El pueblo de Yaitépec [Oaxaca] tiene la suerte de poseer una tierra que, ayudada por las nubes que cada tarde la envuelven, produce maíz, legumbres, frutas y flores en abundancia. Y esta tierra generosa es de todos: después de haber elegido un terreno donde buenamente le parece, el hombre de la comunidad no tiene que adoptar otra disposición que colocar piedras que indiquen que esa tierra ya no es libre.

Las chozas que se descubren al fondo de las huertas opulentas respiran calma. Experimenta uno la clara sensación de encontrarse en el seno de un todo armonioso; el niño de anchos ojos graves, la mujer reflexiva, el muchacho a caballo o el anciano sereno que se calienta al sol parecen parientes cercanos de las flores, de los pájaros, de los pinos y de las soberbias montañas que rodean el pueblo. Existe además en Yaitépec una costumbre que parece dar realidad física a este parentesco presentido. Es la práctica de enterrar el cordón umbilical de todo recién nacido en una elevada cima de los alrededores, con un retoño: el individuo así “sembrado” crece al mismo tiempo que el árbol que él considerará como su doble.

Esta visión edénica está desgraciadamente alterada por un fenómeno que uno se esfuerza en vano por comprender: este grupo que posee todas las ventajas —incluyendo la de encontrarse a cuatro días de caballo del último autobús y de toda “civilización”— y cuya vida económica y social parece regirse por una profunda sabiduría, conoce más homicidios que un desheredado suburbio de gran ciudad donde florece ignominiosamente la injusticia. Nada más inquietante que estos crímenes perpetrados en medio del esplendor de los paisajes y en el seno de una tranquilidad arcaica donde nada permite explicar lógicamente el odio y la violencia; pero lo cierto es que trece asesinatos se han cometido en 1952 en este pueblo de 2,000 habitantes (cuya mortalidad total fue de veinte en este mismo período), y que en el distrito del cual depende Yaitépec —formado por aldeas todas igualmente atractivas— es donde se registra la mayor proporción de homicidios de México.

 

Fuente: Laurette Séjourné, Supervivencias de un mundo mágico. Imágenes de cuatro pueblos mexicanos. Traducción de A. O. R. (Arnaldo Orfila Reynal). Dibujos de Leonora Carrington, FCE, 1953; Lecturas Mexicanas, 1985.