposición”.

Sin embargo, su actitud como candidata presidencial desconcierta a quienes la conocen de tiempo atrás. El sustrato ideológico que le daba fuerza en el PAN está ausente y todas las balas estaban dirigidas hacia el puntero, Andrés Manuel López Obrador. El candidato de Morena, por cierto, no se daba por aludido, ni la veía ni la oía. Ni él ni ningún otro. Dejaron de tener interlocución con ella.

Una campaña más decididamente antirégimen, aprovechando la salida del PAN para capitalizar también las dudas hacia los partidos políticos, era lo que sus conocidos esperaban, pero no, la ex panista estaba tratando de tomar un estrato del centro, con posiciones más neutrales, más moderadas, dirigidas a un público amplio y, sobre todo a las mujeres.

Ningún candidato le está hablando a ese sector, es verdad, y en la elección de 2018, 46 millones y medio de mujeres, en números cerrados, podrán votar.

Ese universo, que ciertamente responde al capital político territorial de Margarita, no se ha colocado en la agenda de motivaciones electorales. La candidata estaba desaprovechando lo que las encuestas revelan con crudeza: hay más antipriismo que opciones ideológicas. Incluso, hay más antipriismo, mucho más, que antilopezobradorismo.

El 47% de los mexicanos, según una encuesta de El Universal de abril, jamás votaría por el PRI. En cambio, sólo 11% se darían la vuelta antes de ver a López Obrador en la silla presidencial. Tienen otros blancos para sus odios, pero el más grande, más vistoso y más importante es el PRI.

Atacar al régimen es rentable y Margarita dejó de hacerlo. No sólo eso: no estaba llamando directamente al voto panista. ¿Es porque no quería perder la oportunidad de aliarse con el PRI o con el PAN?

Exactamente al revés, me dicen.

“Margarita es muy demócrata. Todo este asunto de que si declina o no, ignora sus motivaciones. Para ella es un tema importante que gane el que tenga mayoría de votos. No es una antipejista profunda. No lo detesta. Es bastante más fría que eso y lo que sí es, es muy demócrata”, me cuenta rápido, vía telefónica, Rafael Estrada.

Si es así, entonces Zavala está construyendo un capital político que no tiene como objetivo único el 1 de julio, y lo estaba haciendo desde la plataforma más complicada. Como candidata independiente, no obtendría nada si no ganara. No tiene partido, así que no habrá diputados, senadores o cargos en los estados. No tendrá financiamiento público, ese que de todas formas no quiso pero que ayuda, ni derecho a prerrogativas adicionales ni un asiento en las instituciones electorales.

Y sin embargo, puede funcionarle. Puede no tener nada de lo anterior pero puede conseguirse una voz. De los candidatos, la única que estaba construyendo militancia a su alrededor era ella. Zavala puede convertirse en una oposición real e interesante, de derecha, para los interesantes tiempos que vendrán.

 

Ivabelle Arroyo
Politóloga y periodista. Dirige elanden.mx y colabora para distintos medios nacionales.

 

 

Un comentario en “Margarita no tiene nada de doña

  1. Es pragmática, al grado de coquetear con el voto de ciertos pastores protestantes para los que consiguió el reconocimiento de la SEP a su sistema de educación en casa, copia del de USA.