Lo viejo muere, lo nuevo no acaba de nacer, y en ese espacio surgen los fenómenos más extraños. Así definía las crisis Antonio Gramsci, quizá el pensador político italiano más importante después de Maquiavelo. Lo dicho por Gramsci describe bien el panorama actual de su país, tan acostumbrado a los cambios de gobierno,1 después de las elecciones del pasado 4 de marzo.

Las últimas elecciones italianas han planteado un dilema bien conocido en la península: se saben los resultados, pero no quien gobernará. Sin embargo, los comicios del domingo estuvieron lejos de ser rutinarios: dos partidos populistas con una agenda en mayor o menor medida anti-establishment, euroescéptica y xenófoba se llevaron el 50% de los votos: el Movimiento 5 Estrellas y La Liga. Atrás quedaron los dos partidos encabezados por ex primeros ministros: el Partido Democrático de Matteo Renzi y Fuerza Italia de Silvio Berlusconi. Se trató, en el lenguaje coloquial, de unas elecciones en las que ganó quien le habló a a la pancia del paese: a las tripas de los ciudadanos, al descontento y al miedo.

¿Quiénes son los nuevos protagonistas de la política italiana? ¿De dónde vienen? ¿Qué pasó con los partidos tradicionales? Y finalmente, ¿lo que ocurre en Italia es una anomalía o un ensayo de lo que depara el futuro para Europa? Este texto es un esfuerzo por responder a esas preguntas.

Movimiento 5 Estrellas: populismo 2.0

Entre la multitud de partidos populistas y anti-sistémicos que han surgido en los últimos años en Europa, el Movimiento 5 Estrellas (M5S) es probablemente el más original, el más difícil de clasificar y quizá uno de los más peligrosos. Con un joven de 31 años como candidato, esta formación política fundada por un comediante y un empresario digital fue la ganadora de las elecciones con un 32.2% de los votos.

El origen del M5S se remonta a 2005, cuando Beppe Grillo —un actor que se hizo famoso a finales del siglo pasado por su comedia política— creó un blog con la ayuda del empresario Gianroberto Casaleggio. El sitio fue un éxito y pronto se convirtió en uno de los más populares de Italia. Desde ahí, Grillo convocó a una manifestación el 8 de septiembre de 2007: le llamó V-Day.2 La multitudinaria iniciativa buscaba que quienes estuvieran sujetos a un proceso judicial no pudieran presentarse a las elecciones y se repitió al año siguiente. En 2009, el Movimiento 5 Estrellas nació formalmente.

En poco tiempo, el discurso de Grillo contra la clase política conectó con un importante segmento de la población, sobre todo en el sur de Italia, y lo que se pensaba como un partido outsider se convirtió en un serio contendiente por el gobierno italiano. En 2013, el M5S entró al parlamento con un resultado espectacular (25% de los votos) y desde 2016 gobierna —no sin dificultades— ciudades como Roma y Turín.

Reconocer la fuerza del M5S resulta más sencillo que definirlo. El discurso de la organización está lleno de contradicciones y ambigüedades: frente a lo que llama una casta política y a las categorías de izquierda y derecha, el Movimiento habla de ciudadanos, democracia directa, sentido común y post-ideología.

Como explica Alberto Tena, hay dos cuestiones en las que el M5S ha sido particularmente exitoso: la primera, su capacidad para recoger una serie de demandas sociales creadas durante el berlusconismo que, aunada a una transversal desconfianza hacia los partidos tradicionales, le permitieron construir una identidad política distinta. La segunda, su innovación organizativa: el M5S es un partido que fue creado —y funciona— desde Internet. No obstante, esto último también ha generado polémica.

Uno de los mensajes más seductores del M5S es su apelación a la participación. El M5S busca, de acuerdo con sus partidarios, anular la diferencia entre representados y representantes, destruir la política profesional y entregarla a la gente común. En el discurso del M5S, gracias a las tecnologías informáticas, el papel de mediadores antaño reservado a los partidos desaparece para fortalecer al ciudadano. En la práctica, de acuerdo con críticos como Loris Caruso, quienes se han beneficiado de este proceso han sido los líderes de la organización y aquellos que controlan las plataformas digitales.

El propio funcionamiento del M5S confirma estos temores. Aunque Grillo no tiene un cargo formal, su presencia como líder es indiscutible y la personalización de la organización es clara: a los seguidores del M5S se les llama grillini y el blog del comediante aún funge como nodo del movimiento.  Los activistas participan continuamente en la vida de la organización, pero su papel suele limitarse a votaciones electrónicas controladas por la empresa de Casaleggio sobre asuntos de segundo orden. Las decisiones importantes se toman desde la cúpula. En una interesante reflexión, Caruso considera que el M5S habría llevado a la política lo que ocurre en la economía con las grandes empresas del capitalismo digital como Google o Facebook. La apariencia democrática del M5S ocultaría su verdadera naturaleza y prefigurararía un nuevo tipo de autoritarismo: el 2.0.

Igual de preocupante que el autoritarismo del M5S es su giro a la derecha, gradual pero inequívoco. En un principio, su agenda ambientalista lo vinculó a cierta tradición de izquierda, pero hoy es difícil llamar progresista a quien propone recortes al gasto público, está en contra de la diversidad sexual y, sobre todo, adopta una postura en materia migratoria poco menos que xenófoba. Las críticas a la Unión Europea del M5S también pasan por aquí: no es casual que en el Parlamento Europeo se ubiquen en el mismo grupo que el UKIP del Reino Unido o los ultraderechistas de Alternativa para Alemania.

Esta deriva nativista, junto a su propensión a creer —y propagar— todo tipo de fake news y teorías de la conspiración, así como su desconfianza hacia los medios tradicionales de comunicación dotan al M5S de un alarmante parecido con el fenómeno Trump, cuya victoria en 2016 fue celebrada por Grillo.

De cara al futuro inmediato, el dilema del M5S es que, para gobernar, tendrá que pactar forzosamente con los partidos de la casta. En 2013 no lo hizo, y pese a haber sido el partido más votado, no alcanzó la mayoría para formar gobierno. Exactamente como hoy. Aunque el joven Luigi Di Maio ha sido saludado como “la antítesis de Grillo” y una apuesta por la moderación del M5S, su llegada al Palazzo Chighi3 no parece sencilla.

La Liga: xenofobia en ascenso

El otro partido que triunfó en las elecciones del 4 de marzo fue el que, al grito de “Roma ladrona”, daba voz a los reclamos regionalistas más radicales en Italia desde los años 90: la Liga Norte.

Durante años, la Liga Norte tuvo entre sus propuestas el separar al norte de Italia del resto del país para crear un Estado independiente: Padania. Su éxito radicó en que, como señala Alberto Tena, supieron reinterpretar la fractura entre centro y periferia a partir de un conflicto entre el pueblo y las élites políticas, económicas e intelectuales.

Aliada histórica de Berlusconi, la Liga también ha tenido problemas: luego de una serie de conflictos internos y un desempeño irregular, en 2012 su líder histórico fue condenado a prisión por malversación de fondos. En las elecciones del año siguiente, con 4.4% de los votos, el partido tocó fondo. Fue entonces cuando Matteo Salvini, un extremista de derecha que dice no creer en ideologías, tomó el mando del partido y lo devolvió a la primera línea política.

La estrategia de Salvini para reposicionar a la Liga Norte fue, en primer lugar, distanciarse de los dirigentes históricos y abandonar el independentismo. Al mismo tiempo, encontró un nuevo blanco para las críticas del partido: los inmigrantes. Las miles de víctimas del drama humanitario que ocurre en las costas del Mediterráneo se convirtieron en los culpables de unos problemas que, como el desempleo o la percepción de inseguridad, las preceden. La Unión Europea tampoco se salva.

El éxito de esta estrategia del miedo se aprecia en que, desde hace algún tiempo, la xenofobia forma parte del lenguaje político italiano. La migración fue uno de los grandes temas de estas elecciones y las posturas de Salvini han sido imitadas por políticos como Berlusconi y el M5S, como señala el politólogo Giovani Orsina. Un ejemplo: durante la campaña, un ex candidato de la Liga salió armado a las calles de Macerata y, enfundado en una bandera, hirió a seis inmigrantes. La respuesta de Salvini fue culpar de estos hechos violentos a la “invasión” proveniente de África.

Hoy la Liga, ya sin su apellido, busca convertirse en un actor con presencia en todo el país, a la manera del Front National en Francia. Para la campaña, el histórico “Primero el Norte” dio paso al “Primero los italianos”. La operación funcionó: el partido obtuvo 18% de los votos. Un porcentaje modesto, pero poco menos que sorprendente si se compara con el de 2013. Suficiente, además, para arrebatarle a Fuerza Italia la posición dominante en la coalición de partidos de derecha que integran junto a otros dos pequeños partidos. Con ello, Matteo Salvini es, junto con Di Maio, un político con posibilidad de convertirse en premier de Italia.

Fuerza Italia: Berlusconi, todavía

En más de un sentido, Silvio Berlusconi encarnó un cambio de época en Italia. Fue un pionero en convertir el capital empresarial y, sobre todo mediático, en poder político. Con su partido, Fuerza Italia, dominó la política italiana por casi dos décadas, hasta su dimisión en 2011 en medio de la crisis económica y con varios procesos judiciales abiertos.

A sus 81 años, Berlusconi está inhabilitado para ejercer cargos públicos y es sin duda más débil, pero no irrelevante. Es por ello que, de cara a las elecciones, su papel tras bambalinas en la formación del nuevo gobierno no se antojaba menor. Tampoco se veía con malos ojos: nada retrata el ambiente político de estas elecciones como el hecho de que Il Caimano, como también se le conoce, haya sido para la Unión Europea quien mejor representaba una apuesta por la estabilidad (a lo que sin duda contribuía la garantía de que él no podía ser personalmente primer ministro). Quizá por ello es que Berlusconi, luego de años de escándalos, se atrevió a presentarse a estas elecciones como un “abuelo entrañable” y un “sabio hombre de Estado“. Incluso un ex director de The Economist, que llamó  a Berlusconi  “no apto para gobernar” en una de sus portadas, declaró que El Caimán podría acabar como el “salvador” de Italia si cerraba el paso al M5S y mantenía bajo control a sus socios de La Liga.

Eso era lo que se esperaba. El resultado de las elecciones dejó a Fuerza Italia con el 14% de los votos y muy mal parada dentro de su coalición, donde perdió terreno ante una Liga en ascenso.

Partido Democrático: el centro no aguantó

Podrá no haber todavía un ganador definitivo de las elecciones del domingo, pero sin duda el gran perdedor de la jornada fue el gobernante Partido Democrático (PD), que obtuvo el 18.9% de los votos, 10% menos que en 2013 y 20% por debajo de su resultado en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014.

La derrota del PD comenzó a perfilarse a finales de 2016, cuando el joven primer ministro del partido, Matteo Renzi, perdió un referéndum para reformar la constitución por 20 puntos. El catastrófico resultado obligó a Renzi a dimitir y convirtió al gobierno del PD en un muerto viviente.

La caída del PD es también otro clavo en el ataúd de la socialdemocracia en Europa, cada vez más alejada de su base social y de su identidad histórica. El PD nació en 2007 de la unión de los principales partidos dentro del fragmentado centro-izquierda italiano. Pese a jactarse de ser el único partido socialdemócrata que tenía éxito en Europa, la estrategia del PD no fue muy distinta a lo que hicieron los Laboristas británicos o el PASOK griego: un giro hacia el centro neoliberal como mecanismo de supervivencia. Las promesas de Renzi, que en su momento fue visto como el ejemplo de la renovación política responsable (como hoy lo es Emmanuel Macron), perdieron lustre cuando pactó con Berlusconi. En últimos tiempos, el PD estuvo más ocupado denunciando la amenaza populista del M5S que intentando atender los reclamos que le daban combustible a ese movimiento.

Hoy, la perspectiva de un gobierno de unidad (lo que se conoce como la “gran coalición”) para frenar a los partidos anti-sistémicos y euroescépticos entre lo que queda del centrismo liberal es remota. La última noticia del PD es que Renzi, que continuó como líder del partido tras su renuncia como primer ministro, acaba de dimitir también a ese cargo.

La izquierda: rumbo a la irrelevancia

Parte del fracaso del PD se debió también a la escisión de quienes —un poco tarde— rechazaron el giro al centro del partido. La más prometedora era la que dio origen a Libres e Iguales, una plataforma de izquierda que adoptó el exitoso slogan usado por Jeremy Corbyn: “Para los muchos, no para los pocos”. Sin embargo, apenas alcanzó el 3% de votos. A las demás formaciones de izquierda no les fue mejor. En esto, Italia se separa de otros países de Europa como Grecia, España o Francia, donde ante el desplazamiento del partido socialdemócrata hacia posiciones neoliberales y su posterior implosión, el vacío fue ocupado por formaciones de izquierda radical más o menos populistas (Syriza, Podemos y La France Insoumise). En Italia eso sencillamente no ocurrió.

Italia: ¿anomalía o laboratorio?

Los resultados de las elecciones del pasado domingo no permiten, en lo inmediato, que ningún partido o coalición obtenga una mayoría parlamentaria. En los días o semanas que vienen, los pactos —lo que se conoce como la política del inciucio— marcarán el ambiente hasta que alguien obtenga la aritmética parlamentaria para formar gobierno o se convoquen nuevas elecciones.

Pero Italia podría estar jugándose más que un simple gobierno adicional en su agitada historia política. Se juega también un papel como “estabilizadora” o “agitadora” de Europa. Como bien señala Enric Juliana: “Italia inventa”, y lo que ocurre en su política puede ser una prueba de laboratorio de lo que está por venir. Hoy, en el país que creó el fascismo, tuvo al partido comunista más fuerte de Europa y vio nacer el fenómeno Berlusconi, los partidos tradicionales abren paso a dos actores, La Liga y el M5E, que se mueven en unas coordenadas muy distintas.

Soy de quienes comparten la idea de que la contienda política del futuro tomará la forma de una disputa entre dos tipos de populismo: uno de signo reaccionario, de posiciones xenófobas y autoritarias, y otro de carácter progresista, que busque hacer frente a los reclamos económicos sin dañar los principios fundamentales de la democracia. Sin embargo, Italia vuelve a convertirse en una anomalía,  al inclinar su política hacia dos opciones ancladas en la derecha, aunque rechacen esa etiqueta, que critican a la Unión Europea en aras del nativismo, no por su déficit democrático. Para quienes crean en una política progresista, es una mala noticia.

Como el canto de los insectos con los que comparten nombre, el triunfo de los grillini anuncia el crepúsculo de una era política para Italia. Conociendo lo que acecha en la oscuridad, no cabe más que esperar que el amanecer llegue pronto.

César Morales Oyarvide


1 Ha habido 60 en los últimos 70 años.

2 Vaffanculo Day, algo así como “El día en que mandamos a todos al carajo”.

3 Residencia del primer ministro italiano.