Hemos entrado en una nueva era de la humanidad. Por primera vez en la historia no sólo nuestras habilidades físicas, sino también las cognitivas, están siendo superadas, aceleradamente, por máquinas inteligentes y hábiles. Esta nueva era va mucho más allá de toda revolución industrial. Implica una transformación radical económica, social, política, cultural, biológica, cognitiva.

Los líderes gubernamentales y empresariales tienen poca conciencia de la rapidez e implicaciones de la marejada que se viene encima y de cómo va a afectar, para bien y para mal, a economías y a empresas. La mayoría de las organizaciones públicas y privadas no están preparadas para absorber y aprovechar las ventajas extraordinarias de las nuevas tecnologías, ni tampoco para enfrentar sus desafíos.


Ilustraciones: Patricio Betteo

La desigualdad, la polarización socioeconómica y los bajos estándares educativos de la fuerza laboral dejan a la mayoría de los países en desarrollo muy mal provistos para adaptar la innovación tecnológica proveniente del resto del mundo, y para generar la propia. La ausencia de una cultura de la innovación, la carencia de capacidades para materializarla y la debilidad institucional para fomentarla exponen peligrosamente su viabilidad económica futura. Estudios y publicaciones disponibles se concentran abrumadoramente en economías avanzadas. Hay poco investigado y publicado sobre países en desarrollo.

Por sí misma, la tecnología es inerte. No es ni buena, ni mala. Es tan sólo una herramienta sin sentido propio. Su aplicación y su significación para la sociedad están determinadas por el pensamiento y la imaginación humanos, por la organización social y sus instituciones, por la intencionalidad en su uso. La forma en que aplicamos nuestras tecnologías expresa lo que somos como seres humanos y como sociedad. La pólvora puede aplicarse a fuegos de artificio, para luchar por la patria, o para actos de terrorismo. La ingeniería genética puede producir remedios para enfermedades, bacterias para reducir el bióxido de carbono de la atmósfera, o estirpes de gérmenes para exterminio masivo.

El avance de la tecnología siempre ha implicado una ambivalencia entre salvación y condena, ventura y adversidad, progreso y catástrofe, oportunidad y riesgo. La precipitación de las revoluciones tecnológicas recientes ha provocado una gran alerta en los sectores de la población conscientes de ellas. En virtud de que el cambio es acelerado, han surgido muchas predicciones e interpretaciones sobre su impacto futuro por parte de los grandes especialistas en el tema.

Muy someramente: los optimistas afirman que el cambio tecnológico exponencial continuará liderado por la explosión de la inteligencia artificial. Encontrará soluciones a problemas ancestrales, como el hambre, la pobreza, las enfermedades, la ignorancia, el deterioro ambiental e incluso la violencia. Logrará la autosuficiencia en energía renovable. Fomentará el reciclaje de recursos no renovables y respaldará el desarrollo sostenible y la inclusión de todos en un mayor bienestar. Una mayor conectividad fomentará las fuerzas creativas y de colaboración de toda la humanidad. Liberará a la gente de trabajos repetitivos, indignos y peligrosos. Creará nuevas ocupaciones inimaginables. La economía basada en la escasez será superada. Entraremos en una nueva era de abundancia y cooperación. Las capacidades biológicas, cognitivas y sensoriales de los seres humanos se expandirán inconmensurablemente.

Por su parte, algunos pesimistas concluyen que el crecimiento exponencial se detendrá y fallará en evitar crisis futuras. Otros argumentan que el cambio acelerado continuará, pero llevará a peligros socioeconómicos imparables. Es el caso del desempleo masivo, gran desigualdad extrema, deflación económica estructural. La innovación tecnológica exponencial devorará al mercado, a las instituciones y a las regulaciones. La aceleración de la automatización y la digitalización será incompatible con el capitalismo a largo plazo, pues colapsará el precio de todo, incluidas las utilidades. Al principio, una mayor conectividad conducirá al aparente empoderamiento de la sociedad civil, pero a expensas de su privacidad y libertad. Fuerzas cada vez más disruptivas conducirán a regímenes populistas y autoritarios y, más tarde, posiblemente a algún tipo de totalitarismo tecnológico. Independientemente de estos escenarios, el empoderamiento tecnológico implica más riesgos de que algo salga mal. Una de las posibilidades es el surgimiento de una inteligencia artificial general incontrolable y catastrófica.

Por todas estas razones decidí escribir La gran transición, pues creo que no podemos predecir el futuro y que estamos a tiempo de forjar aquel que deseamos y evitar los porvenires que no queremos. El libro, publicado por el Fondo de Cultura Económica, se suma al llamado de urgencia sobre la necesidad de recopilar información relevante, estudiar, divulgar y dar respuesta al cambio tecnológico exponencial y a sus múltiples efectos socioeconómicos. Por eso, también contribuí intensamente a la resolución de Naciones Unidas sobre el impacto de los rápidos cambios tecnológicos en el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que exitosamente inició, lideró y negoció México. Fue aprobada en diciembre pasado. Le da legitimidad y viabilidad al tema, y visibilidad al papel visionario de nuestro país y de su Servicio Exterior.

Cada país, región, comunidad, empresa, tendrá que actuar de manera particular y apropiada a las implicaciones del cambio tecnológico acelerado. No existen recetas universales, ni medidas únicas que sirvan a todos. El mercado no las puede proveer por sí mismo. La mejor estrategia para cada país dependerá de sus circunstancias peculiares, de establecer una gobernanza y un marco regulatorio altamente responsivos a los retos del cambio acelerado. Dependerá de fortalecer la educación y la capacitación a todos los niveles, de difundir la cultura de la creatividad, y de generar poderosas capacidades para la innovación y la absorción tecnológica. Estos devenires justifican que todos los países cuenten con una política de ciencia y tecnología, de educación y capacitación que supere los vaivenes políticos de los cambios de sus gobiernos y, sobre todo, que aumenten y mejoren sus capacidades de innovación y de absorción de tecnología.

Ante la aceleración tecnológica que se nos viene de afuera, México necesita reposicionar urgentemente su modelo de desarrollo. Por esto, independientemente de quien sea el próximo presidente de la República y de cuál sea la composición de su gobierno, irremediablemente enfrentaremos los desafíos de esta nueva era, que son inminentes y muy diferentes a toda época de desarrollo pasada. Si no nos montamos en la ola de cambios tecnológicos sin dejar a nadie atrás, persiguiendo los objetivos de desarrollo sostenible, probablemente quedaremos rezagados y habremos creado desequilibrios socioeconómicos y políticos que pueden ser catastróficos en la próxima década. La alternativa es llegar a ser la séptima u octava potencia mundial.1

Es esencial una reorientación de las prioridades de política económica, no sólo por las políticas del presidente Trump sobre el TLCAN, el comercio exterior y la inmigración, sino por el impacto creciente de la nueva ola de poderosas tecnologías,2 que compromete prácticamente todas las actividades económicas y el tejido social. En algunas áreas México podría estar a la vanguardia de las adaptaciones tecnológicas y dar saltos poderosos (leapfrogging). En estos últimos años México ha comenzado a despertar al potencial transformador de las tecnologías exponenciales y de sus implicaciones socioeconómicas, y a visualizar el aprovechamiento de sus ventajas y el combate de sus efectos negativos. Es el caso de Jalisco, Querétaro, Ciudad de México, Es- tado de México, Nuevo León y Morelos. Lamentablemente, los contrastes regionales son inmensos. Los casos de éxito en el mundo vienen acompañados siempre de una educación y adiestramiento sólidos, y del fortalecimiento de las capacidades de innovación y absorción tecnológica de las empresas.

A diferencia de los países emergentes prósperos que han logrado un ritmo de innovación relativamente alto, históricamente, México no ha cumplido con la meta de dedicar al menos 1% del PIB a investigación y desarrollo (I+D). Lo ha dejado al “mercado”. A pesar de los múltiples programas federales para el apoyo a la innovación México dedica, actualmente, tan sólo 0.55% de su PIB a la innovación, a pesar de lo que dicta la Ley de Ciencia y Tecnología (art. 9 bis). La cercanía con Estados Unidos ha hecho pensar a gobiernos y empresarios que la tecnología fluirá o se adaptará del exterior. De hecho, la inversión mexicana en I+D es una de las más bajas del mundo, en vista del tamaño económico y demográfico del país. Según cifras del Banco Mundial, México ha estado inclusive debajo del resto de la región latinoamericana en términos de porcentaje del PIB dedicado a I+D (0.55% vs. 0.82%), que a su vez es inferior al del mundo (2.1%). El porcentaje de I+D en China ha crecido rápido, de menos de 1% en el 2000 a más de 2% hoy. Los países de la OCDE y Singapur alcanzan 2.4%, Corea del Sur llega a 4.3% e Israel aún más alto. Por otra parte, con sus propios avances tecnológicos Brasil ha impulsado sectores que hoy compiten exitosamente a nivel internacional. Su inversión en I+D es de 1.2% del PIB, que podría elevar aún más para tomar plena ventaja de la revolución digital y tecnológica. Los países de ingreso bajo y medio siguen un perfil similar al de Brasil, con un porcentaje promedio de gasto en I+D en 2014 de 1.35%. Los de altos ingresos se mantienen en alrededor de 2.5% (ver gráfica 1).

En el uso de internet para negocios México se ubica en el lugar 62. Tiene la posición 80 en capacitación del personal y formación de talento. México tiene tan sólo 242 investigadores por cada millón de personas, comparado con siete mil 100 en Corea del Sur, cinco mil 230 en Japón, cuatro mil 435 en Alemania. En cuanto al número de técnicos, México tiene 130 por cada millón de personas; Estados Unidos emplea cuatro mil 232; Alemania alcanza mil 900; China mil 180; Brasil 700; y Sudáfrica 440. El mundo tiene 1.278 investigadores para I+D por millón de personas, genera 2.2 millones de artículos de revistas técnico-científicas, y 1.87 millones de patentes. La dinámica de la generación de patentes en México es muy débil, sobre todo si se compara con otros países de desarrollado intermedio. Más aún, la mayoría de las patentes son generadas por no residentes en México: sólo 5% de las patentes son de connacionales, mientras que 47% se otorgan a estadunidenses, según cifras del Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI). Se enfocan principalmente en artículos de uso y consumo (122); química y metalurgia (87), así como física (59).3 Las de residentes extranjeros se concentraron en artículos de uso y consumo, y en técnicas industriales diversas. Las solicitudes de patentes alcanzan 288 mil en Estados Unidos; 260 mil en Japón; 170 mil en Corea del Sur; más de 47 mil en Alemania; 15 mil en Reino Unido; en México llegan a menos de mil 400. En Estados Unidos se presentan 413 mil artículos de revistas técnico-científicas; en Japón 103 mil; Alemania 101 mil; en Corea del Sur 59 mil; 48 mil 600 en Brasil; en México 13 mil. Todo esto y mucho más justifica una reforma a la política y a la Ley de Ciencia y Tecnología en México.

El tipo de estrategia de estabilización, y de liberalización económica y comercial implantada inhibió la inversión en I+D y el surgimiento de una economía del conocimiento, lo que debilitó el potencial económico de México.4 Hubo un bajo aumento de la productividad y un pobre crecimiento económico —de tan sólo 2.1% anual por 35 años—. El PIB per cápita de México fue rápidamente rebasado por países con los que antes ostentaba una gran diferencia, pero que siguieron un modelo económico distinto: de innovación y conducción económica acertada del Estado. China, por ejemplo, tenía una doceava parte del PIB per cápita de México en 1981, pero lo rebasará en 2018. Corea del Sur sobrepasó a México a mediados de los 1990 (ver gráfica 2).

México no ha logrado resolver la alta polarización económica y la desigualdad social. La divergencia en el crecimiento de la productividad y del PIB por hora trabajada mantuvo el poder adquisitivo de los trabajadores a niveles muy bajos, preservando ventajas comparativas en el comercio exterior, pero dejó a México muy mal equipado para absorber la innovación tecnológica proveniente del resto del mundo en beneficio de todos. Los bajos estándares educativos de la fuerza laboral, el alto grado de informalidad económica y la alarmante baja capacidad innovadora de las empresas mexicanas, públicas y privadas son producto y, a la vez, causa de estos déficits (ver gráfica 3).

La gran mayoría de las más de cuatro millones de empresas registradas en México5 aún vive bajo prácticas fiscales, financieras y arancelarias que no estimulan su formalización, su competitividad y su capacidad tecnológica. Prevalecen estructuras de propiedad inflexibles y anacrónicas.6 Subsisten prácticas empresariales anticuadas, que utilizan insumos y técnicas tradicionales para la manufactura y los servicios. La insuficiencia de garantías legales y de un Estado de derecho inhibe la toma de riesgos para modificar estas condiciones e induce a la informalidad. Además, el sistema bancario y financiero tradicionales excluye a la mayoría de los sectores de la población y de las MIPYMES. El emprendimiento fintech y el impulso de sus ecosistemas representa una luz de esperanza, pero su alcance es aún incierto.

Diversas encuestas muestran que la gran mayoría de las empresas mexicanas consideran que una mayor absorción tecnológica y el lanzamiento de proyectos de innovación representan un alto riesgo, que conlleva gastos innecesarios y resultados frecuentemente decepcionantes. El problema generalizado de una planeación deficiente, indicadores pobres, metas de productividad mal cuantificadas y modelos de ingreso mal concebidos explican por qué México es uno de los países con más alto grado de fracaso de nuevas empresas: 75% se ven obligadas a cesar sus operaciones luego de dos años de actividad.7

Ante el ataque contra el papel del Estado se encapsuló su liderazgo moral y económico, desprestigiando su participación, apoyo y guía al desarrollo. Sin embargo, esto no llevó a corregir los males, a fortalecer las instituciones, a mayor eficiencia y transparencia. México ocupa la posición 123 entre 137 países en la fuerza de sus instituciones.8 La estrategia seguida no resolvió estas deficiencias, ni las del desarrollo mismo. La acción estabilizadora del mercado no ha sido suficiente para encauzar un desarrollo sostenible y equitativo. Y es que el mercado es esencialmente incapaz de responder a los objetivos del desarrollo per se. Es un gran mecanismo para darle precio a las cosas y a los servicios que se tramitan. Sin embargo, es ajeno a la moralidad, a la igualdad, a la justicia, o al bien y el mal. Estos parámetros no los genera el mercado, tienen que incorporarse de afuera, mediante regulaciones, incentivos o desincentivos.

Es importante aclarar que las deficiencias de los políticos, legisladores y burócratas no son un argumento contra el papel del Estado, sino contra la forma en que operan esos elementos dentro del Estado. Es un argumento para modificar las prácticas y superar sus deficiencias y vicios. La prueba es que países como Alemania, Francia, Reino Unido, y muchos más tienen Estados poderosísimos que intervienen profunda y efectivamente en sus economías y sociedades. Sus sistemas de pesos y contrapesos son muy efectivos, la transparencia es muy alta y los desvíos de servidores públicos son fiscalizados y castigados de manera ejemplar. En paralelo, también prevalece un escrutinio profundo del papel de los otros actores sociales: empresarios, prensa y líderes de movimientos sociales, culturales o religiosos. Su papel es igualmente cuestionado y su evaluación tiene que responder a su contribución al bienestar social.9

Es urgente repensar el modelo económico de México a la luz de los nuevos desafíos del cambio tecnológico acelerado y de la consecuente reconfiguración de la globalización, fincada en el conocimiento, la conectividad, las nuevas cadenas de valor, los flujos financieros, la automatización y la digitalización, todos respaldados por la inteligencia artificial. Van a imponer una enorme presión sobre la viabilidad y competitividad de México, sin olvidar el envejecimiento de la población y el agravamiento del cambio climático. Lo que viene exige una proactiva adaptación institucional, jurídica, fiscal, financiera y educativa, enfocada a crear oportunidades de inversión del sector privado y de la sociedad, orientadas hacia la innovación, la mayor productividad y la inclusión de todos.

Como convincentemente argumenta Mariana Mazzucato,10 el progreso tecnológico depende cercanamente del papel del Estado. El sector privado difícilmente puede arriesgar grandes inversiones y tiempos de maduración, necesarios para investigar, desarrollar y aplicar nuevas y caras tecnologías. La coherente y eficiente acción del Estado es indispensable en todos los países para fortalecer el rol del mercado, creando la infraestructura, las condiciones y los incentivos para la innovación y el desarrollo tecnológico.

La innovación y la absorción de tecnología se han convertido en el principal motor de la prosperidad y sobrevivencia futura como nación, y su fomento depende, y es condición, de un “Estado emprendedor” (como lo describe Mazzucato), de un mercado eficiente y enfocado y de no dejar a nadie atrás. Sin embargo, los riesgos que toma el Estado y el desenvolvimiento del mercado no necesariamente conllevan un beneficio para todos. Por ello, su nuevo papel debe responder a ¿cómo socializar los beneficios y no sólo los riesgos del avance tecnológico? ¿Cómo aprovechar las oportunidades del cambio tecnológico y minimizar sus peligros para alcanzar un desarrollo sostenible? ¿Cómo maximizar las capacidades de innovación y absorción tecnológica? ¿Cómo generar las máximas oportunidades de inversión privada y de emprendimiento a todos los niveles sociales y regiones del país, sin dejar a nadie atrás? De su respuesta depende el éxito de nuestro país e, inclusive, su sobrevivencia durante la gran transición.

 

José Ramón López-Portillo Romano
Economista y doctor en Ciencia Política. Cofundador y coordinador del Centro de Estudios Mexicanos de la Universidad de Oxford. Recientemente, el secretario general de Naciones Unidas lo nombró miembro del Grupo de 10 Expertos para el Mecanismo de Facilitación de Tecnología de la ONU.

Texto elaborado a partir del libro La gran transición. Retos y oportunidades del cambio tecnológico exponencial, que circulará en breve bajo el sello del FCE.


1 PwC, “The Long View: How will the global economic order change by 2050?”, febrero 2017; World Bank: Projected Global GDP in 2050 by Country.

2 Las nuevas líneas de expansión tecnológica comprenden avances como: sistemas de inteligencia artificial y autoaprendizaje de las máquinas y big data, energía renovable, hiperconectividad, internet de las cosas, digitalización ubicua, robótica inteligente y hábil, vehículos autónomos, blockchain, realidad virtual y aumentada, nanotecnología, biotecnología, medicina individualizada, neurotecnología, vida sintética.

3 Ej., extracción de agua de mar; cemento luminoso, brazo biónico, concreto traslúcido; pastilla anticonceptiva, procedentes de IES como IPN, ITESM, UAM, UNAM y laboratorios privados.

4 Ver CEPAL, La Nueva Revolución Digital: De la Internet del Consumo a la Internet de la Producción, Naciones Unidas, Santiago de Chile, 2016, pp. 11-13.

5 Del total de más de 4,211,000 empresas registradas en 2016 (ver INEGI), 95% son micro y 3.5% son pequeñas. La gran mayoría habitan sectores económicos tradicionales e informales. En contraste, las grandes (0.25% del total) contribuyen con más de 71% de la producción bruta. Junto con las medianas (1.25 del total) el sector moderno emplea a 20% de la fuerza de trabajo.

6 Poco se han explorado esquemas novedosos de propiedad y de administración empresarial orientados a una innovación más dinámica, como “share and option vesting” y “employee ownership”.

7 Contrasta pobremente con Estados Unidos 34%, Brasil 35% y Colombia 59%. Aunque el INADEM carece de cifras concretas, el Instituto del Fracaso (parte de “Fuck-Up Nights”), y el Instituto del Emprendimiento Eugenio Garza Lagüera lo corroboran.

8 Schwab, Klaus, “The Global Competitiveness Report 2017-2018”, World Economic Forum, 2017.

9 “Contrariamente a la máxima de Milton Friedman, el negocio de los negocios no debería ser sólo negocios. El valor del accionista por sí solo no debe ser el criterio guía. En cambio, deberíamos hacer que el valor para las partes interesadas, o mejor aún, el valor social, sea el punto de referencia para el desempeño de una empresa”: Joe Kaeser, The world is changing. Here’s how companies must adapt, WEF, enero de 2018.

10 Mazzucato, Mariana, The Entrepreneurial State: debunking public vs. private sector myths, Anthem Press, Londres, 2015.

 

3 comentarios en “La gran transición tecnológica

  1. Excelente Articulo , que nos deja una tarea pendiente: para exigir mas tanto a gobiernos como a empresarios , seguimos quedándonos atrasados y hay que planear un cambio en las políticas futuras .

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