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Las tecnologías genéticas aplicadas en la reproducción humana asistida han generado controversias no sólo éticas y jurídicas, sino también injusticias globales en ciencia. Un ejemplo es el relativo a las tecnologías de reemplazo mitocondrial. Las técnicas utilizadas en esta tecnología pueden impedir la transmisión de enfermedades del ADN mitocondrial, pero las mismas son polémicas porque implican la manipulación de embriones humanos y la transferencia de datos del material genético.

Reino Unido es el primer país que ha regulado el uso bajo licencia de esta novedosa tecnología. A pesar de que en 2016 en Estados Unidos de América se emitió un informe por el Instituto de Medicina de la Academia de Ciencias en el que se afirmaba que el reemplazo mitocondrial es éticamente permitido, el tema sigue sin un marco jurídico en ese país.

Ante estos antecedentes todos los ojos estaban puestos en Reino Unido como el lugar más probable donde ocurriría el primer nacimiento derivado de la aplicación de la mencionada tecnología, por lo que fue un shock para la comunidad científica cuando el 27 de septiembre de 2016 nació el primer bebé en México como resultado del uso de estas técnicas. El científico estadunidense John Zhang señaló que lo hizo en México porque “no hay reglas”.

Si bien este caso se llevó a cabo con éxito clínico, las consecuencias de las acciones de Zhang han transgredido fronteras ya que tiene implicaciones para la investigación en salud en México, los derechos reproductivos y las políticas globales de la ciencia. Las acciones de Zhang al realizar procedimientos científicos fuera de su país representan una forma de turismo científico que debería estudiarse más a fondo desde el punto de vista ético y científico. Lo anterior puede ser en detrimento para el desarrollo de los países; en estos casos es fundamental desarrollar políticas eficientes para estas controvertidas áreas. Además, las declaraciones de Zhang no dejan de ser desafortunadas para México, ya que ha señalado que la aplicación de la técnica mencionada será como “un iPhone diseñado en California y que se ensambla en China”.


Ilustración: David e Izak Peón

 

La primera y más inmediata preocupación es el potencial efecto adverso sobre la salud reproductiva y la regulación de la investigación. En México, con una fuerte vena conservadora, la investigación con embriones y en la salud son áreas muy delicadas; imposible no recordar la fuerte influencia y extenso cabildeo por organizaciones conservadoras, mismas que han tenido un impacto significativo en la legislatura.

El acceso a las tecnologías de salud reproductiva y apoyo económico a la investigación científica tienen una situación precaria en nuestro país. Amén de la necesidad de profundizar y estudiar las actuales leyes federales que rigen la reproducción asistida y la utilización de embriones humanos, la revelación del trabajo de Zhang puede ser especialmente perjudicial ya que ha generado publicidad negativa para nuestro país, por ejemplo, el de contar con una regulación laxa.

 

Más allá de estas consecuencias inmediatas, el turismo científico puede ser más dañino de lo que se cree, ya que atenta contra el desarrollo científico local porque científicos de países periféricos a menudo carecen de los recursos necesarios para llevar a cabo sus investigaciones, el efecto neto será bloquear o retrasar su trabajo tal como pasa con sociedades científicas mexicanas que desean experimentar con células troncales embrionarias.

Además, los impactos adversos derivados pueden ser devastadores en tres sentidos: contribuye a la fuga de cerebros, falta de desarrollo científico en las comunidades locales y pérdida de recursos que son indispensables para la salud. Lo anterior generará una mayor disparidad de la ya existente y peor aún será la situación para científicos que de momento carecen de recursos para llevar a cabo su investigación, además de que la legislación vigente tampoco permite desarrollar la ciencia en todos sus ámbitos, creando así un gran problema de injusticia científica global.

Las respuestas de la comunidad científica al trabajo de Zhang no han sido enérgicas, lo que también refleja un problema más profundo que podría llamarse “chauvinismo científico”, por lo que los criterios de la práctica científica, su regulación y los discursos públicos sobre la ciencia, lamentablemente, siguen dictándose por la comunidad científica dominante. Por ello, las malas prácticas, como las de Zhang, que se hagan por razones culturales y políticas se calificarán como no científicas, no éticas y no aceptables.

 

María de Jesús Medina Arellano
Doctora en bioética y jurisprudencia médica. Investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Miembro de la Mesa Directiva de la IAB.

Sarah Chan
Doctora en bioética. Secretaria académica del Instituto Mason de la Universidad de Edimburgo en Reino Unido.

César Palacios-González
Doctor en bioética. Investigador asociado del Centro de Derecho Médico y Ética del King’s College London, Reino Unido.