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Escribí hace unos meses que algunos de nosotros teníamos más pasado que futuro, porque me pareció evidente —e innecesario de argumentar— que los jóvenes tienen más futuro que pasado. Una obviedad pues. No obstante, algún amigo me dijo: “no te azotes, ¿qué te pasa?”. Por supuesto, nada demasiado grave ni digno de llamar la atención.

Pero la relación entre la existencia y el tiempo sí que merece cuidado. No son sólo los años sino los amores y querencias del pasado, los muertos, las expectativas cumplidas y las fracasadas, los que modelan un cierto estado de ánimo “normalmente” diferente entre jóvenes y viejos. Y no puede ser de otra manera. Mientras los primeros —como dicen los merolicos de la autoayuda— tienen el futuro por delante, los segundos acarreamos el pasado con dificultad; mientras los jóvenes se regodean en la esperanza nosotros lo hacemos con lo sucedido. Sé que no se debe establecer una correlación rígida: hay jóvenes sin ilusiones y veteranos que de manera permanente mantienen encendida la llama de la utopía. Pero el tiempo transcurrido suele dejar huella y modula estados de ánimo diferentes (además de las peculiaridades de cada biografía).


Ilustración: Jonathan Rosas

La simple observación me dice que los viejos suelen ser más melancólicos que los jóvenes. Y si no es así tampoco importa mucho. Lo que no cabe duda es que la melancolía es un estado anímico singular y una sensibilidad discernible que se traducen en una relación particular del individuo con eso que llamamos mundo.

Melancolía y tristeza pueden tener vasos comunicantes y síntomas parecidos pero no son lo mismo. La tristeza suele ser fugaz, oscilante, tener una causa discernible, mientras la melancolía resulta más duradera, estable y sus nutrientes suelen ser difusos. Pero quizá lo más relevante es que la melancolía puede anudarse con un estado de paz e incluso con una cierta alegría. A fin de cuentas la melancolía tiene mucho de añoranza, se alimenta del paraíso perdido, que en no pocas ocasiones suele ser el pasado idealizado y las esperanzas que entonces se depositaron en el futuro.

Son quizá los anhelos del pasado que no se han cumplido los que fomentan el estado melancólico. Los recuerdos que contrastan la ilusión pretérita con el presente son los que tienden a desencadenar un estado anímico proclive a la contemplación y reflexión resignadas. La memoria, en estos casos, actúa de manera contradictoria: es al mismo tiempo consuelo y estocada. Bálsamo por lo vivido, herida por lo frustrante del vivir. Porque sin esa veta de insatisfacción (creo) la melancolía sería imposible.

El estado nostálgico se contrapone vivamente con el de todos aquellos que portan certezas inmutables. Los predicadores convencidos (políticos, religiosos, académicos y súmele usted), quienes no tienen dudas sobre el presente y en un trazo contundente han dibujado el porvenir, son inmunes a la melancolía. Ésta se alimenta de la duda, del presentimiento de que mucha de la alharaca circundante, de la fiebre que se apodera de las personas, de las causas por las que entregan su vida, quizá carezcan de sentido. Y el quizá es importante. Porque el melancólico generalmente ha visto cómo se reblandecen sus certidumbres.

El melancólico mantiene una relación intensa con el pasado y fría y distante con el porvenir. No necesariamente es un conservador, aunque por supuesto puede serlo. Más bien es capaz de encontrarle sentido a lo acaecido pero nada espera o muy poco del futuro. Hay una especie de vaciamiento de la esperanza y una pesadumbre granítica por lo que se ha dejado atrás. “La orientación hacia el futuro que distingue al ser humano de todos los seres vivos es para el melancólico la fuente de su sufrimiento”, escribe László F. Földényi. Y ese mismo autor transcribe un pasaje elocuente de una carta de Gustav Mahler a Kierkegaard: “Toda mi vida es una gran añoranza. ¿Cuál es mi enfermedad? La melancolía. ¿Dónde tiene su sede esta enfermedad? En la imaginación; y su alimento es la posibilidad”. Földényi explica: en este caso “el futuro no significa la realización de las posibilidades, sino la posibilidad de la destrucción de las cosas reales…” (Melancolía, traducción de Adan Kovacsics, Galaxia Gutenberg).

¿El melancólico tiene una especial manera de vivir? Quizá. Porque asume la existencia como pérdida. Lo mejor se encuentra en el pasado y sólo imaginar el porvenir le genera angustia, zozobra, incertidumbre. Quisiera construir un ancla, alguna convicción que le permitiera creer que algo de lo que valora quedará incólume, pero no puede. Asume y sabe que “las cosas” están destinadas a cambiar de lugar y de jerarquía. Esa flexibilidad es la cualidad de la vida y las pérdidas son inevitables y por supuesto irreparables. Lo sabe y lo asume, de ahí el dolor que suele acompañar a los melancólicos.

Si la melancolía fuera una enfermedad sería el padecimiento propiamente humano.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.