Cada quien su temblor y su historia. Cada uno su diluvio y su fe. Cada quien su esperanza y sus miedos. Su reticencia y su tormenta. Su ambición de entender, su desconfianza. Cada quien su alegría y su mirada. Su pena y su espera. Sus deseos y su ahínco.

A tantos he oído en el último mes, que tengo un enjambre por deshacer para dar con la fábula que siempre es necesaria.

Ha entrado tanta agua bajo la puerta de palabras que van y vienen contando el cuento de cada día, que no puedo saber ya cuál importa más, qué es para quiénes.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Amanezco deshilvanando imágenes. Entrevero los sueños y recuerdo el espanto. Avergonzada porque no puedo resolver algo crucial, veo antes de abrir mis ojos los de mi amiga, creciendo en sus cuencas tristes. Los de su cónyuge que al cabo de cuarenta años se ha vuelto también mi amigo. Llevan nueve meses de ausencia sobre los hombros. Y no saben cuándo querrán devolverles a su hijo quienes lo tienen en sus impredecibles manos. No digo más. Arden las palabras inútiles.

Un segundo después entra a lo que recuerdo el juego de mis nietos pequeños. Son dos. Con dos distintas risas. Entonces revive la mañana. Y no batallo para levantarme porque traerán a la visita del día su cauda de respuestas. ¿Voy a morirme? No ahora. ¿Voy a estar triste? Hoy no. ¿Tengo permiso para gastar el tiempo? Sí. ¿Escribiré otro libro? Claro, varios, todos los que puedas recordar o te imagines. Ríete abuela, que traemos la luna, cuando es preciso. Tarareo la música que Serrat le puso a la Nanas de la cebolla. Y sí, me pongo alas, me hago libre. Quiero pasar la tarde cantándoles. Que nada me perturbe, mucho menos la idea de que puede temblar a medianoche.

Al día siguiente es jueves, la otra escritora que lleva mi apellido viene a comer con todas sus historias. Cuando ella entra a mi casa el mundo todo se vuelve sólo suyo. Lo mueve como un caleidoscopio. Y me lo va contando en el orden que quiere. Yo me siento tan joven cuando la oigo, que de tanto ir hacia atrás no veo las horas, ni sé cuándo anochece, ni me importa. Lo único que me mueve es el milagro de estar viendo crecer a quien un día ganó la punta de una estrella que, al entrar a la fiesta, era piñata. Y mientras habla me la está enseñando, como en la foto de la infancia: triunfal y bienaventurada. Ya todos han entrado al pastel y de lejos se oye otro canto. Pero ella está completa en ese instante, y no ha dejado de cargar el pico de su estrella, porque todo lo que es vida le importa.

A las once de la noche se sube a un Uber y la veo irse prendida a la pantalla de su teléfono. Cruzo el patio a oscuras. No sentí al salir que las luces estuvieran apagadas. Pero subo las escaleras como si las tuviera en la memoria y no enciendo la luz. Traigo una dentro.

Setenta minutos después pasa un micrófono diciendo cosas que no entiendo. Y abro la ventana para espiar si la patrulla busca un delincuente, de esos a los que, en estos días, todo el mundo les teme, por mi mundo. Entonces oigo bien: “Alarma sísmica”, dicen.

Yo desde la ventana no veo moverse nada. Entro a mi cuarto y nada. El señor de la casa salió a una cena, así que ni para preguntarle si él siente algún temblor. Regreso al patio. Enciendo la luz. Los helechos no mueven ni una hoja, los árboles tampoco, las escaleras no bailan, las paredes no suenan. Aquí la única que tiembla, me digo, soy yo. Pero de frío. Así que entro al comedor. Y ahí sí, la lámpara del centro da vueltas como el péndulo de un reloj inmenso. Sí está temblando. Pero en esta casa, construida a campo abierto, en Tacubaya, el año de 1912, no se siente un temblor. Será que no es gran cosa, pienso cuando suena mi celular y brota la cineasta que no encuentra el pico de su estrella. Está en un camellón de la Condesa, ha debido bajar siete pisos a oscuras, tropezándose, descalza, entre el ruido de los muros y el suelo. “Ahora sí sentí feo”, dice.

Su hermano vive a cien metros de ella, y yo lo imagino tranquilo, en la casa que fue de su abuela, la que no tiró ni el temblor del 85. Quizás durmiendo, pienso, porque ellos son tempraneros y sus hijos ya sueñan desde las nueve: “Llámalo”, digo. “Él va por ti y te lleva unos zapatos”.

No se me ocurre entonces que es todo alrededor lo que no tiene luz. Y que también los niños y sus padres están fuera, un camellón adelante. Mateo que es bueno, como el mejor pan, va por abrigos y por su hermana. Cuando vuelve con ella, ve que la niña de sus ojos también salió sin zapatos. Y ¡qué barbaridad! Quiere morir de pena, cuando la encuentra linda y afligida, con los niños dormidos, la cómplice y la perra. Su hermana querría tomarles una foto. Tiene el teléfono en la mano. Porque al bajar las escaleras dejó todo, hasta la puerta abierta, pero no al compañero con luz que toma fotos. Y es tan rara la escena que querría robársela para luego llevarla a imprimir, pero no se atreve. No están las cosas como para jugar.

Cuando regresa el orden, van todos a la casa. A la misma puerta por la que su abuela y su tía salían corriendo al parque cuando temblaba. Allá va su papá a encontrarlos. Feliz porque cuando creyó que un mareo iba a matarlo, supo que había un temblor y descansó. Las casas y la calle no se movían en su cabeza, sino fuera.

Al ratito volvieron, la niña con su estrella y el papá sin su infarto cerebral. Nos vamos a dormir como si nada. Sin saber que en Oaxaca este mismo temblor dejó tras de sí el espanto. Lo sabremos, cuando poco a poco, desde la pobreza, nos lleguen las noticias completas.

Entonces habrá llegado el viernes y los hijos de Rosario harán al día siguiente la primera comunión. Yo seré la madrina aunque su madre sepa que yo no como curas, porque temo empacharme, pero dejé la religión de las culpas y las indulgencias plenarias, el cuerpo de Jesús en una hostia y los crucifijos a los que les tenía pavor desde niña. Tampoco puedo creer en el más allá, ni en que hay infierno y cielo, para premiar a los buenos y castigar a los malvados. Ojalá. Pero, por desgracia, ya no creo ese relato. Me quedan más cerca Macondo y los cronopios, la Eneida y Penélope que las epístolas y los salmos. Así que nada me salva de la fatalidad, del riesgo, del futuro en que no he de estar.

De todos modos, algo verá ella en mí que me cree digna de que sus hijos crean en mí. Y yo se lo agradezco como al sol que es y voy a la ceremonia y me porto cual debe ser. Comulgo y todo. Lloro cuando se canta el ¡Aleluya! y cuando la liturgia recomienda pedir por los fieles difuntos. Entonces bajan mis papás y yo les pido perdón por no creer en todas esas cosas que con tanto fervor quisieron inculcarme.  

¿Qué dios permite que en Oaxaca, los más pobres se mueran aplastados? ¿Qué dios manda un ciclón que destruye las islas y las casas de tantos quienes viven en el Caribe? Ninguno que no sea la esquiva y pródiga madre naturaleza. La misma que nos da de comer y nos alumbra, que devasta y construye porque sí. El dios azar, el dios guerra, el dios maíz. La diosa luna, el dios sol, el dios mar todopoderoso que los antiguos llamaron Poseidón, Neptuno, Anfítrite. Los temibles dioses del agua: Sobek, Tiamán, Ahtic, Tláloc. Ellos o el dios que algunos, aún ahora, llaman Divina Providencia. Y los desamparados llamamos universo. Arbitrario, salvaje, misericordioso y heroico universo. Da y quita. Como todos los dioses de todos los testamentos. Pero de entre ellos éste es el único dios confiable, porque sabemos que es impredecible y misterioso, porque vivimos a su arbitrio y nadie sabe lo que nos pedirá mañana. Aunque todos sabemos que no escucha.

Cada quien su temblor. Cada uno su duelo, su fábula, su dicha. Y que los dioses, indivisos, sin duda los que no existen, nos bendigan.

P.D. Este texto se entregó en la redacción de nexos el 11 de septiembre de 2017. El 15 apareció, como una bendición, mi sobrino secuestrado. El 19, lo saben ustedes, volvió a temblar.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

3 comentarios en “Dioses indivisos

  1. No encuentro calificativo más que exquisita lectura de una gran escritora poblana, me dejó sorprendida los detalles, los hechos descritos en una narrativa ¡sin igual!

  2. También me ha parecido extraordinaria, algo como si fuera la respuesta a una pregunta del tipo ¿De qué está hecho el tiempo que hace unos días hemos vivido? y que la contestara incluso antes de que pudiera formularla en cualquier secuencia como ¿Qué hora es? ¿Qué hora tienes? ¿cómo te ha ido? ¿qué cuentas estimada escritora de lo que pasa con y sin tiempo, por nuestras vidas?. Muy atinada nuevamente en el escrito de este número.

  3. Me gusta leer a la maestra Ángeles Mastretta. EXTRAORDINARIA escritora. aunque confieso no he leído ninguna de sus obras, pero es y sera, próximamente, lectura obligatoria. Felicidades y saludos cordiales.