[En la Historia Francorum (siglo VI) nos refiere Gregorio de Tours la visión que tuvo San Salvio de la ciudad celestial:] Muerto en apariencia y ya dispuesto para el funeral, volvió Salvio a la vida la mañana misma de su propio entierro. Al abrir los ojos se quejó de haber vuelto a este terrenal habitáculo. Luego ayunó durante tres días y al tercer día refirió su historia.

Cuatro días antes, dice, cuando los suyos le vieron morir, fue conducido por dos ángeles al más alto cielo, de manera que no sólo la sucia tierra, sino el sol, la luna, las nubes y las estrellas parecieron quedar bajo sus pies. De ahí, a través de una puerta reluciente, fue conducido a una morada pavimentada con oro y plata, donde brillaba una luz inefable y había multitud de gente, hombres y mujeres. Los ángeles le abrieron paso por el gentío, y llegó a un punto donde había una nube más esplendorosa que cualquier luz: no había ahí sol, ni luna, ni estrella, pero aquello brillaba más que todas las estrellas, y de las nubes salió una voz como la de muchas aguas. Dulce perfume le llenaba, de manera que no necesitaba comer ni beber. Pero se le dice que tiene que volver a la tierra para cuidar de la iglesia. Al recobrar la conciencia y contar los misterios de este perfume, se lo arrebatan y su lengua se cubre de dolorosas heridas y se hincha.

 

Fuente: Howard Rollin Patch, El otro mundo en la literatura medieval (traducción de Jorge Hernández Campos), FCE, México, 1956; 1ª. reimpresión, 1983. [En otro pasaje del libro, se refiere la peculiaridad —bien visto, infernal— de una celda carcelaria con agua: el agua “en automático” le llega a la barbilla al prisionero cuando se sienta y hasta las caderas cuando está de pie.]