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Es difícil dar una idea clara, una noción contundente, del inmenso beneficio de las vacunas. Hablamos de millones de muertes evitadas cada año, de cientos de millones de enfermedades que no ocurrieron, pero la abstracción de los números no refleja de ninguna forma el bienestar derivado de no volver a temer el riesgo de enfermar de poliomielitis, sarampión, tosferina, viruela, y otras más. Se evitan muertes y se evita que los padres sufran el terror de ver regresar a su hijo con fiebre y malestar de la escuela, ante la posibilidad de que fuese alguna infección grave. El ambiente lo recrea bien Philip Roth en Némesis, su última novela: “No sabemos cómo ni dónde nos enfermamos. La polio se ha extendido por toda la ciudad. Él la contrajo muy fuerte y murió. Hay una epidemia. […] Eso es lo único que sabemos. No sabemos cómo hubiera sido su futuro. ¡Lo sabemos! Replicó la madre enojada”. Las vacunas evitan el sufrimiento, el dolor y la enfermedad, y se evitan la disrupción social y los inmensos costos. Simultáneamente, la eficacia de las vacunas permite desconocer los riesgos.

En su éxito, entonces, las vacunas incuban la consecuencia de perder la percepción del riesgo. Los jóvenes padres que hoy se manifiestan antivacunas seguramente ya no tuvieron en la escuela compañeros con secuelas de polio o que murieron por sarampión o por alguna infección prevenible por vacunación. Pero la transmisión de las infecciones continúa sin manifestaciones, y en consecuencia el riesgo de enfermar en los no vacunados. En estas circunstancias, algunos grupos sociales reclaman la decisión de no vacunarse y no vacunar a sus hijos. Para justificar la decisión aluden riesgos sobredimensionados y consecuencias irreales. Ciertamente, las vacunas tienen efectos colaterales (eventos adversos) que en situaciones excepcionales pueden ser muy graves, pero hablamos de situaciones reconocidamente esporádicas en contraste con el riesgo de la infección natural. Por cada reacción vacunal grave han quedado protegidos cientos de miles y millones sin consecuencias. Es una comparación de riesgos: si vacuno, podrían ocurrir por cada millón entre uno a 10 casos de consecuencias graves, y si no vacuno, seguramente ocurrirán entre 100, mil, 10 mil muertes y miles más con secuelas graves, y otras más no graves. Pocas intervenciones médicas son tan seguras y tan eficientes como las vacunas, y también lo son sus procesos de producción. Pero todo tiene riesgos, la vida es una ininterrumpida sucesión de riesgos, y así los enfrentamos cotidianamente. Hoy es obligatorio usar el cinturón de seguridad y está prohibido fumar en lugares públicos cerrados.


Ilustración: David e Izak Peón

Los movimientos antivacunas, mayoritariamente, han proliferado con una creciente popularidad en diversos países desarrollados, al amparo de ejercitar la libertad de decidir y es este el tema central de la discusión, los límites de la libertad. Desde luego, la libertad es fundamental e irrevocable para individuos y sociedades. Las vacunas son un bien común que requiere la participación mayoritaria para garantizar la minimización del riesgo, riesgo que es individual y también colectivo. Inmunidad de rebaño se le llama. La familia que decide no vacunar a sus hijos construye un territorio de riesgo para sus propios integrantes, sus vecinos y sus amigos. Invade así sus libertades. No vacunar es un atentado social al favorecer grupos sin inmunidad, que permitirán que alguna infección inicie una cadena de contagios, con graves riesgos y, en el plano global, impidiendo el control y eventual erradicación de infecciones prevenibles.

Desafortunadamente, las noticias de casos esporádicos de sarampión que inician brotes epidémicos son continuas, y consecuencia de esta distorsionada visión del riesgo al evitar la vacunación. En Europa y Estados Unidos hay decenas de brotes que son manifestación de un relativamente bajo nivel de vacunación en algunas regiones por este motivo. La posición contra las vacunas se alimenta de desinformación en una base de pobre educación.

Otra situación (sorprendente) es la persistente dificultad para mantener tasas de vacunación óptimas en el personal de los servicios de atención médica. Resulta que médicos, enfermeras y otros miembros del equipo de salud no cumplen con la indicación de vacunarse. En este caso los motivos son más oscuros y difíciles de comprender, pero se aduce falta de tiempo y desinterés por una protección que perciben como innecesaria. También en este ámbito las consecuencias son graves puesto que un trabajador enfermo en servicios clínicos expone al contagio a pacientes frágiles, con resultados también muy graves.

En el umbral del septuagésimo aniversario de la proclamación de los derechos humanos es oportuno refrendar también las obligaciones humanas. Una obligación destacada es precisamente cumplir con los esquemas de vacunación y se llega el momento de, además de considerarlo una responsabilidad moral, que se establezca como una obligación jurídica.

 

Samuel Ponce de León R.
Médico internista, especialista en infectología. Maestro en ciencias en epidemiología. Profesor de medicina. Coordinador del PUIS-UNAM.