El individuo es un invento cristiano, sostiene Larry Siedentop en un libro publicado hace unos años. La semilla del liberalismo no está en las especulaciones del estado de naturaleza ni en el inventario de los derechos. Se encuentra en la idea de la igualdad moral de todos los seres humanos, en la hermandad del mensaje cristiano. La naturaleza del mundo antiguo impone jerarquías por todos lados. Estrellas e insectos; amos y esclavos. La desigualdad es tan natural como el aire. Los rangos gobiernan la casa, la vida pública, el conocimiento. La razón, la libertad, el mando eran concebidos como lujos. El gran terremoto moral de la historia, sugiere Siedentop, es el mensaje cristiano, en particular, la concepción de Pablo. En cada ser humano está la vía de la salvación. La dignidad humana no depende del género ni de la condición política, ni de la nacionalidad.


Ilustración: José María Martínez

Ese terremoto moral tiene una réplica literaria: la confesión. María Zambrano dedicó al género un ensayo admirable. En la confesión de San Agustín nace el sujeto, el yo que se contempla. La memoria del dolor. Quien se confiesa no observa el mundo ni inventa vidas. No es un fabulador ni filósofo. Es un solitario que se abraza. “La confesión es el lenguaje de alguien que no ha borrado su condición de sujeto; es el lenguaje del sujeto en cuanto tal. No son sus sentimientos, ni sus anhelos siquiera, ni aun sus esperanzas; son sencillamente sus connatos de ser. Es un acto en el que el sujeto se revela a sí mismo, por horror de su ser a medias y en confusión”.

A María Zambrano le interesa la confesión porque le inquieta la aparición de un mundo sin sujeto. La discípula de Ortega ve en la sociedad contemporánea un tumulto de fantasmas. El yo errante, carente de raíz y aire; sin cara y sin vida; sin identidad y pavorosamente irresponsable. ¿No estará nuestro tiempo necesitado de una verdadera e implacable confesión?, pregunta.

La confesión es un manifiesto de una intimidad digna de ser examinada. Es la aventura de encarar la vida propia. Conciliar, en uno mismo, emoción e inteligencia. Contemplar serenamente la flaqueza, recordar sin vanidad el logro. San Agustín es consciente de la osadía de su proyecto espiritual. Nadie había intentado bucear dentro de sí mismo y exponerse desnudo ante el mundo. Los hombres se asombran de las montañas, los ríos y las estrellas, alaban a los intrépidos, envidian a los poderosos, admiran a los sabios pero cierran los ojos a lo que son. Habitan la piel de un sujeto al que desprecian. Quien se confiesa se atreve a contemplarse, siente la amargura de sus fracasos, se duele de las heridas de una existencia amputada. En ese resufrir se expresa el anhelo de una vida completa, íntegra. Poco es la confesión si no esperanza. Hay ahí necesariamente la búsqueda de algo o de alguien en donde reconocerse, la esperanza de encontrarse, la ilusión de despojarse de lo ajeno, de liberarse de lo impuesto. Lograr que la vida coincida consigo misma. En San Agustín, por supuesto, la persuasión radica en la fe de que la verdad está en otro lado: detrás de la vida.

Eso sí: la confesión no es plegaria. Es acción en el mundo. La más punzante tal vez. La más penetrante, sin duda. “Cuando leemos una confesión auténtica —dice Zambrano— sentimos repetirse aquello en nosotros mismos, y si no lo repetimos no logramos la meta de su secreto”. Al ser leída, la confesión exige al lector leer dentro de sí. No leemos para regodearnos con las intimidades del otro, sino para dolernos con las nuestras que contemplamos como reflejo. La confesión se vuelve literatura ejecutiva porque obliga a la imitación del confesante. Cuando leemos a quien se confiesa ante nosotros no tenemos más remedio que “ponernos, como él, a la luz”. Adquirir nombre propio es hacerse cargo del dolor de ser humano.

Tal vez precisamente por eso María Zambrano encuentra en la confesión la forma primaria de la escritura. Escribir es defender la soledad, dijo en 1934. Es una soledad esperanzada. La palabra dicha desaparece al pronunciarse. No nos da casa, alojamiento. Se disipa en el instante. La palabra escrita, por el contrario, es reconquista de esa derrota. Retener con tinta las palabras es ir al reencuentro de uno mismo, al reencuentro del otro. Salvar a las palabras de su transitoriedad es un sello de la esperanza. Descubrir nuestro secreto y comunicarlo es un acto de fe. Quien escribe, como quien se confiesa, se sabe incapaz de dominar a su lector. En cualquier momento puede perder su atención, en cualquier párrafo se puede volver incomprensible. Y, sin embargo, el escritor confía en lo invisible. No conoce a su lector pero se pone en sus manos Un libro es una bomba, llega a decir Zambrano. Tiene sentido cuando estalla.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

7 comentarios en “La bomba de la confesión

  1. Pienso en la importancia de la confesión a uno mismo, primero, y luego ante quien debamos hacerlo, ambas muy importantes. La guardo, para releerlo y creo que para citarlo apropiadamente. Gracias.

  2. Estupenda iluminación de Jesús Silva-Herzog M., de la mano de María Zambrano.

  3. La confesión como instrumento católico de re-encuentro con Dios, como medio de conocimiento con el “ego” cartesiano y, contemporáneamente, como método de análisis en la psicología moderna.

  4. No estoy de acuerdo. La confesión es un instrumento de dominio. El creyente es sometido a una revisión estricta (un policía en tu cabeza como un espía en tu ordenador) de su intimidad para hacerle ver que se ha alejado de la norma y merece castigo. Ah, el represor tiene la llave de la puerta de salida, con una equeña condición: que reconozca a la autoridad y no cuestione el origen y legitimidad del judeocristianismo.

  5. Estupendo escrito. No había leído algo así últimamente. ..hasta me dieron ganas de confesarme y encararme a mi misma. ..gracias.