Presentamos un fragmento de El marxismo en México (Taurus, 2018) de Carlos Illades, obra que traza la historia de la influencia de Carlos Marx en nuestro país y que resulta esencial para entender los acontecimientos políticos de la actualidad.


PRÓLOGO

Hace cinco años expuse la contribución de las revistas teórico-políticas de la izquierda a la discusión de los problemas nacionales y globales. Soslayada por la implosión del comunismo y la alternancia hacia la derecha, la participación de la izquierda en el debate público y sus consecuencias para la germinal democracia mexicana era virtualmente desconocida por las nuevas generaciones, por lo que La inteligencia rebelde. La izquierda en el debate público en México, 1968-1989 intentó dejar constancia de aquélla. Si bien la derrota de esa izquierda llevó a muchos a subestimar su capacidad reflexiva concentrándose exclusivamente en corroborar sus pronósticos fallidos, la arqueología intelectual del marxismo puede recuperar vestigios relevantes para reflexionar acerca de un presente que deja poco lugar a la esperanza. Con una exposición ordenada con base en las generaciones intelectuales, las circunstancias históricas que enfrentaron y las influencias teóricas dominantes, completo ahora las grandes líneas del marxismo en nuestro país apenas bosquejadas en aquel volumen, desde su propagación con la Tercera Internacional hasta las distintas rutas que tomó después de la caída del Muro de Berlín.

El marxismo —y su expresión ideológica comunista— es una de las tradiciones intelectuales más poderosas del siglo XX. Sin exagerar, podemos decir que la política, la cultura, la educación, las ciencias sociales y las artes no pueden comprenderse a cabalidad si obliteramos el marxismo o el debate con él. Tan sólo por referirnos a la producción teórica y científica dentro de la vasta contribución marxista al pensamiento mexicano, podríamos mencionar a intelectuales y académicos de la talla de Vicente Lombardo Toledano, Wenceslao Roces, José Revueltas, Adolfo Sánchez Vázquez, Eli de Gortari, Pablo González Casanova, Alonso Aguilar Monteverde, Ángel Bassols Batalla, Enrique Semo, Arnaldo Córdova, Adolfo Gilly, Ruy Mauro Marini, Carlos Pereyra, Bolívar Echeverría, Roger Bartra y Alfredo López Austin. Y obras de gran repercusión en el campo intelectual como Dialéctica de la conciencia, La ciencia en la historia de México, Filosofía de la praxis, La democracia en México, Dialéctica de la economía mexicana, Historia del capitalismo en México, La ideología de la Revolución mexicana, Dialéctica de la dependencia, El sujeto de la historia, La modernidad de lo barroco, La jaula de la melancolía y Los mitos del tlacuache.

La primera generación del marxismo mexicano tuvo por referente político la Revolución rusa y adoptó el marxismo de la Tercera Internacional, es decir, el estalinista. Prácticamente no criticó el modelo soviético, antes bien lo asumió como horizonte deseable para superar el capitalismo y la condición semicolonial de los países atrasados. Eruditos ambos, Lombardo y Roces son las figuras señeras de esta generación. El intelectual poblano, directamente vinculado con la política práctica y forjador de instituciones del México contemporáneo, interpretó la Revolución mexicana con base en el materialismo histórico, mientras el jurista e historiador asturiano fue el principal traductor de la obra marxiana al castellano, además de heredar al público lector la traducción de grandes clásicos de la filosofía y la historia.

La generación siguiente permaneció fiel al materialismo dialéctico (diamat) soviético durante una parte de su trayectoria intelectual, pero con las revelaciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y la invasión de las fuerzas del Pacto de Varsovia a Hungría, rompió con el estalinismo. Eso hicieron José Revueltas y Adolfo Sánchez Vázquez. La Revolución cubana fue el nuevo faro de la transformación continental y el antiimperialismo la bandera de muchas de las tomas de posición de la inteligencia de izquierda. Dentro del plano teórico, el escritor duranguense y el filósofo andaluz recuperaron el marxismo humanista, influidos tanto por la modesta apertura política de Nikita Jruschov —una suerte de antecedente de la perestroika— como por la divulgación de la obra del joven Marx centrada en la problemática ética del “hombre en general”, previa a la crítica de la economía política, producto de su madurez intelectual. La otra figura destacada de esta generación es el filósofo Eli de Gortari, quien no se distanció del diamat en su teorización acerca de la lógica dialéctica, pero sentó las bases de la historia de la ciencia en nuestro país. El compromiso político de Revueltas y De Gortari los hará participar en el movimiento de 1968, lo cual les cuesta el confinamiento en Lecumberri.

En los sesenta el marxismo salta a las ciencias sociales. Todas las disciplinas sufren el impacto por igual. La perspectiva histórica se impone como requisito para explorar los problemas. Incluso un saber cada vez más matematizado como la economía concede un valor fundamental al análisis de los procesos en el tiempo. La sociología, la ciencia política y la geografía toman en cuenta también las transformaciones históricas para contextualizar sus verdades científicas. La antropología llamará la atención sobre las relaciones sociales para comprender la integración de la sociedad indígena a la nación mexicana. Abundarán los estudios sobre el régimen de la Revolución mexicana y más de algún politólogo o sociólogo se graduará con una tesis sobre los cacicazgos revolucionarios. La historiografía se olvida durante algún tiempo de los “hechos únicos e irrepetibles”, preguntándose por sistemas, modelos, patrones y procesos generales. Clío sale por un rato del provincianismo y aventura algunas comparaciones de mayor calado. Pablo González Casanova, Alonso Aguilar Monteverde, Ángel Bassols Batalla y Enrique Semo realizan contribuciones cardinales a la ciencia social mexicana. Y poetas inspirados como Enrique González Rojo disertan acerca de la práctica teórica o lanzan originales explicaciones sobre la naturaleza de los países del Este.

La generación de 1968 desarrolla el marxismo crítico. La invasión soviética en Checoslovaquia mengua la expectativa de la reforma socialista, pero la rebelión juvenil en las grandes ciudades del Primer Mundo y la protesta de la juventud mexicana alientan la esperanza del cambio. Y el golpe de Estado en Chile y el eurocomunismo reabren la discusión sobre las vías al socialismo. Profesores universitarios recién incorporados, o estudiantes todavía, constituirán la reserva intelectual de la nueva izquierda. La teoría critica, el marxismo estructuralista y la historia “desde abajo” reaniman la vuelta a Marx. Ruy Mauro Marini y Bolívar Echeverría se sumergen en El capital para responder las interrogantes contemporáneas acerca de la lógica de la acumulación capitalista y del sistema de la economía-mundo, en tanto que Arnaldo Córdova, Carlos Pereyra y Roger Bartra replantean el problema de la dominación a partir del redescubrimiento de Gramsci o sirviéndose de las provocadoras tesis de Althusser y Poulantzas. Y, en el campo de la historia, Alfredo López Austin elabora estudios notables sobre la cosmovisión mesoamericana apoyándose en los desarrollos marxistas y en la longue durée braudeliana.

La quinta generación marxista es la de la derrota. El colapso socialista, el desencanto con la Revolución cubana, el fiasco nicaragüense y la inapelable hegemonía neoliberal signan la evolución intelectual de quienes se bajaron del carro marxista en la década de los noventa. El abandono del marxismo fue tal que la evolución hacia el neomarxismo y el posmarxismo fue lastrada por el trasvase de los intelectuales al liberalismo (político) y al neoliberalismo (económico), mientras las nuevas generaciones nacieron posmodernas. Por eso debemos congratularnos de que, tras un cuarto de siglo en la oscuridad, o reducidos al mercado de segunda mano, comienzan a verse volúmenes marxistas en las librerías. El propio Fondo de Cultura Económica publicó en 2014 la nueva traducción de Wenceslao Roces de El capital. Y neomarxistas o posmarxistas contemporáneos se pueden leer en sellos mexicanos, aunque predominan las ediciones españolas y argentinas.

En el siglo XXI posiblemente una nueva generación se haga cargo tanto de los saldos sociales del proyecto neoliberal como de las por ahora débiles alternativas desde la izquierda. Los problemas mayores de la civilización del capital materia del marxismo no han desaparecido, incluso se agudizaron; forman parte de nuestro presente y merecen la pena de ser pensados con rigor. Entretanto, esperaremos que este libro sirva para quienes se interesen en la tradición marxista, que funcione como instrumento para identificar temas, autores, problemas, obras y enfoques, reconociendo de antemano que injustamente deja fuera a autores y temas relevantes. Más que un compendio es un mapa para orientar rutas ciertas hacia nuevos objetos historiográficos. Bastará con que ofrezca pistas o ahorre búsquedas engorrosas a jóvenes investigadores que eventualmente se interesen en continuarlo. Diego Bautista elaboró el índice analítico. Agradezco a Enrique Calderón la oportunidad de darlo a conocer.

Chapultepec, junio de 2017

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LOS INTELECTUALES MARXISTAS

¿Quiénes son los intelectuales? Las respuestas son variadas —oscilan entre el sustancialismo y el nominalismo, dice Christophe Charle—, pero coinciden en que se trata de individuos que elaboran o trabajan con ideas y las presentan al público (académico, común) por distintos medios (conferencias, libros, prensa, radio, televisión) para que pueda formarse una opinión acerca de temas de interés general. La definición básica la ofrece el medievalista Jacques Le Goff, para quien el término designa a los que “tienen por oficio pensar y enseñar su pensamiento”, tales como los profesores que formaron las primeras universidades en la baja Edad Media, separando el ejercicio del pensamiento del dominio monástico. Según los historiadores de la época contemporánea Pascal Ory y Jean-François Sirinelli, intelectual “no será el hombre que piensa […], sino el que comunica un pensamiento”, haciendo referencia al bautizo público de los intelectuales en el affaire Dreyfus; con esto, el intelectual no se dirigía exclusivamente a un auditorio selecto, lanzando ahora un mensaje abierto a toda la sociedad. De acuerdo con la filósofa húngara Agnes Heller, los intelectuales “no pertenecen a ninguna clase ni constituyen ellos mismos una […] la tarea que desempeñan en la división social del trabajo […] [es] la de crear concepciones del mundo significativas […] [portan] la conciencia de la universalidad”; esto es, integran lo singular, articulan los discursos y dan forma a las ideologías. Michel Foucault opone a este intelectual universal el intelectual específico, que sustenta sus intervenciones públicas en un saber particular. El teórico comunista Antonio Gramsci, además de la materia sobre la cual trabaja el intelectual, destaca su función extendiendo la categoría a todo aquel que desempeñara actividades directivas dentro de la sociedad; por tanto, “todos los hombres son intelectuales, pero no todos tienen en la sociedad la función de intelectuales”. De acuerdo con E. P. Thompson, “un intelectual socialista puede ser tanto un minero como un oficial sindicalista o un catedrático”, pero en realidad pocos de ellos disponen del tiempo y los recursos para ejercer como tales. Para Pierre Bourdieu, en la “autonomía más completa con respecto de todos los poderes” reside el fundamento de un “poder propiamente intelectual, intelectualmente legítimo”.

También hay coincidencia en cuanto a que la labor intelectual se lleva a cabo dentro de colectividades (círculos, salones, partidos, tertulias, universidades, vanguardias, redes), que involucra distintos medios, estructuras y mediaciones, todas las cuales posibilitan el intercambio y el debate ideológico, para llegar finalmente a la opinión pública, la instancia última de esta socialización. Y esto va desde el menosprecio de Gramsci hacia los “caprichos individuales” de los intelectuales que no produce ideologías, hasta la “sociedad intelectual” de Ory y Sirinelli.

La interacción de los intelectuales no se reduce a la pertenencia a grupos, al trato con el público o a la exposición en los medios electrónicos, incorpora además vínculos generacionales, tanto con la propia como con las generaciones coetáneas (en formación, activa e inactiva, siguiendo a Julio Aróstegui): el diálogo o la polémica se mueve en ambas direcciones. Ya en la década de 1920 José Ortega y Gasset y Karl Mannheim problematizaron ampliamente el tema. Para el filósofo madrileño, cada generación posee una “sensibilidad vital” particular, “es como un nuevo cuerpo social íntegro, con su minoría selecta y su muchedumbre”, siendo, sobre todo, “el concepto más importante de la historia, y, por decirlo así, el gozne sobre el que ésta ejecuta sus movimientos”. Su tensión dinámica daba la pauta del cambio histórico. La “afinidad de posición” de una generación —señala el sociólogo húngaro— no es análoga a la contemporaneidad cronológica, sino que se constituye a partir de “una potencial participación en sucesos y vivencias comunes y vinculados”. De la misma manera, más que entre jóvenes y viejos, el conflicto suele ocurrir entre las generaciones “que están más próximas entre sí”, ya que “son éstas las que se influyen recíprocamente”. Por último, refiriéndose a épocas históricas enteras, el “espíritu del tiempo” significaría “la concatenación continua y dinámica de las ‘conexiones generacionales’ que se suceden entre sí”. También esta lógica relacional está presente en la “teoría del campo” desarrollada por Bourdieu, donde la interconexión entre los productores de los objetos culturales sólo se puede entender “si se sitúa a cada agente o cada institución en sus relaciones objetivas con todos los demás”.

EL INTELECTUAL ORGÁNICO

Ahora bien, si éstas son las caracterizaciones generales de los intelectuales y de su función social, ¿cuáles corresponderían a los intelectuales disidentes o críticos, específicamente a los marxistas? Éstas pueden esbozarse a partir de dos líneas que vienen del siglo XIX hasta agotarse alrededor de la década de 1980: 1) la que emana de la tradición socialista en la que el intelectual estaba directamente asociado con la organización política, interviniendo (o pretendiendo hacerlo) en los movimientos sociales; 2) la procedente del caso Dreyfus, que dio lugar al intelectual inconformista (con el poder), crítico (de la realidad) y comprometido (con la sociedad, la verdad, la justicia).

Gramsci es todavía la mejor aproximación a la primera línea. Los intelectuales son para el comunista sardo los agentes de las superestructuras, esto es, “los gestores del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político”. Su actividad sustantiva consiste en homogeneizar la ideología que, a su vez, es la racionalización de la dominación para el conjunto de la sociedad, el ejercicio de presentar como natural e inamovible un orden impuesto por los que mandan.

La definición gramsciana del intelectual es en sentido amplio: incluye a filósofos, empresarios, técnicos, artistas, funcionarios, científicos, etcétera, que combinan la “función directiva y organizativa, educativa, es decir, intelectual”; sin que ello signifique que todos posean la misma jerarquía, dado que unos son creadores y otros más repiten las ideas de aquéllos:

la actividad intelectual debe diferenciarse en grados, también desde el punto de visa intrínseco, pues tal graduación en momentos decisivos ofrece una verdadera diferencia cualitativa en sí. A los escalones superiores habrían de llevarse los creadores en las diversas ciencias, en la filosofía, en las artes, etcétera, y a los inferiores, a los más modestos administradores y divulgadores de la riqueza intelectual ya existente, acumulada.

El vínculo con las distintas clases sociales otorga un carácter orgánico a los intelectuales y su “modo de ser” no reside en la elocuencia, “sino en el mezclarse activo en la vida práctica, como constructor, organizador, persuasor permanente”, siendo la suma del especialista y el político. Fuera de este nexo orgánico desmerece cualquier elaboración que realice, pues no pasarán de “‘pequeños caprichos individuales’ […] las ideologías que produce”; lo que no quiere decir que su pensamiento, arte, escritura o ciencia carezcan de valor, sino que ha abandonado aquella función conectiva.

Los intelectuales orgánicos no son exclusivamente los intelectuales del poder: las clases subalternas también necesitan crear su “propia categoría de intelectuales orgánicos” para estar en posibilidad de construir una hegemonía alternativa que dé curso a un nuevo bloque histórico. Dada la disparidad de fuerzas y medios a disposición de las clases en la sociedad moderna, los subalternos requerirían tanto de un intelectual colectivo (el partido o “Príncipe moderno”), como de importar recurrentemente a sus “grandes intelectuales”. Esto las hace en extremo vulnerables ya que, de un lado, “‘la conciencia de clase’ de sus intelectuales corre peligro de ser menos elevada”; y del otro, porque “los dirigentes de las clases dominantes intentarán permanentemente integrar estos intelectuales a la clase política, recurriendo especialmente al transformismo”. Blanqui, Considerant, Marx, Engels, Bakunin, Bernstein, Kautsky, Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, Kropotkin, Korsch, Lukács, Gramsci, Sartre, Althusser y otros serían los “grandes intelectuales” de la tradición socialista, no sólo por la calidad de sus ideas, sino porque de acuerdo con la perspectiva gramsciana las articularon con la acción de la clase trabajadora. Visto así, la undécima tesis sobre Feuerbach —“Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”— sería el postulado príncipe del intelectual socialista.

EL INTELECTUAL COMPROMETIDO

La segunda línea —que conduce al intelectual comprometido, crítico e inconformista— parte del affaire Dreyfus que polarizó a la opinión pública francesa de 1894 a 1906. “Yo acuso”, de Zola, fue la denuncia de un aparato judicial injusto que castigó a un inocente por el prejuicio étnico en un bochornoso episodio que alineó a los hombres de letras en un tema de interés público, representando esta toma de postura —dice Bourdieu— “el acto inaugural de un escritor que, en nombre de las normas propias del campo literario, interviene en el campo político, constituyéndose así en intelectual”. Sería a partir de este conflicto cuando los intelectuales tanto de izquierda como de derecha afirmen esta “pretensión de autonomía”.

Pero esta autonomía es cuando más relativa —pautar por sí mismos el campo intelectual—, dado que los intelectuales no constituyen una clase, sino una élite, llegando incluso “a pretender ser la única y verdadera élite”, fundada en el mérito por oposición a la riqueza y a la cuna. La fantasía de los intelectuales —dice Gramsci— es ser “‘independientes’, autónomos, revestidos de caracteres propios”. Sin embargo, esto no es posible, ya que, a su pesar, actúan en función de las clases sociales, se deben a ellas. De igual manera, Raymond Williams consideraba esta aspiración “uno de los mitos más atractivos de la ideología burguesa”, es decir, que podría producir “una intelectualidad autónoma”.

Este trayecto hacia la pretendida autonomía sería sumamente largo remontándonos al siglo XIII, cuando se forman las primeras universidades, lo que implicó, como apunta Le Goff, “la unión de la investigación y la enseñanza en el espacio urbano y no ya en el espacio monástico”. Este monopolio de los universitarios iría relajándose en los dos siglos posteriores al constituirse espacios alternativos (círculos, colegios) para la producción y divulgación del saber. Con la Ilustración surgirían academias, salones, sociedades de lectura y la Encyclopédie, excepcional compendio del conocimiento únicamente realizable —de acuerdo con Diderot— “por una asociación flexible de expertos”.

Por haber reivindicado el papel de los filósofos en los asuntos públicos, a los “hombres de letras” les endilgaron los excesos del Terror, perdiendo parte del prestigio social acumulado. En el Romanticismo, los intelectuales —como se les empieza a conocer— recuperarán credibilidad, convirtiéndose en portavoces de una sociedad emancipada de los dogmas antiguos, en los sacerdotes laicos que con autoridad moral se dirigen al público o al Estado. Recordemos a Victor Hugo implorando clemencia a Juárez para el malhadado emperador Maximiliano de Habsburgo, o advirtiendo a los lectores de Los miserables que en tanto:

no se resuelvan los tres problemas del siglo: la degradación del hombre por el proletariado, la decadencia de la mujer por el hombre, la atrofia del niño por las tinieblas; mientras en ciertas regiones sea posible la asfixia social; en otros términos, y bajo un punto de vista más dilatado aún, mientras haya ignorancia y miseria sobre la tierra, los libros de igual naturaleza que el presente podrán no ser inútiles.

El “arte social”, que acompañó a la Revolución de 1848, creció en oposición al “arte egoísta” de los exquisitos, animados propagandistas del “arte por el arte”. No obstante su compromiso, esta perspectiva de la práctica artística alejaba a los escritores de la deseada autonomía. Serían Flaubert y Baudelaire —señala Bourdieu— quienes sentarían las bases de “la constitución del campo literario como un punto aparte, sujeto a sus propias leyes”. No obstante, el caso Dreyfus será el punto de partida del “modelo del compromiso” del intelectual. Con base en éste, las coyunturas políticas seminales constituirían el principio ordenador de la conducta pública del intelectual, el termómetro de la opinión acerca de los asuntos de interés nacional y el eje referencial del espectro político. Autores como Herbert Lottman, Pascal Ory y Jean-François Sirinelli exploraron esta ruta, de tal manera que las guerras (mundiales, fría y de liberación), el frente popular, los “treinta gloriosos” o el “Mayo francés” fueron coordenadas fundamentales.

Mientras el fracaso de la Revolución alemana de 1923 y la consolidación de un estado policiaco en la Unión Soviética produjeron la escisión entre teoría y práctica que está en la génesis del marxismo occidental, la derrota del movimiento obrero, la crisis del marxismo y el colapso del bloque soviético signaron el declive del intelectual comprometido. Le asestó la puntilla el rechazo de la posmodernidad a los metarrelatos y las certezas ilustradas, de forma tal que no quedó lugar para las totalizaciones y tampoco para las formulaciones ideológicas, cuando menos dentro del ámbito de los subalternos. Emergió un “milenarismo invertido” —lo denomina Jameson— dentro del cual las expectativas acerca del futuro, con independencia de su signo, fueron sustituidas por la convicción de que se estaba al final de todo, fuera la estética, la política o la historia misma. Asimismo, el discurso de los especialistas, pero sobre todo una doxa vulgar, copó audios y pantallas cuando los intelectuales saltaron a la televisión.

LAS GENERACIONES INTELECTUALES

Tratando de compaginar el método generacional (si vale la expresión) con los acontecimientos definitivos para una época —o un bloque histórico para emplear la categoría gramsciana— intentaré ahora completar la genealogía apenas esbozada en un volumen anterior.

En México, la primera generación intelectual de la tradición socialista es la romántica; responde a la Reforma, la Intervención Francesa y los inicios de la dictadura porfirista. Fuera del país los acontecimientos determinantes son las revoluciones de 1848 y la Comuna de París. El problema capital que enfrenta es, sin renunciar a la modernización política liberal (i.e. separación de la Iglesia y el Estado, igualdad ante la ley, garantías individuales), cómo hacerse cargo de la “cuestión social”, desatendida por el liberalismo y núcleo del pensamiento socialista. Esto pasa por la extensión de los derechos universales (al trabajo, la educación, por ejemplo), la reorganización de la sociedad (tanto productiva como la socialidad misma), el municipalismo (acepción mexicana del comunalismo), la democracia directa, el federalismo, el reparto agrario y la nivelación de las clases, procurando elevar la condición social de trabajadores, mujeres e indígenas.

Plotino Constantino Rhodakanaty (Atenas, ¿1828?) es la figura central del primer socialismo mexicano, no sólo por haber presentado de manera ordenada este cuerpo doctrinal (en la prensa, panfletos, conferencias y círculos de estudio), sino porque formó el ¿partido? socialista pionero en el país (La Social, 1871) que irradió su influencia en las luchas campesinas (Chalco, Sierra Gorda) y en el naciente movimiento obrero (congresos de 1876 y 1879-1880). La Social publica durante breve tiempo un periódico propio (La Internacional ), relacionándose marginalmente con el movimiento socialista internacional. No obstante, el círculo del socialista griego posee escasa o nula conexión con otros escritores socialistas contemporáneos mexicanos (Nicolás Pizarro, Juan Nepomuceno Adorno, José María González y González), diluyéndose su huella en la generación que le sucedió. El primer socialismo debate fundamentalmente con liberales y positivistas, quienes dominan la sociedad política, el sector educativo y la academia. Esta última tiene su bastión en la Escuela Nacional Preparatoria, semillero de cuadros gubernamentales.

Después de lo que podríamos llamar una generación perdida, en la que el primer socialismo declina sin que lleguen otras corrientes a remplazarlo, el pensamiento libertario viene al relevo. Quizá ante la virtual ausencia del referente socialista, el anarquismo germina en un liberalismo radicalizado (opuesto al liberal-conservadurismo del régimen) y no en la elaboración socialista precedente, la cual incluso desconoce. El anarquismo corresponde históricamente a la crisis del Porfiriato y la Revolución mexicana, seguida por sus líderes desde el exilio. Los referentes externos mayores son los movimientos revolucionarios y nacionalistas en Europa, y la primera Guerra Mundial. En tanto que la confrontación intelectual del anarquismo mexicano es con los científicos y con el ala maderista del bloque revolucionario, a la que considera epígono del régimen.

Las manifestaciones callejeras de abril y mayo de 1892, en las que trabajadores y estudiantes protestan contra la reelección de Porfirio Díaz, detonaron el activismo político de Ricardo Flores Magón (Eloxochitlán, 1873), aprehendido en una de ellas. Con la publicación de Regeneración a partir de 1900, el grupo de los hermanos Magón profundiza su confrontación con el régimen, pero sin decantarse todavía por la estrategia revolucionaria y la anarquía. A nombre del periódico, el intelectual oaxaqueño asiste al Primer Congreso Liberal, realizado en San Luis Potosí en 1900, acordándose formar el Partido Liberal Mexicano (PLM), del cual Regeneración sería portavoz desde 1906, cuando finalmente se constituye el partido. La dictadura asedia por todos los medios a su alcance a la redacción del periódico y a los organizadores del partido, forzándolos al exilio. Una frontera porosa y bastante activa durante la contienda armada evita que los magonistas quedaran aislados políticamente. Sin embargo, el gobierno estadounidense se suma al acoso, mientras la dictadura porfirista redobla el suyo. Lo positivo fue que, en el país del norte, Magón y sus compañeros tuvieron la ocasión de conocer más a fondo el anarquismo e interactuar con figuras del movimiento libertario y líderes sindicales de la Industrial Workers of the World (IWW), recién fundada en 1905.

Otra corriente surgida del liberalismo radicalizado es el agrarismo, donde destaca Antonio Díaz Soto y Gama (San Luis Potosí, 1880). Aliado con el magonismo durante una década, el abogado potosino forma en 1899 el Club Liberal Ponciano Arriaga, siendo también uno de los organizadores del Primer Congreso Liberal y del PLM. Soto y Gama se interesa por el embrionario movimiento obrero, de tal manera que interviene en la creación de la Casa del Obrero, en 1912. Al año siguiente, opta por el zapatismo, convirtiéndose en intelectual orgánico del movimiento y en uno de los ideólogos más relevantes del agrarismo mexicano. De igual forma que sus aliados magonistas, los científicos y el maderismo conforman los blancos de su discurso político.

La siguiente generación incorpora el marxismo de la Tercera Internacional al pensamiento y acción de la izquierda nacional, del que se sirve para interpretar el desarrollo histórico (José Mancisidor, Luis Chávez Orozco, Rafael Ramos Pedrueza, Alfonso Teja Zabre). La Revolución de Octubre, el fascismo, la Guerra Civil española y la segunda Guerra Mundial delimitan el contexto externo. El intelectual mejor dotado de esta primera generación marxista es Vicente Lombardo Toledano, quien por medio del materialismo dialéctico rompe con el idealismo filosófico del Ateneo de la Juventud. Lombardo interviene en la formación de la central obrera más importante del país —la Confederación de Trabajadores de México (CTM)—, en la puesta en marcha de la Universidad Nacional (UNAM) y crea el Partido Popular (PP). Antagonista ideológico de la filosofía espiritualista de Antonio Caso y del empirismo historiográfico, Lombardo colabora con el régimen posrevolucionario para combatir a la “reacción” (interna) y el imperialismo (estadounidense). Abriga la expectativa según la cual, a través del desarrollo material y social impulsado por el Estado, se crearían las “condiciones objetivas” para dar un curso socialista a la Revolución mexicana, la cual racionaliza desde las categorías del materialismo histórico. Entretanto, el transterrado asturiano Wenceslao Roces (Soto de Agues, 1897-Ciudad de México, 1992) traduce al castellano las obras fundamentales de Marx y Engels, poniendo a disposición de la izquierda latinoamericana el instrumental marxista.

En el terreno de las artes, los simpatizantes del comunismo acudieron al llamado gubernamental de instrumentar una estética dirigida al gran público. Varios formaron el Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores de México (1924), la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (1933) y el Taller de Gráfica Popular (TGP, 1937). En el Sindicato participaron Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Xavier Guerrero y otros más; mientras en el TGP destacaron Leopoldo Méndez, Alfredo Zalce, Raúl Anguiano, Luis Arenal, José Chávez Morado, Francisco Dosamantes, Isidro Ocampo, Ángel Bracho, Xavier Guerrero y Pablo O’Higgins. La gráfica del TGP adoptó una línea de combate y de propaganda que respaldaba a los sindicatos, informaba sobre las huelgas, denostaba al fascismo y glorificaba a la Unión Soviética (URSS).

El estalinismo, la Guerra Fría y la fragmentación del movimiento comunista internacional a consecuencia del conflicto sino-soviético son elementos ineludibles para la comprensión del horizonte intelectual de la segunda generación marxista; a la vez que el “milagro mexicano”, el régimen autoritario y el nacionalismo revolucionario como ideología oficial enmarcan la situación nacional. Descuellan el escritor José Revueltas (Durango, 1914-Ciudad de México, 1976), y los filósofos Adolfo Sánchez Vázquez (Algeciras, 1915-Ciudad de México, 2011) y Eli de Gortari (Ciudad de México, 1918-1991). Revueltas y Sánchez Vázquez renuevan el marxismo mexicano en la medida en que incorporan planteamientos de las tendencias disidentes del movimiento comunista internacional (Revueltas) y porque dialogan ambos con el marxismo occidental, más que nada con las expresiones humanistas desarrolladas a partir del descubrimiento de los escritos del joven Marx (Sánchez Vázquez), de la difusión de la obra de Gramsci en Europa y América Latina, y la influencia de Jean-Paul Sartre. Entretanto, a la soviética, De Gortari trata de fundir la filosofía con las ciencias (naturales y exactas) e intenta fundamentar la “lógica dialéctica” que resolvería las aporías de la lógica formal, tentativa emprendida después de la guerra por Henri Lefebvre quien, como Sartre, postuló un marxismo humanista. Con todos ellos el marxismo transita hacia las universidades mexicanas (la generación anterior había ganado espacios entre los profesores normalistas) y fortalecerá su componente teórico, no obstante que Sánchez Vázquez lo conciba como una “filosofía de la praxis”. En plena madurez intelectual los sorprenderá el movimiento estudiantil de 1968, que cuesta cárcel y vejaciones a Revueltas y De Gortari. El Estado posrevolucionario, el reformismo de Lombardo y el socialismo realmente existente (Revueltas) son objeto de sus cuestionamientos.

 

Un comentario en “El marxismo en México

  1. Interesante fragmento, me ayuda a entender el ambiente estudiantil de los años 70’s y 80’s ya que ingrese a la escuela secundaria en 1971 y egrese de la licenciatura en 1982. Recuerdo el ambiente política-universitario-intelectual que perduraba durante esos días en los centros de estudio, el cual hasta estos días sigo poniendo en práctica dentro la comunidad que resido. La lectura del fragmento me ayudo a comprender de donde viene la posición ideológica de las normales rurales. A pesar de residir en el extranjero encontrare la forma de tener el libro en mis manos. Será interesante revisitar la historia del Marxismo en otra etapa de mi vida.

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