El 2 de marzo de 1558 el inquisidor Diego Ramírez recibía en audiencia en la ciudad de Toledo a Catalina Doyague, vecina de Cebreros (Ávila), que dijo ser de edad de más de cuarenta años, mujer de Blasco Moro, cristiana vieja, y que creía que la causa de su prisión se debía a la denuncia de Miguel de Benito, hermano de Gregorio de Benito, su yerno, a causa de rencillas sobrevenidas entre aquél y ella con motivo de la enfermedad de una muchacha de Miguel. Catalina, además de admitir que se dedicaba a emplastera y curandera, reconoció que tenía fama de hechicera. Entre sus clientes diagnosticó a algunos como hechizados; ante otros se jactó de que no sanarían sin su ayuda. Pero además de las hechicerías que usó en su profesión curanderil hubo de hacer o recomendar otras de tipo erótico, amatorio. Su confesión es clara y coincide en gran parte con los testimonios recogidos por el teniente cura de Cebreros. A veces procura atenuar simplemente lo transcrito por aquél. Pero el 12 de marzo el licenciado Ortiz de Funes podía hacer la acusación fiscal sobre catorce puntos, a saber:

1º. Catalina Doyague había proferido amenazas contra personas que enfermeraron y que luego le pedían que les devolviera la salud. Además dijo que no sanarían mientras ella no les curase.

2º. Había prescrito un remedio para curar cierto hechizo utilizando un cordón que usaba la misma persona enferma.

3º. Hallándose un enfermo acostado con grandes bascas, la llamaron para que le curara. Diagnosticó que estaba enfermo a causa de un bebedizo y “guisos” hechos por una madre y una hija. Preguntándole cómo lo sabía, replicó “que ella juntava cincuenta diablos y se lo dezían”.

4º. Se jactó de hacer cercos y de tener demonios a su obediencia si quería ayudar a una persona que quería a otra y deseaba que volviese de donde estaba.

5º. Se alabó de llevar en el seno algo con que poder matar a un hombre y con que hacer morir a quien quisiera.

6º. Profirió amenazas de muerte contra los dueños de unos puercos que le habían comido algo en el huerto, y a la réplica de aquéllos, que le preguntaban qué podía ella hacer, reiteró que les haría comer de gusanos.

7º. Pretendió curar a una persona echándole algo en las palmas de las manos, ordenándole luego que las cerrase y que no se purgase en viernes.

8º. Prometió que haría aparecer unos paños hurtados mediante un conjuro de los demonios, que había de hacerse en viernes. Dijo luego que un viernes determinado le fue imposible conjurarlos a causa del mal tiempo (de un nublado), pero que ya sabía, poco más o menos, quiénes eran las autoras del hurto y que si no devolvían los paños que les obligaría a ir con ellos a la puerta de la iglesia “con las haldas arremangadas por detrás, mal que les pesase”.

9º. Prescribió a una persona del sexo femenino un hechizo con “su flor” (sangre menstrual) para que no se le fuese otra persona.

10º. Se jactó de que podía tullir a quien quisiera.

11º. Recomendó a una mujer que recitase un conjuro para atraer a un hombre. [“Que quando esa persona estuviese durmiendo le pusiese la mano en el coraçon y dixesse con dos te ato, con çinco te arrastro, la sangre te bebo, el coraçon te parto”.]

12º. Hizo cercos para atraer ausentes y recomendó a una mujer que recitara el conjuro de la estrella. [“Que nueue noches hiziesse dezir a la primera estrella que viese en el çielo estrella donzella lleuesme esta seña a mi amigo Fulano y no me le dejes comer ni beber ni dormir, ni reposar, ni con otra mujer holgar, sino que a mí venga a buscar, ni naçido ni por naçer, sino que a mí venga a ver. Ysaac me lo ate, Abraham me lo rreuoque, Jacob me lo traiga”.]

13º. Se había lamentado de la responsabilidad que le podía caber en el hecho al hallarse una persona moribunda.

14º. Había cometido otros muchos delitos.

Fuera por la razón que fuese, los inquisidores estuvieron más benignos con esta mujer rústica que con otras. Acaso por lo lisa y llanamente que habló. La condenaron a salir a un auto de fe con coroza y soga al cuello; a destierro perpetuo de Cebreros también, pero no a azotes.

 

Fuente: Julio Caro Baroja, Vidas mágicas e inquisición, Ediciones Istmo, Madrid, 1992.