~Cuenta mi madre que, por el tiempo en que me llevaba en su seno, vio una manzana en un árbol del jardín vecino; pero que no quiso cogerla por temor de que su hijo llegara a ser ladrón. Me he pasado la vida codiciando en secreto manzanas hermosas; pero dentro de mí hablaban de igual modo el respeto a la propiedad y el horror al latrocinio.

~Dios ha de perdonarme las insanias que con él he cometido, como yo perdono a mis adversarios las que han escrito contra mí, aunque estén tan lejos y tan por debajo de mí como yo estoy lejos y por debajo de ti ¡oh Dios mío!

~El historiador literario Filaretes Charles no clasifica a los escritores según datos externos (nacionalidad), épocas o géneros (obra épica, dramática o lírica), sino por su principio espiritual, por sus afinidades. Así Paracelso clasificaba las flores por su aroma, lo cual era más sensato que clasificarlas, como Linneo, por estambres. ¿Sería, en realidad, cosa rara clasificar a los escritores por su perfume? Los que huelen a tabaco, los que huelen a cebolla, etcétera.

~No he leído a Auffenberg; pero tengo idea de que se parece a D’Arlincourt, a quien tampoco he leído.

~Los hidalgos de Hanover son burros que no saben hablar más que de caballos.

~Para demostrar los méritos de la República, podría emplearse el argumento que usó Bocaccio en materia de religión: Persiste, a pesar de sus funcionarios.

~Parece que la misión de los alemanes [sus paisanos] en París, no es otra que la de librarme de la nostalgia.

~El vicio, cuando es enorme, parece menos repulsivo. A una inglesa que sentía horror por la desnudez en el arte, no le molestó tanto la vista de un Hércules monstruoso. “Con esas dimensiones, la cosa no me parece ya tan indecente”.

~Aquí o allá he tenido un gran pensamiento, pero se me olvidó. ¿Qué sería? Me atormento por adivinarlo.

~Leía yo un libro aburrido, y me dormí; pero dormido soñé que seguía leyendo y de aburrimiento me desperté; y así tres veces.

 

Fuente: Heinrich Heine (1799-1856), Páginas escogidas (versión de E. Díez-Canedo), Casa Editorial Calleja (fundada en 1876), Madrid, 1918. [Borges refirió así, citando tal vez de memoria, el último “pensamiento”: “Leyendo un aburridísimo libro me quedé dormido. Acto continuo, soñé que proseguía mi lectura y el aburrimiento me despertó. Eso se repitió tres o cuatro veces”. Fuente: Jorge Luis Borges, Textos cautivos (edición de Enrique Sacerio-Garí y Emir Rodríguez Monegal), Tusquets Editores, Barcelona, 1986.]