El 24 de febrero de 1848, o alrededor de esa fecha, un panfleto de 23 páginas fue publicado en Londres. La industria moderna, proclamaba, había revolucionado al mundo. Había sobrepasado, en sus logros, a todas las grandes civilizaciones del pasado —las pirámides egipcias, los acueductos romanos, las catedrales góticas—. Sus innovaciones —el ferrocarril, el barco de vapor, el telégrafo— habían desatado fuerzas productivas fantásticas. En el nombre del libre mercado había derribado las fronteras nacionales, reducido precios, convertido el planeta en interdependiente y cosmopolita. Bienes e ideas ahora circulaban por doquier.

Igualmente importante, había borrado antiguas jerarquías y mistificaciones. La gente ya no creía que el linaje o la religión determinaban su estatus en la vida. Todos eran iguales al resto. Por primera vez en la historia hombres y mujeres podían ver, sin ilusiones, en dónde estaban parados en cuanto a su relación con los demás.

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Ilustración: Alberto Caudillo

Los nuevos modos de producción, comunicación y distribución habían creado también una inmensa riqueza. Pero había un problema. La riqueza no estaba igualmente distribuida.10% de la población poseía virtualmente toda la propiedad; el otro 90% no tenía nada. Mientras las ciudades y los pueblos se industrializaban, mientras la riqueza se concentraba más, mientras que los ricos se volvían más ricos, la clase media comenzó a hundirse al nivel de la clase obrera.

Pronto, de hecho, habría sólo dos tipos de personas en el mundo: los propietarios y las personas que les venderían su trabajo a éstos. A medida que las ideologías que alguna vez habían hecho parecer a la desigualdad como algo natural y decretado, era inevitable que en todos los lugares los trabajadores vieran lo que era el sistema, y se levantaran para derrocarlo. El escritor que hizo esta predicción fue, por supuesto, Karl Marx, y el panfleto era El manifiesto comunista. Todavía no se equivoca.

Considerando su bastante evidente relevancia en la política contemporánea llama la atención que dos recientes e importantes libros sobre Marx estén comprometidos a regresarlo a su propio siglo. “Marx no era nuestro contemporáneo”, insiste Jonathan Sperber en Karl Marx. Una vida decimonónica (Galaxia Gutemberg), aparecido en 2013; es “más una figura del pasado que un profeta del presente”. Y Gareth Stedman Jones explica que el propósito de su libro, Karl Marx: Greatness and Illusion (Harvard University Press), es “poner a Marx en su contexto, el del siglo XIX”.

La misión es loable. Historizar —corregir la tendencia de presentizar el pasado— es lo que hacen los académicos. Tanto Sperber, quien da clases en la Universidad de Missouri, como Stedman Jones, quien enseña en la Universidad Queen Mary de Londres y codirige el Centro de Historia y Economía de la Universidad de Cambridge, aportan una enseñanza excepcional a la tarea de arraigar a Marx en la vida intelectual y política de la Europa del siglo XIX.

Marx fue uno de los grandes combatientes de todos los tiempos y muchos de sus escritos eran coyunturales y ad hominem —disputas sin límites con pensadores ahora desconocidos e interpretaciones intrincadas de eventos en gran medida olvidados—. Tanto Sperber como Stedman Jones demuestran que si uno lee a Marx dentro de ese contexto, como un hombre involucrado en infinitos conflictos internos políticos y filosóficos, entonces la importancia de algunos pasajes familiares de sus escritos puede disminuir un poco. Las ideas parecen más limitadas. Al final, su Marx no es radicalmente distinto al Marx percibido, pero es más victoriano. Curiosamente, dada la similitud de sus enfoques, no hay tanta coincidencia.

Sin embargo, Marx también fue lo que Michel Foucault llamó el fundador de un discurso. Una enorme escuela de pensamiento está bautizada en su nombre. “Yo no soy un marxista”, se dice que dijo Marx, y es importante identificar lo que pensaba sobre el uso que otras personas daban a sus escritos. Pero mucha de la importancia de su trabajo yace en sus efectos secundarios. Independientemente de cómo lo manejara, y pese a que, como demuestran Sperber y Stedman Jones, pueda parecer, en cierta medida, un constructor más del sistema del siglo XIX convencido de que sabía cómo iban a resultar todas las cosas, Marx produjo obras que mantuvieron su potencia intelectual a través del tiempo. Incluso hoy en día El manifiesto comunista es como una bomba a punto de explotar entre las manos.

Y, a diferencia de muchos críticos decimonónicos del capitalismo industrial —y hubo muchos—, Marx fue un verdadero revolucionario. Toda su obra fue escrita para servir a la revolución que predijo en el El manifiesto comunista” y que estaba seguro que sucedería. Después de su muerte las revoluciones comunistas sí sucedieron —no exactamente dónde o cómo él había imaginado pero, no obstante, en su nombre—. Para mediados del siglo XX más de un tercio de la población mundial vivía bajo regímenes que se autodenominaban, y genuinamente creían ser, marxistas.

Esto es importante porque uno de los principios clave de Marx era que la teoría siempre debe estar unida a la práctica. Ese es el punto de la famosa undécima tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Marx no estaba diciendo que la filosofía era irrelevante; estaba diciendo que los problemas filosóficos surgen de condiciones de la vida real, y que sólo pueden ser resueltos si se transforman esas condiciones —rehaciendo el mundo—. Y las ideas de Marx fueron utilizadas para rehacer el mundo, o una gran parte de él. A pesar de que nadie lo responsabilizaría, en el sentido jurídico, del resultado, bajo el propio principio de Marx el resultado nos dice algo acerca de las ideas.

En resumen, uno puede poner a Marx de vuelta en el siglo XIX, pero no lo puede mantener ahí. Él desperdició una cantidad ridícula de su tiempo peleando con sus rivales y apagando incendios sectarios, y ni siquiera estuvo cerca de completar el trabajo que pretendía ser su magnum opus, El capital. Pero, para bien o para mal, simplemente no es el caso que su pensamiento sea obsoleto. Él se dio cuenta que las economías de libre mercado, dejadas a su suerte, producían grandes desigualdades, y transformó un modo de análisis que data de los tiempos de Sócrates —dándole la vuelta a conceptos que creemos entender y damos por sentado— en un recurso para comprender las condiciones sociales y económicas de nuestra propia vida.

A excepción de su leal colaborador de toda la vida, Friedrich Engels, casi nadie hubiera pensado, en 1883, el año en que Marx murió, a la edad de 64 años, cuán influyente se volvería. 11 personas asistieron a su funeral. Durante la mayor parte de su carrera Marx fue una estrella en una pequeña constelación de exiliados radicales y revolucionarios fallidos (y los censores y espías de la policía que los monitoreaban), pero casi desconocido fuera de ella. Los libros por los cuales es famoso hoy en día no eran precisamente best-sellers. El manifiesto comunista desapareció casi tan pronto como fue publicado y permaneció fuera de circulación por 24 años; El capital fue ampliamente ignorado cuando salió el primer volumen, en 1867. Tras cuatro años había vendido mil copias, y no fue traducido al inglés hasta 1886.

El segundo y tercer volumen de El capital fueron publicados después de la muerte de Marx, agrupados por Engels de entre miles de páginas de borradores garabateados. (Marx tenía una caligrafía espectacularmente mala; Engels era una de las pocas personas fuera de la familia que podía descifrarla.) Las Tesis sobre Feuerbach, las cuales Marx escribió en 1845, no fueron descubiertas hasta 1888, cuando Engels las publicó, y algunos de los textos más importantes para los marxistas del siglo XX —el improvisado volumen conocido como La ideología alemana, los llamados Cuadernos de París de 1844, y el libro titulado los Grundrisse por sus editores soviéticos— permanecieron desconocidos hasta después de 1920. Los inacabados Cuadernos de París, un texto sagrado en los sesenta, no apareció en inglés hasta 1959. Parece que Marx no consideraba que ese material fuese publicable.

Durante la vida de Marx la obra que finalmente lo hizo llamar la atención fuera de su círculo fue un objeto de 35 páginas llamado La guerra civil en Francia publicado en 1871, en el que aclamaba la efímera y violentamente reprimida Comuna de París como “la gloriosa precursora de una nueva” —esto es, comunista— “sociedad”. No es un texto muy citado hoy en día.

Una razón que explica la relativa oscuridad de Marx es que sólo hacia el final de su vida los movimientos para mejorar las condiciones de los trabajadores empezaron a obtener logros en Europa y en Estados Unidos. En la medida en que esos movimientos eran reformistas en vez de revolucionarios, no eran marxistas (a pesar de que Marx sí especuló, en años subsecuentes, la posibilidad de una transición pacífica al comunismo). Con el crecimiento del movimiento obrero vino un entusiasmo por el pensamiento socialista y, con éste, un interés en Marx.

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Aun así, como escribe Alan Ryan en su característicamente lúcida y concisa introducción al pensamiento político de Marx, Karl Marx: Revolutionary and Utopian (Liveright), si Vladimir Lenin no hubiera llegado a Petrogrado en 1917 y se hubiera hecho cargo de la revolución rusa, Marx seguiría siendo conocido hoy en día como “un no muy importante filósofo, sociólogo, economista y teórico político del siglo XIX”. La revolución rusa hizo que el mundo se tomara en serio la crítica de Marx al capitalismo. Después de 1917 el comunismo ya no era una fantasía utópica.

Marx es una advertencia sobre lo que puede pasar cuando las personas desafían a sus padres y obtienen un doctorado. El padre de Marx, un abogado en la pequeña ciudad de Trier, en Alemania Occidental, había tratado de conducirlo hacia el derecho, pero Marx eligió la filosofía. Estudió en la Friedrich-Wilhems-Universität, en donde Hegel había dado clases alguna vez, y se involucró con un grupo de intelectuales conocidos como los jóvenes hegelianos. Hegel era cauteloso al criticar la religión y el Estado prusiano; los jóvenes hegelianos no, y, justo cuando Marx estaba recibiendo su título, en 1841, hubo una represión oficial. El mentor de Marx fue despedido y los jóvenes hegelianos se convirtieron en parias académicos. Así que Marx hizo lo que muchas personas con doctorado hacen: se incorporó al periodismo.

Fuera de unos cuantos pequeños anticipos por sus libros, el periodismo era la única fuente de ingreso de Marx. (Hay una historia, aunque Sperber la considera infundada, que dice que una vez, en su desesperación, Marx solicitó un trabajo de oficial ferroviario y fue rechazado por su mala caligrafía.) En la década de 1840 Marx editó y contribuyó en periódicos políticos en Europa; de 1852 a 1862 escribió una columna en el New York Daily Tribune, el periódico con mayor circulación en el mundo en ese entonces.

Cuando el trabajo periodístico se agotó Marx se vio en aprietos. Dependía frecuentemente del apoyo de Engels y de adelantos de su herencia. A veces estaba desesperado incluso por conseguir qué comer; en un punto, no podía ni salir de su casa porque había empeñado su único abrigo. La afirmación de que el autor de El capital era un inepto en las finanzas, y que él y su esposa habían derrochado el poco dinero que tenían en amenidades clasemedieras como la música o lecciones de pintura para los niños, se convirtió en una “ironía” habitual en las biografías de Marx. Sperber rebate esto. Marx tenía menos dinero para derrochar del que han asumido los historiadores, y él aceptó la pobreza como el precio de su política. Él hubiera vivido felizmente en una casucha por su cuenta, pero no quería que su familia sufriera. Tres de los hijos de Marx habían muerto a temprana edad y el cuarto nació muerto; la pobreza y condiciones de vida precarias pudieron haber sido factores para que esto sucediera.

El periodismo de Marx lo convirtió en un exiliado serial. Escribía y publicaba artículos ofensivos para las autoridades y, en 1843, fue expulsado de Colonia, donde ayudaba a dirigir un diario llamado el Rheinische Zeitung. Se fue a París, ciudad que tenía una gran comunidad alemana, y ahí fue donde él y Engels se volvieron amigos. Un encuentro previo en Colonia no había salido bien, pero en 1844 se reencontraron en el Café de la Régence y acabaron pasando 10 días juntos platicando.

Engels, quien era dos años más joven, tenía las mismas ideas políticas que Marx. Poco tiempo después de que se conocieran escribió su clásico estudio La situación de la clase obrera en Inglaterra, el cual termina prediciendo una revolución comunista. El padre de Engels era un industrial alemán dedicado al negocio de los textiles, propietario de fábricas en Barmen y Bremen y en Manchester, Inglaterra, y, aunque reprobaba la política de su hijo y sus amistades, le dio un puesto en la fábrica de Manchester. Engels odiaba el trabajo, no obstante lo hacía bien, como hacía con la mayoría de las cosas. Se iba de cacería de zorros con la alta burguesía que aborrecía, y se burlaba de los intentos de Marx de montar un caballo. Engels a la larga se convirtió en socio, y sus ingresos lo ayudaban a mantener a Marx con vida.

En 1845 Marx fue expulsado de Francia. Se mudó a Bruselas. Tres años después, sin embargo, ocurrió algo que nadie había previsto: estallaron revoluciones a lo largo y ancho de Europa, incluyendo Francia, Italia, Alemania y el Imperio Austriaco. Marx escribió El manifiesto comunista justo cuando esas sublevaciones estaban poniéndose en marcha. Cuando el malestar llegó a Bruselas, se le acusó de armar a los insurgentes y fue expulsado de Bélgica, pero regresó a París. Los sublevados habían irrumpido en las Tullerías y le habían prendido fuego al trono francés.

Para el final del año la mayoría de las revoluciones habían sido aplastadas por las fuerzas monarquistas. Muchas personas que eran o se convertirían en importantes figuras del arte y la literatura europeas —Wagner, Dostoievski, Baudelaire, Turgenev, Berlioz, Delacroix, Liszt, George Sand— habían sido atrapados por la conmoción revolucionaria, y el resultado conllevó a una crisis de fe en la política (el objeto de estudio de La educación sentimental, la novela de Flaubert). El fracaso de las revoluciones de 1848 es a lo que se refiere la primer línea de Marx “la primera vez como tragedia, la segunda como farsa” (obtuvo la frase de Engels). La “tragedia” fue el destino de la revolución francesa con Napoleón; la “farsa” fue la elección del sobrino de Napoleón, Luis Napoleón Bonaparte, a quien Marx había considerado un don nadie, para la presidencia de Francia en diciembre de 1848. Bonaparte finalmente se declaró a sí mismo emperador y gobernó hasta 1870, cuando Francia perdió una guerra con Prusia. La Comuna de París es una consecuencia de esa guerra.

Así que en 1849 Marx fue obligado al exilio de nuevo. Huyó con su familia a Londres. Él asumió que su estancia sería temporal, pero vivió allí por el resto de su vida. Es allí donde día tras día, en la Sala de Lectura del Museo Británico, realizó la investigación para El capital, y es allí donde, en el Cementerio de Highgate, está enterrado. El impresionante busto de bronce que uno ve en su tumba hoy en día fue colocado, en 1956, por el Partido Comunista de Gran Bretaña.

¿Cómo era Marx? El número de relatos en primera persona no es muy extenso, pero tienden a estar de acuerdo. Era, en ciertos aspectos, una caricatura del académico alemán (en el cual había esperado convertirse): un imperioso sabelotodo con cabello rebelde en una levita mal abrochada. Una vez se describió a sí mismo ante uno de sus hijos como “una máquina condenada a devorar libros para luego aventarlos, en una forma cambiada, al estercolero de la historia”. Escribía toda la noche entre nubes de humo de tabaco, libros y papeles apilados a su alrededor. “Son mis esclavos”, decía, “y deben servirme como yo desee”.

En cuestiones profesionales era severo. Era un exponente convincente pero balbuceaba y era un orador deficiente; él lo sabía y rara vez hablaba en público. Era implacable en papel, convirtió en enemigos a amigos y antiguos aliados, y no soportaba a los tontos —una gran parte de sus conocidos, en su opinión—. Un exiliado alemán se refirió a él como “un agente aduanero y guardia fronterizo intelectual, designado por su propia autoridad”.

Aun así, imponía respeto. Un colega, recordando a Marx a los 28 años, lo describió como un “líder nato de la gente”. En realidad era bastante bueno llevando el control —como editor y, más tarde, como la figura dominante en la Asociación Internacional de los Trabajadores, conocida como la Primera Internacional—. Su cabello era negro; sus ojos eran negros; su complexión era morena. Engels lo llamaba “el compañero negro de Trier”; su esposa y sus hijos lo llamaban el Moro.

En privado, era modesto y amable. Cuando no estaba enfermo —tenía un hígado malo, sufría de bronquitis y tenía enormes forúnculos, los cuales cree Sperber fueron causados por un trastorno autoinmune pero pudieron haber sido un síntoma de su enfermedad en el hígado— era juguetón y cariñoso. Amaba a Shakespeare, inventaba historias para sus tres hijas y disfrutaba de puros baratos y del vino tinto. Su esposa y sus hijas lo adoraban. Un espía prusiano que visitó a Marx en su hogar en 1852 se sorprendió al darse cuenta que era “el más gentil y afable de los hombres”.

Se comprometió con Jenny von Westphale, de Trier también, cuando él tenía 18 y ella 22. Sperber piensa que se ha creado un cuento de hadas del matrimonio, pero se dice que Jenny era excepcionalmente hermosa y que estaba dedicada a Karl. Él escribía apasionados poemas de amor para ella. El compromiso duró siete años, durante los cuales él terminó sus estudios, y rara vez se vieron. La relación fue principalmente epistolar. (Sperber cree que tuvieron sexo premarital. Yo ciertamente espero que sí.) En sus cartas Jenny llama a Karl su “pequeño jabalí”.

El único defecto posible en el idilio doméstico tiene que ver con un hijo de la sirvienta, Helene Dermuth. Ella había sido un “regalo” para los Marx de parte de la madre de Jenny y vivía con la familia. (Casi todas las mujeres en la Gran Bretaña del siglo XIX que podían costear una sirvienta lo hacían. Incluso Miss Bates, en Emma de Jane Austen, quien vive de la caridad de sus vecinos acomodados, tiene una sirvienta.) El hijo de Helene, llamado Frederick y apodado Freddy, nació en 1851 y fue criado por padres adoptivos. Las hijas de Marx no lo conocieron hasta después de la muerte de Marx.

Engels reclamó la paternidad. Esto no era inverosímil. Engels era un hombre soltero y le gustaban las mujeres de la clase trabajadora; su amante durante largo tiempo, Mary Burns, trabajaba en una fábrica de Manchester. En su lecho de muerte, sin embargo, 40 años después, supuestamente dijo que Marx era el verdadero padre de Freddy, información que se conoció en los círculos comunistas pero que no se hizo pública hasta 1962. Sperber y Stedman Jones aceptan la historia, como lo hace el autor de la tradicional biografía en inglés, David McLellan, aunque uno de los biógrafos de Engels, Terrell Carver, piensa que la evidencia no es concluyente. Dermuth permaneció con la familia; tras la muerte de Marx se fue a trabajar para Engels. Y el matrimonio de los Marx sobrevivió.

Es la simpatía por Marx lo que conduce a Sperber y Steadman Jones a insistir que lo leamos en su contexto decimonónico, porque esperan alejarlo de la interpretación que se ha hecho de su trabajo después de su muerte por gente como Karl Kautsky, quien era su principal exponente en alemán, Georgi Plekhanov, su principal exponente en ruso, y de manera más influyente Engels. Fue principalmente gracias a esos escritores que las personas empezaron a referirse al marxismo como un “socialismo científico”, una frase que resume lo que era más aterrador del comunismo del siglo XX: la idea de que los seres humanos pueden ser rediseñados de acuerdo con una teoría que se presenta a sí misma como una ley histórica. El término que el siglo XX acuñó para esto fue totalitarismo.

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Así que para 1939, cuando el filósofo británico Isaiah Berlin publicó su ampliamente leído y no totalmente inadvertido estudio Karl Marx: su vida y su entorno (Alianza), podría describir a Marx como “de entre los grandes fundadores autoritarios de nuevas creencias, subversores implacables e innovadores que interpretan el mundo en términos de un único, claro y apasionado principio, denunciando y destruyendo todo lo que entra en conflicto con él. Su creencia… era de ese tipo ilimitado y absoluto que pone fin a todas las preguntas y disuelve todas las dificultades”. En esto se convirtió el Marx de la Guerra Fría.

Es cierto que Marx era sumamente doctrinario, algo que no era bien visto entre sus compatriotas en el siglo XIX, y que ciertamente no es bien visto hoy en día, después de la experiencia de los regímenes concebidos en su nombre. Por lo tanto, suena perverso decir que la filosofía de Marx estaba dedicada a la libertad humana. Pero lo estaba. Marx era un pensador de la Ilustración: quería un mundo que fuera racional y transparente, y en el que los seres humanos se hubieran liberado del control de fuerzas externas.

 

Ésta era la esencia del hegelianismo de Marx. Hegel argumentó que la historia era el progreso de la humanidad hacia la libertad verdadera, lo que quería decir hacia el autodominio y la autocomprensión, ver el mundo sin ilusiones —ilusiones que nosotros mismos habíamos creado—. El polémico ejemplo de esto para los jóvenes hegelianos era el Dios cristiano. (Esto es sobre lo que Feuerbach escribió.) Creamos a Dios, y luego fingimos que Dios nos creó. Hipostasiamos nuestro propio concepto y lo convertimos en algo “allá afuera” cuyos mandamientos (que nosotros inventamos) luchamos por entender y obedecer. Somos suplicantes de nuestra propia ficción.

Conceptos como el de Dios no son errores. La historia es racional: hacemos al mundo de la forma en que lo hacemos por una razón. Inventamos a Dios porque Dios resolvía ciertos problemas para nosotros. Pero, una vez que un concepto comienza a obstaculizar nuestro progreso hacia el autodominio, debe ser criticado y trascendido, dejado atrás. De otra forma, como los miembros del Estado Islámico el día de hoy, nos convertimos en herramientas de nuestra Herramienta.

Lo que hace difícil desechar las herramientas que hemos objetivado es la persistencia de las ideologías que las justifican, y que hacen que lo que es sólo una invención humana parezca “la manera en la que son las cosas”. La tarea de la filosofía es deshacer ideologías. Marx era un filósofo. El subtítulo de El capital es Crítica de la economía política. El inacabado libro pretendía ser una crítica de los conceptos económicos que hacen que las relaciones sociales en una economía de libre mercado parezcan naturales e inevitables, del mismo modo que conceptos como la gran cadena del ser y el derecho divino de los reyes alguna vez hicieron que las relaciones sociales del feudalismo parecieran naturales e inevitables.

La razón por la cual El capital parece más una obra de economía que una de filosofía —la razón por la que está lleno de tablas y cuadros en lugar de silogismos— es la razón expuesta en la undécima tesis sobre Feuerbach: el propósito de la filosofía es entender las condiciones para poder cambiarlas. A Marx le gustaba decir que cuando leyó a Hegel encontró filosofía parada de cabeza, así que la volteó y la colocó sobre sus pies. La vida es hacer, no pensar. No basta con ser amos de nuestros sofás.

Marx pensaba que el capitalismo industrial también había sido creado por una buena razón: para aumentar la producción económica —algo que El manifiesto comunista celebra—. El costo, sin embargo, es un sistema en el cual una clase de seres humanos, los propietarios (la burguesía, en términos marxianos), explota a otra, los trabajadores (el proletariado).

Los capitalistas no hacen esto porque sean codiciosos o crueles (aunque uno podría describir su comportamiento de esa forma, como Marx casi invariablemente lo hizo). Lo hacen porque la competencia lo demanda. Así es como el sistema opera. El capitalismo industrial es un Frankenstein que amenaza a sus propios creadores, un sistema que construimos para nuestros propios fines y ahora nos está controlando.

Marx era un humanista. Creía que somos seres que transformamos el mundo a nuestro alrededor con el propósito de producir objetos para el beneficio de todos. Ésta es nuestra esencia como especie. Un sistema que transforma esa actividad en “trabajo” que es comprado y usado para enaltecer a otros es un obstáculo para la plena realización de nuestra humanidad. El capitalismo está condenado a autodestruirse, tal como todos los sistemas económicos previos se han autodestruido. La revolución de la clase obrera dará lugar a la etapa final de la historia: el comunismo, del cual, Marx escribió, “es la solución del enigma de la historia y se sabe a sí mismo como tal solución”.

Marx estaba fanáticamente comprometido con encontrar corroboración empírica para su teoría. Eso es lo que significaba poner la filosofía sobre sus pies. Y es por eso que pasó todas esas horas solo en el Museo Británico, estudiando reportes sobre las condiciones de las fábricas, datos sobre la producción industrial, estadísticas sobre el comercio internacional. Fue un intento heroico por demostrar que la realidad se alineaba con la teoría. No cabe duda de por qué no pudo terminar su libro.

Marx tenía muy poco que decir sobre cómo los asuntos de la vida se llevarían acabo en una sociedad comunista, y esto resultó ser un serio problema para los regímenes que trataban de poner el comunismo en práctica. Tenía sus razones para ser impreciso. Creía que nuestros conceptos, valores y creencias surgen de las condiciones de nuestro propio tiempo, lo que significa que es difícil conocer lo que está en el otro lado del cambio histórico. En teoría, después de la revolución, todo estará “a disposición de cualquiera” —lo cual ha sido desde entonces el gran sueño del radicalismo de izquierda.

Marx era más claro acerca de lo que una sociedad comunista no tendría. No habría un sistema de clases, ni propiedad privada, ni derechos individuales (los cuales pensaba Marx se limitan a proteger el derecho de los propietarios a aferrarse a ésta), ni Estado (que él llamaba “un comité que administra los problemas comunes de la clase burguesa”). El Estado, en la forma del Partido, demostró ser un concepto burgués imposible de superar por los regímenes comunistas del siglo XX. El comunismo no es una religión; realmente es, como los anticomunistas acostumbraban decir sobre él, ateo. Pero el Partido funciona de la forma en que Feuerbach decía que Dios funciona en el cristianismo, como un misterioso e implacable poder externo.

Sin embargo, Marx no proporcionó mucha orientación sobre cómo una sociedad podría operar sin propiedad, sin clases o sin Estado. Un buen ejemplo del problema es su crítica a la división del trabajo. En 1776, en el primer capítulo de La riqueza de las naciones, Adam Smith identificó a la división del trabajo —es decir, a la especialización— como la clave del crecimiento económico. El estudio de caso de Smith fue la manufactura de alfileres. Smith argumentó que, en lugar de tener a un solo trabajador produciendo un alfiler a la vez, una fábrica de alfileres puede dividir el trabajo en diez y ocho operaciones sucesivas, comenzando con estirar el alambre y terminando con el embalaje, e incrementar la producción en múltiplos de mil.

Para nosotros ésta parece ser una forma de organizar el trabajo evidentemente eficiente, desde las líneas de montaje de automóviles hasta la “producción de conocimiento” en las universidades. Pero Marx consideró la división del trabajo como uno de los males de la vida moderna. (También lo hizo Hegel.) Convierte a los trabajadores en engranajes de una máquina y los priva de cualquier conexión con el producto de su trabajo. “La misma acción del hombre se convierte en un poder extraño que se le opone y lo esclaviza en lugar de ser controlado por él”, como Marx lo resumió. En una sociedad comunista, escribió, “nadie tiene una esfera exclusiva de actividad, sino que cada uno puede realizarse en el campo que desee”. Será posible “cazar en la mañana, pescar en la tarde, arrear ganado en la noche y criticar después de la cena […] sin convertirse jamás en cazador, pescador, pastor o crítico”.

Este pasaje frecuentemente citado suena extravagante, pero está en la base del pensamiento de Marx. Los seres humanos son naturalmente creativos y sociables. Un sistema que los trata como mónadas mecánicas es inhumano. La pregunta es: ¿cómo una sociedad sin división del trabajo produciría suficientes bienes para sobrevivir? Nadie va a querer criar al ganado (o limpiar el establo); todo el mundo va a querer ser el crítico. (Créanme.) Como Marx reconoció, el capitalismo, pese a todos sus males, había generado abundancia. Parece haber imaginado que, de alguna manera, todos los elementos del sistema capitalista de producción podían ser echados por la borda y la abundancia mágicamente persistiría.

En 1980 el filósofo Peter Singer publicó un pequeño libro sobre Marx en el cual enlistó algunas de las predicciones de Marx: la brecha de ingresos entre los trabajadores y los propietarios incrementaría, los productores independientes serían obligados a descender a la categoría del proletariado, los salarios se mantendrían a niveles de subsistencia, la tasa de crecimiento caería, el capitalismo colapsaría y habría revoluciones en los países avanzados. Singer pensó que la mayoría de estas predicciones estaban “tan claramente equivocadas” que era difícil entender cómo cualquier persona solidaria con Marx podía defenderlo. Ahora es más difícil ser displicente.

“Los economistas de hoy harían bien en inspirarse en su ejemplo”, dice Thomas Piketty sobre Marx en el best-seller que publicó en 2013, El capital en el siglo XXI. El libro hizo para muchos lectores del siglo XXI lo que Marx esperaba que El capital hiciera para los lectores del XIX. Utiliza datos para mostrarnos la naturaleza real de las relaciones sociales y, al hacer eso, nos fuerza a repensar conceptos que habían llegado a parecer naturales e inevitables. Uno de estos conceptos es el del mercado, que a menudo es imaginado como un mecanismo auto-optimizable y con el cual es un error interferir, pero que, de hecho, dejado a su suerte, aumenta de manera continua la desigualdad. Otro concepto, estrechamente relacionado, es el de la meritocracia, que a menudo es imaginada como el garante de la movilidad social pero que, Piketty argumenta, principalmente funciona para que los ganadores económicos se sientan virtuosos.

Piketty dice que durante 30 años después de 1945 una alta tasa de crecimiento en las economías avanzadas estuvo acompañada de un incremento en los ingresos que benefició a todas las clases. La grave desigualdad de la riqueza llegó a parecer una cosa del pasado (esto es por lo cual, en 1980, la gente podía decir de forma razonable que las predicciones de Marx estaban equivocadas). Ahora aparece que esos 30 años fueron una anomalía. La Depresión y las dos guerras mundiales efectivamente habían aniquilado a los propietarios de la riqueza, pero los 30 años posteriores a 1945 reiniciaron el orden económico.

“El muy alto nivel de riqueza privada que se ha alcanzado desde los años 1980 y 1990 en los países ricos de Europa y en Japón”, dice Piketty, “refleja directamente la lógica marxista”. Marx tenía razón en que no hay nada naturalmente igualitario en las economías modernas abandonadas a sí mismas. Como plantea Piketty, “no existe ningún proceso natural y espontáneo que permita evitar que las tendencias desestabilizadoras y no igualitarias, prevalezcan permanentemente”.

La tendencia del sistema de incrementar la desigualdad era cierta en el propio siglo de Marx. En 1900, el 1% más rico de la población en Gran Bretaña y Francia poseía más del 50% de la riqueza de esas naciones; el 10% más rico poseía el 90%. Nos estamos acercando a esos niveles de nuevo el día de hoy. En Estados Unidos, de acuerdo con la Reserva Federal, el 10% más rico de la población posee el 72% de la riqueza, y el 50% más pobre el 2%. Alrededor del 10% del ingreso nacional va a los 247 mil adultos más ricos (una milésima parte de la población adulta).

Este problema no se limita a las naciones ricas. La riqueza global también está distribuida desigualmente, y en las mismas proporciones o peor. Piketty no predice una revolución mundial de la clase obrera; lo que hace es indicar que este nivel de desigualdad es “insostenible”. Puede prever un momento en el que la mayoría del planeta será propiedad de multimillonarios.

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Marx tampoco estaba equivocado acerca de la tendencia de los salarios de los trabajadores a estancarse mientras que el ingreso de los dueños del capital incrementa. Durante los primeros 60 años del siglo XIX —el periodo durante el cual empezó a escribir El capital— los salarios de los trabajadores en Reino Unido y Francia se estancaron casi en los niveles de subsistencia. Puede ser difícil el día de hoy apreciar el grado de empobrecimiento en la economía industrial del siglo XIX. En 1862 la semana promedio de trabajo en una fábrica de Manchester era de 84 horas.

Parece que el estancamiento de los salarios está de vuelta. Después de 1945 los salarios aumentaron a medida que aumentaron los ingresos nacionales, pero los ingresos de las personas de ingresos más bajos alcanzaron su punto máximo en 1969, cuando el salario mínimo por hora en Estados Unidos era un dólar con 60 centavos. Eso equivale actualmente a 10 dólares con 49 centavos, cuando el salario mínimo es siete dólares con 27 centavos. Y mientras los salarios de los trabajadores del sector servicios disminuyen en poder adquisitivo, las horas en la semana laboral aumentan, porque la gente se ve forzada a tener más de un trabajo.

La retórica de nuestro tiempo, el tiempo de Bernie Sanders y Donald Trump, del Brexit y del descontento popular en Europa, parece tener un molde marxista. Las propuestas de Sanders para reducir la desigualdad provienen directamente de Piketty: gravar la riqueza y darle a más personas acceso al conocimiento. Trump, dado que admira a las personalidades autoritarias, podría estar encantado de saber que Marx apoyaba el libre comercio en una teoría de “entre peor se pongan las cosas”: reduciendo los salarios, el libre comercio aumenta el empobrecimiento de la clase obrera y conduce más rápidamente a la revolución. En los términos usados hoy por todas partes, en la izquierda, en la derecha y en los medios: el sistema está “amañado” para hacer ganar a “las elites”.  Marx les llamaba “la clase dominante”.

¿Qué tan útil es Marx para entender esta burbuja de agitación en las economías más avanzadas? Pienso que todavía no conocemos muy bien el perfil demográfico preciso de los votantes del Brexit y de los partidarios de Trump y de Sanders —si son gente que ha sido dañada materialmente por el libre mercado y la inmigración o si son gente que es hostil al statu quo por otras razones—. Que sean básicamente todas las anteriores puede llegar a ser una creencia consoladora por los más ricos, que pueden entender con mayor facilidad por qué la gente que ha sufrido daños económicos estaría enfurecida porque la gente que no tiene nada de qué quejarse financieramente podría simplemente querer hacer estallar todo el asunto.

  Aun así, dentro de la confusión política, podríamos sentir que estamos viendo algo que no ha sido visto en países como Reino Unido y Estados Unidos desde antes de 1945: gente debatiendo lo que Marx hubiera llamado la naturaleza real de las relaciones sociales. De algún modo el terreno político está siendo quemado. Y aunque la política siga desprendiéndose de sus restricciones tradicionales, por más feo que sea verlo, podremos tener un entendimiento más claro de cuáles son esas relaciones.

Pueden no ser totalmente económicas. Un tema central del libro de Stedman Jones es que Marx y Engels, en su obsesión con la clase, ignoraron el poder de otras formas de identidad. Una de estas formas es el nacionalismo. Para Marx y Engels el movimiento de la clase obrera era internacional. Pero hoy parece que estamos viendo, entre los votantes del Brexit, por ejemplo, una vuelta al nacionalismo y, en Estados Unidos, lo que parece una oleada de nativismo.

Stedman Jones también argumenta que Marx y Engels fallaron en darse cuenta en qué medida la agitación de la clase trabajadora en el Reino Unido del siglo XIX no era la posesión de los medios de producción sino la inclusión política, que se les permitiera votar. Cuando eso se logró, el malestar se apaciguó.

Votar ya no es la prueba de la inclusión. Lo que está pasando en las democracias ricas puede no ser tanto una guerra entre los que tienen y los que no tienen, sino una guerra entre los socialmente favorecidos y los excluidos. Nadie que viva en la pobreza se negaría a cambiar esa vida por una mejor, pero lo que la mayoría de la gente probablemente quiere es la vida que tienen. Temen más perder lo que tienen que lo que desean en una vida diferente, aunque probablemente también quieren que sus hijos sean capaces de llevar una vida diferente si así lo desean.

De los elementos de la sociedad moderna que exacerban ese miedo y amenazan esa esperanza, la distribución de la riqueza puede que no sea la más importante. El dinero le importa a la gente, pero el estatus les importa más, y precisamente porque el estatus es algo que se no puede comprar. El estatus está relacionado a la identidad tanto como lo está al ingreso. También es, desafortunadamente, un juego de suma cero. Las luchas por estatus son socialmente divisorias y pueden parecerse a la lucha de clases.

Ryan, en su libro sobre Marx, hace una observación que el mismo Marx podría haber hecho. “La república moderna”, dice, “trata de imponer igualdad política sobre una desigualdad económica que no tiene forma de mitigar”. Éste es un problema relativamente reciente, porque el surgimiento del capitalismo moderno coincidió con el surgimiento de las democracias modernas, haciendo inconsistente la desigualdad de la riqueza con la igualdad política. Sin embargo, la distribución desigual de los recursos sociales no es algo nuevo. Uno de los puntos más llamativos que hace Piketty es que, como él dice, “en todas las sociedades conocidas, en todos los tiempos, la mitad menos rica de la población no ha sido dueña de prácticamente nada”, y el 10% más rico ha sido dueño de “casi todo lo que se puede poseer”.

Esto probablemente no sea verdad en las sociedades tribales, y no parece haber sido cierto en los Estados democráticos más antiguos que se conocen, la Atenas de Pericles (al menos para los ciudadanos). Pero la desigualdad ha estado con nosotros por mucho tiempo. El capitalismo industrial no la revirtió en el siglo XXI, y el capitalismo financiero no la está revirtiendo en el XXI. La única cosa que puede revertirla es la acción política enfocada en cambiar sistemas que le parecen a mucha gente sencillamente la forma en que las cosas tienen que ser. Nosotros inventamos nuestros acuerdos sociales; nosotros podemos alterarlos cuando trabajen en nuestra contra. No hay dioses allá fuera para matarnos si lo hacemos.

 

Louis Menand
Profesor de inglés en la Universidad de Harvard y ganador del Premio Pulitzer de Historia (2002) por el libro El club de los metafísicos.

Este ensayo fue publicado originalmente en The New Yorker. Los derechos pertenecen al autor.

Traducción de Montserrat Arce y Luciano Concheiro.

 

Un comentario en “Marx, ayer y hoy

  1. Leí casi todas las biografías de Marx, desde el de Carlos Mehring hasta el de David MacLellan, entre las obras exclusivamente dedicadas a Marx. Asimismo, he leído muchos ensayos referidos al tema; muchos otros, dedicados a la actualidad del pensamiento de Marx; sin embargo, ninguno de ellos tiene ese enfoque de actualidad que le da Louis Menand en MARX, AYER Y HOY. La frescura del enfoque, los problemas no resueltos del capitalismo advertidos por Marx y que permanecen irresueltos; las insuficiencias y límites del capital; el sentido crítico del capitalismo cuya visión sigue siendo actual. En fin, un excelente estudio del pensamiento de Carlos Marx sobre la base de dos autores contemporáneos de estudios de Marx. Ya era oportuno un ensayo de esta envergadura.