Con la victoria electoral de Donald Trump y su llegada a la Casa Blanca se disiparon las dudas: vivimos en la era de la posverdad. Nuestra época pudo haberse definido por el florecimiento de las tecnologías verdes o por la exploración de Marte, pero no. Estos años serán recordados por la supremacía de la posverdad.

Es claro que, en épocas anteriores, los políticos, comentaristas, sacerdotes, académicos y demás, también mentían a diestra y siniestra. Pero antes ocurría que, hasta los actores-políticos más descarados emitían expresiones de contrición o recato, por mínimas que fueran, al ser pillados mintiendo. Un buen ejemplo es el Mensaje a la Nación de Ronald Reagan por el escándalo Irán-Contras, con frases como la siguiente: “Hace algunos meses, le dije al pueblo americano que yo no había negociado la venta de armas por la libertad de los rehenes [secuestrados en Líbano por extremistas iraníes]. Mi corazón y mis mejores intenciones me dicen que eso es cierto, pero los hechos y la evidencia me dicen lo contrario”.

En esta frase, Reagan admitió la existencia de “hechos y evidencia” que lo contradecían, y más importante aún, reconoció que gozaban de mayor credibilidad que su “corazón y buenas intenciones”. En contraste, ahora, esta relación jerárquica se ha invertido. Esto es muy claro en la definición de posverdad del diccionario de Oxford: “en relación con, o que denota, circunstancias donde los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que los llamados a las emociones o creencias personales”.

Nuestra era no se define por la gran cantidad de mentiras que circulan en ambientes políticos y mediáticos (porque esto siempre ha ocurrido), sino por el franco desprecio que ahora muchos expresan por “los hechos y la evidencia”. Los ejemplos más conocidos provienen de Estados Unidos, como los negacionistas del cambio climático, los antivacunas, los creacionistas y los defensores de la planitud de la Tierra. Pero en otros países también vivimos locales de posverdad; en México no cantamos mal las rancheras, y en países tan diversos como Austria, Alemania, Corea del Norte, Polonia, Reino Unido, Rusia y Turquía, tampoco.

Esta situación global ha llevado a varios académicos a preguntarse: ¿Cómo fue que entramos en una era de posverdad? ¿Por qué ahora se expresa un abierto desprecio por los hechos y la evidencia? Un fenómeno tan complejo debe tener orígenes múltiples, y probablemente aumenta mediante procesos de retroalimentación, por lo que no tiene sentido buscar una causa única. Pero sí vale la pena llamar la atención sobre uno de los orígenes de la posverdad, el cual se discute poco en textos y debates académicos porque, precisamente, es la Academia (sí, esa que gusta escribirse con mayúscula).

Al preguntarse cómo Estados Unidos perdió la razón, Kurt Andersen describe un largo proceso iniciado en la década de los 60, cuando los salones de clases abrieron sus puertas a la idea de que: “todas las aproximaciones a la verdad, tanto la ciencia como cualquier fábula o religión, son meras historias concebidas para servir a las necesidades o los intereses de las personas”. Como ejemplo de lo anterior, este autor rememora el libro La Construcción Social de la Realidad, donde Peter Berger y Thomas Luckman alegan que la ciencia no es más que el “paso extremo” de “conceptualización del cosmos” dado por las élites dominantes después de la mitología y la religión.

Si bien Andersen no lo menciona, al recordar las obras académicas de los años 60, uno no puede dejar de pensar en el libro más exitoso, es decir el más citado, de las disciplinas sociales: La Estructura de las Revoluciones Científicas de Thomas Kuhn. En este bestseller (más de un millón de ejemplares vendidos), Kuhn negó que el progreso científico pudiera acercar a la humanidad al conocimiento de la verdad. En sus propias palabras: “Nosotros podríamos, o para ser más precisos, deberíamos renunciar a la idea, explícita o implícita, de que los cambios de paradigmas llevan a los científicos, y a quienes aprenden de ellos, cada vez más cerca de la verdad”.

Es relevante remarcar el enorme éxito de este libro de Kuhn porque, en sus obras posteriores, este autor fue moderando sus ideas y terminó por reemplazar sus “paradigmas” por “matrices disciplinares” y sus “revoluciones científicas” por “procesos de especiación disciplinar”. Pero muy extrañamente, estas obras más maduras, en las que plasmó sus ideas más depuradas, han pasado relativamente inadvertidas y se encuentran muy lejos del éxito alcanzado por su libro más púber en los rankings de ventas y de citado. Esta situación es especialmente lamentable en los salones de clases, donde se obliga a leer, exclusivamente, las ideas más núbiles de Kuhn a generación tras generación de estudiantes de disciplinas tales como administración pública, estudios políticos y sociología. La magnitud de esta desgracia se vislumbra al leer la entrevista que Kuhn concedió a John Horgan para Scientific American:

“Kuhn declaró que, aunque su libro no fue pensado a favor de la ciencia, él sí está a favor de la ciencia. Es la rigidez y la disciplina de la ciencia, dijo Kuhn, lo que la hace tan efectiva para resolver problemas. Más aún, la ciencia produce ‘las mejores y mayores explosiones de creatividad’ para cualquier emprendimiento humana. Kuhn concedió que era en parte responsable de las interpretaciones anti-ciencia de su modelo. Después de todo, en La Estructura [de las Revoluciones Científicas], él llamó ‘adictos’ a los científicos comprometidos con un paradigma; y los comparó con los personajes de 1984 de Orwell a quienes les lavan el cerebro. Kuhn insistió en que no fue su intención ser condescendiente al usar los términos ‘trapear’ y ‘resolver rompecabezas’ para describir las labores de la mayoría de los científicos. ‘Se suponía que eran términos descriptivos,’ rumió un poco Kuhn, ‘tal vez debí decir más sobre las glorias que resultan de resolver rompecabezas, pero yo pensé que lo estaba haciendo’ […] Una de las fuentes del poder y de la persistencia de La Estructura es su profunda ambigüedad, lo cual explica su atractivo tanto para los relativistas como para los devotos de la ciencia. Kuhn mismo reconoció que, ‘mucho del éxito del libro, y algo de las críticas que se le hacen, se deben a su vaguedad’”.

De regreso al artículo de Kurt Andersen, este autor señala a muchos otros académicos que contribuyeron a la gestación de la posverdad. De entre todos esos nombres, resalta el de Paul Feyerabend, también conocido como “el peor enemigo de la ciencia” por defender la astrología y afirmar que el creacionismo debía enseñarse en las escuelas públicas, entre muchos otros motivos. Por ejemplo, en su libro más famoso, Tratado contra el método, este autor defiende el ‘derecho’ de los padres estadounidenses de exigir que sus hijos “aprendan en la escuela magia en lugar de ciencia.” En este mismo libro, Feyerabend se queja de que, en las sociedades occidentales tenemos una separación iglesia-estado, pero no tenemos una separación ciencia-estado, y después de esgrimir esta queja añade lo siguiente:

“No es de temer que semejante separación [entre la ciencia y el estado] conduzca al hundimiento de la tecnología. Siempre habrá individuos que prefieran ser científicos a ser los dueños de su destino, y que se sometan de buena gana a la clase de esclavitud (intelectual e institucional) más abyecta, siempre y cuando estén bien pagados y haya otros individuos que examinen su trabajo y canten sus glorias […] Nosotros nos desarrollaríamos y progresaríamos con la ayuda de numerosos esclavos voluntarios en las universidades y laboratorios que nos abastecerían de píldoras, gas, electricidad, bombas atómicas, comidas congeladas y ocasionalmente, de algunos cuentos de hadas interesantes. Trataríamos bien a estos esclavos, e incluso los escucharíamos, pues a veces tienen historias interesantes que contarnos; pero no permitiríamos que impusiesen su ideología a nuestros hijos bajo la forma de teorías ‘progresivas’ de la educación […] la mencionada separación de la ciencia y estado tal vez sea nuestra única oportunidad de superar el febril barbarismo de nuestra época técnica-científica y de conseguir una humanidad que somos capaces de realizar, pero que nunca hemos realizado plenamente”.1

Aunque Feyerabend es menos famoso que Kuhn, su libro Tratado contra el método también es una lectura obligada para muchos estudiantes de disciplinas sociopolíticas. Esto es también una tragedia en la educación superior pues son pocos los profesores, por no decir ninguno, los que muestran a sus alumnos lo que el propio Feyerabend escribió sobre este libro, y sobre sí mismo, en su autobiografía:

Tratado contra el método no es un libro, es un collage [… en el que] evité los métodos académicos de exposición de ideas y utilicé expresiones corrientes y el lenguaje del mundo del espectáculo y de la prensa sensacionalista […] Como había olvidado los detalles de mi collage y soy demasiado perezoso para verificarlos, a menudo tomaba literalmente las críticas. Así, cuando alguien escribía ‘Feyerabend dice X’ y atacaba X, yo daba por supuesto que había dicho efectivamente X e intentaba defenderlo. Pero en muchos casos no había dicho X, sino lo contrario. ¿No me importaba qué había escrito? Sí y no. Es cierto que no sentía el fervor religioso que algunos autores aplican a sus productos. En lo que a mí respecta, Tratado contra el método era sólo un libro, no la Sagrada Escritura. Por otra parte, podía ser convencido fácilmente de los méritos de casi cualquier opinión. Los textos escritos, mi propio texto incluido, me parecían a menudo ambiguos: significaban una cosa, significaban otra; parecían plausibles, parecían absurdos. No es de extrañar que mi defensa de Tratado contra el método haya confundido a muchos lectores”.2

Así, generación tras generación de estudiantes han sido aleccionados, desde la década de los 60 hasta nuestros días, con la lectura obligatoria de textos posmodernos (y otros afines), que les hacen creer que el conocimiento y la actividad científica no son distintos a las prácticas religiosas o metafísicas; y que no es importante si un autor académico se contradice o se arrepiente con el paso del tiempo, al fin que sus libros más citados son ‘sólo’ libros. ¡Ni que fueran la Sagrada Escritura! Semejantes enseñanzas bien pueden calificarse de adoctrinamiento pues rara vez se muestra a los estudiantes que los autores posmodernos más famosos ya han reculado públicamente, y que, en referencia a sus obras más exitosas, ya han aceptado, al igual que un personaje de la televisión mexicana, que: “pos ya saben que, yo como digo una cosa, digo otra”.

Basta con platicar con algún joven politólogo o administrador público, no digamos ya con un joven sociólogo o filósofo, para escuchar de viva voz el resultado de este adoctrinamiento. La mayoría de ellos han sido obligados a leer las ideas más imberbes de Kuhn –que no su pensamiento maduro– y de otros autores similares, de manera que al decirles que las políticas nacionales, más que estar basadas en doctrinas de derecha o izquierda, necesitan fundamentarse con datos confiables y evidencia empírica, uno recibe la misma respuesta automática, implantada desde sus salones de clases: “¡Eso es muy positivista!” (porque como era de esperarse, jamás se les enseñó que, al igual que el posmodernismo, el positivismo es una quimera nacida de discusiones sociopolíticas y tiene muy poco o nada que ver con las actividades de los físicos y de los químicos, por ejemplo).

¿Por qué hicieron lo que hicieron Kuhn, Feyerabend y demás? Es muy difícil saber. ¿Por qué han sido tan difundidas sus ideas más radicales y se ignoran sus declaraciones públicas de arrepentimiento? También es muy difícil saber, pero vale la pena aventurar dos posibles motivos (entre muchos otros, claro está). En línea con la gestación de la posverdad, pudiera ser que una motivación fuesen las “buenas intenciones” de sus seguidores. El posmodernismo es una ideología maniquea, que promueve una falsa dicotomía: se supone implícitamente que el desarrollo científico y tecnológico implica la destrucción del medioambiente y el despojo de las comunidades rurales. Los textos posmodernos están llenos de exaltadas defensas a los saberes y prácticas de comunidades indígenas y otros grupos discriminados —lo cual es loable— siempre en contraposición del conocimiento científico —lo cual es falso—. Esta engañosa dicotomía fue promovida desde principios del siglo pasado por actores con intereses económicos y geopolíticos que, efectivamente, buscaban despojar a muy diversas comunidades de sus recursos naturales, pero los posmodernos en lugar de ‘deconstruir’ esta engañosa dicotomía, la aceptaron sin chistar y decidieron ‘deconstruir’ la ciencia.

Los avances de la ciencia y la tecnología no implican necesariamente la destrucción del medioambiente, ni la discriminación, ni el despojo de los pueblos indígenas, pues son herramientas que pueden usarse tanto para someter, como para liberar. Un ejemplo de esto son las prácticas de la etnobotánica y de la fitoquímica, que están ayudando a rescatar el conocimiento herbolario de diversas culturas ancestrales. Pero obviamente, la defensa científica de los saberes indígenas es mucho más ardua y laboriosa que el acto de pararse frente a un grupo de estudiantes y afirmar que “los padres tienen el derecho de exigir que sus hijos aprendan magia, astrología y creacionismo.”

Otro motivo de la amplia aceptación del posmodernismo bien pudiera ser que, su postura anti-científica es de suma utilidad para los intereses de las élites económicas y políticas. El ejemplo más conocido es el financiamiento de grupos y políticos que niegan el cambio climático por parte de las industrias del petróleo y del carbón (Koch Industries, Exxon Mobil, Peabody Energy, Arch Coal Inc., y etcétera). Otro ejemplo menos conocido es la apropiación que hicieron los grupos neo-racistas de los discursos de defensa identitaria de las minorías étnicas, aduciendo su derecho a proteger la “identidad blanca” dado su futuro “estatus minoritario”. Y qué decir de los grupos religiosos conservadores, quienes han adoptado a Feyerabend como su posmoderno favorito. Por citar un ejemplo, en 1990 el Cardenal Joseph Ratzinger (ungido después como el Papa Benedicto XVI), repitió en un discurso en la Universidad de Roma La Sapienza la siguiente frase de Feyerabend:

“La iglesia en los tiempos de Galileo era mucho más fiel a la razón que el propio Galileo, y además tomó en consideración las consecuencias éticas y sociales de la doctrina de Galileo. Su veredicto contra de Galileo fue racional y justo, y el actual revisionismo [de su condena] sólo puede legitimarse por motivos de oportunismo político.”

Así las cosas, resulta menos difícil contestar la siguiente pregunta: ¿Quiénes se ha beneficiado considerablemente de adoctrinar con textos posmodernos a generación tras generación de estudiantes de disciplinas sociopolíticas? Las mismas élites económicas y políticas que los posmodernos decían repudiar. El mejor ejemplo es el férreo control que ahora ejercen los negacionistas del cambio climático sobre las políticas ambientales y sobre la propia Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (mientras que, en contradicción con el discurso posmoderno, varios gremios científicos son los principales defensores del medioambiente en ese país). Otro ejemplo de control político, es la barrera que han logrado articular grupos religiosos conservadores de Iberoamérica, contra el reconocimiento y la enseñanza de los derechos sexuales y reproductivos, haciendo suyas las frases de Feyerabend al oponerse a que la “ideología de género” promueva su “agenda progresista” dentro de “los salones de clases a los que asisten sus hijos”.

Es muy probable que muchos de los autores posmodernos fuesen incapaces de prever las consecuencias y los usos futuros de sus palabras, pero da lo mismo si los resultados actuales han sido accidentales o intencionales, pues la cortedad de miras de estos autores no los exime de su responsabilidad en la gestión de la posverdad. Y dada esta responsabilidad, es encomiable que autores posmodernos como Bruno Latour expresen ahora su arrepentimiento público por haber ayudado a cimentar las actuales posturas anti-científicas.

La obra más famosa de Latour se titula La vida en el laboratorio: la construcción de los hechos científicos, en la cual afirma, como puede adivinarse desde el propio título, que los hechos y los datos científicos no se obtienen de procesos lógicos deductivos, sino que son construcciones sociales y que, por lo mismo, pueden ser ‘deconstruidos’ sociológicamente. Pues bien, en una entrevista concedida a la revista Science apenas el año pasado, Latour expresó lo siguiente:

“Algo de la crítica [a la ciencia] era en verdad ridícula, y a mí me asociaron con cosas posmodernas relativistas, fui colocado junto a esos autores por otras personas. Yo ciertamente no era anti-ciencia, aunque debo admitir que me sentía bien al menospreciar un poco a los científicos. Había un poco de entusiasmo juvenil en mi estilo […] Ahora estamos en una situación completamente distinta. Estamos en guerra. Es una guerra ejecutada por un conjunto de grandes corporaciones y algunos científicos que niegan el cambio climático. Tienen fuertes intereses en el tema y una gran influencia sobre la población”.

A pesar de este tipo de confesiones y arrepentimientos públicos, será muy difícil deshacer el entuerto posmoderno en el que nos hemos metido. Y esto es preocupante porque, ahora más que nunca, necesitamos políticos capaces de identificar y valorar el conocimiento y las prácticas científicas. Pero es muy probable que se requieran varios años de educación pública y mediática para salir del hoyo de la posverdad. Por principio, se requiere que los profesores universitarios, que sigan siendo amantes de la charlatanería posmoderna, se hagan conscientes de su responsabilidad compartida, y enseñen a sus alumnos los errores y las falacias de esta ideología, así como las obras ya maduradas de estos mismos autores y sus expresiones públicas de contrición y arrepentimiento. También es importante que los profesores universitarios se atrevan a enseñar las nuevas corrientes de estudios sobre la ciencia, donde filósofos como Harry Frankfurt nos recuerdan la importancia de llamar “mierda” a los argumentos “mierderos” [bullshit], o como Massimo Pigliucci y Maarten Boudry, quienes nos recuerdan la importancia de denunciar a las seudociencias actuales como lo que son: ¡Seudociencias!

Más importante aún, es que todos nosotros nos preocupemos por familiarizarnos, aunque sea un poco, con los avances del conocimiento científico. Así podremos reconocer a los políticos, comentaristas, académicos y científicos (que también los hay) que quieran engañarnos con argumentos “mierderos” y seudocientíficos. Esto es crítico para el futuro de México y Latinoamérica, pues la única forma en que podremos resolver tanto los graves problemas que ahora vivimos de violencia y pobreza, como los enormes desafíos que avecinan con el cambio climático, será contando con ciudadanos y servidores públicos bien informados, que sepan diagnosticar con precisión los retos nacionales y regionales, y que sean capaces de proponer soluciones y tomar decisiones basadas en análisis certeros de datos confiables y evidencia empírica.

 

Carlos Galindo
Doctor en Filosofía de la Ciencia por parte de la UNAM.


1 Feyerabend (1986), Tratado contra el método: esquema de una teoría anarquista del conocimiento, Tecnos. p. 294.

2 Feyerabend (1995), Matando el tiempo, Debate, pp. 133-138.

 

3 comentarios en “Arrepentimiento posmoderno en la era de la posverdad

  1. Es novedoso leer que el estilo de pensamiento que domina hoy día en las universidades y facultades de ciencias sociales es la llamada “posmodernidad”. Por cierto, el autor no explica a qué se refiere con este término y, por lo tanto, deja que el lector se imagine el esperpento quiere denunciar; recurso retórico para demonizar una cosa o pifia de un escritor vigoroso.
    En mi experiencia, el estilo de pensamiento que ha dominado en las facultades y universidades durante varias décadas es el positivismo y en los peores casos el cientificismo. Pero no tengo datos duros para demostrarlo, quizá el autor nos pueda ofrecer más evidencia empírica de sus afirmaciones. Por ejemplo, en honor a su estilo de pensamiento, el autor debería de ofrecernos evidencia de que quienes producen y esparcen “noticias falsas” son asiduos lectores de la llamada posmodernidad. Además, ayudaría que el autor nos mostrara evidencia que señale que las personas que creen más fácilmente las noticias falsas son aquella que han estado expuestas a la lectura ´tóxica´de lo que él llama pomodernismo. De lo contrario, el autor estaría reproduciendo el mismo vicio que intenta evidenciar, las noticias falsas.

  2. Me parece que no da importancia a la metodologìa , que ademàs de implicar una parte fundamental de la interpretaciòn, incide o harà incidir en el investigador una respuesta. De la metodologìa utilizada para “armar” el planteamiento critico o de comprobaciòn ” dependerà el resultado.

  3. No creo en el calentamiento global como parte de la actividad humana.

    1) No existe una prueba científica concreta de que el calentamiento global sea causado por la emisión de gases carbono producidos por la actividad humana.

    2) Las emisiones de dióxido de carbono generadas por actividad humana, a través de la historia, constituyen menos del 0.00022% del total liberado por el planeta a lo largo de su historia geológica.

    3) Periodos con mayores temperaturas fueron registrados 800 años antes del aumento en los niveles atmosféricos de CO2.

    4) Tras la Segunda Guerra Mundial aumentó considerablemente la emisión de CO2 y sin embargo las temperaturas del planeta disminuyeron durante las cuatro siguientes décadas.

    5) En la historia del planeta se han registrado temperaturas y niveles de CO2 hasta 10 veces mayores que en la actualidad sin ninguna actividad industrial de por medio.

    6) A lo largo de las distintas eras geológicas en la Tierra se han registrado cambios climáticos mucho más radicales que el actual sin presencia de actividad humana.

    7) El aumento de 0.7°C en la temperatura promedio del planeta es completamente consistente con las tendencias naturales de variaciones climáticas.

    8 ) La teoría del calentamiento global como producto de la actividad humana es sostenida de manera formal por aproximadamente 60 científicos y críticos, y no por los 4,000 que generalmente son citados.

    9) Los correos electrónicos hackeados en el “Climate Gate” revelan la exageración de las estadísticas apoyando esta teoría.

    10) Un gran grupo de científicos afirma que el comportamiento solar es el mayor responsable del cambio climático registrado en el último siglo.