~Escribía el sabio visir Ptahhotep, durante la Quinta dinastía (aproximadamente 2620 a. C.): “Se ve salir del almacén a alguien, que ha pagado su tributo, con el rostro contraído: quiere decir que su vientre está vacío y que la autoridad es odiada por él. Esto no debe suceder”.

~El fisco estaba presente por todas partes, pero con discernimiento. Desde la Primera dinastía (fecha conjetural: 3100 a. C.) cada dos años se llevaba a cabo en todos los nomos (distritos) del delta del río Nilo. Con la Segunda dinastía (que habría llegado hasta el 2700 a. C.) se extendió a todo Egipto ese censo bienal “del oro y de los campos”, es decir, de los bienes muebles y de los inmuebles. Tales censos servían como base para impuestos, calculados de año en año en función de los recursos de los contribuyentes; a su vez, estos recursos eran establecidos sobre el nivel del Nilo en su crecida, esto es, previendo el éxito de las recolecciones, que dependían precisamente de la inundación. La imposición bienal indica una notable movilidad patrimonial, y era tan importante que servía para fijar la cronología de un reinado. Una comisión especial, formada por un escriba del catastro, dos escribas y dos agrimensores, medía los campos cultivables, componía una lista de los propietarios, valoraba las probables recolecciones según el tipo de cultivo, y establecía el posible impuesto; cuando llegaba el momento de la recolección, los expertos fijaban definitivamente el importe del impuesto. Bajo la Quinta dinastía una comisión fiscal establecía una relación de los contribuyentes y era una garantía contra posibles abusos.

~El impuesto estaba en la base de la monarquía porque suministraba los medios para construir obras públicas y edificios sagrados, pagar en especie a los funcionarios y conservar en los almacenes provisiones para periodos de carencia. Los impuestos se pagaban siempre en especie (productos agrícolas, ganado o productos de manufactura) y se guardaban en los graneros y en los almacenes de la administración. Los agentes fiscales, que seguían al contribuyente desde el establecimiento del impuesto hasta el momento del pago, adquirían su prestigio por los títulos que se le asignaban, que eran los de la nobleza, pero ligados a su función y no a su persona.

~El Papiro Wilbur, que data del año cuarto del reinado de Ramsés IV (Vigésima dinastía, entre 1200 y 1085 a. C.) contiene la relación de los agentes del tesoro encargados de tasar las tierras cultivables en una zona entre el Fayún y Teneh, sobre una longitud de cerca de ciento cuarenta kilómetros. La región se dividió en cuatro circunscripciones fiscales, cuyos confines no coincidían con los administrativos. Luego de efectuar mediciones precisas, se hicieron listas de instituciones religiosas o laicas de las que dependían los campos. Para el fisco las tierras estaban divididas en campos pertenecientes a las instituciones, con tasas fijadas entre cinco y diez medidas de grano por seshat (equivalente a la arura griega; una arura=2.735 m²), y campos sometidos a régimen especial, que raramente alcanzaban las dimensiones de una hectárea y que pertenecían a militares, escribas, sacerdotes o artesanos, que a menudo los confiaban a terceros para su cultivo, con tasaciones más bajas. Las tierras que medían menos de un seshat o que eran improductivas no se consideraban tasables.

~Los Tolomeo (entre el 304 y el 31 a. C.) introdujeron, en el perfecto pero delicado sistema administrativo egipcio, una forma de concesión para el recabamiento de impuestos, más moderna pero peligrosa, que permitía disponer inmediatamente de recursos futuros; pero esta innovación acentuó la crisis del imperio. La más bella alabanza del método impositivo egipcio proviene de Herodoto (II, 177): “Se dice que el reinado de Amasis fue la época en que Egipto gozó de mayor prosperidad… Y que, además, fue Amasis quien impuso esta ley a los egipcios: que todos los egipcios, cada año, hiciesen conocer al monarca sus medios de subsistencia, que quien no lo hiciera y justificara la honestidad de sus recursos sería castigado con la muerte. Solón de Atenas tomó esta ley egipcia para establecerla a los atenienses, y éstos la observaron siempre como una ley perfecta”. En una sola cosa se equivocó Herodoto: en Egipto la única pena establecida para los evasores de impuestos fue el apaleamiento, nunca la condena a muerte.

 

Fuente: Franco Cimmino, Vida cotidiana de los egipcios (traducción de M. García Viñó), EDAF, Madrid, 1991.