Tendemos a olvidar que los libros, eminentemente vulnerables, pueden ser borrados o destruidos. Tienen su historia, como todas las demás producciones humanas, una historia cuyos comienzos mismos contienen en germen la posibilidad, la eventualidad, de un fin.

Sabemos poco de esos comienzos. Unos textos de naturaleza ritual o didáctica se remontan, sin duda, en la China antigua, al segundo milenio antes de nuestra era. Los escritos administrativos y comerciales de Súmer, los protoalfabetos y alfabetos del Mediterráneo oriental atestiguan una evolución compleja cuya cronología detallada aún se nos escapa. En nuestra tradición occidental los primeros “libros” son tablillas de leyes, registros comerciales, ordenanzas médicas o previsiones astronómicas. Las crónicas históricas, íntimamente ligadas a una forma de arquitectura triunfalista y a unas conmemoraciones vengadoras, son con toda seguridad anteriores a todo lo que llamamos “literatura”. La epopeya de Gilgamesh y los fragmentos fechados más antiguos de la Biblia de los hebreos son tardíos, mucho más próximos al Ulises de Joyce que a sus propios orígenes, que tienen que ver con el canto arcaico y con la recitación oral.

La escritura dibuja un archipiélago en las vastas aguas de la oralidad humana. La escritura, sin detenerse siquiera ante los diferentes formatos de presentación del libro, constituye un caso aparte, una técnica particular dentro de una totalidad semiótica en buena medida oral. Decenas de miles de años antes de que se desarrollaran formas escritas, se narraban relatos, se transmitían oralmente enseñanzas religiosas y mágicas, se componían y transmitían fórmulas con hechizos amorosos o anatemas. Una bulliciosa multitud de comunidades étnicas, de mitologías elaboradas, de conocimientos naturales tradicionales ha llegado hasta nosotros al margen de toda forma de alfabetización. No hay un solo ser humano en este planeta que no tenga una u otra relación con la música. La música, en forma de canto o de ejecución instrumental, parece ser verdaderamente universal. Es el lenguaje fundamental para comunicar sentimientos y significados. La mayor parte de la humanidad no lee libros. Pero canta y danza.

 

Fuente: George Steiner, El silencio de los libros seguido de Michel Crépu, Ese vicio todavía impune. Traducción del francés de María Condor, Siruela, Madrid, 2011. (Con las gracias a Alejandro García Abreu.)